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Una invitación que debió quedarse en el sobre

DNavarrete

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La Biblioteca estaba tranquila.

 

Entre las interminables estanterías, el suave sonido de las páginas al pasar era prácticamente lo único que rompía el silencio.

 

Luna estaba sentada sobre el borde de un enorme mostrador de madera, moviendo los pies hacia delante y hacia atrás mientras leía un libro. De vez en cuando soltaba una risita breve, de esas que suenan cuando ves algo terriblemente gracioso porque le ocurre a alguien más.

 

Alrededor de su cuello descansaba Samla, la serpiente negra, con la cabeza apoyada sobre su hombro. Parecía la única allí que no tenía motivos para estar nerviosa.

 

A poca distancia, el Lector estaba sentado en una silla, con un libro entre las manos. A ambos lados, el Libro Viejo y el Libro Nuevo lo observaban, igual de absortos en la lectura.

 

—Vaya... —murmuró el Nuevo—. ¿Otra batalla?

 

El Viejo asintió lentamente.

 

—El héroe ha vivido muchas vidas. Sería extraño que su historia no estuviera llena de ellas.

 

El Nuevo frunció el ceño.

 

—Ya ha salvado el mundo... ¿cuántas veces necesita hacerlo para sentirse realizado?

 

—No lo hace por sentirse realizado —respondió el Viejo—. Lo hace porque hay gente que necesita que lo haga.

 

—Bueno... —el Nuevo hizo una mueca—. Suena agotador. Y además, ¿doce guerreras dispuestas a enfrentarse por él? ¿De verdad alguien inspira tanta devoción?

 

El Viejo lo miró de reojo.

 

—Tal vez porque salvó sus vidas.

 

El Nuevo se quedó callado.

 

—Bueno... eso explicaría algunas cosas.

 

A unos metros de ellos, Luna pasó otra página.

 

—Je... Qué enternecedor. Doce dispuestas a perderlo todo por alguien que ya no tiene nada que dar. —Sonrió con dulzura afilada—. Eso duele de una forma tan deliciosa.

 

Samla levantó la cabeza, curiosa. Luna le acarició suavemente la frente.

 

—Tranquila. Alguien va a romper corazones antes de que termine la historia. Ya lo verás.

 

Todo transcurría con normalidad. Hasta que unos pasos se escucharon por uno de los pasillos.

 

Haruka apareció caminando tranquilamente. Llevaba un sobre de papel blanco con bordes dorados y un sello que parecía contener una constelación entera. Su expresión era la misma de siempre: serena. Aunque el Libro Viejo tuvo la impresión de que esa calma no sobreviviría mucho tiempo.

 

Se detuvo frente a Luna.

 

—Luna.

 

—¿Mmm? —La niña no levantó la vista de su libro.

 

—Ha llegado otra invitación.

 

—Qué bien. Ponla con las demás.

 

—Es para la asamblea de los dioses.

 

Los pies de Luna siguieron balanceándose.

 

—Ajá. Que se diviertan sin mí.

 

Haruka esperó. Luna siguió leyendo. Finalmente la mujer suspiró.

 

—¿Ni siquiera vas a preguntar qué dicen?

 

—Ya sé lo que dicen —Luna hizo un gesto vago con la mano—. "Sería un inmenso honor contar con tu presencia", "tu sabiduría es indispensable", "los cielos enteros llorarían si faltaras"... —Soltó una risita seca—. Siempre escriben lo mismo. Como si no supieran que yo sé exactamente que lo único que quieren es que me quede muy, muy lejos.

 

—¿Y aun así te invitan?

 

—Por cortesía —cerró el libro con un golpe suave—. Porque si no invitan, parecería que les importo lo suficiente como para excluirme. Y eso sería reconocer que piensan en mí. ¡Qué horror!

 

—¿Y qué hago con ella?

 

—Lo mismo que con todas las anteriores.

 

—¿Tirarla?

 

—Exacto. Al montón de las "indispensables". Allí se llevan muy bien.

 

El Libro Nuevo inclinó la cabeza.

 

—¿No es extraño que la que sostiene todas las historias no tenga tiempo para una reunión de dioses?

 

—No es extraño —dijo el Viejo—. Es Luna.

 

—Cierto. Nadie la tolera tanto como para quererla sentada tres días seguidos.

 

Haruka cerró los ojos y respiró hondo. Luego volvió a mirar a la niña.

 

—Al menos deberías considerarlo.

 

Luna levantó la vista, con una ceja arqueada.

 

—¿Considerar pasar días escuchando a seres que crearon un océano y se lo pasan presumiéndolo cada mil años? —Hizo una mueca de asco fingido—. No, gracias. Ya tengo suficientes narcisos en mis estantes.

 

—Sabes que no es solo eso.

 

—Haruka, recuerda lo de la última vez. —Luna se inclinó hacia adelante con una sonrisa peligrosa—. ¿Recuerdas cómo terminó el dios que se puso a dar un discurso sobre su perfección durante siete horas seguidas?

 

Haruka guardó silencio.

 

—Exacto. Ahora es un libro. Y bastante entretenido, por cierto. Tiene un final inesperado.

 

—Él no era perfecto —dijo Haruka—. Y además, juraron que olvidarían lo ocurrido.

 

—Los dioses juran muchas cosas. Principalmente cuando tienen miedo de que los conviertas en literatura. —Luna se recostó sobre sus manos—. Tres dejaron de hablarme durante ochenta años. Uno cambió su nombre y su reino entero para que no lo encontrara. Y el organizador... bueno, creo que todavía tiene pesadillas.

 

—Eso fue hace un siglo.

 

—Cien años. Lo suficiente para que se les pase el susto y lo bastante poco para que no se les olvide quién les hizo callar. —Luna sonrió—. El equilibrio perfecto.

 

Haruka miró el sobre.

 

—Creo que esta vez deberías ir.

 

—¿Por qué? ¿Falta alguien a quien convertir?

 

—Porque han pasado cien años. Y porque sería bueno que vieran que sigues aquí.

 

—¿Tienen tan mala memoria?

 

—Porque necesitan recordar que no pueden ignorarte para siempre.

 

Luna la miró fijamente. Luego entrecerró los ojos.

 

—Estás pidiéndomelo de verdad.

 

—Sí.

 

—¿Y sabes que no puedo decirte que no cuando me lo pones así?

 

—Lo sé.

 

Luna soltó un suspiro dramático y dejó caer la cabeza hacia atrás.

 

—¡Injusticia! Tengo toda una pila de condenados que me esperan y me mandas a una fiesta donde nadie quiere que esté.

 

—Te divertirás.

 

—Me aburriré tanto que alguien va a salir llorando. O convertido en memorias. Aún no lo he decidido. —Se bajó del mostrador de un salto—. Está bien. Iré. Pero con condiciones.

 

—Dime.

 

—Comeré todo lo que parezca caro. Me reiré de sus discursos en voz alta. Y si alguien empieza a hablar de "el destino que hemos forjado entre todos"... —Luna sonrió con una dulzura que heló el aire—, le recordaré que yo escribo los finales.

 

Haruka reprimió una sonrisa.

 

—Justo como eres.

 

—Y además... —Luna se giró hacia el Lector— él viene conmigo.

 

El Lector levantó la vista de golpe.

 

—¿Yo?

 

—¡Claro! Hace siglos que no sales de la Biblioteca. Necesitas ver el mundo. O al menos ver cómo los dioses mienten sobre el mundo. —Se volvió hacia los otros dos—. ¿Verdad que será educativo?

 

El Libro Nuevo abrió los ojos.

 

—Va a morir.

 

—No digas eso —replicó Luna alegremente—. Solo puede pasar dos cosas: que sobreviva y aprenda mucho, o que se convierta en una historia fascinante. ¡Gane o gane!

 

El Viejo negó con la cabeza.

 

—La última vez dijiste lo mismo.

 

—Y fue maravilloso. Todos hablaban de ello durante décadas.

 

—Porque nadie creía que alguien pudiera humillar a tres dioses en una sola noche.

