La noche avanzaba en calma. Kaede dormía sobre el futón que había preparado junto a la cama de Lilia. La habitación permanecía casi completamente a oscuras, salvo por el tenue resplandor de la lámpara sobre la mesa de noche, que bañaba las paredes en una luz suave y dorada.
Habían pasado varias horas desde que ambas se acostaron.
Kaede abrió lentamente los ojos. Durante unos segundos permaneció inmóvil, todavía medio atrapada entre el sueño y la vigilia, intentando comprender dónde se encontraba. Entonces lo recordó todo: la casa de Lilia, la habitación, el futón en el suelo… y el hecho de que había decidido quedarse aquella noche para cuidarla.
—Tengo que ir al baño… —murmuró apenas en un susurro.
Se incorporó con sumo cuidado, procurando no hacer el menor ruido. Miró hacia la cama: Lilia seguía acostada, aparentemente profundamente dormida. Kaede se levantó entonces y salió de la habitación caminando de puntillas.
Minutos después regresó. Abrió la puerta lentamente y entró. Todo parecía igual. El silencio seguía envolviendo el cuarto. Kaede caminó de regreso hacia su futón, pero entonces, por alguna razón que no supo explicar, volvió a mirar hacia la cama.
Y se detuvo.
—¿Lilia…?
Algo no estaba bien. Lilia seguía acostada en la misma postura, inmóvil. Su rostro conservaba aquella expresión serena, casi inalterable, que siempre la caracterizaba. Pero había algo que no encajaba. Kaede se acercó despacio, con el corazón latiéndole suavemente en el pecho. Y entonces lo vio.
Una lágrima descendía lentamente por la mejilla de Lilia.
Kaede se quedó rígida, sin saber qué hacer.
—¿Está… llorando?
Otra lágrima brotó. Y luego otra. Sin embargo, Lilia no hacía el menor ruido. No sollozaba. No se estremecía. Seguía con los ojos cerrados, su semblante imperturbable, como si nada ocurriera… y aun así, las lágrimas continuaban cayendo, una tras otra, sin detenerse.
Kaede jamás había visto algo así. Aquella expresión tranquila no había cambiado en absoluto, pero sus ojos lloraban sin descanso. Se sentó en el borde de la cama, sintiendo un nudo en la garganta.
—Lilia… —llamó suavemente.
No obtuvo respuesta. Y mientras Kaede la observaba con el corazón encogido, Lilia seguía atrapada en un recuerdo que pertenecía a un tiempo muy lejano. Un recuerdo que nunca había podido borrar.
El interior de la mazmorra flotante del Rey Demonio estaba hecho ruinas. Las paredes temblaban con violencia. Grandes fragmentos de piedra se desprendían del techo y caían estrepitosamente al suelo. El aire estaba cargado de polvo, magia y olor a sangre. En el centro de aquella enorme cámara yacía el cuerpo del Rey Demonio, inmóvil. La batalla había terminado.
Pero nadie celebraba.
Haru apenas lograba mantenerse de pie. El resto del grupo respiraba con dificultad, apoyándose en sus armas para no desplomarse. Y frente a todos, de pie junto al panel de control, estaba Lilia. Su armadura estaba rota en varios puntos. Sangre recorría su rostro. Sin embargo, permanecía erguida.
Entonces un estruendo ensordecedor sacudió toda la estructura.
—¿Qué fue eso? —preguntó alguien con voz temblorosa.
Lilia miró el suelo. Su expresión se tornó grave.
—El núcleo.
—¿El núcleo de la mazmorra?
Lilia asintió.
—Está colapsando.
Otro temblor más fuerte los sacudió.
—¿Qué significa eso?
—Cuando el núcleo colapse, toda la energía acumulada será liberada de golpe —explicó Lilia con voz firme—. Destruirá todo en varios kilómetros a la redonda.
Un silencio aterrador cayó sobre ellos.
—Tenemos que detenerlo —dijo uno de ellos.
—¿Hay alguna forma?
Lilia miró hacia el centro de la estructura. Pensó unos segundos. Luego habló.
—Sí. La mazmorra es una estructura flotante. Podemos elevarla hasta la atmósfera.
—¿Y funcionará?
—La explosión ocurrirá igual —dijo Lilia señalando hacia lo alto—. Pero a esa altura, la mayor parte de la energía se disipará antes de tocar el continente.
Todos miraron hacia el panel de control.
—Entonces activamos el sistema de ascenso y nos vamos.
Lilia negó con la cabeza.
—El sistema automático quedó inutilizado durante la batalla. Solo puede controlarse manualmente.
