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Capítulo 39: quiero ir a casa

DNavarrete
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La habitación estaba sumida en un silencio profundo, solo roto por el sonido suave del viento que entraba por la ventana abierta. La noche ya había caído completamente sobre la ciudad, y la luz…

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La habitación estaba sumida en un silencio profundo, solo roto por el sonido suave del viento que entraba por la ventana abierta. La noche ya había caído completamente sobre la ciudad, y la luz dorada y tenue de las lámparas de aceite apenas iluminaba los rincones, creando sombras largas y tranquilas en las paredes.

 

Afuera, el castillo seguía lleno de ruido, de pasos rápidos y de actividad incesante, sirvientes que corrían de un lado a otro preparando salones, guardias que revisaban cada rincón y aseguraban las puertas, mensajeros que entraban y salían llevando órdenes y confirmaciones.

 

Todos preparaban lo que ocurriría al día siguiente.

 

Porque la ciudad entera quería celebrar, quería gritar su alegría y su alivio, porque los nobles, incluso los que poco habían hecho, querían aparecer en primera fila para lucirse, porque todos querían estar presentes, ser vistos y saludar cuando Anna recibiera la gran condecoración que llevaban días discutiendo y organizando.

 

Pero dentro de aquella habitación, el ambiente era muy distinto.

 

Más tranquilo, sí, pero también más pesado, más íntimo y más real.

 

Demian estaba de pie junto a la cabecera de la cama, con varios documentos en la mano, los dedos reposando sobre el papel como si quisiera grabar en ellos cada palabra escrita.

 

Selene permanecía sentada cerca de Anna, con las manos juntas sobre su regazo, observándola con una mezcla de cariño y preocupación.

 

Garoum estaba apoyado contra una pared oscura, inmóvil, con los brazos cruzados y la mirada fija en un punto indeterminado, siempre alerta.

 

Daeron observaba todo en silencio desde un rincón, recostado contra el marco de la ventana, atento a cada movimiento.

 

Lyra estaba sentada sobre el borde de una mesa alta, moviendo una pierna con impaciencia, incapaz de quedarse totalmente quieta

 

.Y Eliana… Eliana seguía junto a la cama, sentada muy cerca de Anna, tal como había estado todas las noches anteriores, como si su lugar natural fuera ese, a su lado.

 

Anna permanecía sentada, recostada sobre las almohadas, mirando fijamente por la ventana abierta hacia la ciudad que se extendía abajo, todo se veía tranquilo, oscuro y salpicado de miles de luces pequeñas, las lámparas y velas de las casas. Por primera vez en semanas, no había columnas de humo negro subiendo al cielo, no había fuegos grandes quemando cuerpos o ropa contaminada. Por primera vez, no se escuchaban gritos de dolor ni lamentos desesperados rompiendo la noche.

 

Demian terminó de leer en voz baja uno de los documentos, lo dobló con cuidado y levantó la vista hacia ella. Su voz fue calmada, firme y definitiva.

 

—Los culpables serán juzgados mañana por la tarde —anunció—. El Emperador respondió. Nos dio autoridad absoluta. Nadie va a interferir, nadie va a detenernos, nadie podrá esconderlos ni protegerlos. Todo quedará en nuestras manos.

 

Los ojos de Garoum se endurecieron de inmediato, brillando con una mezcla de furia y satisfacción fría, Daeron bajó apenas la cabeza, aceptando esa sentencia como algo justo y necesario, Selene guardó silencio, suspirando casi imperceptiblemente, porque todos sabían lo que eso significaba. Ya no habría leyes pequeñas ni excusas.

 

Había justicia verdadera al fin.

 

Demian continuó, pasando a los siguientes puntos.

 

—En cuanto a los otros nobles… los que huyeron, los que abandonaron sus puestos y sus tierras… todavía veremos qué hacer con ellos. Se está decidiendo si se les quitarán títulos, tierras o derechos.

 

Lyra soltó una pequeña risa seca, amarga y sin alegría, moviendo la cabeza.

 

—Yo digo que los lancemos a todos al río y veamos cuáles flotan —dijo con desprecio—. Total, no sirven para nada más.

 

Garoum gruñó apenas desde su rincón, sonriendo por primera vez, aunque fue una sonrisa oscura.

 

—Demasiado amable, Lyra. Demasiado suave para lo que se merecen.

 

Anna soltó una pequeña sonrisa cansada.

 

Era apenas visible, un movimiento leve en sus labios, pero era real, porque saber que los responsables pagarían por lo que habían hecho, saber que nadie quedaría sin castigo, le daba una extraña y profunda tranquilidad, por fin.

 

Después de todo lo que habían visto, todo lo que habían sufrido y todo lo que habían perdido…Por fin habría consecuencias.

 

La habitación volvió a quedar en silencio.

 

Y durante unos segundos largos, solo se escuchó el viento suave y lejano, y el susurro de las hojas de los árboles en el jardín del castillo.

 

Hasta que Anna habló, su voz fue baja, serena, casi distraída, como si estuviera pensando en voz alta.

 

—Volveré a casa esta noche.

 

Todos se quedaron inmóviles al instante.

 

Demian dejó de mover los papeles entre sus manos.

 

Selene levantó la vista de golpe, sorprendida.

 

Lyra frunció el ceño, sin entender bien.

 

Garoum apartó la espalda de la pared, poniéndose alerta.

 

Daeron se tensó apenas, cambiando el peso de su cuerpo.

 

Solo Eliana permaneció en silencio, tranquila, sin cambiar de expresión, porque ella fue la única que entendió de inmediato lo que esas palabras significaban.

 

—¿Qué? —preguntó Selene, inclinándose hacia ella—. ¿Qué has dicho?

 

Anna siguió mirando hacia afuera, hacia esas luces pequeñas que brillaban en la oscuridad.

 

—Esta misma noche, antes de que salga el sol, volveré a la mansión. A mi casa.

 

—Anna —dijo Demian, con tono de incredulidad y advertencia—. Mañana es la ceremonia. Todo está preparado.

 

—La ciudad quiere darte una condecoración, un reconocimiento público —añadió Selene rápidamente, preocupada por lo que esa decisión podía significar—. Los ciudadanos, los soldados, la gente que sufrió… incluso los nobles menores que sí se quedaron y ayudaron. Todos quieren verte ahí. Todos quieren agradecerte.

 

Lyra asintió varias veces con energía.

