Saltar al contenido
Cargando…

Capítulo 71: Presagios de una catástrofe.

DNavarrete

Contenido de la publicación

Anna caminaba con pasos firmes por el salón, manteniendo la cabeza bien alta y una expresión de absoluta dignidad… o al menos eso intentaba transmitir. Desde la distancia, cualquier observador externo habría pensado que se dirigía a saludar a algún noble de alto rango o a tratar asuntos importantes. Pero quienes la conocían de verdad sabían perfectamente lo que estaba haciendo: su pequeño berrinche silencioso, en el que fingía estar profundamente ofendida para demostrar su “independencia”.

 

No tardó en llegar hasta donde estaban Adrian y Daeron, que conversaban tranquilamente apoyados en el marco de uno de los balcones, donde entraba una brisa suave que removía levemente las cortinas de seda.

 

Ambos levantaron la vista en cuanto la vieron acercarse. Adrian esbozó una sonrisa de inmediato.

 

—Mira quién viene caminando como si el mundo le debiera una explicación.

 

Daeron dejó escapar una risa baja y divertida, señalándola con la copa que tenía en la mano.

 

—Y tiene esa cara de “no me hablen o arrepentirse”, pero sus pasos van directos hacia nosotros.

 

Anna se detuvo justo frente a ellos, cruzó los brazos sobre el pecho y alzó la barbilla con firmeza.

 

—No quiero hablar con nadie. Me he declarado en silencio total.

 

Los dos intercambiaron una mirada cómplice. Adrian arqueó una ceja con curiosidad.

 

—¿Ah sí? Y si no quieres hablar con nadie, ¿por qué te has detenido aquí, justo a nuestro lado?

 

Anna guardó silencio durante unos segundos, como si buscara una excusa creíble, pero al final solo murmuró en voz baja:

 

—…Porque ustedes no se rieron de mí. Todavía.

 

Daeron soltó una carcajada que tuvo que contener rápidamente para no llamar la atención.

 

—Esa palabra “todavía” da mucho miedo.

 

—¡Tú tampoco ayudes! —le advirtió ella, señalándolo con un dedo mientras sus mejillas empezaban a teñirse de un leve rubor.

 

Los dos terminaron riendo con suavidad, sin burlarse de verdad, sino con esa confianza que solo tienen quienes se tratan como familia. Adrian levantó una mano y la posó con suavidad sobre la cabeza de ella, desordenando ligeramente sus mechones oscuros.

 

—Ven acá, pequeña malhumorada.

 

Anna no opuso ninguna resistencia. Simplemente dejó escapar un suspiro profundo y se dejó apoyar un poco en el marco, como si de repente hubiera perdido toda su energía para fingir ser digna.

 

—Son todos muy malos conmigo… primero mis guardias, luego mis hermanos, y ahora hasta ustedes…

 

—Lo sabemos —respondió Adrian con calma—. Somos terribles.

 

—Y lo peor es que nos encanta —añadió Daeron con una sonrisa traviesa.

 

Anna infló las mejillas de nuevo, pero ya sin la misma fuerza.

 

—No estoy malhumorada. Solo estoy defendiendo mi dignidad.

 

Adrian y Daeron respondieron al mismo tiempo, con tono de total acuerdo:

 

—Claro que no.

 

Anna desvió la mirada hacia el jardín que se veía desde el balcón, fingiendo que le parecía lo más interesante del mundo.

 

—Bueno… de todos modos, tampoco les hablaré por un rato.

 

—Lo imaginábamos —dijo Daeron con una sonrisa.

 

Y así, los tres continuaron conversando entre bromas y comentarios tranquilos, mientras el ambiente en el salón volvía poco a poco a su ritmo habitual, con la música de fondo y las conversaciones de los invitados.

 

A varios metros de distancia, en el grupo de los nuevos estudiantes, todos seguían observando la escena con gran curiosidad.

 

Brynja fue la primera en romper el silencio, con una expresión de confusión mezclada con sorpresa.

 

—¿Siempre… hace esto? ¿Se pone así por cualquier cosa?

 

Durgan asintió lentamente, frotándose la barba con aire pensativo.

 

—Yo también quiero saberlo. Nos han hablado de ella como una líder fuerte y justa, pero esto… es algo que no esperaba ver.

 

Seraphina movió suavemente la punta de su cola de escamas, con la mirada fija en Anna.