Comprendieron al instante.
—Alguien debe quedarse.
—Yo me quedo —dijo Haru.
—No, yo.
—Puedo hacerlo.
—Yo soy más fuerte.
Uno tras otro se ofrecieron. Pero Lilia dio un paso al frente y colocó una mano sobre el panel.
—Yo lo haré. Fui parte de todo esto. Es mi responsabilidad terminarlo.
Haru se acercó a ella.
—No tienes que hacer esto sola.
—Ustedes pueden irse por los cristales de teletransporte.
—Tú también puedes venir.
Lilia negó lentamente.
—Alguien debe quedarse.
—Entonces me quedo contigo —dijo Haru sin dudarlo.
Lilia lo miró fijamente.
—No.
—Lilia…
—Haru —su voz fue suave pero inquebrantable—. Ya has hecho suficiente.
Nadie quería dejarla. Habían recorrido meses juntos. Habían luchado, comido, descansado, reído y discutido. Y aquella mujer que antes había sido su enemiga, el arma más temida del ejército enemigo, ahora era una más del grupo.
—No quiero que te quedes sola —dijo uno de ellos con voz quebrada.
Lilia guardó silencio. Luego sonrió levemente.
—Al menos déjenme hacer esto.
Aquellas palabras rompieron cualquier resistencia. Uno a uno comenzaron a despedirse. Los cristales de teletransporte se encendieron. Y uno tras otro desaparecieron. Hasta que solo quedaron dos personas en aquella cámara que se desmoronaba: Lilia y Haru.
—Tú también deberías irte —dijo Lilia.
Haru negó con la cabeza.
—Todavía no me he despedido.
Lilia lo miró, confundida.
—¿Por qué tardar?
Haru se acercó a ella.
—Gracias.
—¿Por qué?
—Por todo.
Lilia bajó la mirada.
—Yo debería decirte eso. Gracias por mostrarme un mundo que no conocía. Gracias por enseñarme que hay cosas más importantes que obedecer órdenes. Gracias por todo.
Haru no respondió.
—Vi ciudades —continuó Lilia mirando hacia la ventana—. Conocí personas. Vi paisajes que jamás imaginé. Incluso aprendí a disfrutar festivales… cosas tan simples y hermosas que yo ni siquiera sabía que existían.
—Te gustaban mucho los festivales —dijo Haru con una sonrisa triste.
—Eran interesantes.
Lilia lo miró a los ojos.
—Al menos ahora puedo proteger todo eso.
Haru quiso decir algo, pero antes de que pudiera hablar, la abrazó.
Lilia se quedó rígida, sorprendida. Sus brazos permanecieron inmóviles unos instantes.
—Haru…
—Estos meses… —su voz temblaba contra su hombro— han sido los más felices de mi vida. Me hubiera gustado tener más tiempo contigo.
El rostro de Lilia se encendió. Lentamente, levantó los brazos y lo rodeó por la espalda.
—No hagas que esta despedida sea tan triste —susurró ella—. Vuelve a casa, a tu mundo y cuenta sobre nuestras aventuras.
Haru se apartó despacio. Su mirada estaba llena de una tristeza infinita.
—Cuando llegues… saluda a todos de mi parte.
Lilia frunció el ceño.
—¿A todos?
—Sí. Ya lo entenderás.
Lilia sintió algo frío contra su pecho. Bajó la mirada: era un cristal de teletransporte.
—¿Cuándo…?
Haru posó una mano sobre su hombro.
—Perdóname.
—¡Haru, no!
La empujó. El cristal brilló con una luz cegadora que la envolvió por completo.
—¡HARU!
Y desapareció.
Lilia reapareció en el lugar acordado. El grupo corrió hacia ella alarmado. Pero entonces todos levantaron la vista hacia el cielo. La mazmorra flotante seguía elevándose, más y más alto, alejándose cada vez más.
Lilia se quedó inmóvil. Y entonces comprendió.
Minutos después, una luz deslumbrante estalló en lo más alto del firmamento. Un estruendo recorrió la tierra. La explosión iluminó el cielo entero como si fuera de día. Una ráfaga de viento golpeó con fuerza sus rostros. Pero abajo… el continente seguía en pie. Seguro. A salvo.
Haru lo había logrado.
Lilia permanecía de pie, mirando hacia aquel cielo donde todo había terminado. Su postura seguía siendo recta, firme, como siempre. Entonces sintió algo cálido resbalando por sus mejillas. Alzó una mano y lo tocó. Sus dedos quedaron húmedos.
