Capítulo 20
Ni bien bajó del colectivo, Lucas advirtió que allí hacía mucho más frío de lo esperado. Tocó el bolsillo de la campera para asegurarse que el sobre todavía estaba allí y no se habla hecho cenizas como algunos de los manuscritos de la biblioteca de Alejandría y comprobó que estaba en una calle de terrenos baldíos con algunos ranchos precarios, mal iluminados para esa noche que se derramaba en forma unánime sobre la ciudad.
Estaba a la altura del mil y algo, lo verificó en el primer pilar que encontró, en números pintados de color blanco sobre la tapa color anti óxido de un medidor de luz de alguna casa que no se veía. Matorrales de siempre verde y yuyos de varios tamaños y espesores la sumergían. O tal vez no había ninguna casa ya.. Seguían unos cuarenta metros más semiselváticos, y completaban la cuadra un inmenso basural y, ya llegando a la esquina, una casita de material que peleaba con la inmundicia que la circunvalaba, con una lámpara amarilla bajo un pequeño alero de mampostería. Entrando en la cuadra siguiente, la calle se hacía impenetrable. Solo una huella doble de auto, algo llena de piedras. Nicanor pensó entonces que don Luis B. Fernández Guevara no podía vivir en un lugar semejante. No obstante, ya estaba allí, se dijo, y se metió una cuadra más.
En la mitad, la senda se ensanchaba y volvía a asemejarse a una calle de tierra empedrada. Asomaron unos ranchos a cada lado, similares, como calcados, de los cuales sobresalían dos. Uno porque tenía un cartel que decía "Plomero - Gasista" pintado en amarillo ocre clavado en el tronco de un ombú milenario; otro, porque estaba hecho con materiales firmes y prolijos, con
ladrillos a la vista y un techo de tejas sin terminar, también tenía un cartel, pero decía "Biblias"
En la cuadra siguiente la cosa no variaba. Del lado impar, donde centraba la atención Lucas, tres casitas, tres terrenos generosos en árboles, con las construcciones al fondo, luces en las ventanas y pilares iguales en las entradas. (Bueno, Lucas, llegamos, pero qué mal te veo). Acá no deben saber siquiera que existió un tal Jorge Luis Borges, aunque.. para qué quieren saberlo, se preguntó para reafirmarse ideológicamente sobre un terreno que, aunque le pesara, se le hacia pantanoso. Lucas era de familia modesta, de un barrio suburbano de Córdoba. Pero este lugar resultaba muy distinto al suyo de la infancia, a la Córdoba de juventud y universidad, al Buenos Aires de Piedras y Avda. De Mayo; distinto aún de la villa en la que habla militado y donde había sido respetado como un par. Ahora la desolación era más grande y las circunstancias lo hacían ajeno al lugar.
Llamó golpeando dos veces las manos, parado junto al pilar del mil doscientos veintiuno, desde donde se abría paso un caminito que llegaba hasta la puerta de la casa. Otro de esos senderos, salía de la casa y llegaba hasta una hamaca paraguaya que resaltaba por su blancura, amarrada a los troncos de dos paraísos que se erguían eminentes y abultados.
Cuando sonaron las palmas, algo se acomodó dentro de la casa. Luego se encendió una luz muy tenue que flotaba, sin tocar nada, sobre el porche de la casita.
La puerta se abrió y por el hueco asomó una cabeza gris, brillante, redonda, con una nariz que se agrandaba también en sus sombras, y con una barba bien arreglada, gris también. ¿Quién es?, preguntó una voz turbia. Luego apareció el cuerpo, vestimenta sobria, oscura y elegante. La cabeza gris habla quedado justo debajo de la luz débil, en el centro de una nube de brillo.
- Busco al señor Fernández Guevara, buenas noches - no se atrevió a pronunciar la palabra "profesor" en ese lugar, tal vez, hasta se le habla olvidado.
- ¿Y quién lo busca? - la voz no sonaba muy generosa.
- Bueno, yo...quisiera conversar con él... ¿lo conoce?
- Y usted, ¿lo conoce?