 

—Fácil —Luna se encogió de hombros—. Solo tienes que escuchar hasta que empiecen a mentir y luego señalarlo con una sonrisa. Se derrumban solos. Como castillos de arena. Muy bonito de ver.

 

El Nuevo miró al Lector con compasión.

 

—Si no vuelves... deja tus libros en orden. Los heredaré.

 

—No le asustes —dijo Luna, acariciando a Samla—. Será inolvidable. Verás caras pálidas, oídos que se niegan a escuchar y la seguridad de muchos rompiéndose en pedacitos. —Sonrió—. Es mi espectáculo favorito.

 

Haruka la miró mientras se ajustaba el cuello de la serpiente.

 

—¿Estás lista?

 

—Más que nunca. —Luna dio un paso hacia el pasillo, luego se detuvo y miró atrás—. Ah, y Lector...

 

—¿Sí? —respondió él, con voz apenas firme.

 

—Si alguien te ofrece un regalo, una bendición o un pacto... —sus ojos brillaron— sonríe y diles que ya tienes historia. Que yo la escribo. Y que no siempre termina bien.

 

Caminó adelante, ligera y peligrosa, con Samla asomando entre su cabello y una risa suave que flotaba en el aire.

 

—Vamos. Que los dioses lleven cien años esperando. No los hagamos esperar más.

 

Antes de continuar, debemos hablar de una reunión muy particular.

 

Una reunión a la que asistían dioses de incontables mundos: seres que habían gobernado civilizaciones enteras y entidades cuyos nombres jamás habían sido pronunciados por una garganta humana. Algunos eran conocidos en la Tierra. O, mejor dicho, habían sido conocidos. Porque incluso los dioses pueden ser olvidados.

 

Hubo épocas en que los humanos levantaron templos, ofrecieron lo mejor que tenían y contaron sus hazañas de generación en generación. Pero los siglos pasaron, las civilizaciones cayeron, y aquellos nombres que algún día inspiraron temor y devoción terminaron reducidos a leyendas que apenas se recordaban a medias.

 

Sin embargo, las leyendas solo contaban una parte de la verdad.

 

Algunos de esos dioses habitaban mundos que la humanidad jamás descubriría. Otros pertenecían a universos completamente distintos. Y muchos habían sido llamados por nombres diferentes en cada planeta que los veneró. Los humanos usaron los nombres que podían comprender. Sus verdaderos nombres, títulos y orígenes… eran otra cosa.

 

Pero no habían dejado de existir.

 

Había muchos más dioses en aquella sala de los que cualquier mitología registraba. Dioses de mundos que nunca supieron de la Tierra. Dioses que gobernaban conceptos que la mente humana ni siquiera había imaginado. Y entidades tan antiguas que para ellas, palabras como nacimiento, muerte y eternidad tenían significados que rebasaban cualquier idioma.

 

Todos compartían algo: eran dioses. Y estaban a punto de reunirse, como hacían cada cierto tiempo, seres de historias que se extendían más allá de donde la vista podía alcanzar. Una reunión ordenada. Con protocolo. Con un salón perfectamente dispuesto. Con un reglamento que, en teoría, todos respetarían.

 

Una reunión que…

 

—¡Espera, espera, espera!

 

La narración se detuvo. Literalmente. Las palabras que iban a aparecer se quedaron suspendidas, inmóviles. Hubo un silencio breve. Y entonces, desde el margen de la página, asomó una manita. Luego otra. Y finalmente, una niña de cabello rubio trepó entre las líneas del texto como si fueran ramas.

 

Luna miró las palabras con el ceño fruncido.

 

—¿Qué estás haciendo?

 

—Estoy… presentando la reunión —respondió el narrador, tras un instante de sorpresa.

 

—Ya lo veo. —Luna recorrió las frases con la mirada—. Pero lo estás haciendo muy aburrido.

 

—¿Perdón?

 

—Que es aburrido. —Repitió como si fuera lo más obvio del mundo—. Suenas como un libro de texto que nadie querría leer.

 

El narrador respiró hondo.

 

—Estoy explicando quiénes son, de dónde vienen, por qué algunos se parecen a los que conocen y otros no…

 

—¡Sí, pero lo dices como si estuvieras leyendo una lista de compras! —Luna se sentó sobre una línea de texto, balanceando las piernas—. Mira, hay que decirlo así: “Atención, lectores. Aquí hay dioses que quizá reconozcan de viejas historias, pero la mayoría ni siquiera sabían que existían. Algunos han sido olvidados y otros nunca tuvieron nombre que ustedes pudieran pronunciar. Y todos creen saber cómo funciona el mundo…” —Sonrió—. “…hasta que llega alguien que les muestra que no es así.”

 

El narrador se quedó sin palabras un momento.

 

—Acabas de decir lo mismo que yo.

 

—Sí, pero yo lo dije interesante.

 

—¡No dijiste nada nuevo!

 

—Eso lo dices tú. —Luna se encogió de hombros—. Yo le puse gancho.

 

—Luna, por favor —suplicó el narrador—. Esta parte la narro yo.

 

—¿Y?

 

—¡¿Cómo que «y»?!

 

—Pues que yo también puedo narrar.

 

—No.

 

—Sí.

 

—No puedes apropiarte de la historia cada vez que te apetezca.

 

Luna se levantó y caminó sobre las palabras como si fueran piedras en un río.

 

—¿Quieres apostar?

 

—No pienso apostar contigo.

 

—¡Cobarde!

 

—¡No soy un cobarde! ¡Soy el narrador!

 

Luna se detuvo. Lo miró directamente hacia donde debía estar su voz.

 

—Y yo soy la Historia.

 

Silencio.

 

El narrador cerró los ojos. Discutir con Luna era imposible no porque siempre tuviera razón, sino porque cuando no la tenía, simplemente cambiaba las reglas hasta que ganaba. Y discutir con la propia Historia sobre quién debía contar la historia… parecía una forma excelente de quedarse sin trabajo.

 

—Está bien —dijo con resignación—. Necesito explicar que no todos vienen del mismo lugar, que algunos fueron olvidados con el paso del tiempo y que otros nunca fueron conocidos. Que sus creencias son diferentes, sus poderes distintos…

 

—Ajá.

 

—…y necesito hacerlo sin que me interrumpas cada tres frases.

 

Luna se llevó un dedo a la barbilla.

 

—Mmm… No.

 

—¡LUNA!

 

—¡JAJAJAJAJA! —Su risa resonó entre las letras—. Es divertido verte desesperado.

 

—Esto es lo que intento evitar.

 

—Ya lo sé. Por eso lo hago. —Luna se asomó más allá del texto—. Oye, narrador…

 

—¿Qué?

 

—¿Sabes lo mejor de todo esto? Que todavía no he llegado. —Sonrió—. Así que puedes hablar todo lo que quieras mientras yo no esté ahí. ¡Pero hazlo bien!

 

—¿Entonces admites que no necesitas estar aquí ahora?

 

—Exactamente.

 

—¿Entonces por qué interrumpiste?

 

Luna sonrió con dulzura.

 

—Porque quería molestarte.

 

El narrador se quedó inmóvil.

 

—Voy a fingir que no he escuchado eso.

 

—Buena idea.

 

El narrador recuperó el hilo con la mayor dignidad posible.

 

—Como estaba diciendo, esta asamblea reúne a divinidades de mundos, tiempos y realidades que se extienden mucho más allá de cualquier historia conocida. Algunos llevan nombres que han resonado en la Tierra; otros son tan antiguos que preceden a la existencia del cielo y la tierra tal como los conocemos. No todos comparten la misma naturaleza, ni los mismos valores, ni siquiera la misma definición de lo que significa ser un dios. Y cada uno…

 

Luna asintió.

 

—Mucho mejor. Más peso. Más respeto.

 

—Gracias. —El narrador suspiró—. ¿Puedo terminar ahora?

 

—Claro.

 

Hubo silencio. El narrador continuó.

 

—…Cada uno ha recorrido un camino que lo ha llevado a este salón. Y aunque se reúnen en paz, no todos se conocen bien, no todos confían en los demás, y algunos… algunos llevan siglos esperando el momento adecuado para mostrar su verdadero rostro.

