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Capítulo 33: El mercado bajo tierra

DNavarrete

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Una semana había transcurrido desde el enfrentamiento contra Obsidian. Siete días en los que el silencio de la Base 17 había sido su refugio más seguro. Nara había aprovechado ese tiempo para reparar las marcas de la batalla en su cuerpo y reponer lentamente las reservas de nanomáquinas que había consumido al luchar. Kizara, por su parte, había revisado cada página de los informes enviados a la Resistencia, comparado coordenadas, verificado rutas de escape y comprobado una y otra vez que ningún rastro de su paso hubiera sido detectado.

 

El anillo seguía en su dedo.

 

Ninguna lo había mencionado. Nara había decidido esperar a hablar con Abuela Mira para aclarar lo del matrimonio, y Kizara… simplemente no había encontrado palabras capaces de expresar lo que sentía cada vez que miraba aquella pieza de metal hecha solo para ella.

 

Aquella mañana salieron de la base. El Viejo Mercader les había dado la ubicación del nuevo mercado negro, y la descripción había sido clara: no es el mismo lugar de siempre. Han cambiado todo, y para bien.

 

Cuando llegaron, Kizara comprendió que se había quedado corta.

 

La entrada se abría entre las ruinas de lo que un día fue una ciudad de rascacielos ahora reducidos a esqueletos de hormigón y acero. Una gran puerta de metal reforzado se ocultaba bajo el techo derrumbado de lo que había sido la fachada principal. Al cruzarla, el mundo cambió por completo.

 

Bajaron por escaleras anchas y desgastadas, y al llegar al nivel inferior, Kizara contuvo el aliento.

 

—Vaya… —susurró.

 

Se encontraban en una estación de transporte subterráneo inmensa. Techos altísimos sostenían vigas que habían resistido siglos de abandono. Vías antiguas, relucientes tras haber sido limpiadas, se extendían en todas direcciones perdiéndose en la oscuridad de túneles que parecían no tener fin. En la época dorada, trenes veloces habrían recorrido esos caminos cada pocos minutos, llevando a millones de personas de un extremo a otro del continente. Ahora, la electricidad de aquellos tiempos se había apagado hacía mucho… pero la vida había regresado.

 

El mercado no era un solo lugar. Era una red. A lo largo de kilómetros de túneles, en estaciones separadas por tramos oscuros y silenciosos, los sobrevivientes habían levantado puestos de comercio. Cada estación tenía su propia personalidad: una olía a pan recién horneado y hierbas medicinales; otra vibraba con el golpeteo de martillos sobre metal; otra brillaba con la luz de pantallas y equipos recuperados.

 

—Si descubren una estación, las demás reciben aviso —explicó Nara mientras avanzaban por una vía principal—. Es un sistema descentralizado. Ningún ataque puede destruirlo todo.

 

—Es… inteligente —admitió Kizara, mirando cómo las luces de la siguiente estación parpadeaban a lo lejos—. Nunca lo había visto organizado así.

 

—La seguridad ha pasado a ser la prioridad principal.

 

Viajaban sobre un carro adaptado, con ruedas reforzadas que encajaban perfectamente sobre los raíles. Un motor silencioso lo impulsaba suavemente, y el viento fresco del túnel soplaba en el rostro de Kizara, que iba sentada al borde, con las piernas colgando. Su deslizador iba asegurado en la parte trasera, sujeto con cadenas gruesas.

 

—¿No crees que llamará demasiado la atención? —preguntó Kizara mirando hacia atrás.

 

—Ya hemos sido vistos —respondió Nara—. Ocultarlo ahora sería contraproducente.

 

—Y además… nadie se atreverá a tocarlo estando tú cerca.

 

Nara asintió con naturalidad.

 

—Si alguien lo intenta, puedo detenerlo.

 

Kizara soltó una risa suave.

 

—Eso es justo lo que quería decir. A veces me pregunto si algún día me acostumbraré a ti.

 

—Puedo ajustar mi comportamiento si resulta incómodo —ofreció ella.

 

—¡No! No hace falta. De verdad.

 

Nara la miró, procesando la respuesta, y luego asintió de nuevo.

