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Latidos de Porcelana : Capítulo 4 - Guardiana de mi propia condena

J_Khraucer
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Cassandra Rosenverd

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Contenido de la publicación

Cassandra Rosenverd

La llegada a Finlandia no fue como yo la esperaba. Llevo días buscando el lugar apropiado para una caprichosa, lo cual ya resulta bastante agotador, sin contar que debo soportar sus reclamos sobre mi estado de ánimo.

— ¡estas bastante irritante hoy Cassandra!

—Lo estaría menos si, al menos, hubiese entrado en letargo.

Pero mi falta de sueño no parece importarle en lo más mínimo. Durante el vuelo, ella se quedó dormida apenas asomó el primer amanecer en el despegue, mientras yo debía contener su sonambulismo para evitar que se levantara a medio sueño y decapitara al piloto en pleno vuelo. A ella, sin embargo, semejante detalle le resulta indiferente.

— esa ,esa de ahí! me gusta muchísimo!— Señalaba ella con el dedo sobre mi tablet.

—Preferiría un lugar con menos ventanales. Esta es demasiado moderna; habría que polarizar cada uno de los cristales... tomará tiempo.

— ¡No me importa! ¡la quiero! le diré a Alfred que se encargue de eso!

Eligió una casa a orillas del mar; tiene una vista hermosa... pero ¿Qué vale la belleza cuando se tienen las manos atadas? Es solo un pensamiento que me cruzó la cabeza, producto de mi humor.

Solicité la audiencia con el vendedor —son cosas que hago por mi pequeña—. Agradezco que Finlandia carezca de sol la mayor parte del año en estas fechas; no deseo terminar convertida en un montículo de cenizas sobre estos hermosos jardines... me lo repito para convencerme de no hacerlo. Entonces llegó el encargado de ventas. No despegaba la mirada de mí; ya sabía lo que pensaba, pues su aroma a lujuria me invadió la nariz antes de que su mente terminara de confesármelo... repugnante.

Mientras nos encontrábamos en el salón principal, a Mina se le ocurrió aparecer... Le advertí que mantuviera sus intenciones a raya, sin que mis labios llegaran a pronunciar la advertencia en voz alta —no quería revelarle al vendedor lo que somos—; ella solo asintió. Quiere jugar. Tiene el dinero de sobra para comprar esta absurda casa, y aun así prefiere alimentar su vanidad.

El encargado trajo los papeles y los dispuso sobre la mesa, intentando explicar por qué aquella fachada era una buena elección... Lo hacía con dificultad, porque Mina lo acariciaba por debajo de la mesa con el pie, asintiendo como si estuviese atenta a cada palabra.

—¡¿y tiene que ser así de costosa?!.. me gustaría tenerla para mi pero... es mucho dinero, quizás una ayuda a una amiga me vendría bien... yo podría compensarte el buen favor.

Lo decía arrastrando las palabras como siempre, mordiéndose la uña del índice... Le advertí, en silencio, que no fuera más lejos; veía con claridad lo que tenía pensado hacer desde un comienzo, y aunque yo misma sentí la tentación, no es apropiado desangrar a este hombre sobre la mesa... Procuré mantenerme racional, para no estimular el lado impredecible de mi Sire, así que corté nuestra tentación:

—Querida, no presiones al buen hombre... aunque quizás podría llenarte el jardín de esos lirios que tanto disfrutas llevar contigo.

Mis palabras resultaron certeras. La sonrisa nació en sus labios mientras asentía como una niña. Le he salvado la vida a alguien... eso compensa, aunque sea un poco, lo de la chica de Moscú.

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Con el paso de los días, Alfred, nuestro chofer, nos llevó por la ciudad. Ella quería buscar algo con qué divertirse... o a alguien. Le advertí que esta vez sería yo quien elegiría, dada la circunstancia de encontrarnos en el país central de los Vigilantes; estamos, literalmente, en la boca del lobo, buscando una excusa para que nos maten.

—Ese de ahí! —me indicó, señalando a un pequeño infante junto a su padre.

De nuevo acudí a mi sentido común y le dije que era preferible ver primero el menú completo. El sol asomaba; agradecí que Alfred hubiese polarizado los ventanales del Bentley, y lo mencioné solo para desviar el foco de atención de Mina.

—No tiene de que preocuparse señorita Rosenverd, no hay peligro alguno —me tranquilizó nuestro chofer.