 

—Hace apenas un día que la conocemos… y ya me ha dado más sorpresas que en toda mi vida anterior.

 

Rhaegar, el hombre bestia, rascó distraídamente una de sus orejas puntiagudas.

 

—Pensaba que era una mujer mucho más seria, estricta y distante… como la mayoría de los nobles de aquí. Pero es todo lo contrario.

 

Incluso Lyrielle, que no había dejado de vigilarla discretamente desde que entró, seguía observándola con atención, moviendo lentamente su cola blanca con curiosidad.

 

Todas las miradas se dirigieron entonces hacia quienes llevaban más tiempo a su lado: Eliana, Lyra, Marien, Sylwen, Selene, Demian y Lythariel.

 

Brynja preguntó con cierta duda:

 

—¿Es… esto normal en ella? ¿O es solo una vez?

 

Hubo unos segundos de silencio, y de repente todos empezaron a reír. No era una risa fuerte ni burlona, sino esa risa suave que surge cuando alguien hace una pregunta cuya respuesta es demasiado obvia.

 

Eliana fue la primera en responder, secándose una pequeña lágrima de diversión.

 

—Sí. Es completamente normal.

 

Lyra asintió con una sonrisa amplia.

 

—De hecho, diría que hoy se está comportando bastante bien.

 

Sylwen cruzó los brazos, mirando a su señora con una mezcla de resignación y cariño.

 

—Si vieran lo que hacemos en la Ciudad de la Rosa Blanca, entenderían que esto es solo una pequeña muestra.

 

Los nuevos alumnos abrieron los ojos como platos, sorprendidos.

 

—¿Esto es… comportarse bien? —preguntó Durgan con incredulidad.

 

Marien soltó una risa suave y negó con la cabeza.

 

—Créannos. Llevan apenas veinticuatro horas conociendo a Lady Anna. Todavía no han visto ni una fracción de lo que es capaz de hacer.

 

Demian sonrió con calma, con esa tranquilidad que le caracterizaba.

 

—Ella tiene una habilidad muy especial: es exactamente lo contrario de lo que uno espera.

 

Selene asintió, mirando a su hermana con ternura.

 

—Un día puede resolver un conflicto político que lleva décadas estancado, firmar acuerdos que benefician a todo un territorio y hablar con una sabiduría que impresiona a los consejeros más ancianos…

 

Lythariel continuó la frase con una sonrisa maternal:

 

—Y al día siguiente se enoja porque alguien tiene un vestido que le gusta más que el suyo, y pasa media hora intentando arreglar el suyo para que quede igual de bonito.

 

Sylwen añadió con diversión:

 

—O porque perdió una partida de ajedrez y se niega a aceptar que el otro jugó mejor.

 

Eliana levantó un dedo para enumerar otro ejemplo.

 

—O quedarse más de una hora intentando convencer a un gato callejero para que se deje acariciar, y si no lo consigue, se siente ofendida como si el animal le hubiera hecho un insulto personal.

 

Lyra sonrió recordando una escena muy reciente.

 

—Y al final, casi siempre es el gato quien termina subiéndose a su regazo y quedándose dormido, como si fuera su dueño. Entonces ella se olvida de todo y se pone muy orgullosa.

 

Las risas se extendieron entre todos, y hasta los nuevos alumnos no pudieron evitar sonreír, empezando a ver a Anna con otros ojos, mucho más cercanos y humanos.

 

Rhaegar volvió a mirar hacia donde estaba ella: ahora estaba apoyada en el balcón, hablando con Adrian y Daeron, y ya no parecía tan seria ni distante.

 

—Entonces… ¿cómo es realmente? ¿Cómo podemos definirla?

 

Demian se quedó en silencio unos segundos, mirando a su hermana con cariño, y luego respondió con total sinceridad:

 

—No lo sabemos.

 

Todos los estudiantes lo miraron con sorpresa.

 

—¿Cómo qué no? —preguntó Brynja.

 

Selene sonrió y negó con la cabeza.

 

—Llevamos con ella desde que éramos niños, mucho más tiempo que ustedes… y aun así, nunca logramos predecir lo que va a hacer o decir. Siempre nos sorprende.

 

Lythariel asintió con calma.

 

—Un día es una gran líder, al siguiente una joven curiosa, al otro una niña un poco caprichosa… y todo eso es ella.