 

Luna escuchaba atenta. De pronto miró hacia adelante, luego al lector, y finalmente sonrió.

 

—Bueno, queridos lectores… ¡ya llegamos a la fiesta!

 

—¡¿QUÉ?! —gritó el narrador.

 

—¡Vamos! Quiero ver qué están haciendo.

 

—¡Todavía no he terminado de presentar!

 

—Ya no importa.

 

—¡¿CÓMO QUE YA NO IMPORTA?!

 

Luna comenzó a alejarse entre las líneas, saltando de un párrafo a otro.

 

—Porque ustedes ya están ahí.

 

—¡¿Quiénes están ahí?!

 

Luna asomó la cabeza entre dos renglones.

 

—¡Los lectores, tonto!

 

Antes de que pudiera responder, ella desapareció. Quedó solo el silencio. El narrador se llevó las manos a la cabeza.

 

—Me quitó el cierre. Completamente.

 

Desde algún lugar lejano, su voz llegó clara y alegre:

 

—¡TE ESCUCHÉ!

 

El narrador levantó la vista.

 

—¡¿CÓMO ME ESCUCHASTE SI YA NO ESTÁS AQUÍ?!

 

—¡PORQUE SOY LA HISTORIA! —respondió la voz, cada vez más lejana.

 

El narrador se dejó caer sobre las palabras.

 

—No me pagan lo suficiente para esto…

 

Y así, queridos lectores, mientras el narrador reconsideraba todas las decisiones que lo habían llevado hasta aquí, nos dirigimos al salón. A la reunión. A los dioses que conversan y se saludan, convencidos de que saben todo lo que necesitan saber. Ninguno imagina que la invitada que todos daban por descartada, la que no apareció en cien años, ha decidido asistir. Y ninguno sabe que no vendrá sola.

 

En algún lugar de la inmensidad del cosmos existía un planeta que no figuraba en ningún mapa humano.

 

Era un mundo de belleza deslumbrante: océanos azules profundos rodeaban continentes cubiertos de bosques inmensos, montañas verdes se alzaban bajo un cielo despejado, y ríos cristalinos atravesaban llanuras donde la vida apenas comenzaba a despertar. Algunas especies caminaban ya erguidas; otras usaban herramientas rudimentarias, construían refugios o empezaban a tejer lenguajes propios. Faltaban milenios para las primeras civilizaciones. Para sus habitantes, el universo comenzaba y terminaba en su horizonte. No sabían de otros mundos. No imaginaban que, sobre sus cabezas, los seres más antiguos de la creación se habían reunido.

 

Ese planeta fue elegido por una razón sencilla: era hermoso, tranquilo y nadie podía verlos. En una meseta junto a un lago que reflejaba tres lunas, levantaron su encuentro: una estructura circular de piedra blanca, con columnas cubiertas de enredaderas y un salón abierto al viento. No necesitaban palacios imponentes para reconocerse. O eso se suponía.

 

—Me alegra que todos hayan podido venir —dijo Odín, alzando su copa—. Por una vez, no tendremos que esperar siglos para comenzar.

 

Vestía túnica oscura y manto azul; un ojo permanecía oculto. Dos cuervos descansaban a su lado. En la Tierra le llamaron Padre de Todos, dios de la sabiduría, la guerra y la poesía. Pero allí era simplemente el anfitrión.

 

—Tus invitaciones funcionan bien —comentó Ra, con su piel oscura y adornos de oro—. Aunque sospecho que algunos vienen solo por el banquete.

 

—Mientras vengan, no me quejo —sonrió Odín.

 

—Y que lo digas —intervino Amaterasu, con el cabello adornado de flores—. El siglo pasado escuché tres horas de discusión sobre repartir recursos en un planeta nuevo. Nunca más.

 

—Porque tu propuesta era absurda —se rio Ra—. ¡Dos soles para iluminar ambos hemisferios!

 

—¡Y habría funcionado!

 

—Habría arruinado el ciclo nocturno.

 

—Detalles.

 

Entre ellos estaban Atenea, Quetzalcóatl, Anansi… nombres que resonaron en la Tierra. Pero también seres que ningún humano había imaginado: Vaelthar, de océanos de cristal líquido; Ithraen, con cuatro brazos, de una civilización que vivió millones de años sin escribir una sola palabra; Oruvash, una esfera violeta sin forma fija; y Nymara, la más joven, que apenas guiaba su primer mundo.

 

—¿Y cómo va todo por tu planeta? —le preguntó Atenea a la recién llegada.

 

—¡Maravillosamente! —respondió Nymara, con ojos brillantes—. Agricultura, primeros asentamientos, ya construyen barcos… aunque a veces dan ganas de intervenir cuando toman decisiones absurdas.

 

Amaterasu le dio una palmadita en el hombro.

 

—Aprenderás: dejar que se equivoquen es parte de amarlos.

 

—¿Solo observar?

 

—Observar, guiar cuando pidan ayuda, y confiar —dijo Atenea—. Pero no vivir sus vidas por ellos.

 

Nymara asintió, aunque no pareció del todo convencida.

 

—Bah —intervino una voz desde el extremo de la mesa—. Yo, cuando se complican, empiezo otro.

 

Todos miraron a Varkhion: piel rojiza, cuatro ojos dorados, creador de mundos que apenas visitaba.

 

—¿Otro mundo? —preguntó Nymara.

 

—Tres universos nuevos. Uno con vida acuática inteligente, otro con conciencia colectiva… el tercero aún no lo sé.

 

Anansi soltó una carcajada.

 

—¿Creas un universo y no sabes qué ponerle?

 

—¡La improvisación es la verdadera esencia de la creación!

 

—Eso explica mucho —murmuró Amaterasu.

 

La conversación fluyó: historias de mundos florecidos, de pueblos que aprendieron a mirar las estrellas, de civilizaciones que cayeron y renacieron. Todos respetaban la regla sagrada: nadie entra en el dominio de otro. Cada uno cuida lo suyo a su manera.

 

Entonces Myrion, silencioso hasta entonces —uno de los más antiguos de todos—, levantó la mirada.

 

—Por cierto… ¿le enviaste la invitación?

 

Odín suspiró.

 

—Como cada cien años.

 

—No vendrá —dijo Varkhion—. Menos mal.

 

—¿Quién? —preguntó Nymara.

 

—Luna —respondió Ra, y su tono cambió.

 

La joven los miró a todos.

 

—¿Luna?

 

—Mejor que la conozcas por lo que dicen —advirtió Anansi—. La última vez que vino…

 

—Hizo que el dios más solemne de entre nosotros terminara convertido en un libro —completó Amaterasu, y ya no había risa en su voz—. Otros tres dejaron de hablarse durante décadas. Y el discurso de cierre… duró siete horas. Nadie se lo olvida.

 

—Eso fue exagerado —dijo Odín—. Ella solo quiso demostrar algo.

 

—Demostró que puede desmontar la paciencia de cualquier ser inmortal en menos de una hora —lo corrigió Ra.

 

Nymara frunció el ceño.

 

—¿Es tan poderosa?

 

Odín la miró con seriedad.

 

—No es cuestión de poder. Es cuestión de comprender quién es.

 

—Una niña caprichosa —resopló Varkhion—. No veo el problema.

 

Nadie respondió. Porque en ese instante… algo cambió.

 

No fue un estruendo. No fue una fuerza que sacudiera el suelo. Fue algo más antiguo: la memoria profunda de todo lo que existe, recordando que hay algo ante lo que incluso los dioses deben guardar silencio.

 

Las copas dejaron de moverse. Las risas murieron en la garganta. Varkhion palideció. Odín apoyó ambas manos sobre la mesa.

 

—Aquí está —susurró Myrion.

 

Junto a una columna apareció ella: vestido negro, sonrisa brillante, Samla enroscada en su cuello. Detrás, Haruka, tranquila como siempre. Y a su lado, el Lector, con el Libro Viejo y el Libro Nuevo a los costados, luciendo como quien acaba de darse cuenta de que subió a un barco que no sabía a dónde iba.

 

Luna miró el lago, las montañas, las caras pálidas a su alrededor.