Alfred ha sido nuestro acompañante desde hace más de treinta años, y no, no es uno de los nuestros: es un hombre mortal. Él vela por las necesidades de Mina durante el día y dirige las tareas de quienes nos protegen por la noche. Es una persona a la que, algún día, lamentaré ver desfallecer...Cierta vez, en una reunión con inversionistas alemanes, alguien felicitó a Alfred por tan «hermosa hija», señalándome a mí; él se disculpó con total franqueza, negando tener ese honor... Pero, desde entonces, dejé que la broma quedara así: que Alfred era mi padre. He jugado ese juego con él muchas veces; sus cincuenta años son toda una presencia frente a mis eternos veintiocho.

—Alfred, ¿tomaste hoy tu medicación? —pregunté.

— si señorita Rosenverd gracias por preguntar

Nos detuvimos en una esquina. Ella no apartaba la mirada del edificio lateral. El ansia de sangre me invade desde el vientre hasta la lengua. Sed. Quiero seguir su mirada.

Era el edificio de una preparatoria. Lo mirábamos como dos gatos frente a una pajarera. Enterré las uñas en el muslo. No debo ceder a lo que mi pequeña me comparte sin quererlo. Es el precio de vivir dentro de su mente. Mis muslos se aprietan. Hambre. Placer. Incontenible.

—Mina... escúchame, no es buena idea.

— porque no?!.. míralos Cass, tan llenos de vida, de sueños... solo imagina tener a uno de esos entre tus piernas mientras ves como su mirada se apaga poco a poco... es un deleite.

—Estos chicos son la peor opción.

— ¿y como sabes que son una mala opción?.. —me preguntó.

Busqué la mirada de Alfred por el retrovisor inconcientemente; negó levemente con la cabeza. Sabíamos que no debíamos mencionarlo, pero ella no tardó en notarlo. Se subió a mi regazo y esbozó su rostro más dulce, el que me contrae las entrañas de un amor que no puedo contener.

— Mami por favor...¿si?, dime que tienes un regalo para mi, porque esto sería el regalo perfecto!... prometo ser buena durante el resto del año.. solo dime, que es lo que me ocultas —jugó con uno de mis mechones rojos, mientras mis manos luchaban por no abrazarla.

— Hay una solicitud pendiente señorita Virtanen... la Ressu quiere que usted cante para el festival del 21 de septiembre —dijo Alfred, al notar mi sufrimiento.

— Con que eso es... vaya Cass y ¿querías ocultármelo?

—Es solo que es una pésima idea... Esos jóvenes son hijos de personas influyentes, y ya sabes qué ocurre cuando alguno de ellos desaparece...

—Es cierto, señorita Virtanen... incluso podrían haber vigilantes entre los estudiantes —dijo Alfred, y sentí el alivio instalarse en el pecho. Ella comenzó a dudar, ladeando el rostro de un lado a otro; bajó de mi regazo y se arrastró hacia la ventana, perdiendo el interés poco a poco, como si de verdad creyera ver a los Vigilantes ocultos tras esos cristales. Pero entonces ocurrió lo peor: su obsesión se prendió —lo sentí en el vientre antes de comprenderlo— al fijarse en un joven asomado a la ventana, que nos observaba sin saberlo. Su corazón latía con desenfreno dentro de nuestras cabezas.

Mina gimió al notarlo, pegándose al cristal con tanta desesperación que temí que estallara bajo sus manos.

—Espera, Mina... ¿Por qué no vamos a la cripta? Ahí podrás jugar con tranquilidad.

— no Cass... mira ese, me esta mirando...sabe que lo deseo.. lo sabe incluso sin que pueda verme a través del cristal... lo quiero.

—Hay demasiados testigos... si llegan a notar tus intenciones —alcancé a decir, hasta que me espetó que aceptara la solicitud. 

Asistiría a la preparatoria Ressu. Quise negarme, pero me fulminó con la mirada, y solo asentí, aceptando sus palabras antes que el látigo, como la esclava que, a veces, siento ser. Me exigió que escribiera que la única condición era que asistieran todos los alumnos... quería asegurarse de que el menú completo estuviese sobre la mesa.

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Los días siguientes fueron peligrosos para nosotras. Volví a la nueva mansión y no la encontré. Pensé, por un instante breve, en dejar que asumiera sola las consecuencias de sus actos... pero este maldito amor no me permitió quedarme tranquila. La rastreé hasta dar con ella sobre un tejado cerca de la biblioteca Oodi; seguía al muchacho del ventanal. Me acerqué a advertirle que aquello era arriesgado, pero solo me respondió:

— ven, vamos a observarlo a ver si esa reacción era solo coincidencia, si lo es, pues me olvidare de todo este asuntito.