 

—Toda la ciudad estará en las calles esperándote. Si no vas… se van a decepcionar mucho. Se van a sentir mal.

 

Anna cerró los ojos un momento, respirando profundo, como si reuniera fuerzas para decir lo que realmente pensaba. Después levantó lentamente una mano, haciendo un gesto pequeño, y todos se callaron al instante, respetando su voluntad.

 

Cuando volvió a hablar, su voz salió tranquila.

 

Demasiado tranquila para lo que iba a decir.

 

—No quiero ese premio.

 

El silencio cayó de golpe sobre la habitación, más pesado y denso que antes. Fue como si el aire hubiera desaparecido.

 

Anna mantuvo la vista perdida hacia las luces de la ciudad, hacia la gente que dormía tranquila gracias a lo que habían hecho.

 

—Murieron ciento setenta y tres personas —dijo con claridad, pronunciando cada número como si lo llevara grabado a fuego en la mente—. Ciento setenta y tres vidas perdidas. Niños que apenas empezaban a vivir. Ancianos que habían trabajado toda su vida. Soldados que lucharon hasta el final. Médicos que se enfermaron por curar a otros. Gente inocente que no tenía nada que ver con nada de esto.

 

Bajó un poco la mirada hacia sus propias manos, todavía débiles.

 

—Sé que no fue mi culpa. Sé que hice todo lo que pude, hasta el límite de mis fuerzas. Pero aun así… murieron bajo mi mando. Murieron en mis tierras, en mi ciudad, bajo mi responsabilidad. Y eso… eso no se arregla con medallas ni fiestas.

 

Nadie dijo nada.

 

Ninguno de ellos pudo encontrar palabras para responder a eso, porque todos sabían que Anna todavía cargaba ese peso sobre sus hombros, que aunque sabía que había ganado, en su corazón sentía que había perdido mucho más.

 

 

—No hice todo esto para recibir medallas —continuó con firmeza—. No hice todo esto para escuchar aplausos, ni para que me llamen heroína, ni para que me levanten estatuas. Lo hice porque era lo que debía hacerse. Porque eran mi gente.

 

Sus dedos se cerraron lentamente sobre la tela de las mantas, apretando con fuerza.

 

—Y menos quiero ver a esos nobles sonriendo a mi lado como si hubieran hecho algo.

 

Garoum desvió la mirada, mordiéndose la lengua para no soltar insultos.

 

Lyra apretó la mandíbula hasta que los músculos de su cara se marcaron.

 

Demian guardó silencio absoluto, con el rostro serio, porque sabían perfectamente de qué nobles hablaba ella.

 

De los que se quedaron en la ciudad, sí, pero solo para comer, beber, dar órdenes vacías y presumir de lo que no habían hecho. De los que ahora querían usar el nombre de Anna para limpiar el suyo propio, manchado de inutilidad y cobardía.

 

—Quieren usarme —murmuró Anna con desdén—. Quieren usar lo que pasó, usar mi nombre, usar lo que hice… para que la nobleza vuelva a verse importante, buena y necesaria. Quieren decir que todos ayudaron, que todos lucharon, que todos merecen reconocimiento y respeto

.

Levantó lentamente la vista, y sus ojos brillaron con una determinación helada y clara.

 

—Y no voy a dejar que usen mi imagen ni mi dolor para alimentar su ego. No voy a dejar que conviertan la muerte de tantos en un espectáculo para quedar bien ellos.

 

La habitación volvió a quedarse en silencio, todos sabían que tenía razón. Que esa ceremonia, tal como estaba planeada, servía más a los intereses de la clase gobernante que a la memoria de los que habían salvado la ciudad.

 

Lyra fue la primera en hablar, bajando la pierna y mirándola con preocupación real.

 

—Si te vas esta noche… si no apareces mañana… la gente podría enojarse. Podrían sentirse rechazados o tristes.

 

Anna la miró.

 

Y por primera vez desde que despertó, sonrió de una manera distinta.

 

Una sonrisa suave, dulce, pero profundamente triste y sabia.

 

—La gente es más inteligente que quienes la gobiernan, Lyra. La gente sabe la verdad. La gente vio lo que pasó. La gente sabe quiénes estuvieron y quiénes no.

 

Bajó un poco la mirada, suavizando la expresión.

 

—Ellos entenderán por qué no estoy ahí. Y si me extrañan… sabrán dónde encontrarme.

 

Eliana, que había permanecido en silencio todo ese tiempo, inmóvil y atenta, fue la única que habló después. Lo dijo bajito, como una verdad compartida entre ellas dos.

 

—Quiere irse antes de que conviertan todo esto en un espectáculo. Antes de que lo bonito y lo real se vuelva falso y vacío.

 

Anna la miró.

 

Y asintió apenas con la cabeza.

Porque sí.

 

Eso era exactamente lo que quería evitar.

 

No quería escuchar canciones inventadas sobre ella, no quería ramos de flores ni arreglos florales en las calles, no quería discursos largos y mentirosos de hombres que no habían puesto un pie fuera de sus casas durante la cuarentena, no quería sonrisas falsas ni abrazos hipócritas de nobles que no habían hecho nada.

 

Solo quería volver a casa.

 

A su mansión grande y vieja, a ese lugar que antes había sido una prisión dorada, llena de soledad y frialdad. Y que ahora, por primera vez en su vida, comenzaba a sentirse como un hogar.

 

Su hogar.

 

La mañana había llegado brillante, acompañada por un cielo completamente despejado, de un azul profundo y limpio que parecía lavar todo lo vivido. Por primera vez desde que comenzó la tragedia, la ciudad no despertó viendo humo negro elevándose desde las hogueras en las afueras, ni escuchando las campanas graves y lentas que anunciaban nuevas muertes cada poca hora.

 

Ese día era diferente.

 

El aire olía a limpio, a pan recién hecho y a esperanza.

 

Las calles estaban llenas hasta reventar, ciudadanos de todas las clases, vestidos con sus mejores ropas o simplemente con lo que tenían, se agolpaban en las avenidas cercanas al castillo, comerciantes que habían cerrado sus puestos para asistir, guardias que vigilaban, pero con una sonrisa relajada, artesanos que llevaban herramientas o banderas improvisadas, campesinos que habían caminado kilómetros desde sus tierras para estar ahí. Incluso gente de aldeas lejanas había viajado desde temprano, empujando carretas o caminando a pie, solo para poder ser testigos.