Después de la pregunta comenzaron a oírse ladridos de varios perros y una luz se encendió en la casa de al lado.
- Bueno, no..
- ¿Y para qué quiere conversar con él?
Se escuchó el ruido de una puerta y un "¿pasa algo, profesor?”
- No gracias, Fierro, parece que tengo visitas.
Lucas balbuceó entonces la pregunta:
- Señor, ¿usted es el profesor Luis Fernández Guevara?
- Si, ¿y usted, quién es?
Lucas estaba perplejo, quería avanzar y no se animaba. No le daban las palabras, ni los pies. Ya se habla resignado a no encontrarlo, había llegado hasta allí de puro obcecado, siguiendo una inercia que se le hacía ridícula. Dio unos pasos por el senderito y como queriendo volverse o correr a abrazarlo, insistió en preguntar, minuciosamente:
- ¿Pero es Ud. el profesor de literatura, especializado en investigaciones sobre Borges y otros autores nacionales?
- Si, claro...si, autores nacionales...Parecía que iba a repasar mentalmente una lista de autores nacionales, hasta que se lo oyó cierta murmuración que sonó algo así como "Borges-Lugones-Arlt-Quiroga-Marechal" Fue tan imperceptible que podría haber recitado el mediocampo de un equipo, o haber dicho cualquier otra frase con cierta similitud fonética a la primera. Lo cierto es que interrumpió su ensimismamiento y por primera vez fue cortante:
- ¿Qué quiere usted?
- Le traigo algo único para que lo examine.
- ¿Qué?
Se hablaban a varios metros de distancia, sin poder distinguir más que los trazos inseguros que limitaban sus cuerpos. Lucas saco un sobre y extendió el brazo.
- Se trata de una página de una presunta novela de Borges.
El viejo largó una carcajada y los perros reanudaron, detrás, sus imperiosos ladridos. Se acercó y tomó el sobre.
- Así que usted es estudioso de Borges y tiene algo original en este sobre. Todo el mundo encuentra cosas nuevas y originales de Borges últimamente, dijo, mientras lo invitaba con un gesto a pasar al interior de la casita.
Lucas no dijo nada. Recorría con su mirada el cuarto donde había entrado: un ambiente regular de paredes con revoque grueso y marcas de parches donde se adivinaba cierta cañería de gas y electricidad. Una imagen de almanaque con el contorno de una tropilla en movimiento, una mesa y sillas muy antiguas de madera labrada y gastadas, un mueble alto de puertas con herrajes de estilo. Sobre él, un retrato familiar y dos libros de tapas marrones y letras imperceptibles de los que Lucas solo alcanzó a leer los nombres de los autores en el lomo: "Stevenson", "Góngora" El resto era austero, solitario, deprimente; un candelabro patinado por el tiempo y sin velas y unos anteojos sobre la mesa. La humildad, la pobreza y la sobriedad del lugar solo estaban desfiguradas por un espejo oval ennegrecido en su parte inferior, y con una inscripción debajo en papel metalizado y letras oscuras:
“Solo sé del pasado y del futuro unas frases leídas en la niebla sobre un espejo de cristal oscuro.”
Lucas dijo algunas cosas sólo para agradar y Fernández Guevara empezó a leer para sí, reconcentrado en la hoja, sosteniéndose los anteojos con la mano izquierda. En un rincón había un atril, en el opuesto, bajo la ventana, un escritorio. Al terminar, el profesor dejó la hoja sobre el atril y se quedó en silencio, observándola como si se tratara de uno de esos cuadros que colgaban de las paredes de la habitación. Permaneció en ese silencio afirmando juicios imaginarios, subiendo y bajando la cabeza. Lucas no aguantó ese silencio circunscripto y académico:
- ¿Y profesor?
Nada
- ¿Qué le parece, es de Borges o no?
Se repitió el silencio, y al rato...
- Y bueno, joven... - Manoseándose la barba, seguía mirando fijo la hoja, casi de espaldas a Lucas.- Podría ser, claro que podría ser. Nadie puede afirmarlo de manera contundente, pero nadie puede negarlo, por cierto.