 

—¡Vaya! Qué bonito lugar. —Inclinó la cabeza—. ¿Por qué todos tan serios? ¿Perdieron algo?

 

Silencio absoluto.

 

—¡Odín! —saludó alegremente, caminando hacia la mesa—. Cuánto tiempo sin vernos.

 

—Luna —respondió él, y su voz sonó extraña.

 

—Me contaron que extrañaban mis visitas. —Recorrió el salón con la mirada—. Veo que algunos lo demuestran mucho.

 

—Nos… nos alegra que hayas venido —dijo Odín, aunque su sonrisa era tensa.

 

—Qué amable. —Se detuvo junto a la mesa y miró hacia un punto que nadie más podía ver—. Oye, tú… ¿ya vas a poner el «continuará»?

 

El narrador se detuvo.

 

—Lo estaba pensando —admitió la voz invisible.

 

—¿De verdad? —Luna se giró del todo—. ¿Justo ahora?

 

—Es estructura narrativa. Dividir en capítulos…

 

—Pues reestructura. —Extendió la mano y arrancó las palabras suspendidas del aire—. «Continuará»… —leyó con fingida dulzura—. Qué lástima. Yo me estaba divirtiendo.

 

—Luna, por favor…

 

—¿Por favor qué? —Enrolló el papel entre sus dedos—. ¿Por favor que me vaya y los deje en paz? —Sonrió—. Ya lo hice. Cien años. Bastante descanso tuvieron.

 

Lanzó el trozo de texto por encima de las columnas, hacia el cielo de tres lunas.

 

—¡Allá va tu continuación!

 

—¡ME QUITAS EL CIERRE SIEMPRE! —estalló el narrador.

 

—¡Y lo haré siempre que la historia se ponga interesante! —respondió ella, riendo a carcajadas—. No me hagan reír menos, narrador, y no tendré que intervenir.

 

En el salón, ninguno de los dioses se atrevía a respirar fuerte. La pequeña niña con la serpiente miró a unos y otros, y su sonrisa se ensanchó.

 

—Bueno… —dijo, acercándose un paso más—. ¿Quién empieza?

 

La reunión recuperó lentamente su actividad. O al menos su apariencia. Los dioses volvieron a sus asientos, las conversaciones resurgieron y los sirvientes circulaban con platos y bebidas de mundos que la humanidad jamás conoció. Sin embargo, había un detalle ineludible: Luna estaba allí. Y aunque parecía completamente despreocupada, muchos la observaban de reojo, como si temieran que en cualquier momento convirtiera la velada en una leyenda que se contaría durante millones de años.

 

Otros, en cambio, estaban encantados. Los viejos conocidos que sabían exactamente cómo tratarla… y molestarla. Porque verla enfurruñada era una oportunidad demasiado buena para desperdiciar.

 

—¡Oye, Luna! —la llamó Atenea desde el otro lado de la mesa.

 

La niña estaba a punto de tomar un pastelillo cubierto de crema brillante. Levantó la mirada.

 

—¿Mmm?

 

—¿Te acuerdas de aquella criatura que presentaste la última vez? —Atenea sonrió—. La que iba a unir todos los universos.

 

Luna se quedó inmóvil. Sus dedos se detuvieron a centímetros del postre.

 

—...

 

—Decías que era adorable —insistió la diosa.

 

Varios se giraron hacia ellas. Odín cerró los ojos. Ra soltó una carcajada.

 

—¡JAJAJAJA! ¡Cómo se me había olvidado!

 

Luna giró lentamente la cabeza.

 

—¿Era necesario recordarlo?

 

—Por supuesto —Atenea se acomodó—. Vamos, cuéntanos qué tenía de especial.

 

—¡Era linda! —Luna golpeó suavemente la mesa con ambas manos—. ¡Se adaptaba a cualquier entorno! ¡Habría traído novedad a todos los mundos!

 

—Y problemas también —rio Ra—. ¡Imaginen que todo un planeta se vuelve algo porque la criatura les tocó la mano!

 

Luna infló las mejillas.

 

—¡Un pequeño detalle!

 

—No era pequeño —dijeron Atenea y Odín al unísono.

 

—Ni de lejos —añadió Amaterasu.

 

Haruka dejó su taza con calma. Demasiada calma.

 

—¿Se te olvidó que tenía un agente capaz de transformar todo ser vivo que tocaba?

 

Silencio. Luna apartó la mirada.

 

—Quizá un poquito.

 

—Tú lo habrías llevado al siguiente mundo —se burló Anansi.

 

—¡No lo sé! ¡Quizá se habrían acostumbrado!

 

—¡LUNA! —exclamaron varios.

 

La niña se cruzó de brazos.

 

—¡Está bien! ¡La próxima vez traeré algo mucho mejor!

 

El silencio cayó de golpe. Odín dejó de sonreír. Haruka la miró fijamente.

 

—¿Qué significa «la próxima vez»?

 

—Que habrá una —sonrió ella—. ¡Será diferente!

 

—Eso es lo que me preocupa —suspiró Haruka.

 

Odín intervino antes de que la conversación tomara otro rumbo peligroso. Se volvió a Haruka con respeto.

 

—Señorita Haruka… le pido un favor. La próxima vez que Luna conciba una idea así, ¿podría detenerla antes de que la presente?

 

—No se preocupe —Haruka sonrió serenamente—. Para eso estoy.

 

—Se lo agradezco.

 

—Es mi responsabilidad.

 

Luna levantó la cabeza.

 

—¡Oigan! ¡Estoy aquí!

 

—Lo sabemos —respondieron varios.

 

—¿Entonces por qué hablan como si no estuviera?

 

—Porque cuando estás presente, la probabilidad de catástrofe sube bastante —dijo Atenea.

 

—¡Eso es mentira!

 

—¿Lo de los zombis también?

 

Luna abrió la boca, la cerró, miró a todos y finalmente resopló.

 

—¡No me gustan!

 

Ra estalló en risas. Luna se cruzó de brazos y se apartó un poquito. Samla, enroscada en su cuello, levantó la cabeza y observó a todos con ojos oscuros e impasibles. Nadie supo si compartía el enojo de su compañera o simplemente esperaba que alguien le ofreciera algo de comer. Con Samla, nunca era fácil saberlo.

 

Mientras tanto, en el otro extremo de la mesa, el Lector disfrutaba del banquete. Frutas de colores imposibles, bebidas que cambiaban de tono, panecillos con estrellas diminutas en su interior… había decidido que, ya que lo habían llevado allí sin preguntarle, al menos aprovecharía la comida. El Libro Nuevo lo observaba con curiosidad.

 

—¿Sabes qué es lo más extraño? —preguntó.

 

—¿Qué? —dijo el Viejo.

 

—Ella puede reescribir la realidad y hacer callar a dioses… y trajo a un mortal para que coma pastelillos.

 

—Es su compañía —respondió el Viejo con calma.

 

—Sigo sin entenderlo.

 

El Lector tomó otro sorbo de su bebida azul. Estaba deliciosa. Y siguió comiendo, ajeno a que, poco a poco, todas las miradas se volvían hacia él.

 

Amaterasu fue la primera en hablar.

 

—Espera un momento. —Señaló al Lector—. ¿Quién es él?

 

La conversación se detuvo. Varios giraron la cabeza. Luna, que estaba probando una tarta pequeña, levantó la vista.

 

—¿Ah, él? Es mi compañero.

 

—¿Tu… compañero? —repitió la diosa.

 

—Sí. Me hace compañía en la Biblioteca.

 

Silencio. Profundo.

 

—¿En la Biblioteca? —Ra se inclinó hacia adelante—. ¿Ese mortal vive allí?

 

—Está ahí —dijo Luna con naturalidad—. No molesta. No intenta conquistar nada. No da discursos. Simplemente está.

 

Varios intercambiaron miradas. Atenea parecía estar reconstruyendo todo lo que sabía sobre el universo. Odín la observaba con atención.

 

—Luna —dijo él—, la Biblioteca no es cualquier lugar. Allí están todas las historias, todos los mundos…

 

—Lo sé.

 

—Y has permitido que un mortal se quede contigo.

 

—Sí. —Luna ladeó la cabeza—. ¿Hay algún problema?