 

Sylwen observó a Anna con una sonrisa tranquila.

 

—Es imposible meterla en una sola caja. No hay una palabra única que la defina.

 

Eliana rió suavemente.

 

—A veces incluso ella misma se sorprende de sus propias decisiones.

 

Lyra suspiró, divertida.

 

—Si esperan encontrar una regla fija para saber cómo va a reaccionar, pierden el tiempo.

 

Marien concluyó con voz suave y clara:

 

—Por eso lo mejor es que no intenten conocerla solo por lo que nosotros les contemos. Las palabras nunca alcanzan para explicarla.

 

Brynja inclinó la cabeza, con una expresión de curiosidad cada vez más viva.

 

—¿Entonces qué debemos hacer?

 

Demian respondió con una sonrisa:

 

—Conózcanla ustedes mismos. Hablen con ella, compartan sus dudas, trabajen a su lado.

 

Selene continuó:

 

—Rían con ella cuando hace tonterías, y aprendan de ella cuando demuestra su sabiduría.

 

Lythariel añadió:

 

—Y prepárense también para desesperarse un poco alguna vez, porque seguro que lo hará.

 

Sylwen cerró la explicación con una frase que todos entendieron a la perfección:

 

—Porque Lady Anna… es una auténtica caja de sorpresas.

 

Durante unos segundos nadie dijo nada. Todos volvieron a mirar hacia la joven que estaba en el balcón. Era la misma mujer que apenas unas horas antes había hablado con tanta firmeza y convicción, capaz de hacer cambiar de opinión a nobles muy conservadores… y ahora discutía con Adrian porque él le había despeinado el cabello, mientras Daeron se reía a su lado.

 

Brynja sonrió con sinceridad, por primera vez desde que había entrado al palacio.

 

—Entonces… será interesante conocerla de verdad.

 

Y en ese momento, todos los estudiantes de las distintas razas, sin importar su origen o sus costumbres, sintieron la misma sensación: ya no sentían respeto lejano ni miedo, sino una curiosidad sincera. No querían conocer a la representante del Imperio, ni a la noble de la Casa D’Valriene, ni a la Señora de la Rosa Blanca… querían conocer simplemente a Anna.

 

Lysandra observaba desde el otro extremo del salón, con la mirada fija en Anna y el grupo que la rodeaba. Después de verla marcharse junto a Adrian y Daeron, dejó escapar un suspiro y sonrió con cierta resignación.

 

—Quizás debería ir a verla… para asegurarme de que todo transcurre con normalidad —murmuró para sí misma, y apenas dio un paso al frente cuando una voz firme y profunda la detuvo en seco.

 

—No lo hagas.

 

Se giró de inmediato. A su lado estaba Kaelen, el otro Héroe de la Iglesia, un hombre de mirada fría y postura imponente, con el emblema sagrado bordado en su túnica. Su expresión no dejaba lugar a dudas: no estaba pidiendo, estaba ordenando.

 

—Quédate donde estás —repitió con tono grave.

 

Lysandra frunció el ceño, confundida y con un leve gesto de desacuerdo.

 

—¿Por qué? Si hay algún conflicto, es mi deber intervenir para mantener el orden.

 

—Son órdenes directas de la Santa Sede —respondió él sin desviar la vista del grupo—. Pase lo que pase esta noche, no intervengas, no tomes partido y no te involucres. Limítate a observar.

 

Un escalofrío recorrió la espalda de Lysandra.

 

—¿Qué significa eso exactamente? ¿Acaso saben que va a ocurrir algo malo?

 

Kaelen no respondió. Se limitó a permanecer inmóvil, como una estatua, con los brazos cruzados y la mirada fija en el centro del salón.

 

No tuvieron que esperar mucho para entenderlo.

 

De repente, una voz fuerte, arrogante y cargada de falsa cortesía resonó por todo el recinto, cortando cualquier conversación como un cuchillo.

 

—¡Lady Anna D’Valriene!

 

El murmullo se detuvo al instante. Cientos de cabezas se giraron hacia la fuente del sonido.

 

Caminando con pasos lentos y seguros, con una sonrisa altanera que no llegaba a sus ojos, apareció Lord Valerius de Solvaria, representante de un reino vecino conocido por sus costumbres más rígidas y crueles.

 

Adrian y Daeron dejaron de hablar de golpe. Sus sonrisas desaparecieron, reemplazadas por una mirada alerta y seria.