 

Porque ese día sería recordado para siempre. Porque ese día, según todo el mundo sabía y esperaba, Lady Anna recibiría el reconocimiento público de toda la ciudad.

 

Y mientras afuera la gente se empujaba y esperaba ansiosa, dentro de la gran sala principal del castillo no cabía una persona más. El salón inmenso, con sus altos techos y ventanales, estaba repleto de pies a cabeza.

 

En la parte frontal, los asientos de honor estaban ocupados por ciudadanos destacados: soldados que habían estado en primera línea arriesgando la vida, médicos y enfermeros que no habían descansado, alquimistas que habían buscado la cura, comerciantes que habían repartido comida sin cobrar y representantes de los barrios más afectados que habían liderado a sus vecinos.

 

También estaban presentes varios emisarios de otras ciudades vecinas, nobles menores de territorios cercanos y representantes del Imperio que habían querido quedarse hasta el final para presenciar el evento y llevar la noticia de vuelta a la capital.

 

En la parte más alta de la sala, sobre una tarima de madera elevada donde normalmente se sentaban los gobernantes, Demian ocupaba el lugar central, imponente y serio como siempre. Selene estaba sentada a su lado derecho, con la espalda recta y la mirada atenta. A la izquierda se encontraba el comandante imperial, un hombre de rostro duro y experiencia larga, que había llegado días antes con los refuerzos enviados por el Emperador.

 

A un lado de la sala, separados en un grupo propio, estaban los nobles que sí habían ayudado, los nobles menores que habían respondido al primer llamado de auxilio, los dueños de pequeñas propiedades que habían enviado comida, medicinas y hombres sin dudar, también estaban allí los dos únicos nobles de alto rango que, aunque llegaron tarde al inicio de la crisis, habían decidido quedarse, ensuciarse las manos y trabajar codo a codo con el pueblo para levantar la ciudad. Sus rostros eran serios, graves y humildes.

 

Porque ninguno estaba ahí por orgullo o vanidad, todos sabían perfectamente cuántos habían muerto y cuánto debían agradecer.

 

Del otro lado, en el lado opuesto, estaban los demás.

 

Los nobles que huyeron.

 

Los que habían abandonado la ciudad en cuanto se supo de la enfermedad, cargando sus carromatos con lo mejor que tenían, los que se encerraron en sus mansiones alejadas y seguras mientras la gente moría en las calles, los que ahora, con la tormenta pasada, habían regresado con ropas más caras que nunca, joyas relucientes que brillaban bajo la luz de las lámparas y sonrisas falsas en los labios, caminando como si nada hubiera pasado, como si siempre hubieran estado ahí.

 

Y justo en las primeras filas de este grupo, mezclados entre ellos, pero destacando por su arrogancia, estaban los tres verdaderos culpables.

 

Esos que habían provocado todo, sentados cómodamente, tranquilos, seguros de sí mismos, convencidos de que todo saldría tal como lo habían planeado.

 

Después de todo, para ellos Anna no era más que una joven noble, orgullosa pero inexperta, a la que siempre habían considerado una niña difícil. Creían que bastaría con unas cuantas palabras bien dichas, un poco de presión social, algunas miradas de desaprobación y el peso de la tradición para que, en su discurso, ella terminara diciendo que el mérito era de toda la nobleza. Que todos habían luchado, que todos habían ayudado, que todos merecían reconocimiento y honor.

 

Y así, limpiarían sus nombres sin haber hecho nada.

 

La sala se fue quedando en silencio poco a poco, a medida que las conversaciones bajaban de tono y todas las miradas se dirigían al frente, esperando el inicio de la ceremonia.

 

Hasta que Demian se puso de pie.

 

No golpeó ningún objeto, ni pidió silencio. su sola presencia, su altura y esa autoridad que llevaba grabada en la piel bastaron para que los murmullos se apagaran por completo.

 

Su mirada recorrió la sala entera despacio, sin prisas. Por un momento se detuvo en los ciudadanos, en los soldados, en los médicos y alquimistas, y en sus ojos hubo un destello de respeto y gratitud. Después miró a los nobles que sí habían colaborado.

 

Y finalmente, sus ojos fríos y oscuros se posaron sobre el otro grupo: los que huyeron, los que regresaron y los que causaron el desastre.

 

Cuando habló, su voz sonó firme, clara y potente, llegando hasta el último rincón de la habitación.

 

—Este día será recordado —dijo lentamente.

 

La sala quedó completamente inmóvil.

 

—Será recordado por aquellos que lucharon sin descanso durante la pandemia. por quienes trabajaron hasta caer rendidos de cansancio, por quienes protegieron a otros incluso cuando ellos mismos tenían miedo, y también por aquellos que partieron, que nos dejaron y que ya no están aquí para ver este día.

 

Las palabras de Demian hicieron que muchos bajaran la mirada, tocados por el recuerdo.

 

Algunos apretaron los puños sobre sus rodillas.

 

Otros cerraron los ojos un momento.

 

Porque todos recordaban a alguien que se había quedado en el camino.

 

—Este día no será recordado solamente como el día en que sufrimos una tragedia —continuó, elevando un poco más la voz—. Será recordado como el día en que esta ciudad decidió levantarse, sobrevivir y ser más fuerte que nunca.

 

Muchos comenzaron a asentir con la cabeza, con los ojos brillantes de orgullo.

 

El silencio que reinaba ya no era triste, sino pesado, cargado de respeto y dignidad.

 

—Y entre todos los nombres que merecen ser recordados, entre toda la gente que ayudó y luchó… hubo una persona que destacó por encima de todos. Una persona que no huyó, que no dudó, que dio todo lo que tenía y más.

 

Ahí los murmullos comenzaron de inmediato, recorriendo la sala como una ola.

 

Todos sabían de quién hablaba.

 

Los ciudadanos comenzaron a mirar ansiosos hacia las grandes puertas dobles del salón, esperando verlas abrirse. Los soldados sonrieron apenas, enderezando la espalda con más orgullo, incluso varios nobles menores comenzaron a aplaudir suavemente antes de tiempo, llenos de emoción.

 

Esperaban verla entrar.

 

Esperaban ver a Anna atravesar esas puertas, caminar hasta el frente y recibir lo que se había ganado con sangre y dolor.

 

Pero Demian no miró hacia la puerta.