 

Nadie supo qué responder. Era tan simple que no encajaba en ninguna regla. Ningún pacto, ninguna profecía, ningún destino. Solo… alguien que le agradaba.

 

Odín miró a Haruka. Ella suspiró.

 

—Le pregunté lo mismo. Me dio la misma respuesta. Supongo que simplemente le gusta tenerlo cerca.

 

El dios tuerto volvió la mirada al Lector. El hombre estaba intentando partir una tarta con un tenedor demasiado delicado. No había nada extraordinario en él. Y sin embargo estaba allí, sentado junto a la Historia misma, compartiendo su mesa.

 

Luna se levantó, tomó un plato y se acercó a él.

 

—Toma. —Le ofreció un postre cubierto de crema y frutas diminutas—. Lo probé hace un momento. Está muy rico.

 

El Lector lo aceptó con una sonrisa.

 

—¿Qué tal todo? —preguntó ella, sentándose a su lado.

 

—Delicioso —respondió él tras probarlo.

 

—¡Lo sabía! —Luna levantó los brazos, encantada.

 

Odín contempló la escena.

 

—He visto civilizaciones nacer y desaparecer —murmuró a Atenea—. He conocido seres que existían antes del tiempo. Y jamás… jamás he visto a alguien recibir un postre de Luna como si fuera lo más normal del mundo.

 

—¿Qué opinas? —preguntó ella.

 

—Que ese es el misterio más grande de todos —respondió él—. No su poder. No su origen. Sino por qué él.

 

Luna levantó la cabeza.

 

—¡Oye, Odín!

 

—¿Sí?

 

—¿Queda más de este postre?

 

Odín suspiró, pero sonrió.

 

—Sí, Luna. Hay más.

 

—¡Perfecto! —Ella volvió a llenar el plato del Lector.

 

Y así, mientras la Historia compartía dulces y risas con un mortal, los dioses comprendieron que tenían ante sí algo que ninguno podía explicar. No era un arma, ni un elegido, ni una amenaza. Era simplemente… alguien. Y eso, mucho más que cualquier poder, era algo que ninguno de ellos sabía comprender del todo.

 

La reunión había recuperado cierta normalidad. O, al menos, eso parecía.

 

Luna continuaba sentada junto al Lector, disfrutando de los postres que habían preparado para los invitados. Samla descansaba alrededor de su cuello, y Haruka conversaba tranquilamente con Amaterasu a unos pasos de distancia. De vez en cuando, Luna intervenía en alguna conversación para hacer un comentario sarcástico o burlarse de alguno de sus viejos conocidos. Y estos, lejos de ofenderse, le respondían con la misma confianza.

 

—¡Luna, todavía recuerdo aquella vez que intentaste convencerme de que un agujero negro podía utilizarse como horno! —comentó Ra, riéndose.

 

La niña levantó la cabeza.

 

—¡Y sigo diciendo que habría funcionado!

 

—¡Desapareció la mitad de tu experimento!

 

—¡Porque no seguiste las instrucciones!

 

—¡ME DIJISTE QUE LO METIERA Y ESPERARA!

 

—¡Exactamente! ¿Ves? ¡Las instrucciones eran sencillas!

 

Anansi estalló en carcajadas.

 

—¡JAJAJAJA! ¡No puedo creer que sigas defendiendo eso!

 

Luna infló las mejillas.

 

—¡Pues claro que lo defiendo! ¡Mi experimento era excelente!

 

—Tu experimento dejó un agujero negro microscópico en el laboratorio —recordó Atenea.

 

—¡Un detalle técnico!

 

—Destruyó tres mesas —añadió Amaterasu.

 

—¡Las mesas eran de mala calidad!

 

Odín se frotó el rostro con una mano.

 

—Luna, querida, las mesas estaban hechas de materia divina reforzada.

 

—Entonces eran de mala calidad divina.

 

Los dioses veteranos comenzaron a reírse. Incluso algunos que al principio habían permanecido tensos empezaban a acostumbrarse a aquella escena. Pero no todos.

 

En otra zona del salón, varios dioses más jóvenes observaban el intercambio sin comprenderlo. Para ellos, aquello resultaba desconcertante. Habían escuchado historias sobre Luna antes de asistir a la reunión: relatos sobre una entidad a la que convenía no provocar, una existencia ante la que incluso los dioses más antiguos medían sus palabras. Algunos habían oído que podía reescribir historias enteras. Otros afirmaban que su Biblioteca no era un dominio que gobernaba, sino algo mucho más inquietante: una parte de su propia existencia. También se decía que había seres que terminaron convertidos en libros después de cometer el error de enfadarla.

 

Sin embargo, la criatura que tenían delante no parecía corresponder con aquellas descripciones. Era una niña. Una niña que comía pastelillos, se burlaba de sus conocidos y discutía sobre experimentos absurdos. No parecía una amenaza. Ni siquiera parecía interesada en demostrar que era una diosa.

 

—¿Esa es Luna? —susurró una joven divinidad sentada junto a Nymara.

 

Nymara asintió lentamente.

 

—Eso parece.

 

—Pero… —La joven volvió a observar a Luna, que estaba discutiendo con Ra sobre la calidad de unas mesas—. ¿No se suponía que era alguien aterrador?

 

Nymara no supo qué responder. A su lado, otro dios se inclinó discretamente hacia ellos.

 

—He escuchado que los más antiguos le tienen miedo.

 

—¿Miedo? —repitió la joven—. ¿A ella?

 

—Eso dicen.

 

La joven frunció el ceño.

 

—Pero si ni siquiera parece capaz de mantener una conversación sin discutir por un postre.

 

Nymara observó cómo Luna le arrebataba a Anansi un pequeño pastelillo que él había tomado de una bandeja.

 

—Supongo que no siempre se puede juzgar a alguien por su apariencia.

 

—¿Y qué puede hacer, exactamente?

 

—No lo sé.

 

—¿Nadie lo sabe?

 

—Los veteranos sí.

 

Ambos miraron hacia Odín, que acababa de recibir una palmada en el hombro de Luna mientras esta le explicaba por qué su último comentario había sido completamente injusto. El dios tuerto parecía divertido. No había tensión en su rostro. Ni temor. Solo la confianza de alguien que llevaba muchísimo tiempo conociendo a aquella niña.

 

—Entonces, ¿por qué la respetan tanto? —preguntó el joven dios—. Si realmente fuera tan peligrosa, ¿no deberían tratarla de otra manera?

 

La joven negó con la cabeza.

 

—Quizá solo la respetan porque es amiga de Odín y de los demás.

 

—O porque tiene alguna clase de influencia sobre ellos.

 

—Eso explicaría muchas cosas.

 

Otro dios, que había estado escuchando la conversación, intervino en voz baja.

 

—Tal vez sus poderes no sean tan extraordinarios como dicen.

 

Los tres guardaron silencio durante unos segundos. Después volvieron a mirar a Luna. La niña acababa de hacerle una mueca a Ra porque este se había negado a entregarle el último pastelillo de una bandeja.

 

—¡Egoísta!

 

—¡Tú ya te has comido cinco!

 

—¡Eso no tiene nada que ver!

 

El joven dios sonrió.

 

—Sinceramente, esperaba algo más impresionante.

 

Y no era el único. En el salón había varios dioses que jamás habían presenciado ninguna de las hazañas atribuidas a Luna. Para ellos, su reputación procedía de relatos transmitidos por otros, advertencias que muchas veces sonaban exageradas y rumores que parecían crecer con cada nueva versión. No tenían motivos personales para temerla. Y cuando alguien no comprende por qué debería tener cuidado, resulta fácil confundir la ausencia de una amenaza visible con la ausencia de peligro. Especialmente cuando se considera que, por ser un dios, nada puede estar por encima de uno mismo.

 

Entre todos los presentes, sin embargo, había alguien que había llevado esa idea mucho más lejos.

 

Varkhion.