 

Anna también se detuvo. En cuanto sus ojos se cruzaron con los de aquel hombre, reconoció de inmediato quién era. Las palabras de advertencia de Sylwen resonaron claramente en su mente: “Tenga mucho cuidado con él. Es exactamente el tipo de noble que considera a las demás razas como algo inferior, solo útiles para servir o para ser vendidas”.

 

Respiró hondo y despacio, manteniendo la compostura. Lo último que deseaba era intercambiar ni una sola palabra con él, pero no podía darle la espalda en público; como representante oficial de otra nación, cualquier gesto hostil se convertiría en un problema diplomático que afectaría no solo a ella, sino a todo el territorio de la Rosa Blanca.

 

Así que dibujó en su rostro una sonrisa educada, fría y vacía.

 

—Lord Valerius. Es un placer verlo.

 

El noble abrió los brazos como si fueran viejos conocidos, acercándose demasiado para lo que permitía el protocolo.

 

—¡El placer es totalmente mío! Créame, en Solvaria su nombre ya es bastante conocido desde hace tiempo.

 

Anna alzó ligeramente una ceja, sorprendida y desconfiada.

 

—¿De verdad? No sabía que mi reputación hubiera cruzado tantas fronteras.

 

—Por supuesto —respondió él, y su sonrisa se amplió hasta volverse casi burlona—. Nos han llegado noticias de la noble que gobernaba mediante el miedo, de la mujer que no dudaba en aplastar sin piedad a cualquiera que se opusiera a su voluntad… una auténtica dama de carácter, tal como nos gusta ver.

 

El silencio cayó sobre el grupo como una losa pesada. La sonrisa de Anna se desvaneció por una fracción de segundo, pero se obligó a mantener la calma.

 

Valerius continuó hablando como si estuviera haciendo los mayores elogios del mundo.

 

—Una mujer con esa determinación sería muy bien recibida en mi reino. Allí sabemos cómo mantener el orden y la jerarquía, sin dejar que “otros” se crean con los mismos derechos.

 

Anna apretó lentamente los puños detrás de su espalda, pero no pronunció ni una palabra. No le daría la satisfacción de verla perder el control.

 

Sin embargo, el noble no se detuvo ahí. Desvió la mirada hacia Sylwen y la recorrió de arriba abajo con una expresión de desprecio absoluto, como si estuviera evaluando un animal de carga en un mercado.

 

—Debo reconocer que posee un talento excepcional, Lady Anna. No cualquiera consigue domesticar a una salvaje criatura del bosque y convertirla en algo útil para servir.

 

Las palabras flotaron en el aire, frías y ofensivas.

 

Las orejas puntiagudas de Sylwen se tensaron al instante hasta quedar completamente rígidas. Sus ojos verdes cambiaron de forma, volviéndose más agudos y brillantes, y su mano se cerró con fuerza sobre la empuñadura de su espada. Dio un paso al frente con la intención de responder, pero una mano firme y suave a la vez detuvo su brazo.

 

Era Demian.

 

—No —le dijo en voz baja pero firme—. No le des exactamente lo que busca. Si pierdes la compostura, dirá que tiene razón y que somos incontrolables.

 

Al mismo tiempo, Garoum se colocó a su otro lado, erguido con su imponente estatura, cubriéndola parcialmente con su cuerpo.

 

—Son solo palabras vacías —añadió con calma—. No permitas que decidan cómo debes actuar.

 

Lythariel también negó lentamente con la cabeza, sin apartar la mirada de Valerius. Su voz fue serena pero llena de autoridad.

 

—Respira, hija. Él quiere provocarte. No caigas en su trampa.

 

Sylwen cerró los ojos unos segundos, apretó los dientes y, con un esfuerzo visible, soltó el aire que retenía y retrocedió hasta quedar en su lugar, aunque su cuerpo seguía tenso como una cuerda a punto de romperse.

 

Anna observaba toda la escena sin apartar ni un segundo la vista del noble. Cada palabra que salía de su boca hacía que le costara más trabajo mantener la calma. Tenía ganas de darle la espalda y marcharse, de dejarlo hablando solo, pero sabía que eso sería un error imperdonable en términos diplomáticos. Si ella rompía las reglas, quienes sufrirían las consecuencias serían los habitantes de su territorio. Así que aguantó, aunque por dentro sentía que la rabia empezaba a quemarle el pecho.

