Mientras todo era caos, el fuego devoraba todo. Ella corrió entre el humo para protegerlo.
Era lo más preciado que tenía y no podía perderlo.
Se alejó entre charcos, buscando apartarse de la aldea, tratando de subir por el costado del arroyo hasta llegar al río.
Lo abrazó con toda su fuerza mientras corría.
Los gritos y quejidos sonaban apagados, pero aún estaban ahí. Sus piernas le dolían por el esfuerzo, pero el miedo la empujaba a seguir. Rápidamente, el humo fue desapareciendo y, entre el manto de la noche, se sintió más segura.
Recorrió el borde del bosque hasta que los últimos arbustos le abrieron camino al río.
Corría amplio y caudaloso, atronando con su rugir, escondiendo el resto de los sonidos y los pensamientos, cautivando todo con su fuerza.
Tal fue el efecto de la vista del río iluminado por la luna, que por un momento le hizo olvidar lo que había pasado.
Solo por un momento.
Pero ese tiempo se esfumó y volvió la preocupación del presente, de lo mundano, de la vida.
Todo era por la vida.
Cada esfuerzo, cada aliento, y la vida que cuidaba.
Empapada como estaba, no lo había notado. Pero no todo era agua y sudor.
La sangre corría desde su pecho y ya había recorrido sus piernas hasta acariciar sus pies.
Entonces se dio cuenta.
La vida que cuidaba se había derramado entre sus brazos.
Vio la punta de la flecha asomar, adornada con frías y crueles plumas. Y esa imagen fue como si le desgarrara el pecho con el frío de la verdad.
Se dejó caer de rodillas al borde del río, abrazando el pequeño cuerpo, y se derramó en lágrimas.
Lloraba por su pérdida.
Lloraba por la inocencia robada.
Lloraba por la injusticia.
Lloraba.
Las lágrimas se abrieron camino y llegaron al río.
De pronto, las aguas se embravecieron y las olas se formaron, como si de un océano se tratara. El río creció con crestas furiosas mientras ella no lo percibía.
Estaba ahogada en su propio llanto, ahogada de dolor.
Ese trance se interrumpió cuando una de aquellas olas le arrancó el pequeño cuerpo de las manos.
Entonces los vio.
Su pequeño, transformado en espíritu, rodeado de tantos otros, corría entre las olas.
Ese río ahora rugía, pero rugía por justicia.
Las olas llegaron de pronto a la aldea, apagando las llamas y llevándose consigo la vida de los saqueadores.
De pronto, el agua volvió a calmarse.
Y, a través de las lágrimas que aún la unían a él, la vida se deslizó fuera de su cuerpo y corrió con su niño hacia el mar.
El arroyo se secó y el río fue canalizado y alejado de la zona.
Pero desde el mar aún se escucha su rugir.
Para que la inocencia sea cuidada.
Para que nadie olvide que la vida debe ser protegida.