 

El dios de piel rojiza y cuatro ojos dorados observaba la escena desde su asiento. Había escuchado las advertencias. Por supuesto que las había escuchado. Odín le había dicho que no provocara a Luna. Ra le había aconsejado que no confundiera su apariencia con su naturaleza. Incluso Myrion, uno de los seres más antiguos de la reunión, le había advertido que no sacara conclusiones apresuradas sobre alguien cuya historia desconocía.

 

Pero Varkhion no había prestado atención.

 

Para él, aquellas precauciones no eran más que el resultado de una familiaridad excesiva. Los dioses veteranos conocían a Luna desde hacía demasiado tiempo. Se habían acostumbrado a sus caprichos y ahora actuaban como si cada una de sus ocurrencias mereciera respeto. Varkhion consideraba ridícula aquella actitud. Él había creado mundos. Había dado origen a universos enteros. Había visto civilizaciones nacer y desaparecer bajo su voluntad. Y, aunque reconocía que existían seres extraordinarios, no estaba dispuesto a aceptar que una niña pudiera colocarse por encima de todos. Mucho menos que pudiera comportarse como si estuviera en su propia casa durante una reunión entre dioses.

 

Apretó lentamente los dedos alrededor de su copa.

 

—Esto es absurdo.

 

La divinidad sentada a su lado lo miró.

 

—¿Qué cosa?

 

Varkhion señaló con la mirada hacia Luna.

 

—Eso.

 

—¿Luna?

 

—¿Qué otra cosa podría ser?

 

Su acompañante dudó.

 

—Te aconsejo que no…

 

—¿Qué? ¿Que no la provoque? —Varkhion soltó una risa seca—. ¿También tú?

 

—Varkhion, escucha. Los antiguos saben cosas que nosotros no sabemos.

 

—Entonces podrían explicarlas en lugar de comportarse como si estuviéramos ante una catástrofe.

 

—No creo que sea una buena idea…

 

—¡Basta!

 

Algunos dioses cercanos giraron la cabeza. Varkhion dejó la copa sobre la mesa.

 

—Estoy harto de esta situación.

 

Se levantó. Su silla se deslizó hacia atrás con un sonido áspero. Varios invitados dejaron de hablar. Odín, que había estado conversando con Atenea, levantó inmediatamente la mirada. Myrion también lo vio ponerse de pie. Y, al reconocer su expresión, comprendió lo que estaba a punto de ocurrir.

 

—Varkhion —lo llamó.

 

El dios rojizo se volvió brevemente hacia él.

 

—¿Qué?

 

—Siéntate.

 

La orden, pronunciada con una calma inusual, hizo que varios de los dioses más cercanos guardaran silencio. Varkhion frunció los cuatro ojos.

 

—¿Por qué?

 

Myrion sostuvo su mirada.

 

—Porque te lo estoy pidiendo.

 

—Pues no veo ninguna razón para obedecerte.

 

Y continuó caminando. Directamente hacia la mesa donde Luna compartía sus postres con el Lector.

 

Odín se incorporó de inmediato.

 

—Varkhion, espera.

 

Pero el otro dios ya había decidido que aquella reunión necesitaba una lección de dignidad divina. Y él sería quien la impartiera.

 

Haruka fue la primera en darse cuenta de sus intenciones. Había estado hablando con Amaterasu, pero el movimiento de Varkhion llamó su atención. No necesitó escuchar sus palabras. No necesitó que alguien le explicara lo que estaba ocurriendo. Bastó con observar su expresión y la dirección de sus pasos.

 

Haruka dejó su taza sobre la mesa.

 

—Discúlpame un momento, Amaterasu.

 

—¿Haruka?

 

La mujer ya se había levantado. Caminó tranquilamente hasta colocarse en el camino de Varkhion, justo cuando este se encontraba a pocos metros de Luna.

 

—Disculpa.

 

El dios se detuvo. Haruka lo observó con serenidad.

 

—¿Tienes algo que hablar con mi señora?

 

Varkhion la miró de arriba abajo.

 

—Sí.

 

—En ese caso, te pediría que lo dejaras para otro momento.

 

—¿Perdón?

 

—No creo que sea conveniente que te acerques a ella con esa actitud. —Haruka mantuvo el mismo tono tranquilo—. No saldrá nada bueno de esta conversación si comienzas de esa manera. Te lo digo por tu propio bien.

 

Varkhion entrecerró los ojos.

 

—No necesito que me des consejos.

 

—No es un consejo. Es una advertencia.

 

—Pues puedes guardártela.

 

Haruka no se movió.

 

—Varkhion, si tienes alguna queja sobre la conducta de Luna, puedes hablar con Odín. Él está organizando esta reunión.

 

—No he venido a hablar con Odín.

 

—Lo sé.

 

—Entonces apártate.

 

—Preferiría que no lo hicieras.

 

Varkhion dio un paso adelante. Haruka permaneció inmóvil. Por un breve momento, ambos quedaron frente a frente. La expresión de la mujer no cambió. Pero sus ojos se habían vuelto más serios.

 

—Te estoy dando la oportunidad de reconsiderarlo —dijo.

 

Varkhion soltó una risa despectiva.

 

—¿Quién te crees que eres para darme órdenes?

 

Haruka respiró lentamente. No quería que aquello sucediera. Por supuesto que no. Después de todo, aquella era una reunión entre dioses. Había acudido para acompañar a Luna, no para presenciar cómo uno de los invitados se buscaba un problema que no comprendía. Y, aunque podía intervenir, sabía que no tenía sentido prolongar aquella discusión. Varkhion no estaba escuchando. No quería escuchar. Solo quería demostrar que no aceptaría que nadie le dijera qué hacer.

 

Entonces, desde la mesa, se escuchó una voz infantil.

 

—Haruka.

 

La mujer giró la cabeza. Luna seguía sentada junto al Lector, con un pastelillo entre los dedos.

 

—Déjalo.

 

Haruka la miró.

 

—Luna…

 

—Está bien. Que venga. —La niña dio otro mordisco al pastelillo—. Después de todo, si ha venido hasta aquí es porque tiene algo que decirme.

 

Haruka permaneció callada durante unos segundos. Después suspiró.

 

—Como desees.

 

Se apartó. Varkhion la observó con evidente molestia, como si aquella intervención hubiera sido un insulto adicional a su dignidad.

 

—Al fin.

 

Haruka no respondió. Simplemente regresó hacia su lugar, aunque no se alejó demasiado de Luna.

 

Varkhion continuó caminando. Ahora nada se interponía entre él y la niña. Y él estaba convencido de que aquello era exactamente como debía ser.

 

Luna había vuelto a concentrarse en su postre. El Lector, sentado a su lado, levantó ligeramente la mirada cuando Varkhion se detuvo frente a la mesa. El dios rojizo miró primero a Luna. Después al hombre. Luego nuevamente a Luna. Aquella escena le parecía una ofensa al propósito de la reunión. Allí estaban los soberanos de incontables mundos, seres que llevaban eras gobernando sus propias creaciones, y una niña se comportaba como si hubiera acudido a una merienda entre amigos. Sin siquiera dignarse a prestarles atención.

 

Varkhion cruzó los brazos.

 

—Deberías dejar de comportarte como si fueras la dueña de todo esto.

 

Luna no levantó la mirada. Terminó de masticar. Tomó una servilleta y se limpió cuidadosamente los labios. Después respondió con absoluta tranquilidad:

 

—¿Eh?

 

Varkhion frunció el ceño.

 

—He dicho que deberías dejar de actuar como si todo esto te perteneciera.

 

La niña miró a su alrededor. Contempló las mesas. Las columnas. Los dioses que conversaban en pequeños grupos. Finalmente volvió a mirar su plato.

 

—¿Esto? —Tomó otro pastelillo—. Pero si solo estoy disfrutando de la fiesta. Después de todo, me invitaron.

 

Algunos de los dioses más veteranos bajaron discretamente la mirada. Odín se llevó una mano al rostro. Ra murmuró algo entre dientes. Atenea cerró los ojos durante un instante. Varkhion, en cambio, interpretó la respuesta como una burla.

 

—Desde que llegaste te has comportado como si no estuvieras ante una reunión de dioses.

 

Luna levantó la mirada lentamente.

 

—¿De verdad?

 

—Sí.