 

Adrian y Daeron permanecían igual de tensos, listos para intervenir en cualquier momento, aunque sin moverse todavía.

 

Valerius, por su parte, parecía completamente ajeno al ambiente helado que había creado. Volvió a sonreír con suficiencia y añadió:

 

—Pero no he venido solo a intercambiar cumplidos. También he querido traerle un pequeño obsequio, algo que considero muy valioso y digno de una gran señora como usted.

 

Chasqueó los dedos con fuerza.

 

Las grandes puertas laterales del salón se abrieron lentamente.

 

Dos soldados vestidos con uniformes oscuros entraron con paso firme, arrastrando algo entre ambos. El sonido metálico y sordo de cadenas pesadas resonó sobre el suelo de mármol, claro y nítido para todos los oídos.

 

Clang… Clang…

 

El silencio se hizo absoluto.

 

Entre los dos guardias caminaba una figura encorvada, cubierta con harapos sucios y rotos. Sus muñecas y tobillos estaban sujetos por gruesos grilletes de hierro que le rozaban la piel dejando marcas oscuras. Tenía la cabeza gacha, ocultando su rostro, y su cuerpo delataba señales antiguas de golpes y malos tratos.

 

Pero no fue eso lo que hizo que todos los presentes contuvieran el aliento.

 

Bajo la luz tenue de los candelabros, la figura que arrastraban los guardias avanzaba con pasos cortos y pesados, como si cada movimiento le costara un esfuerzo inmenso. Cubierta por harapos gruesos, sucios y desgastados por el tiempo y el uso, apenas dejaban ver su verdadera apariencia, pero aun así, había detalles que no podían ocultarse del todo.

 

Su cuerpo tenía la complexión propia de su raza: estatura media, pero con una estructura sólida y resistente. La ropa rota revelaba zonas cubiertas por un exoesqueleto natural de color negro brillante, con finas vetas doradas que recorrían sus brazos, hombros y espalda, duro como la mejor armadura forjada. De su frente salían dos antenas largas y delgadas, que se movían con lentitud y timidez, captando cada olor, cada sonido y cada movimiento a su alrededor. En su espalda se adivinaba el contorno de unas alas membranosas, ahora plegadas y aplastadas por el peso de sus cadenas y la humillación. Detrás, sobresalía un abdomen redondeado y fuerte, característico de las obreras, diseñado para soportar cargas pesadas y trabajar sin descanso.

 

Su rostro, de rasgos suaves y juveniles, permanecía gacha, con la mirada fija en el suelo de mármol. Tenía los ojos oscuros y profundos, pero en ese momento reflejaban solo agotamiento, miedo y una profunda resignación. El cabello oscuro, largo y enredado, caía sobre su frente ocultando parte de su mirada. En sus muñecas y tobillos, los gruesos grilletes de hierro dejaban marcas oscuras y heridas que ya se estaban curando, prueba de que llevaba mucho tiempo encerrada y sometida.

 

Era Myria, una obrera común del Clan Formícida. No era guerrera, ni exploradora, mucho menos de la realeza. Su propósito en la vida había sido siempre trabajar, construir, recolectar y cuidar a su colonia. Sin embargo, tras la caída de su pueblo y la destrucción de sus territorios, había sido capturada y reducida a esclava, arrastrada de un lugar a otro como si fuera una mercancía más, olvidando casi por completo lo que era vivir en libertad.

 

Aunque su aspecto actual mostraba solo dolor y sumisión, bajo aquella apariencia seguía viva la esencia de su raza: lealtad absoluta, resistencia infinita y una fuerza interior que no había logrado romper ni los años de maltrato.

 

Valerius sonrió con suficiencia mientras los guardias detenían a Myria justo frente al grupo, tirando de las cadenas para obligarla a inclinarse. El sonido metálico retumbó de nuevo en el silencio del salón.

 

—Como pueden ver —dijo el noble, señalándola con un gesto desdeñoso—, incluso siendo solo una obrera, es una criatura extraordinaria. Fuerte, trabajadora, nunca se queja y obedece sin rechistar. En Solvaria nos hemos dado cuenta de que estas razas “antiguas” son muy útiles si se les enseña su lugar.

 

Volvió la mirada hacia Anna, esperando ver en ella aprobación o incluso interés, tal como había visto en su reputación anterior.