 

Siguió de pie, serio, y volvió a hablar con una calma que heló la sangre a más de uno.

 

—Sin embargo… Lady Anna ya no se encuentra en la ciudad.

 

La sala entera quedó congelada en el acto, fue como si el tiempo se hubiera detenido.

 

—Anoche, cuando la noche era más oscura y todos descansaban, partió hacia su finca, lejos de aquí —anunció con total claridad—. Ha regresado a su hogar.

 

Durante un segundo largo y tenso no hubo reacción.

 

Nadie se movió.

 

Nadie habló.

 

Como si nadie hubiera entendido bien lo que acababan de escuchar.

 

Y entonces… todo explotó.

 

—¡¿Qué significa eso?! —gritó alguien desde atrás.

 

—¡¿Cómo que se fue?! ¡¿Antes de la ceremonia?!

 

—¡¿Partió anoche?! ¡¿Sin siquiera asistir?!

 

—¡¿Sin recibir el homenaje?!

 

Pero fueron los nobles del lado derecho, los que regresaron, los que querían aprovecharse, los primeros en levantarse de sus asientos, indignados, con los rostros llenos de enojo y ofensa.

 

Porque sus planes, cuidadosamente construidos, acababan de derrumbarse frente a ellos.

 

—¡Esto es una falta de respeto inaceptable! —gritó uno de ellos, rojo de ira—. ¡Lady Anna no puede ausentarse de un evento como este! ¡Es su deber estar aquí!

 

—¡La nobleza entera vino a honrarla! ¡El Imperio está representado! ¡La gente esperaba verla! —exclamó otro, golpeando el aire con la mano.

 

—¡¿Cómo pretende representar a la ciudad si ni siquiera aparece cuando se la llama?!

 

Los tres culpables también comenzaron a hablar entre ellos, inclinándose unos hacia otros, molestos y cada vez más nerviosos. Sin Anna ahí, delante de todos, no tenían a quién presionar, no tenían a quién manipular para que dijera lo que ellos querían, no tenían un rostro heroico al cual colgarse para limpiar su propia imagen manchada.

 

Todo su juego se había desmoronado en un segundo.

 

Mientras tanto, del otro lado de la sala, los nobles que sí ayudaron permanecieron en silencio, mirando todo con ojos nuevos, entendiendo por qué ella se había ido. Los soldados no dijeron nada, pero muchos sonrieron levemente, aprobando esa decisión, Selene no se movió ni un milímetro de su sitio, con una expresión inescrutable, el comandante imperial observaba todo el alboroto con los brazos cruzados sobre el pecho, interesado y frío.

 

Y Demian seguía de pie, en lo alto de la tarima, inmóvil como una estatua.

 

Miraba a todos esos nobles gritar, ofendidos por no poder usarla, indignados por no tener su momento de gloria robada.

 

Y esperaba.

 

Esperaba el momento exacto, el silencio preciso, para destruirlos delante de toda la ciudad, tal como se lo merecían.

 

Demian guardó silencio durante unos segundos largos, dejando que las protestas y los gritos de los nobles se fueran apagando poco a poco, como si esperara a que todos se cansaran de oírse a sí mismos.

 

Después, levantó una mano.

 

Fue una señal simple, pequeña, casi discreta eso bastó.

 

Inmediatamente, los guardias de armaduras oscuras que rodeaban todo el perímetro de la sala se movieron al unísono. El sonido metálico de las placas chocando y retumbando sobre el suelo de piedra fría hizo que muchos se callaran de golpe.

 

Varios soldados avanzaron con paso firme y pesado, atravesando el pasillo central, y se dirigieron directamente hacia el sector donde estaban sentados los nobles que habían huido, los que habían regresado y los que ahora gritaban con más fuerza.

 

La mayoría de ellos se tensó de golpe, confundidos y asustados, algunos retrocedieron en sus asientos, encogiéndose, otros comenzaron a mirar a todos lados, buscando una explicación que no llegaba.

 

Pero los guardias no se detuvieron ante nadie más.

 

Pasaron de largo junto a los nobles menores, ignorándolos por completo.

 

Ignoraron a los que simplemente habían huido por cobardía.

 

Y finalmente, rodearon con una formación cerrada y amenazante a tres hombres.

 

Tres nobles de renombre, de apellidos antiguos y poderosos, tres hombres que hasta hacía apenas unos segundos mantenían el mentón en alto y miraban a todos con una arrogancia insultante, seguros de su poder y de su impunidad.

 

Lord Berengar Valtier.

 

Lord Cedric Vaelmont.

 

Y Lord Osric Durnholde.

 

Los tres se levantaron de golpe, poniéndose de pie de un salto, con las caras descompuestas.

 

—¡¿Qué significa esto?! —gritó Berengar, rojo de ira, intentando zafarse de un soldado que ya le sujetaba el brazo con fuerza.

 

—¡¿Cómo se atreven a ponerme una mano encima, a mí?! —rugió Cedric, golpeando el aire con el puño libre—. ¡Soy un noble! ¡Soy un hombre de ley!

 

Osric, el más delgado y pálido de los tres, intentó retroceder y esconderse entre los demás, pero los guardias no se lo permitieron.

 

—¡Esto es una locura! —balbuceó, con la voz quebrada—. ¡Soy un noble del Imperio! ¡Tienen prohibido tocarme!

 

Pero los soldados no dudaron ni un segundo, los obligaron a avanzar, empujándolos suavemente, pero sin permitirles resistencia, y los condujeron hasta dejarlos justo al frente de la tarima, cara a cara con Demian.

 

La sala entera había quedado en un silencio absoluto.

 

Un silencio pesado, denso y lleno de tensión, porque nadie, absolutamente nadie, esperaba aquello.

 

Los nobles restantes comenzaron a mirarse entre ellos, con los ojos muy abiertos y el miedo instalado en el pecho, los ciudadanos, que minutos antes celebraban, no entendían qué estaba pasando, pero sentían que algo grande y definitivo estaba ocurriendo, incluso varios soldados de la guarnición parecían sorprendidos, mirándose unos a otros sin saber muy bien qué iba a pasar.

 

Demian observó a los tres hombres frente a él. Y en su rostro no mostró emoción alguna.

 

Ni rabia.

 

Ni odio.

 

Ni siquiera satisfacción.

 

Solo una frialdad absoluta, cortante como el hielo.

 

Entonces volvió a levantar una mano, haciendo una seña hacia un lado.