 

La niña parpadeó. Después miró a los dioses sentados a su alrededor, como si acabara de descubrir algo extraordinario.

 

—¡Vaya! ¿Así que son dioses? —Una pequeña sonrisa apareció en sus labios—. No me había dado cuenta.

 

Anansi bajó la cabeza. Sus hombros comenzaron a temblar. Amaterasu se tapó la boca. Ra miró hacia otro lado con una expresión de absoluto sufrimiento. No porque estuvieran asustados por las palabras de Luna. Sino porque conocían aquella manera de responder.

 

Varkhion no.

 

—¡¿Te estás burlando de mí?!

 

Luna ladeó la cabeza.

 

—¿Acaso dije algo gracioso?

 

—¡Basta de juegos!

 

—Pero si yo solo estoy comiendo. —Levantó el pastelillo—. Mira. Tiene crema.

 

Varkhion apretó los puños.

 

—¡¿Crees que esto es un juego?!

 

—No. —Luna volvió a dar un mordisco—. Creo que es una fiesta.

 

El dios rojizo estaba a punto de responder cuando una voz más grave se interpuso.

 

—Varkhion.

 

Odín había llegado hasta ellos. Su rostro había perdido la expresión relajada que mostraba unos minutos antes.

 

—Será mejor que dejemos esto aquí.

 

—¿Por qué?

 

—Porque Luna es así. Siempre ha sido así. No conseguirás nada discutiendo con ella de esa manera. —Odín mantuvo la voz baja—. Te lo pido como anfitrión. Regresa a tu asiento y disfruta de la reunión.

 

Varkhion miró a Odín con incredulidad. Después señaló a Luna.

 

—¿Me estás diciendo que debo tolerar esto?

 

—Te estoy diciendo que no conviertas una conversación desagradable en algo peor.

 

—¡¿Cómo puedes permitir que te trate de esta manera?!

 

Odín cerró los ojos durante un instante.

 

—No me está tratando de ninguna manera.

 

—¡Exacto! —Luna levantó un dedo. Después volvió a su pastelillo.

 

Varkhion miró al dios tuerto, indignado.

 

—No entiendo cómo todos ustedes soportan a esta mocosa caprichosa sin decirle absolutamente nada.

 

Varias conversaciones terminaron de golpe. Odín no respondió. Atenea dejó de moverse. Ra bajó lentamente su copa. Los dioses más antiguos habían dejado de sonreír. Y Varkhion, que solo veía la aparente humillación de un grupo de divinidades frente a una niña, continuó hablando.

 

—¡Se supone que somos dioses! ¡Hemos creado mundos, gobernado civilizaciones y establecido leyes que nuestras criaturas apenas podrían comprender! Y, sin embargo, aquí estamos, inclinándonos ante una niña que ni siquiera tiene la decencia de comportarse como alguien de su posición.

 

Luna terminó de masticar. Se tragó el último bocado. Después dejó el pastelillo sobre el plato.

 

—¿Ya terminaste?

 

Varkhion se volvió hacia ella.

 

—¿Qué?

 

—Que si ya dijiste todo lo que querías decir. —Luna tomó una servilleta, se limpió las manos con cuidado—. Porque, si es así, podrías marcharte. Por tu culpa, mi dulce empieza a saber amargo.

 

El silencio se extendió por la mesa. Varkhion la observó, incrédulo.

 

—¿Me estás echando?

 

—No. —Luna señaló el pasillo con un dedo—. Te estoy diciendo que puedes irte. Aunque, por lo que parece, no necesitas que te invite a hacerlo.

 

Varkhion sintió que algo se rompía dentro de su paciencia. Todo aquello era intolerable. La manera en que aquella niña lo ignoraba. La forma en que los demás dioses parecían dispuestos a permitirlo. Y, sobre todo, la certeza de que ninguno parecía dispuesto a reconocer que él tenía razón.

 

—¿Sabes qué? —dijo con desprecio—. Si tan poco te gusta estar aquí, deberías marcharte. No eres bienvenida. De hecho, estoy bastante seguro de que nadie aquí quiere que estés presente. Incluso aquellos que te hablan con amabilidad lo hacen por cortesía. No porque realmente deseen tu compañía.

 

El dios sonrió, convencido de haber encontrado finalmente el argumento que haría desaparecer aquella expresión despreocupada. Pero Luna solo lo observó. Después de unos segundos, sonrió también. No era una sonrisa burlona. Ni aquella expresión traviesa que utilizaba cuando molestaba a sus conocidos. Era una sonrisa pequeña y tranquila.

 

—Eso ya lo sé.

 

Varkhion parpadeó.

 

—¿Qué?

 

—Que no me quieren aquí. —Luna se encogió de hombros—. Lo sé mejor que nadie. Pero me importa muy poco lo que piensen. La única razón por la que he venido es porque Haruka me lo pidió.

 

Varkhion siguió la dirección de su mirada. Haruka estaba detrás de Luna, observando la conversación en silencio. El dios rojizo soltó una risa incrédula.

 

—¿Haruka? —Se volvió hacia la mujer, examinándola con desprecio—. ¿En serio? ¿Tú, una divinidad, has obedecido la petición de alguien así? Supongo que eso explica muchas cosas.

 

Odín dio un paso hacia él.

 

—Varkhion. No sigas.

 

Pero el dios rojizo ya no estaba escuchando. Había llegado al punto en el que su necesidad de demostrar que tenía razón había superado cualquier prudencia. Miró directamente a Haruka. Y pronunció las palabras que terminarían de condenarlo.

 

—Una divinidad como tú debería tener mejores compañías, Luna. Que obedezcas a una inútil que tienes como sirvienta dice mucho de ti.

 

El silencio fue absoluto. No hubo gritos. No hubo explosiones. Ni siquiera se escuchó el sonido de una copa al ser depositada sobre la mesa. Los dioses que estaban cerca se quedaron inmóviles. Aquellos que habían estado conversando en el otro extremo del salón volvieron la cabeza. Nymara miró primero a Varkhion y después a los dioses veteranos. No comprendía qué acababa de suceder. Pero sí comprendía que algo había cambiado.

 

Odín tenía los ojos muy abiertos. Ra había dejado la copa sobre la mesa con una lentitud casi dolorosa. Amaterasu se había llevado una mano a la frente. Atenea observaba a Varkhion como si acabara de presenciar cómo alguien se arrojaba voluntariamente a un abismo. Myrion cerró los ojos. Anansi, por primera vez desde que había comenzado la reunión, no parecía tener ganas de reírse. Y alrededor de la mesa, los dioses más antiguos miraban al recién llegado con una mezcla de incredulidad y espanto. No era odio lo que había en sus rostros. Era algo mucho peor: la expresión de quienes acaban de ver a alguien cometer un error irreversible.

 

Varkhion tardó unos segundos en darse cuenta de que nadie estaba hablando. Frunció el ceño.

 

—¿Qué? —Miró a Odín, después a Ra, luego a los demás—. ¿Qué les pasa?

 

Nadie respondió. Varkhion volvió a mirar a Luna. Y entonces lo notó.

 

La niña había dejado de sonreír. Ya no parecía divertida. Ya no tenía aquella expresión caprichosa de quien había acudido a una reunión únicamente para comer, conversar y molestar a sus viejos conocidos. Su rostro se había vuelto completamente inexpresivo. La mano con la que sostenía la pequeña fruta descansaba ahora sobre la mesa. En la otra… había un libro.

 

Nadie había visto cuándo lo había sacado. Un instante antes, Luna estaba sentada con las manos vacías. Ahora sostenía un volumen de cubierta oscura, cuyas páginas parecían no tener principio ni final.

 

La niña levantó lentamente la mirada hacia Varkhion. Y él, por primera vez, sintió algo que no supo reconocer. No era la presión de una divinidad más poderosa. No era el temor que producía enfrentarse a un enemigo capaz de destruir mundos. Era la sensación de estar siendo observado por algo que no necesitaba demostrar absolutamente nada.

 

Luna lo miró a los ojos. En los suyos ya no había humor. Ni curiosidad. Ni siquiera aquella indiferencia con la que había recibido todos sus insultos anteriores. Solo había desprecio. Un desprecio tan profundo que Varkhion, sin comprender por qué, sintió que el suelo bajo sus pies había dejado de pertenecerle.