Volvió al silencio, a las manos en la barba, a la abstracción, al movimiento afirmativo de la cabeza, a su altar secreto.
- Es que necesitamos estar seguros.
- ¿Para qué estarlo?
- Para encontrar la novela...
Otro silencio prolongado, otro ritual.
- No creo que Borges haya escrito una novela, Ud. Sabe que...
- Pero si esa hoja es de Borges pertenece a una novela, de eso estoy seguro, profesor
Don Luis sonrió mostrando los dientes. Volvió a negar. Lucas contó algo, tratando de acentuar las dos o tres cosas creíbles que el Sapo le había narrado.
-¿De dónde salieron esas fábulas? Me está haciendo una broma.
Lucas sintió esa frase como si fuera el escéptico Miguel el que la pronunciara. Imaginó al Negro riéndose de él. A Federico sentenciándolo a muerte...
- Pero, ¿por qué se queda ahí releyendo...es que puede ser de Borges, no?
- Lo admito. Pero, ¿de dónde sacó la historia y dónde estaría ahora lo que Ud. supone una novela?
- En una biblioteca... pero no se lo diré hasta que no tenga su veredicto.
- Mire, jovencito, no lo echo porque en el fondo me cayó simpático, no creo que gastaría su tiempo en hacerme una broma a mí, no tiene aspecto de impostor, y además, debo admitirlo, si no es de Borges, vale la pena conocer a su imitador. No será Ud., no?
Lucas rio y negó con la cabeza
-Es que hay muchos estudiantes y aficionados que me acercan sus escritos para que los juzgue. Sería una buena táctica. Sin conocerlo, nunca lo hubiera leído
- No. La historia que le conté es cierta...- sonrió, se le había ocurrido algo - Mire profesor - se le acercaba lentamente - la próxima semana vamos a buscar la obra, si Ud. admitiera, claro, puede venir con nosotros, imagine "El profesor Luis Fernández Guevara descubre la única novela que Borges escribió” La noticia lo llenaría de fama…Que me dice?
- Joven... se tocó la barba
-Si no es así, ¿qué pierde?. Nada.
El profesor volvió al silencio, al ritual, a la hoja.
-La literatura debe conocer esta obra, miles de lectores tienen derecho
-¿Cómo se llama? - interrumpió secamente el profesor.
-¿Qué?
-¿Cómo se llama la obra?- Lucas se sintió un estúpido. Cómo no se le habla ocurrido hacerle esa pregunta a Barraza
- No sé. Tal vez no tenga titulo. Si cree que no lo tiene Ud. podría ponérselo.
- Borges siempre pensaba bien sus títulos. Nunca lo ahorraba. Si escribió una obra voluminosa habría pensado un buen titulo.
-Bueno, tal vez..
- Tal vez, tal vez. Ya son demasiados tal vez. Hay otro tal vez más importante: ¿porqué los amigos de Borges no sabían nada o no dijeron nada. María Kodama, Bioy, alguien, me lo hubiera dicho. No, no tiene sentido. - Volvió a la lectura - Mire joven, definitivamente, Borges no escribió ninguna novela.
Lucas daba por perdida la partida.
- La obra merece la luz de la edición - se le ocurrió decir, pero lo hizo en voz muy baja. Sin embargo fue escuchado.
El profesor levanto su mano derecha al cielo y pronunció: - Que la luz de una lámpara se encienda aunque ningún hombre la vea. Dios la verá
Repentinamente Fernández Guevara bajo su brazo, sacó la hoja del atril y la dirigió al escritorio. Desde allí agregó - Me dejarás la exclusividad del hallazgo.
- Claro.
-¿A dónde hay que ir?
- El viernes próximo a las 10 de la noche lo esperamos en la Giralda, en Marcelo T de Alvear y Uriburu.
- ¡Que los dioses nos acompañen!- dijo, y se fue a la otra habitación, de donde volvió con una damajuana y dos vasos. Entre tanto, Lucas se guardo la hoja en la campera.
- Brindemos pibe. Torrontés del bueno... ¿Lucas es tu nombre?
- Si, profesor.
- Lindo nombre.