 

Y una figura apareció caminando desde entre las cortinas, desde uno de los costados oscuros de la sala. Era una mujer joven, vestida igual que cualquier otra sirvienta del castillo, con el cabello recogido en una trenza sencilla y la mirada baja, fija en el suelo. Caminaba en silencio, sin hacer ruido, casi invisible.

 

Pero Selene, que observaba todo desde su asiento, la reconoció al instante.

 

También Daeron, que estaban cerca de la entrada, y varios de los que habían trabajado codo a codo con Anna durante la crisis también la reconocieron.

 

Era la misma mujer que había pasado semanas enteras recorriendo caminos, pasando desapercibida, reuniendo información, interceptando cartas secretas, siguiendo rastros que nadie más podía ver y descubriendo verdades que otros intentaban enterrar. Era la espía de confianza del castillo.

 

La mujer se inclinó profundamente frente a Demian y le entregó un manojo grueso de documentos, todos sellados con lacres diferentes y atados con cuerdas de hilo.

 

Demian los tomó entre sus manos sin apartar ni por un segundo la vista de los tres nobles temblorosos frente a él. Los sostuvo un momento, pesando su importancia, y después abrió lentamente el primero de todos.

 

—Lord Berengar Valtier.

 

El hombre tragó saliva con fuerza, haciendo un ruido seco que se escuchó en todo el salón. Sus piernas comenzaron a temblarle.

 

—Hace diecinueve días, cuando la enfermedad ya comenzaba a matar a los nuestros, usted ordenó el ingreso de siete grandes cargamentos de harina vieja, envenenada y contaminada, haciéndolos pasar por ayuda humanitaria —dijo Demian con voz monótona, como si leyera la lista de la compra—. Los hizo entrar por la puerta sur de la ciudad, saltándose todos los controles de seguridad y sanidad.

 

Toda la sala quedó inmóvil.

 

Nadie respiraba.

 

Demian levantó la hoja frente a todos para que pudieran ver la letra y las firmas.

 

—Tenemos los registros exactos de los carruajes.

 

—Tenemos los nombres de cada uno de los conductores y cocheros que lo hicieron.

 

—Y tenemos los pagos realizados desde una cuenta privada perteneciente a su casa, con fecha y hora exacta.

 

Berengar abrió los ojos de golpe, desesperado.

 

—¡Eso es mentira! ¡Son documentos falsos! ¡Me están tendiendo una trampa! —gritó, intentando zafarse otra vez.

 

Demian ni siquiera lo miró.

 

Dejó caer esa hoja y abrió otro documento.

 

—Lord Cedric Vaelmont.

 

Cedric apretó los dientes hasta que le dolió la mandíbula, tratando de mantener la dignidad que ya se le escapaba de las manos.

 

—Hace veintidós días, usted recibió en una de sus bodegas ocultas, en el barrio bajo, a los hombres encargados de dividir esa harina y distribuirla gratuitamente solo dentro de los barrios más pobres, entre la gente que no tenía dinero para comprar otra cosa —continuó Demian, imparable—. Les dio refugio, comida y protección mientras hacían el trabajo sucio.

 

Levantó una segunda hoja, mostrando un dibujo de un rostro.

 

—Tenemos los nombres de todos los intermediarios.

 

—Tenemos las rutas exactas que utilizaron para no ser vistos.

 

—Y tenemos los testimonios completos de los sobrevivientes que trabajaron para usted y que decidieron hablar para salvar sus almas.

 

Cedric comenzó a palidecer, perdiendo todo el color de la cara. Se le veía sudar frío.

 

—¡No tienen pruebas suficientes! —balbuceó con voz ronca—. ¡Son solo palabras de gente común contra mi honor! ¡Nadie les creerá!

 

Demian apartó ese papel y abrió el último documento, el más grueso y pesado de todos.

 

—Lord Osric Durnholde.

 

Osric ya estaba temblando visiblemente, con las manos apretadas contra el cuerpo, incapaz de levantar la vista.

 

—Usted financió toda la operación desde el principio hasta el final —sentenció Demian—. Pagó por la harina barata y podrida. Pagó por el transporte. Pagó para que nadie hiciera preguntas. Pagó por el silencio de todos los involucrados. Y también… pagó por los hechizos de muerte colocados sobre los hombres encargados de repartirla, para asegurarse de que, si eran capturados, no pudieran hablar ni confesar nada antes de morir.

 

Un murmullo de horror recorrió toda la sala, convirtiéndose pronto en un rugido contenido. Los ciudadanos comenzaron a abrir los ojos de golpe, comprendiendo todo. Los soldados tensaron las manos sobre las empuñaduras de sus espadas, con rabia contenida. Los nobles menores miraban a los tres hombres como si fueran monstruos salidos de la oscuridad.

 

Demian dejó caer todos los documentos sobre la mesa frente a él, haciéndolos sonar con fuerza.

 

—La pandemia que nos mató a tantos no fue un accidente —dijo con voz potente que resonó en las paredes altas— No fue mala suerte, no fue obra del destino ni castigo de los dioses.

 

Fue provocada. Planeada. Ejecutada.

 

Miró directamente a los tres nobles, clavando sus ojos oscuros en ellos.

 

—Provocada por hombres que estaban dispuestos a sacrificar una ciudad entera, a matar a miles de inocentes, solo para quedarse con más poder, más tierras y más riquezas.

 

Berengar comenzó a negar desesperadamente con la cabeza, una y otra vez, sin dejar de hablar mentiras. Cedric intentó decir algo, pero la voz se le quedó atascada en la garganta. Osric simplemente parecía haberse derrumbado por dentro.

 

Pero ya era demasiado tarde.

 

Porque toda la sala los estaba mirando con odio, con dolor y con asco

 

.Y por primera vez desde que comenzó todo aquello, la verdad completa había sido mostrada delante de todos, sin velos ni medias tintas.

 

Demian los observó un momento más, con un desprecio frío y absoluto que ya no intentaba ocultar ni disimular.

 

Berengar seguía gritando que era inocente.

 

Cedric apenas podía mantenerse en pie.

 

Osric parecía haber envejecido diez años en cuestión de unos segundos.

 

Pero Demian ya no tenía nada más que escuchar de ellos. Lentamente, llevó una mano al interior de su abrigo, bajo la capa y sacó una carta pequeña, doblada con cuidado y sellada con un gran sello de lacre rojo brillante.