 

Llegaron a la primera estación activa, y el bullicio las recibió como una ola. Lámparas de aceite, linternas recargables y luces tenues de baterías iluminaban el espacio. Puestos improvisados cubrían los andenes: montones de frutas secas, cajas con vendas y medicinas, herramientas de todo tipo, pilas recargadas, ropa remendada, piezas de motores, fragmentos de tecnología antigua cuidadosamente envuelta. Gente de todas partes iba y venía, regateando en voz baja, intercambiando noticias, llevando cajas sobre los hombros. El aire olía a grasa, pan, hierbas secas y metal frío.

 

—Aquí hay mucha más gente de la que esperaba —comentó Kizara mientras el carro reducía la marcha.

 

—El sistema funciona —dijo Nara—. La noticia se ha extendido. Quienes antes se escondían ahora pueden reunirse con mayor seguridad.

 

Pero la atención no tardó en desviarse hacia ellas. Primero fueron miradas rápidas, curiosas. Luego alguien señaló a Nara. La voz corrió de boca en boca, suave al principio, luego con creciente asombro.

 

—Es ella…

 

—La que estuvo en el campo de batalla…

 

—La que se enfrentó a la Parca.

 

—No solo la enfrentó. La hizo retroceder.

 

—Dicen que destruyó filas enteras de máquinas.

 

—Que sobrevivió a lo que nadie ha logrado.

 

Kizara sintió cómo la miraban.

 

—Parece que tu reputación ha llegado antes que nosotras —dijo en voz baja.

 

—Algunos detalles son inexactos —respondió Nara—. No destruí tantas unidades como cuentan. La mayoría ya estaban fuera de combate cuando llegaron refuerzos.

 

—¿Vas a corregirles eso ahora?

 

—La precisión es importante.

 

Kizara se llevó una mano a la frente.

 

—Nara, es gente contando historias, no un informe oficial.

 

Pero la atención se desplazó rápidamente. Del deslizador.

 

—Espera… ¿qué vehículo es ese?

 

—No tiene ruedas…

 

—¿Flota?

 

—Nunca he visto nada parecido.

 

Varios se acercaron, olvidando por un instante a la propia Nara. Recorrían el deslizador con la mirada, señalaban su estructura lisa y resistente, la forma en que se mantenía suspendido levemente sobre el suelo. Algunos hablaban de precios, otros de intercambios.

 

Un hombre de mediana edad, con abrigo oscuro lleno de bolsillos y anillos metálicos en los dedos, se abrió paso entre la multitud. Su mirada brillaba con codicia profesional.

 

—Amigas —dijo, acercándose al carro—. Esa pieza no se ve todos los días. ¿Estarían dispuestas a dejarla? Puedo ofrecer una suma generosa.

 

Kizara iba a responder, pero Nara habló antes.

 

—No está en venta.

 

—Todo tiene un precio —sonrió él—. Nada que no podamos acordar.

 

Nara lo miró con calma.

 

—Considerando su capacidad de desplazamiento, autonomía, sistemas de propulsión y rareza tecnológica, estimo que su valor equivale a ciento ochenta y siete años de ingresos promedio en esta zona.

 

La sonrisa del hombre se congeló.

 

—¿Ciento ochenta y siete…?

 

—Sin contar gastos ni mantenimiento —añadió ella—. Si desea un cálculo más preciso, necesito sus ingresos anuales.

 

—¡No, no! —retrocedió él—. No hace falta. Solo preguntaba.

 

Se alejó tan rápido como pudo. Kizara estalló en risas.

 

—¡Nara! ¡Lo has espantado!

 

—Le di una valoración objetiva —defendió ella.

 

—¡Le dijiste que necesitaría vivir dos siglos para comprarlo!

 

—Es la estimación más cercana a la realidad.

 

Otros se acercaron después. Algunos ofrecieron armas recuperadas, otros medicamentos raros, materiales difíciles de conseguir. Nara rechazó cada propuesta con la misma calma, explicando que el valor superaba cualquier oferta posible. Nadie discutió. No solo por las cifras. Había algo en la mirada serena de la androide que dejaba claro que no estaban negociando con algo que se podía quitar por la fuerza.