La seguí. Nos sentamos dentro; el muchacho observaba por el ventanal con la mirada perdida. Sentí curiosidad por saber qué pensaba, pero quizás el cansancio y la preocupación por mi pequeña jugaron en mi contra: no logré leer su mente, y no insistí más.

Ella fijaba la mirada en él con interés absoluto. El muchacho mantenía una conversación con otros de su edad, y se apartó pronto de ellos, mientras otro lo seguía.

— Esperare a que este solo y entonces... veremos.

Al termino de esas palabras de mi pequeña. Como si fuera un detector, el chico se volteó hacia nuestros asientos y nos buscó entre la multitud. Aquello encendió mi curiosidad: durante siglos hemos cazado a todo tipo de personas, y ninguna se había percatado jamás de nuestro acecho. En el instante en que ella se volvía más sedienta, él se volvía más alerta.

 Mina comenzó a mecerse en el asiento, incapaz de contener el deseo de acercarse; le tomé del brazo y le dije que era mejor esperar a que estuviera solo. Al final, también yo me sentí tentada... aunque más tentada aún por descubrir cómo nos detectaba.

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Esperamos afuera de la biblioteca. El chico salió con prisa, mirando a todos lados, buscándonos. Le advertí que ya detectaba nuestro acecho, que lo mejor sería acercarnos con menos intención homicida... Ella fue la primera. Pasó a su lado sin que él lo notara. Pasó tan cerca que su aroma se me impregnó en los sentidos a través de su mente. Café. Tabaco. Manzanas dulces. Me sorprendí gimiendo. Sed. No puedo seguir con esto. Pero debo permanecer en su mente, o ella cometerá una locura.

Para nuestra suerte, el joven echó a correr lejos de nosotras... El abrumador desconsuelo de mi creadora llegó hasta mi propia carne en el instante en que cruzó la calle sin mirar a los lados y un taxi lo atropelló. Ella se acercó a mí después, divertida al comprobar que el muchacho ya estaba bien.

— ¡Vez como se vuelve paranoico! jajaja me divierte Cass me divierte! quiero jugar otro poco mas!

Al menos, esta vez, su diversión ha sido solo eso: seguirlo hasta su casa, recorrer su piel con sus labios mientras duerme, hundiéndolo cada vez más en la locura. Confieso que incluso yo me he sentido atraída por ese juego. Pero no debo olvidar que Mina es impredecible. No quiero que se repita lo de hace catorce años, ni lo que ocurrió en Italia, en nuestros propios dominios, cuando nos cruzamos con un hombre «santo» frente a una catedral, donde el parloteaba sobre la lujuria... que la única manera de salvarse de ella era huyendo. Poco después, aquel hombre yacía humillado, forzado a hundir el rostro entre las piernas de mi creadora, mientras ella reía como el demonio, despojándolo de sus ropas y obligándolo a andar desnudo, tras demostrarle que no existía poder ni escapatoria alguna capaz de resistirla. No recuerdo la última vez que estas cosas dejaron de perturbarme... Quizás su oscuridad ya invadió mis sentidos sin que me diera cuenta. Pero pensar que algún día deberé dejarla enfrentar sola sus consecuencias —que sea su cabeza la que ruede por el suelo— es un pensamiento que me desgarra entre quererlo y no quererlo, como si mi cuerpo ya ensayara, de antemano, lo que sería enterrar a una hija por segunda vez.

Thoughts

  • libretanegra

    Café, tabaco y manzanas dulces. Con tres olores ya sabés cómo es el pibe. Y sale del taxi como si nada, ese no es un chico común, mirá.

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  • jpardo48

    El vendedor ese no sabe que la rebaja que le pedía Mina con el pie por debajo de la mesa le iba a salir más cara que la casa. Ojo con las gangas.

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  • legacy2014

    Alfred es el que sostiene todo esto: treinta años, los vidrios polarizados, la medicación al día. Apuesto a que el día que él falte se les desarma la casa entera, y ninguna de las dos sabe hacer lo que hace él.

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  • Ovid

    Alfred negando con toda franqueza que ella sea su hija, y Cassandra dejando que la broma siga desde entonces, me hace pensar en esas familias que se arman con lo que hay a mano. Apuesto a que el día que Alfred falte le va a doler más que cualquier cosa que haga Mina. Gracias por seguir subiendo capítulos, @J_Khraucer!

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