—¿Qué…? —murmuró confundida.
Otra lágrima cayó. Y otra.
—¿Por qué estoy llorando?
Nadie supo qué responder. Sus compañeros se acercaron lentamente y, sin decir una palabra, la rodearon y la abrazaron. Uno por uno. En silencio. Porque en aquel instante, ella no necesitaba explicaciones. Necesitaba saber que no estaba sola.
Kaede de pie al lado de la cama. Miró a Lilia. Seguía dormida. Y las lágrimas seguían cayendo.
El corazón de Kaede se le partió en dos. No sabía con exactitud qué estaba viendo Lilia en sus sueños. Pero comprendió que aquello no era un simple sueño. Era el recuerdo más doloroso que llevaba guardado en el alma.
Se acercó despacio a la cama y, con infinito cuidado, se recostó junto a ella. La rodeó con sus brazos y la atrajo suavemente contra sí. Lilia no despertó. Pero su respiración se volvió menos pesada.
Kaede apoyó la cabeza sobre su hombro y susurró muy bajito, al oído de su amiga:
—Tranquila… ya estás aquí. No estás sola.
Lilia no abrió los ojos. Pero una última lágrima se deslizó por su mejilla hasta perderse en la almohada. Y por primera vez en toda la noche, sus facciones se relajaron. Ya no estaba sola.
La mañana llegó lentamente. Los primeros rayos del sol comenzaron a filtrarse por la ventana de la habitación de Lilia, iluminando poco a poco las paredes y los muebles. Todo estaba en calma.
Lilia permanecía dormida, respirando con suavidad. En medio de su sueño, comenzó a percibir un aroma. Un aroma agradable. Floral. Dulce, pero sin resultar excesivo.
Lilia se encontraba nuevamente en aquel campo. Recordaba aquel día. Habían salido con el grupo del héroe a las afueras de la ciudad. No había monstruos. No había misiones. No había órdenes. Simplemente habían extendido una manta sobre un campo inmenso cubierto de flores y habían pasado el día allí.
Lilia recordaba haberse recostado sobre aquel manto de flores. El sol calentaba suavemente su rostro. El viento mecía las flores a su alrededor. Todo era paz. El mismo aroma. La misma calidez. La misma sensación de bienestar.
Lilia sonrió levemente mientras dormía.
—Qué agradable…
Entonces sintió algo más. Algo que no pertenecía a aquel recuerdo. Algo nuevo. Su cuerpo estaba apoyado sobre algo inusualmente suave.
Lilia frunció ligeramente el ceño.
¿Suavidad? Eso no estaba en su recuerdo.
Abrió lentamente los ojos. Lo primero que vio fue una tela suave y cálida. Luego alzó un poco la mirada. Y se quedó completamente inmóvil.
Frente a su rostro… había un escote.
Lilia parpadeó. Una vez. Dos veces. Su cerebro tardó unos segundos en procesar lo que estaba viendo. Entonces bajó la mirada un poco más. Unos brazos rodeaban su cintura con suavidad.
Lilia giró la cabeza despacio. Y allí estaba. Kaede. Dormida. En su misma cama. Abrazándola tranquilamente.
Los ojos de Lilia se abrieron de par en par. Su rostro comenzó a encenderse. Primero las mejillas. Luego las orejas. Y finalmente, prácticamente todo su rostro se tiñó de un rojo intenso.
—…
Intentó recordar qué había ocurrido. Pero sus recuerdos estaban confusos.
Lilia se separó apenas unos centímetros, con el corazón latiéndole a mil por hora. Kaede se movió levemente entre sueños y, casi por instinto, volvió a atraerla hacia sí.
Lilia se quedó rígida como una tabla.
—…
Su rostro adquirió un tono rojo aún más intenso. Esta es una situación desconocida, pensó. Mi entrenamiento no incluye ningún protocolo para esto. No existe una respuesta táctica apropiada.
Tragó saliva. Y en ese momento, desde la planta baja, se escuchó el sonido claro de una taza siendo depositada sobre la mesa. La casa ya estaba despierta.
En la cocina, los padres de Lilia y Aiko desayunaban tranquilamente. El padre dio un sorbo a su té. Aiko revisaba su teléfono. La madre miraba por la ventana mientras terminaba de servir el desayuno. Todo parecía completamente normal.
Hasta que un grito desgarrador atravesó la casa de abajo hacia arriba.
—¡¡¡¡AAAAAAAAAAAAAAAAH!!!!
El padre se atragantó inmediatamente con el té.
—¡¿Qué ocurre?!