 

Cuando el último se alejó, Kizara sacudió la cabeza, sonriendo.

 

—Sabes que podrías decir simplemente "no", ¿verdad?

 

—También es efectivo —admitió Nara.

 

—Eres imposible… —murmuró Kizara, recostándose sobre el asiento mientras el carro volvía a avanzar—. Y la mejor cosa que me ha pasado.

 

Nara ladeó la cabeza.

 

—¿Eso es un cumplido?

 

—Sí, Nara. Lo es.

 

La siguiente estación apareció más adelante, iluminada y llena de vida.

 

—Oye —dijo Kizara—. Por favor, intenta no asustar a nadie más con matemáticas.

 

—Lo intentaré —prometió ella.

 

—Gracias.

 

—Aunque si la demanda aumenta…

 

—Nara.

 

—Entendido.

 

El carro avanzó hacia las luces, dejando atrás la primera estación. Ninguna de las dos notó que, entre la multitud que las observaba, alguien no se había acercado para comprar. Alguien con una capucha echada sobre la cara, que había anotado cada detalle del deslizador y cada movimiento de Nara. Alguien que no quería poseer la tecnología. Quería saber cómo funcionaba. Y quién la había construido.

 

El carro se perdió en la curva del túnel. La figura en la sombra se giró y desapareció en dirección contraria. La historia de su llegada se extendería por los túneles más rápido que cualquier luz. Y no todos la recibirían con alegría.

 

El carro se detuvo frente a un local que destacaba sobre todo lo demás. No era un puesto improvisado ni una mesa apoyada contra la pared: era una tienda entera, con los estantes reparados y ordenados, los estantes llenos de mercancías cuidadosamente acomodadas y una luz cálida que se filtraba desde el interior, dando la bienvenida a quien se acercaba.

 

Kizara abrió los ojos con sorpresa.

 

—¿Cómo conseguiste un lugar así? La mayoría apenas tiene espacio para extender una lona en el suelo.

 

El Viejo Mercader sonrió mientras Iris salía a recibirlas, con los ojos brillando de alegría.

 

—Cuando se reorganizó el mercado, los mejores espacios se subastaron. Podías ofrecer provisiones, materiales o algo de valor suficiente para ellos.

 

—¿Y tú qué les diste?

 

—El núcleo de aquella unidad pesada que me vendiste, junto con sus dos torretas —respondió él—. La tecnología de la IA Central vale mucho, sobre todo cuando se entrega completa y funcional.

 

Kizara sonrió ampliamente.

 

—¡Así que por eso! Me alegra que te haya servido.

 

Nara, que acababa de asegurar el deslizador junto al carro, se acercó con paso tranquilo.

 

—Esos componentes pertenecían a la primera unidad de combate que destruí tras despertar.

 

El anciano soltó una carcajada profunda y alegre.

 

—¡Y ahora tú eres la androide que hizo retroceder a la Parca! Aquella mercancía se ha revalorizado bastante, sin duda.

 

Mientras conversaban, la mirada de Iris se posó suavemente sobre la mano izquierda de Kizara. Algo brillaba allí, con un destello tenue pero inconfundible: aquel anillo de piezas ensambladas a mano, con su pequeña piedra azul en el centro. Se acercó un poco más, sonriendo con curiosidad.

 

—Kizara… ¿qué llevas ahí?

 

La joven escondió la mano por instinto.

 

—¡Nada!

 

—Parece un anillo —insistió Iris, con una chispa de alegría en la mirada—. No me digas que has encontrado a alguien… ¿alguien con quien casarte?

 

El Viejo Mercader se giró de inmediato, sorprendido, y enseguida empezó a reír con ganas.

 

—¡Nuestra pequeña Kizara creciendo! ¿Cuándo pensabas contárnoslo?

 

—¡No es eso! —se defendió ella, sintiendo cómo el rostro se le encendía—. ¡Es un malentendido!

 

Buscó ayuda con la mirada. Pero Nara, parada a su lado con total serenidad, habló antes:

 

—Yo le entregué el anillo. Según la información que he recopilado, Kizara y yo estamos casadas.