 

Ese sello… era el del Imperio.

 

Eso bastó para que la sala entera volviera a quedarse en silencio, más tenso que nunca, todos reconocieron ese símbolo.

 

Demian levantó la carta para que todos pudieran verla claramente.

 

—Esta orden fue enviada directamente por el Emperador Aurelian en persona —anunció—. Llegó ayer por la noche.

 

Los ojos de todos se clavaron en ese pedazo de papel. Incluso los otros nobles, los que nada tenían que ver, comenzaron a tensarse más, presintiendo lo peor.

 

—Su Majestad me ha otorgado autoridad absoluta. El poder de actuar como él mismo lo haría aquí. Y me ha ordenado juzgar a estos hombres como yo considere necesario, sin leyes intermedias ni apelaciones.

 

Berengar abrió los ojos de golpe, comprendiendo que su influencia ya no valía nada.

 

Cedric dio un paso adelante, intentando usar sus últimos recursos.

 

—¡No puede hacer eso! —gritó con desesperación—. ¡Somos nobles del Imperio! ¡Tenemos derechos! ¡Tenemos privilegios! ¡No nos pueden tratar así!

 

Demian lo miró.

 

Lo miró como si acabara de escuchar el zumbido de un insecto molesto.

 

Con una indiferencia que dolía más que cualquier golpe.

 

—Perdieron ese derecho… perdieron todo privilegio… el día que decidieron sacrificar una ciudad entera para llenar sus bolsillos.

 

El silencio volvió a caer, pesado y definitivo.

 

Demian abrió lentamente la carta imperial y leyó en voz alta, con una voz que resonó como una sentencia de muerte.

 

—Por conspiración contra la corona y contra el pueblo, por provocar deliberadamente la muerte de ciudadanos inocentes, incluidos mujeres, ancianos y niños, por utilizar veneno, corrupción, magia oscura y asesinato para obtener poder y beneficio propio.

 

Hizo una pausa y miró a los tres hombres a los ojos.

 

—Declaro a las casas Valtier, Vaelmont y Durnholde culpables de alta traición.

 

Los tres palidecieron hasta quedarse blancos como la cera.

 

Sus piernas fallaron.

 

—Todas sus tierras, granjas y propiedades serán confiscadas inmediatamente.

 

—Todas sus riquezas, oro y bienes pasarán a manos del Imperio y de la ciudad, para reconstruir lo que ustedes destruyeron.

 

—Todos los títulos de nobleza, escudos y derechos de sus familias serán eliminados y borrados de los registros para siempre.

 

—Sus descendientes, sirvientes y administradores perderán cualquier privilegio que alguna vez tuvieron. Ninguno heredará nada de lo que robasteis.

 

La respiración de los tres se volvió agitada, cortada y entrecortada, Cedric fue el primero en caer de rodillas sobre el suelo de piedra, llorando de miedo, Berengar comenzó a temblar de forma incontrolable, Osric simplemente bajó la cabeza, incapaz de mirar a nadie.

 

Demian los miró sin mostrar la menor compasión, sin una sola pizca de piedad.

 

—Y ustedes tres… —su voz bajó de tono, haciéndose más peligrosa— …serán condenados a prisión perpetua. En las celdas más profundas y oscuras de la fortaleza del sur. Ningún ser humano volverá a veros jamás.

 

La sala quedó completamente inmóvil, esperando el final.

 

—Porque la muerte… sería demasiado fácil. Sería demasiado misericordiosa para lo que hicisteis. Y vosotros no merecéis ni misericordia ni descanso.

 

Eso fue suficiente.

 

Fue la chispa que faltaba.

 

Los ciudadanos explotaron, un grito furioso, colectivo y atronador llenó la sala entera.

 

—¡MONSTRUOS!

 

—¡ASESINOS!—¡BASURAS DE LA TIERRA!

 

—¡MATARON NIÑOS!

 

—¡MATARON A MI FAMILIA!

 

—¡MUERTE A LOS TRAIDORES!

 

Los insultos comenzaron a llover desde todos lados, convertidos en una lluvia de odio justo y merecido, los soldados tuvieron que sujetar con mucha más fuerza a los tres nobles, protegiéndolos no por deber, sino para que la multitud no los despedazara allí mismo.

 

Cedric lloraba y pedía perdón, arrastrándose por el suelo.

 

Berengar gritaba y maldecía a todos, presa de la locura del miedo.

 

Osric ya ni siquiera tenía fuerzas para hablar, se dejaba llevar como un muñeco roto.

 

Los guardias comenzaron a llevárselos, arrastrándolos hacia la salida mientras la gente les gritaba, les escupía y les lanzaba objetos que tenían a mano: monedas, pañuelos, frutas, lo que fuera.

 

Porque ya no eran nobles.

 

Ya no eran señores poderosos.

 

Ya no eran personas importantes.

 

En ese momento, ante los ojos de toda la ciudad, eran simplemente los hombres que habían intentado destruirlos a todos.

 

Y ahora, por fin, estaban pagando por ello.

 

Cuando finalmente desaparecieron por las puertas del salón, arrastrados entre insultos y odio, Demian volvió a girarse hacia el resto de los nobles que permanecían allí, pálidos y temblando en sus asientos.

 

Y el silencio regresó de golpe, pesado y opresivo.

 

Los que habían huido, los que se habían escondido, los que solo habían regresado para intentar limpiar su nombre, mantenían la cabeza gacha. Nadie se atrevía a levantar la vista. Nadie se atrevía a respirar muy fuerte.

 

Demian recorrió sus filas lentamente con la mirada, como si estuviera evaluando algo que ni siquiera valía la pena mencionar.

 

—Ustedes no serán castigados —dijo al fin.

 

Muchos levantaron la vista de golpe, con los ojos muy abiertos, incrédulos. Incluso algunos parecieron recuperar el aire que habían estado reteniendo. Un suspiro colectivo de alivio recorrió el grupo.

 

Pero Demian todavía no había terminado. Su voz se endureció aún más, cortante como el acero.

 

—No porque sean inocentes, sino porque no vale la pena.

 

Volvieron a tensarse al instante. Entendieron que el alivio había sido una trampa.

 

—No fueron parte de la conspiración, no provocaron la enfermedad, no envenenaron la harina ni pagaron magia oscura. Pero sí huyeron, sí abandonaron a esta ciudad en el momento en que más se necesitaba de cada mano, sí dejaron que otros sangraran, sufrieran y murieran para que ustedes estuvieran a salvo.