 

—He pensado que sería un regalo muy adecuado para usted, Lady Anna. Una sirvienta que no necesitará que la vigile, que aguantará cualquier tarea y que jamás le causará problemas.

 

Todo el salón esperaba su respuesta con la respiración contenida.

 

Anna no apartó la vista de Myria. Observó sus hombros encorvados, las marcas en su piel, la forma en que sus antenas se encogían ante cada mirada ajena. Luego levantó lentamente la vista hacia Valerius, y en sus ojos ya no quedaba ni rastro de la sonrisa educada que había mantenido hasta entonces. Había algo mucho más frío, más firme y peligroso.

 

—Lord Valerius —dijo, y su voz sonó baja, tranquila… pero cargada de una autoridad que hizo que hasta los guardias se tensaran—. ¿Me está diciendo que esto es un regalo?

 

—Exacto —respondió él, sin notar el cambio—. Algo muy valioso, escaso y…

 

—Es una persona —lo interrumpió ella, sin levantar el tono, pero cortándolo en seco.

 

El noble parpadeó, confundido.

 

—Disculpe… ¿una persona? Es una Kineth, mi señora. Una de esas razas que ya casi no existen, criaturas sin reino ni derechos. Son…

 

—Son seres vivos con pensamientos, sentimientos y libertad —volvió a interrumpirlo Anna, dando un paso al frente.

 

A su lado, Sylwen, Garoum, Demian y todos los demás permanecían en silencio, pero sus miradas reflejaban la misma aprobación y tensión. Adrian y Daeron cruzaron los brazos, con una sonrisa de satisfacción, sabiendo perfectamente lo que iba a ocurrir.

 

Anna clavó su mirada en Valerius, y esta vez no ocultó el desprecio que sentía.

 

—Le agradezco su intención… pero rechazo este “regalo”. No acepto bienes que lleven cadenas. Y mucho menos acepto tratar a alguien como si fuera un objeto.

 

El rostro de Valerius se endureció de golpe, perdiendo toda su falsa cortesía.

 

—¿Cómo dice? ¿Me rechaza esto? Es un gesto de buena voluntad entre nuestras tierras, Lady Anna. No crea que es algo que cualquiera pueda tener.

 

—Precisamente por eso lo rechazo —respondió ella con firmeza—. Porque no es algo que “tener”. Si usted considera que su buena voluntad consiste en regalar esclavos, entonces le ruego que se la guarde para sí mismo. En la Ciudad de la Rosa Blanca, las cadenas no tienen cabida, ni para nadie.

 

El silencio en el salón se volvió pesado, y esta vez no era de asombro, sino de expectación.

 

Anna miró entonces directamente a Myria, y su mirada se suavizó, sin dejar de ser firme. Extendió una mano hacia los guardias, señalando los grilletes.

 

—Y además… ya que ha traído a esta joven hasta aquí, aprovechemos para hacerle saber que en mi territorio no entra nadie con cadenas.

 

El salón permanecía en un silencio absoluto, tan denso que parecía que se podía cortar con un cuchillo. Nadie se atrevía a romper aquella tensión que se había apoderado de todos los presentes.

 

Anna mantuvo la mirada fija unos segundos más en la joven Kineth: en su espalda encorvada, en las cadenas que le dejaban surcos profundos y oscuros en la piel, en aquellos harapos desgastados que apenas cubrían su cuerpo y que no lograban ocultar el brillo oscuro y dorado de su exoesqueleto. Sus antenas se movían con timidez, como si buscaran refugio en la oscuridad, y sus ojos oscuros no se atrevían a alzarse ni un centímetro del suelo.

 

Luego, Anna volvió la vista hacia Valerius. Su expresión seguía siendo serena, sin rastro de ira ni de humillación, solo una calma fría y calculada.

 

—Lord Valerius —pronunció con voz clara y firme.

 

El noble esbozó una sonrisa satisfecha, seguro de que al final cedería y aceptaría su regalo tal cual.

 

—Sí, Lady Anna. ¿Ha cambiado de opinión? Sabía que entendería el valor de este obsequio.

 

Anna respiró despacio, midiendo cada palabra.

 

—A pesar de todo lo que ha dicho… deseo comprar a esa joven.