 

El silencio duró apenas un segundo. Luego la sonrisa de Iris se transformó en algo mucho más grande y luminoso.

 

—¿Con Nara? —susurró, emocionada.

 

—¡Nara, eso no ayuda! —se quejó Kizara, escondiendo la cara entre las manos.

 

El Viejo Mercader las felicitaba con palmadas en la espalda, e Iris ya preguntaba cuándo había ocurrido, cómo, si lo habían planeado… Kizara sentía que se hundía cada vez más. ¿Cómo se lo explico? No sé ni cómo empezar…

 

Nara las observaba a todas con curiosidad genuina. Esperó a que la emoción se calmara un poco y entonces planteó lo que llevaba días pensando:

 

—Ya que hablamos de esto, hay algo que no comprendo del todo. ¿Qué significa realmente estar casados?

 

La alegría se detuvo en seco.

 

El Viejo Mercader parpadeó.

 

Iris se quedó con la boca entreabierta.

 

Kizara apoyó la frente lentamente sobre el mostrador y cerró los ojos.

 

—Por favor… que alguien me saque de aquí.

 

Nara ladeó la cabeza, confundida.

 

—¿He formulado la pregunta de manera incorrecta?

 

—¡NO, NARA! —exclamó Kizara sin levantar la vista—. ¡El problema es todo lo demás!

 

El anciano soltó una carcajada que hizo vibrar levemente los estantes. Iris, entre risas y ternura, se acercó a la androide.

 

—No has preguntado mal, Nara. Es solo que… la pregunta nos tomó por sorpresa. Déjame explicártelo.

 

Kizara levantó la mirada con desconfianza.

 

—¿Tú?

 

—Claro —sonrió Iris—. Pero te aviso: esta explicación va a tardar.

 

Kizara dejó escapar un suspiro largo y resignado.

 

Abuela Mira… cuando vuelva a la isla, vamos a tener una conversación muy seria.

 

Mientras tanto, Nara escuchaba con atención, dispuesta a comprender cada palabra. Y Kizara, aunque roja como una manzana, no pudo evitar notar cómo, al hablar de estar juntas, la mano de Nara rozaba suya muy suavemente, casi sin querer.

 

Quizá, pensó, no era tan malo que nadie supiera todavía cómo llamarlo. Basta con que ellas lo supieran.

 

Iris terminó su explicación después de varios minutos, durante los cuales Kizara había deseado desaparecer detrás del mostrador.

 

—En resumen —concluyó la joven comerciante con una sonrisa suave—, el matrimonio no es solo un papel o una ceremonia. Es un compromiso entre dos personas que deciden compartir la vida. Se apoyan, se cuidan, construyen juntas lo que viene y se quedan una al lado de la otra, tanto en los días buenos como en los malos. No se trata solamente de llevar un anillo, sino de lo que significa para ambas.

 

Nara permaneció en silencio. Sus ojos se movieron apenas, procesando cada palabra, comparándola con todo lo que había recopilado antes y, sobre todo, con lo que sentía. Pasaron unos segundos. Entonces giró la cabeza hacia Kizara. Sus ojos de distinto color la miraron directamente, con una claridad que dejó a la joven sin aliento.

 

—Entonces no entiendo por qué te avergüenzas tanto.

 

Kizara levantó la cabeza lentamente del mostrador.

 

—¿Perdón?

 

—Si lo que Iris dice es correcto, el matrimonio parece un camino razonable —continuó Nara con total naturalidad—. Si significa permanecer junto a alguien, preocuparse por esa persona, darle prioridad y protegerla… entonces no veo qué tiene de extraño.

 

Hizo una pausa breve, como si buscara las palabras exactas.

 

—Eso es precisamente lo que tú eres para mí.

 

El ruido del mercado pareció alejarse. Nara bajó la mirada al anillo en su dedo y luego volvió a encontrar sus ojos.

