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Capítulo 22 (segunda parte)

amarsinperderme

Contenido de la publicación

"La vida se encoge o se expande en proporción al coraje de cada uno."

 Anaïs Nin

La valentía de regalarme una aventura  

Hubo un largo tiempo en el que las mujeres aprendíamos a amar casi exclusivamente desde la necesidad o la carencia. Necesitábamos compañía para no estar solas, seguridad económica, aprobación del entorno o, simplemente, alguien con quien construir a las apuradas la vida estandarizada que se esperaba de nosotras. Muchas veces, si miramos con honestidad, el amor no era una elección completamente libre; era también una forma solapada de supervivencia.

Con tantos años de carencia afectiva, comprendí que muchas de las ideas románticas que tenía metidas en la cabeza no habían nacido de mis deseos genuinos, sino de los mandatos socioculturales con los que crecí. Había aprendido a cuidar, a comprender los errores ajenos, a esperar milagros y a sostener estructuras familiares pesadísimas. Pero nadie me había enseñado que yo también tenía el mismo derecho a ser cuidada, comprendida y elegida. Pero sobre todo nadie me enseño que eso que tanto buscaba habitaba en mí.

Quizás por eso, cuando empecé a cuestionar esas viejas creencias, también cambió mi manera de mirar los vínculos. Ya no buscaba a alguien que viniera a completar mi vida ni a resolver mis vacíos. Había aprendido, a sostenerme por mí misma. Esa libertad transformó para siempre mi manera de pararme frente al amor. O, al menos, eso era lo que me imagine.

Fue en ese preciso momento de mi reconstrucción cuando ese joven colombiano comenzó a formar parte de mi vida.

Nuestra amistad comenzó a crecer con una naturalidad que todavía hoy me conmueve recordar. No hubo grandes declaraciones ni promesas apresuradas. Hubo tiempo. Mucho tiempo compartido.

Cada día encontrábamos un momento para conversar. Él me contaba cómo había transcurrido su jornada; yo le hablaba de la mía. Nos enviábamos fotografías de aquello que formaba parte de nuestra cotidianeidad, una calle, un café, un paisaje, una comida, el cielo que cada uno veía desde un país distinto. Sin darnos cuenta, empezamos a habitar la realidad del otro a través de pequeñas escenas que parecían insignificantes, pero que iban construyendo una intimidad inesperada.

Después de tantos años sintiéndome en una relación que hacía sentir un mueble viejo, aquella dedicación tenía un efecto profundamente reparador. No era solamente que alguien quisiera hablar conmigo. Era sentir que mi bienestar importaba. Que alguien preguntaba cómo había dormido, si había comido, cómo me había ido en el trabajo o qué me preocupaba ese día llenos de problemas que cargaba de la anterior relacion. Eran gestos simples, casi cotidianos, pero para una mujer que durante mucho tiempo había aprendido a cuidar sin ser cuidada, esos pequeños detalles tenían el peso de un abrazo largamente esperado.

Sin advertirlo, ese espacio vacío que había quedado dentro de mí comenzó a llenarse de buenos tratos, de presencia, de escucha y de una ilusión que crecía con cada conversación. Ya no esperaba únicamente el sonido de una notificación. Empezaba a esperar a esa persona.

El 1 de febrero de 2019 ocurrió algo que terminó de darle otro sentido a todo lo que veníamos construyendo. Me preguntó si quería ser su novia.

Recuerdo que sonreí antes de responder. La propuesta tenía una mezcla encantadora de inocencia y de compromiso. Conservaba esa ternura casi adolescente de quien todavía cree que el amor puede decirse sin vergüenza, pero al mismo tiempo expresaba el deseo sincero de nombrar aquello que ya estaba naciendo entre nosotros. Acepté.

Muchas veces, con el paso del tiempo, me pregunté si aquel momento había sido simplemente el entusiasmo de dos personas que se estaban enamorando o si, de alguna manera, el universo había decidido cruzar dos historias que necesitaban encontrarse. Nunca encontré una respuesta definitiva. Lo único que sé es que, desde ese día, dejé de mirar aquella relación como una posibilidad para empezar a imaginarla como un proyecto de vida.

Y fue allí donde comenzó, casi silenciosamente, mi propia idealización.

No era solamente él quien ocupaba mis pensamientos. Era todo lo que su presencia representaba para mí. Él parecía confirmar que existía otra forma de amar. Una forma donde el diálogo ocupaba el lugar del silencio, donde el interés reemplazaba a la indiferencia y donde la elección mutua parecía más importante que el sacrificio permanente.

Sin darme cuenta, empecé a completar con mis propios deseos todo aquello que todavía desconocía de su realidad. Allí donde había preguntas, yo imaginaba respuestas. Allí donde había silencios, suponía explicaciones. Allí donde el tiempo todavía no había mostrado quién era realmente ese hombre, yo proyectaba al compañero que durante tantos años había esperado encontrar. A veces pienso en como las mujeres nos engañamos nosotras mismas, pero bueno ya lo hablare más adelante.

Hoy puedo reconocer que también él cargaba con su propia historia. Era un joven atravesado por los mandatos con los que había crecido, por necesidades materiales muy diferentes a las mías, por sueños, carencias e ilusiones que yo todavía no alcanzaba a comprender. Pero, en ese momento, mi mirada estaba puesta casi exclusivamente en aquello que deseaba ver.

Había pequeñas señales que, vistas desde el presente, parecían pedir más tiempo, más preguntas y menos certezas. Algunas diferencias aparecían tímidamente entre nuestras conversaciones, como sombras que apenas se insinuaban en el horizonte. Las veía. No puedo decir que no las viera. Pero elegía creer que el amor sería suficiente para atravesarlas.

Tal vez porque, en el fondo, ya no quería perder a ese hombre. Quería proteger aquello que estaba despertando en mí. Y, sin darme cuenta, también comenzó a aparecer un impulso que después entendería mejor, el deseo de aliviar sus carencias, de acompañarlo, de ofrecerle oportunidades que su realidad no le había dado. Confundí el amor con la posibilidad de reparar la vida del otro, sin advertir que ninguna relación puede sostenerse cuando una persona asume el lugar de salvadora y la otra, aunque no lo pida, termina ocupando el lugar de quien necesita ser rescatado.

Aun así, los prejuicios no lograban apagar lo que sentíamos. La diferencia de edad, la distancia, las opiniones ajenas y las dudas de quienes nos rodeaban golpeaban con fuerza. Sin embargo, nosotros seguíamos eligiéndonos.

Entonces tomé una decisión que cambiaría el rumbo de mi historia.

Ya no me alcanzaban las palabras, las fotografías ni las videollamadas. Necesitaba saber si todo aquello que habíamos construido a la distancia podía sostenerse en la vida real.

Comencé a planificar mi viaje a Colombia.

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