 

Un murmullo contenido estalló al instante entre los asistentes, como una ola que recorría todo el salón. Más de un noble abrió los ojos con sorpresa, confundido por lo que acababa de escuchar.

 

—¿Comprarla? —susurró alguien—. ¿Va a aceptarla como esclava después de lo que dijo?

 

—Pensé que no toleraba esas prácticas… ¿se habrá dejado llevar por el protocolo?

 

En el grupo cercano, Sylwen cerró los ojos y negó con la cabeza con una media sonrisa. Demian simplemente sonrió, cruzándose de brazos. Eliana negó con la cabeza, como si ya supiera lo que venía. Lyra soltó un pequeño suspiro de alivio, y Marien observaba a Anna con total tranquilidad. Ninguno parecía preocupado en absoluto; la conocían demasiado bien. Sabían que jamás aceptaría tratar a nadie como una propiedad, pero también entendían perfectamente lo que estaba haciendo: si la arrebataba por la fuerza, sería un conflicto abierto entre naciones; si humillaba públicamente a Valerius, el incidente escalaría de forma imparable. Por eso, jugaba con sus propias reglas, para ganar sin romper la diplomacia.

 

Valerius soltó una carcajada fuerte y sonora, llena de arrogancia.

 

—¡Ja, ja, ja! ¿Comprarla? Lady Anna, ¿de verdad cree que puede pagar el precio de una Kineth? Son criaturas extremadamente raras, casi extintas. No basta con tener ganas: debe ofrecer algo verdaderamente valioso para que valga la pena el trato.

 

Muchos nobles comenzaron a negar con la cabeza, convencidos de que ahí terminaría todo. Estaban seguros de que Anna no poseería nada lo suficientemente costoso para igualar el valor de una raza tan escasa.

 

Más arriba, en el trono imperial, el Emperador apretaba con tanta fuerza los apoyabrazos de madera que esta comenzó a crujir bajo sus dedos. Su mirada estaba clavada en Valerius, llena de desaprobación y rabia contenida.

 

Seleneia colocó suavemente una mano sobre la de su esposo, tratando de calmarlo.

 

—Aurelian…

 

Él no apartó la vista ni relajó la presión.

 

—Esto ocurre en mi propio salón, bajo mi techo… y no puedo hacer nada para detenerlo.

 

—Si intervienes ahora como Emperador —le explicó ella con suavidad, pero con firmeza—, esto dejará de ser un asunto entre nobles y se convertirá en un conflicto directo entre nuestro Imperio y el de Solvaria. Las consecuencias serían mucho peores.

 

El Emperador cerró lentamente los ojos, sabiendo que tenía toda la razón. No podía actuar sin poner en riesgo la paz de todo su territorio.

 

A su lado, Ragnar observaba la escena con calma, y de repente habló con voz grave pero serena:

 

—Confíe en esa muchacha.

 

Aurelian abrió los ojos y lo miró, confundido.

 

—¿Perdón?

 

—Si realmente pretende gobernar un territorio propio y tomar decisiones que afectan a muchos —añadió el Rey Bestia sin dejar de mirar a Anna—, debe resolver este tipo de problemas por sí misma. Si no puede encontrar la forma de hacerlo sin desatar una guerra, entonces todavía no está preparada para llevar sobre sus hombros la responsabilidad de un pueblo.

 

Muy cerca de ellos, Lysandra apretaba la empuñadura de su espada con tanta fuerza que sus nudillos se habían vuelto completamente blancos.

 

—Con una sola orden mía le corto el cabeza aquí mismo y se acaba este espectáculo —murmuró entre dientes.

 

Kaelen, a su lado, seguía inmóvil como una estatua.

 

—No. Tienes órdenes de no intervenir.

 

Ella chasqueó la lengua con rabia contenida.

 

—Qué hombre tan insoportable eres a veces…

 

Mientras tanto, Anna no respondía de inmediato. Simplemente introdujo con calma una mano en el pequeño bolso de cuero que llevaba colgado a la cintura. Todos los ojos del salón se clavaron en aquel movimiento, incluso los de Valerius, que esperaba divertirse viéndola rendirse.

 

Un instante después, sacó una pequeña caja de madera oscura, pulida y con grabados sencillos pero elegantes. La abrió con mucho cuidado, y en cuanto la tapa se separó, la luz de los candelabros y las lámparas mágicas se reflejó con un brillo cegador.