 

Los nobles comenzaron a bajar la cabeza otra vez, más bajo que antes, avergonzados y humillados.

 

—No necesito castigarlos con prisiones ni confiscaciones —continuó Demian, dando un paso adelante, imponiendo su presencia—. Porque no seré yo quien los juzgue.

 

Se giró entonces, y señaló con la mano abierta hacia el resto de la sala: hacia los ciudadanos, hacia los artesanos, hacia los soldados, hacia la gente que había luchado y sobrevivido.

 

—Será el pueblo.

 

Esas palabras cayeron sobre ellos como una sentencia de muerte.

 

—Veamos cuánto tiempo conservan su título, sus privilegios y su supuesta nobleza después de esto. Veamos cuánto tiempo pasa antes de que nadie les abra la puerta, antes de que nadie les hable, antes de que nadie les entregue respeto alguno.

 

Muchos quedaron completamente blancos. Entendieron de inmediato lo que significaba: sin respeto, sin honor, sin el apoyo de la gente, un noble no era nada. Era el fin de su influencia. El fin de sus nombres. El fin de sus casas tal como las conocían.

 

Demian finalmente volvió a mirar a todos los presentes, a toda la sala llena de gente que sí había valido la pena. Entonces levantó una mano, y en ella brilló una medalla de plata, trabajada con esmero, grabada con el escudo de la ciudad y el símbolo del fénix renaciendo de las cenizas. Se giró hacia el rincón donde permanecía Daeron, el noble que no era de estas tierras, que había venido de otra ciudad y que, sin tener obligación ni deber alguno, había decidido quedarse desde el primer día, trabajando, vigilando, protegiendo y estando al lado de Anna cuando todos los demás se marchaban.

 

—Antes de continuar —dijo Demian, con voz clara y solemne, para que todos lo oyeran—, hay otro reconocimiento que debe hacerse.

 

Caminó hasta donde estaba Daeron, que dio un paso al frente con la postura recta y serena de siempre.

 

—Lord Daeron —anunció Demian—. Usted no es vasallo de estas tierras. No juró lealtad a esta ciudad. No tenía ninguna obligación de quedarse cuando el peligro llegó. Podría haberse marchado con los demás, podría haber vuelto a su hogar seguro. Pero eligió quedarse. Eligió ayudar a Anna cuando estaba sola. Eligió trabajar sin descanso, arriesgar su vida y defender a gente que ni siquiera conocía.

 

Levantó la medalla entre los dos, para que la luz brillara en ella.

 

—Esta medalla no es por nacimiento ni por título. Es por valentía, por lealtad y por honor. Se la entrego en nombre de la ciudad, en nombre de mi hermana y en el mío propio, como agradecimiento eterno por haber estado ahí cuando más falta hizo. Porque usted demostró ser más noble que todos los que llevan títulos antiguos y apellidos famosos.

 

Y se la entregó, colocándola en sus manos. Daeron la sostuvo con respeto, con una pequeña sonrisa tranquila y sincera, mientras la sala entera aplaudía en silencio, con un respeto que no se había dado a nadie más.

 

Demian regresó al frente, y recuperó la voz para todos:

 

—Y en cuanto a Lady Anna…

 

La sala volvió a quedar en silencio absoluto.

 

—No permitiré que nadie use el nombre de mi hermana para beneficiarse—miró fijamente hacia el grupo de los nobles cobardes—No permitiré que conviertan su sacrificio, su dolor y su esfuerzo en una herramienta para limpiar su imagen ni para parecer lo que no son.

 

Después, su mirada se suavizó apenas al dirigirse a los ciudadanos, a la gente de a pie.

 

—Pero honrarla—Hizo una pequeña pausa, cargada de emoción—Eso se los dejaré a ustedes.

 

Muchos bajaron la cabeza, tocados en lo más profundo. Otros sonrieron apenas. Algunos comenzaron a llorar en silencio.

 

—Porque cada persona en esta ciudad tiene el derecho de recordarla como quiera. De hablar de ella como se la merece. De guardar su nombre en el lugar que se ganó con hechos.

 

Y por primera vez en mucho tiempo, nadie habló. Porque no hacía falta. Todos sabían perfectamente cómo recordarían a Anna: como la que se quedó, como la que salvó, como la que dio todo.

 

La ceremonia terminó poco después. La gente comenzó a retirarse lentamente. Los ciudadanos salían comentando todo lo ocurrido, con las mentes llenas de imágenes y verdades nuevas. Los nobles menores se despedían entre ellos, con el orgullo recuperado por haber estado del lado correcto. Los soldados volvían a sus puestos, más firmes y orgullosos que nunca.

 

Y poco a poco, la gran sala fue quedando vacía.

 

Demian seguía sentado en su lugar, inmóvil. Tenía una mano apoyada sobre la frente, como si al fin todo el cansancio acumulado de las últimas semanas hubiera caído sobre él de golpe, pesado y agotador.

 

Selene permanecía sentada a su lado, tranquila y observadora. El comandante imperial seguía de pie con los brazos cruzados, analizando todo con la sabiduría de quien ha visto muchas cosas. Y Daeron no se había movido de su lugar, todavía con la medalla en la mano, observando a los hermanos D’Valrienne.

 

Durante unos segundos largos nadie habló. El salón estaba casi vacío, solo quedaban algunos guardias, sirvientes y personas que seguían saliendo lentamente.

 

Entonces comenzaron a escucharse murmullos. Venían desde las puertas abiertas del gran salón, desde los pasillos y escaleras por donde todavía caminaba la gente.

 

—Lady Anna no quiso quedarse para que esos nobles no usaran su nombre.

 

—Ni siquiera quiso una medalla para ella. Prefería irse antes que ser parte de su farsa.

 

—Después de todo lo que hizo… salvar a todos, trabajar hasta caer…—Y aun así se fue en silencio, sin esperar aplausos.

 

Una mujer mayor hablaba mientras sostenía a su nieta de la mano, con los ojos húmedos y brillantes.

 

—Esa niña cargó con todo esto sola. Se echó el mundo encima para que nosotros no tuviéramos que hacerlo.

 

—Y aun así pensó en nosotros antes que en ella. Siempre pensando en la ciudad.

 

Más adelante, un viejo comerciante asentía lentamente, mirando hacia el frente donde habían estado Demian y Selene.