 

—Desde que desperté, mi propósito fue protegerte. Con el tiempo he descubierto otras razones para quedarme a tu lado, pero ninguna ha cambiado eso. El anillo no era un error ni un malentendido. Lo hice pensando en ti. Porque quería que lo tuvieras.

 

Kizara se quedó inmóvil.

 

—Yo… eh… pero… eso… —balbuceó, sin encontrar forma de ordenar sus pensamientos.

 

No había broma en la voz de Nara. No estaba repitiendo algo que le habían dicho sin entenderlo. Esta vez lo había escuchado, lo había pensado y había llegado a su propia conclusión. Y eso era lo que la dejaba sin saber qué responder.

 

Recordó las veces que Nara se había puesto entre ella y el peligro. Las noches en vela cuidándola. Los días tranquilos en la isla. La sensación de volver a tener a alguien que la ponía primero. Miró el anillo: hecho a mano, imperfecto, único. Y luego miró a Nara.

 

—Me rindo… —susurró, dejando caer la frente sobre el mostrador.

 

—¡Entonces está decidido! —exclamó Iris, juntando las manos emocionada—. ¡Tenemos que organizar una celebración como corresponde!

 

—Por favor, Iris… no le des más ideas —murmuró Kizara sin levantar la cabeza.

 

—¡Pero si es algo maravilloso!

 

—¡Precisamente por eso!

 

Mientras Iris empezaba a enumerar todo lo que se podría preparar, Nara la escuchaba con atención, tomando nota mental de cada detalle como si planeara una misión. El Viejo Mercader se acercó entonces a Kizara y le habló en voz baja:

 

—Dime, pequeña Kizara… ¿de verdad te molesta lo que acaba de decirte?

 

Kizara no respondió de inmediato. Levantó apenas la cabeza y vio a Nara, seria y atenta, preguntando cuántas personas solían asistir y qué alimentos se servían.

 

—Yo… no lo sé.

 

—¿Por qué dudas entonces?

 

—¡Porque hace unos días no tenía ni idea de lo que era casarse!

 

—Y ahora lo está comprendiendo. Mirela —dijo él con suavidad—, puede que Nara no aprenda como nosotros. Pero lo que te ha dicho… no existe promesa más sincera.

 

Kizara miró el anillo brillando bajo la luz. No era una joya cara ni un objeto antiguo. Era de ella. Hecho para ella.

 

—No me molesta —admitió muy bajito.

 

—¿Cómo?

 

—¡Que no me molesta! —repitó, sonrojándose aún más.

 

El anciano sonrió con ternura.

 

—Me alegra saberlo.

 

—¡Y no pongas esa cara!

 

—¿Qué cara? —preguntó él, fingiendo inocencia.

 

—¡Esa misma!

 

Kizara volvió a apoyar la frente, pero esta vez con una pequeña sonrisa escondida en los labios. Quizá no tenía todas las respuestas. Quizá necesitaba tiempo para entender lo que sentía. Pero algo ya estaba claro: no quería que Nara se fuera. No quería quitarse el anillo.

 

Nara se volvió hacia ella entonces.

 

—He recopilado varias opciones para la celebración. ¿Las revisamos juntas?

 

Kizara levantó la cabeza.

 

—Nara… no vamos a organizar ninguna boda.

 

—Entendido. No organizaremos una boda —respondió ella con calma.

 

Kizara suspiró aliviada.

 

—Gracias…

 

—Aunque podemos hablar de ello cuando estés lista.

 

Kizara se desplomó de nuevo sobre el mostrador.

 

—¡¿POR QUÉ NO PUEDES DEJARLO AHÍ?!

 

Iris soltó una carcajada. El Viejo Mercader tuvo que apoyarse en un estante para no reírse demasiado fuerte. Nara las miró un poco confundida, sin comprender por qué todo era tan complicado… y tan agradable.

 

Sonrió entonces, casi imperceptiblemente. No necesitaba apresurarse. Lo que sentía era real. Y mientras Kizara estuviera a su lado, aprendería el resto paso a paso.

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Una semana había transcurrido desde el enfrentamiento contra Obsidian. Siete días en los que el silencio de la Base 17 había sido su refugio más seguro. Nara había aprovechado ese tiempo para…

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