 

En su interior descansaba una diadema fina y elaborada, trabajada con oro de la mejor calidad, engastada con diamantes perfectamente tallados y rubíes de un rojo intenso, cuya luz parecía arder con vida propia. Era una pieza de orfebrería digna de cualquier miembro de la realeza, con un valor incalculable.

 

Más de un noble contuvo el aliento al verla. Incluso los que más riqueza poseían reconocieron al instante que se trataba de una joya de una antigüedad y valor extraordinarios.

 

La sonrisa de Valerius desapareció por completo. Sus ojos se quedaron fijos, pegados a la diadema, sin poder apartar la mirada. La codicia brillaba con fuerza en ellos.

 

Anna sostuvo la caja con ambas manos, con total seriedad.

 

—Esta pertenecía a mi familia durante generaciones. Fue de mi madre, antes de que yo naciera.

 

Demian bajó lentamente la mirada, y Selene hizo lo mismo. Ambos reconocieron la pieza al instante: era el regalo que Anna había preparado especialmente para entregar a la Emperatriz por su cumpleaños. Pero ninguno de los dos dijo ni una sola palabra. En ese momento, salvar a aquella joven valía mucho más que cualquier obsequio o protocolo.

 

Valerius ya no miraba a Anna, ni siquiera veía a la Kineth a sus pies; solo tenía ojos para aquella joya. Extendió la mano con impaciencia.

 

—Trato hecho.

 

 

Sin la menor delicadeza ni respeto, empujó bruscamente el hombro de Myria hacia delante para apartarla de su lado. La joven, debilitada y con el equilibrio alterado por las cadenas, perdió pie y estuvo a punto de caer de bruces sobre el suelo de mármol.

 

Anna reaccionó por instinto, moviéndose con una agilidad que pocos esperaban de ella, y la sujetó firmemente por los hombros antes de que tocara el suelo. Al mismo tiempo, entregó la caja con la diadema a uno de los guardias de Valerius, sin volver a mirarla siquiera, como si para ella ya no tuviera importancia. Su atención estaba toda en la joven que temblaba entre sus brazos.

 

—Garoum —llamó con voz suave pero firme.

 

El gigante comprendió al instante lo que debía hacer. Se acercó sin decir nada, y con una delicadeza que contrastaba de forma sorprendente con su enorme tamaño y fuerza, tomó a Myria con cuidado, sosteniéndola en pie para alejarla de allí, lejos de Valerius y de todas aquellas miradas frías y curiosas que la habían juzgado.

 

Anna los observó alejarse hasta que se colocaron detrás de su grupo, protegida entre Sylwen, Eliana y Lyra. Luego dio media vuelta con la intención de poner fin a aquella desagradable situación para siempre…

 

Pero justo en ese momento, algo pequeño y casi imperceptible llamó su atención.

 

Entre todas las cadenas, medallones y joyas ostentosas que colgaban del cuello de Valerius, había un pequeño colgante sencillo, de plata desgastada por el tiempo, con una forma simple y un dibujo grabado casi borrado. Estaba casi oculto entre tantas piezas llamativas, casi imposible de distinguir a primera vista… pero Anna lo reconoció al instante.

 

Sus ojos se abrieron despacio, muy despacio. Su respiración se detuvo en seco, como si el aire le hubiera desaparecido del pecho.

 

Sin decir una sola palabra, giró apenas la cabeza hacia un lado, buscando una mirada cómplice.

 

Daeron estaba justo a unos pasos de distancia. Él también lo había visto. Permanecía inmóvil, con los ojos muy abiertos y fijos en aquel pequeño objeto, incapaz de apartar la vista.

 

Era imposible… pero ambos lo reconocieron con total seguridad.

 

Era el mismo colgante que llevaba su hermana mayor, Elara, el último día que la vieron con vida antes de que desapareciera sin dejar rastro.

 

El ruido del salón, las voces, la música lejana, todo desapareció para ellos. Ya no existía nada más que aquel pequeño objeto de plata… y el hombre que lo llevaba colgado del cuello con total despreocupación.

Related posts

Pública 0 conversaciones 0 pensamientos 8 votos positivos 0 votos negativos 1 serie

Anna caminaba con pasos firmes por el salón, manteniendo la cabeza bien alta y una expresión de absoluta dignidad… o al menos eso intentaba transmitir. Desde la distancia, cualquier observador…

En series

En grupos