 

—Lady Selene y Lord Demian tampoco se escondieron. No dejaron que ella peleara sola.

 

—Defendieron a su hermana frente a todos, incluso frente al Imperio si hacía falta.

 

—Y defendieron a la ciudad con uñas y dientes.

 

—Con gobernantes así, con gente de esa clase… todavía hay esperanza.

 

Un grupo de soldados que caminaban hacia la salida también hablaban entre ellos, con la voz baja pero llena de orgullo.

 

—Lord Demian no dudó ni un momento en destruir a esos nobles traidores.

 

—Y Lady Selene tampoco apartó la mirada ni tembló ante nada.

 

—Y Lord Daeron… pensar que vino de fuera y dio más que los que nacieron aquí.

 

—Con gente así al mando… esta ciudad va a levantarse más fuerte que antes.

 

—Tal vez esto era lo que necesitábamos para empezar de nuevo.

 

Una chica joven, apenas mayor que Lyra, abrazaba una cesta vacía contra su pecho mientras hablaba con otra mujer.

 

—Me habría gustado tener hermanos como ellos. Unidos, firmes, dispuestos a todo.

 

—Lady Anna tuvo suerte de tener a Lord Demian y Lady Selene a su lado.

 

—Y ellos tuvieron suerte de tener una hermana como ella. Se complementan, se protegen… son una familia de verdad.

 

Las palabras siguieron llegando una tras otra, suaves pero claras. Cada una más sincera que la anterior. Cada una nacida del corazón de gente que realmente había sufrido y que ahora veía con claridad quiénes eran los suyos.

 

Porque nadie hablaba de Anna como una heroína perfecta, hablaban de ella como alguien que se quedó cuando podía huir, como alguien que lloró, que cayó, que se agotó y aun así siguió adelante. Y también hablaban de Demian y Selene.

 

De cómo protegieron a su hermana contra todo y contra todos, de cómo enfrentaron a los poderosos sin miedo, de cómo sostuvieron la ciudad cuando Anna cayó rendida.

 

Poco a poco, el silencio volvió a apoderarse del salón.

 

Selene fue la primera en bajar la mirada, comprendiendo todo lo que acababa de ocurrir.

 

Demian seguía quieto, con la mano en la frente. Pero ahora ya no tenía el rostro cansado. Tenía una expresión diferente, una que mezclaba orgullo inmenso, rabia contenida y una resignación llena de ternura.

 

Porque recién ahora lo estaban entendiendo todo.

 

Anna no solo evitó que los nobles se aprovecharan de su nombre ni que usaran su imagen para quedar bien, no solo rechazó medallas ni aplausos vacíos. También hizo, con esa decisión de irse, que todas las miradas se dirigieran hacia ellos.

 

Hacia Demian.

 

Hacia Selene.

 

Hacia Daeron.

 

Hacia las personas que seguirían al frente, levantando la ciudad, ahora respetados, queridos y reconocidos por todos.

 

Selene cerró los ojos lentamente, negando con la cabeza con una media sonrisa.

 

—Lo hizo a propósito… —susurró.

 

Demian soltó una pequeña risa seca, una risa llena de incredulidad y admiración.

 

—Claro que lo hizo. Ella planeó todo esto desde antes de irse. Sabía exactamente lo que iba a pasar.

 

Daeron desvió apenas la mirada, acariciando la medalla que llevaba en su pecho. Porque él ya lo sabía desde antes. Conocía lo suficiente a Anna para entender exactamente qué estaba haciendo. Sabía que ella jamás admitiría algo así, que diría que solo quería paz. Pero también sabía que esa clase de movimientos, silenciosos pero poderosos, eran muy propios de ella.

 

No buscaba el reconocimiento para sí misma.

 

Lo repartía.

 

A su manera.

 

Con su estilo.

 

Incluso el comandante imperial parecía estar luchando por mantener la compostura, ocultando una sonrisa. Su larga experiencia política le permitía verlo con claridad. Desde el principio había sospechado que aquella ausencia no era casualidad, sino una jugada maestra. Y ahora, viendo las caras de los hermanos, casi quería reírse abiertamente.

 

—Su hermana es más lista de lo que aparenta —dijo finalmente, con respeto—. Mucho más lista.

 

Selene abrió los ojos y miró a Demian.

 

Demian soltó un suspiro pesado, mezcla de agotamiento y orgullo.

 

Y ambos se quedaron mirando hacia las puertas abiertas del salón, hacia el lugar por donde la gente seguía saliendo, hablando bien de ellos, hablando bien de Anna, hablando de la ciudad como si todavía hubiera esperanza.

 

Demian terminó apoyándose hacia atrás en su silla, cruzando los brazos.

 

—Cuando vuelva… —empezó a decir, con voz amenazante pero totalmente fingida.

 

Selene completó la frase sin dudar, con la misma falsa severidad.

 

—La voy a castigar. Un castigo largo y severo.

 

Daeron bajó apenas la cabeza para esconder una pequeña sonrisa, incluso el comandante tuvo que apartar la vista para no reírse en voz alta.

 

Porque todos sabían que ese castigo no sería real.

 

Serían regaños largos y exagerados.

 

Serían abrazos fuertes y protectores.

 

Tal vez alguna amenaza vacía de no dejarla salir de la mansión.

 

Pero al final del día, todos entendían lo que Anna había logrado, no solo salvó la ciudad de la muerte y la ruina, también les devolvió su honor. Les devolvió el respeto de la gente.

 

Y sobre todo… les devolvió una familia, unida, fuerte y leal, tal como debía ser.

Thoughts

  • EmilioPrats

    La abuela con la nieta de la mano, diciendo que esa niña se echó el mundo encima, suena igual que las vecinas de mi calle hablando de cualquier chica que sacaba la casa adelante sin que nadie lo apuntara. Que Anna se vaya antes de la fiesta es muy de gente de antes, xe: hacer lo que toca y volver a cenar.

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  • novelaacuestas

    ¡Aupa, qué ganas tenía de ver caer a esos tres! Apuesto a que Anna lo tenía pensado desde que despertó, y por eso Eliana es la única que no se sorprende cuando dice que se vuelve esa misma noche. Me juego un café a que el siguiente arranca en la mansión, con Demian y Selene entrando por la puerta con el castigo inventado y ella haciéndose la dormida entre las almohadas.

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