Aiko comenzó a toser de golpe.
—¡¿QUÉ PASÓ?!
La madre cerró los ojos un instante, suspirando. Ya había aprendido que cuando Lilia gritaba, lo más probable era que no hubiera ningún peligro real, sino más bien una situación completamente absurda.
Desde arriba volvió a escucharse el grito:
—¡¡¿POR QUÉ ESTÁS EN MI CAMA?!!
Aiko se quedó mirando hacia el techo. Luego miró a sus padres. Y de nuevo al techo. Una sonrisa traviesa comenzó a dibujarse lentamente en su rostro.
—Oh…
El padre intentó recobrar el aliento mientras se contenía la risa.
—Creo que… tenemos una situación.
—No creo que sea peligrosa —respondió la madre con calma.
Otro grito llegó desde el piso superior.
—¡¡¡KAEDÉ!!!
Aiko se tapó la boca con la mano.
—Definitivamente no es peligrosa.
El padre tomó de nuevo su taza.
—Aunque debo admitir que las mañanas se han vuelto mucho más animadas desde que Lilia llegó.
La madre sonrió con ternura.
—Sí. Esta casa estaba demasiado tranquila antes.
Aiko soltó una pequeña carcajada.
—Subo a ver qué pasa.
—Aiko —advirtió su padre—. No provoques más problemas.
Ella levantó ambas manos inocentemente.
—¿Yo? ¿Provocar problemas? Jamás.
Ambos padres la miraron en silencio, sin creérselo ni un poco. Aiko suspiró.
—Está bien… probablemente sí. Pero prometo contenerme.
Arriba, en la habitación…
Lilia seguía completamente roja, sin saber dónde mirar. Kaede, arrastrada por el escándalo, comenzó por fin a despertarse. Abrió los ojos despacio. Parpadeó un par de veces. Y entonces miró a Lilia. Lilia la miraba a ella, con los ojos muy abiertos y el rostro ardiendo.
Ambas se quedaron en silencio. Kaede tardó unos segundos en comprender dónde estaba. Luego miró hacia abajo, a sus propios brazos rodeando el cuerpo de Lilia. Volvió a mirar a Lilia.
—Ah…
—Explícame —dijo Lilia, tratando de mantener la voz firme sin lograrlo.
Kaede se frotó los ojos con tranquilidad.
—¿Qué cosa?
—¿Por qué estás en mi cama?
Kaede bostezó como si nada.
—Anoche llorabas mientras dormías. Te abracé para calmarte. Y luego… supongo que me quedé dormida.
Lilia procesó aquella explicación en silencio unos segundos.
—…
—No era necesario gritar así, ¿sabes? —añadió Kaede con voz suave.
Lilia abrió los ojos de par en par.
—¡¿NO ERA NECESARIO?! ¡Desperté y había alguien abrazándome!
—Sí.
—¡¿Y ESO TE PARECE ALGO NORMAL?!
Kaede lo pensó un instante.
—Después de todo lo que hemos vivido juntas… sí.
Lilia se sintió derrotada. No tenía ningún argumento para responderle.
En ese momento, la voz de su padre llegó desde el pasillo.
—¿Lilia? ¿Estás bien?
Lilia respondió al instante.
—¡SÍ!
Hubo un silencio breve.
—¿Segura?
—¡MUY SEGURA!
Aiko asomó la cabeza por la puerta, con una sonrisa que apenas podía contener. Vio a Lilia roja como un tomate. Vio a Kaede sentada en la cama, peinándose el cabello con los dedos como si nada. Y sonrió ampliamente.
—Buenos días.
Lilia la señaló con un dedo, advirtiéndola.
—No digas ni una sola palabra.
Aiko levantó las manos en señal de inocencia.
—No he dicho nada.
—Tu cara lo está diciendo todo.
Aiko tuvo que girarse para ocultar la carcajada.
—Está bien, está bien… me callo.
Kaede miró a Lilia y sonrió con ternura.
—Definitivamente despertaste con mucha energía hoy.
Lilia se hundió el rostro entre las manos.
—Quiero volver a dormir. Y no despertar nunca más.
Desde la planta baja se escuchó la voz de su madre llamando:
—¡El desayuno estará listo en diez minutos!
Lilia respondió automáticamente, con tono de instrucción recibida:
—¡ENTENDIDO!
Aiko sonrió de oreja a oreja.
—Ahí está nuestra Lilia.
Lilia levantó lentamente la cabeza, todavía con el rostro encendido.
—…Este mundo es demasiado complicado. Especialmente por las mañanas.