 

La niña inclinó ligeramente la cabeza.

 

—Vaya… —Su voz era suave, casi amable—. Parece que no sabes quién soy realmente.

 

Detrás de ella, Haruka suspiró. No porque estuviera sorprendida. Sino porque comprendió que, a partir de aquel momento, ya no había nada que pudiera hacer para evitar lo que estaba a punto de ocurrir. Y los dioses más antiguos lo sabían también.

 

Varkhion acababa de cruzar una línea que ni siquiera los seres más arrogantes de la creación se atrevían a tocar.

 

Luna no volvió a mirar a Varkhion. Su atención estaba completamente concentrada en el libro que sostenía entre las manos. Era un volumen de cubierta oscura, sin título en el lomo ni adornos en sus bordes. Sus páginas parecían extenderse mucho más allá de lo que su tamaño físico debería permitir. Cada una contenía letras diminutas que se desplazaban lentamente, formando líneas, párrafos y acontecimientos que se reorganizaban a medida que Luna avanzaba.

 

Los dioses más antiguos reconocieron aquel libro al instante. Algunos apartaron la mirada. Otros permanecieron inmóviles, incapaces de ocultar la tensión que les recorría el cuerpo. Odín apretó ligeramente los dedos contra el borde de la mesa. Atenea guardó silencio. Ra dejó de respirar durante un instante. Todos sabían lo que Luna tenía entre las manos. Todos, excepto Varkhion.

 

—¿Qué demonios estás haciendo? —preguntó el dios rojizo.

 

Luna pasó una página. No respondió.

 

—¡Te estoy hablando!

 

Otra página. Luna continuó leyendo.

 

El dios sintió que la ira le recorría el cuerpo. ¿Cómo se atrevía a ignorarlo después de lo ocurrido? Dio un paso hacia ella. O, al menos, eso intentó. Su pie no llegó a avanzar. Varkhion bajó la mirada. Había algo delante de él. No podía verlo. No podía tocarlo. Pero estaba ahí.

 

Intentó moverse de nuevo. Nada. Una presión invisible lo mantenía inmóvil, como si el propio universo hubiera decidido que aquel era el lugar exacto donde debía permanecer.

 

—¿Qué…?

 

Trató de liberar su energía divina. Una pequeña aura rojiza apareció alrededor de su cuerpo. Y desapareció inmediatamente. Varkhion abrió los ojos.

 

—¡¿Qué clase de truco es este?!

 

Luna pasó otra página.

 

—No es un truco. —Su voz sonó tranquila. Demasiado tranquila. Levantó ligeramente la cabeza, aunque sus ojos continuaron recorriendo las letras—. Es tu historia.

 

Varkhion se quedó inmóvil.

 

—¿Mi qué?

 

—Tu historia. Tu vida. Tu origen. Todas las cosas que hiciste, las decisiones que tomaste y los acontecimientos que te llevaron hasta donde estás ahora. —Pasó el dedo por una línea—. Todo está aquí.

 

Varkhion miró el libro. Después miró a Luna.

 

—¡No puedes hacerme nada con eso!

 

La niña soltó una risita. No era alegre. Era la risa de alguien que acaba de escuchar algo extraordinariamente absurdo.

 

—Ay, cariño… —Levantó finalmente la mirada—. Cuando tengo tu historia completa entre las manos, tú no puedes responder contra mí como si estuviéramos en una pelea. —Su sonrisa desapareció—. Porque ahora soy yo quien decide qué ocurrirá con tu final.

 

El silencio cayó sobre la reunión. Varkhion intentó avanzar nuevamente. La fuerza invisible no cedió. Por primera vez en una existencia de la que se había sentido orgulloso durante incontables eras, comprendió que no podía imponer su voluntad. No podía atacar. No podía escapar. Ni siquiera podía acercarse a la niña que tenía delante. Y ella todavía no había hecho absolutamente nada.

 

—Luna.

 

La voz de Odín rompió el silencio. El dios tuerto se había levantado. No parecía enfadado. Tampoco intentaba imponer autoridad. Su expresión reflejaba algo mucho más serio: preocupación.

 

—Por favor. No hagas lo que creo que estás pensando hacer.

 

Luna apartó la mirada del libro. Lo observó unos segundos. Después levantó la mano izquierda, indicándole que se detuviera.

 

—Tranquilo, Odín.

 

—Por favor…

 

—Por respeto a ti… —Pasó una página—. Y por los postres que me has dado… no voy a eliminarlo.

 

Odín soltó lentamente el aire que había estado conteniendo. Varios dioses también parecieron recuperar algo de tranquilidad. Varkhion, en cambio, levantó la cabeza.

 

—¡¿Eliminarme?!

 

Luna lo miró de reojo.

 

—¿Preferías esa opción?

 

El dios cerró la boca. Por primera vez desde que comenzó la discusión, no encontró respuesta.

 

—No voy a borrarte —continuó ella—. Eso sería demasiado.

 

—¿Demasiado? —frunció el ceño Odín.

 

—Sí. Pero tampoco puedo dejar pasar lo que acabas de hacer. —Volvió a examinar las páginas—. Así que… ¿qué debería hacer contigo?

 

Varkhion la observaba con creciente inquietud.

 

—¿Qué estás buscando?

 

—Estoy pensando.

 

—¡Pues piensa sin hacerme nada!

 

Luna levantó la mirada.

 

—¿Quieres que te devuelva la capacidad de moverte para que puedas seguir gritándome?

 

Varkhion se calló.

 

—Eso pensaba.

 

La niña volvió al libro.

 

—Podría convertirte en una criatura pequeña y dejarte vivir en un bosque… aunque no, probablemente intentarías gobernar a los animales. —Anansi se tapó la boca—. También podría mandarte a una dimensión vacía para que reflexiones… No. Eso sería aburrido.

 

Pasó páginas hasta que se detuvo.

 

—¡Ah! —Sonrió—. ¿Sabes qué? Creo que mil años serán suficientes.

 

—¿Mil años para qué?

 

—Tu nacimiento como dios… —leyó con curiosidad—. La manera en que descubriste tus poderes… Es una historia bastante interesante. Pero ¿sabes qué? —Lo miró—. Creo que podríamos cambiar una pequeña parte.

 

Odín dio un paso adelante.

 

—Luna, espera.

 

Ella apoyó el dedo sobre la línea exacta.

 

—«Tras recorrer el bosque durante tres días, Varkhion llegó a un claro oculto… encontró una fuente de energía primordial que reconoció su potencial y le concedió el poder…» —Levantó la vista—. ¿Recuerdas ese día?

 

—Yo…

 

—Fue importante para ti, ¿verdad? Aquí empezó todo. Aquí dejaste de ser mortal. —Inclinó la cabeza—. Pero ¿qué habría pasado si nunca la encontrabas?

 

Odín se adelantó.

 

—¡Luna!

 

—Te dije que no lo eliminaré —respondió ella sin levantar la vista—. Confía en mí.

 

Su dedo se deslizó sobre las letras. Las palabras se transformaron. La fuente desapareció. En su lugar: «Decepcionado, decidió regresar a casa. Con el tiempo, abandonó la búsqueda y continuó viviendo como un mortal».

 

—Listo.

 

Las páginas pasaron solas, reescribiendo todo lo que vino después. Y entonces Varkhion lo sintió: un vacío que le recorría el cuerpo. Su aura se apagó. Sus poderes, su esencia divina… todo desapareció. Cayó de rodillas.

 

—No… —susurró—. ¿Qué me has hecho?

 

—Te he quitado tu divinidad —respondió ella cerrando el libro con un golpe seco—. Era parte de tu historia. Y ahora ha cambiado.

 

Odín formuló la pregunta que todos compartían.

 

—¿Y los mundos que creó? ¿Desaparecerán?

 

—¡Por supuesto que no! —Luna pareció sorprendida—. Tienen sus propias historias. Sería una pena desperdiciarlos.

 

—Entonces… —Varkhion alzó la voz con esperanza— ¿siguen existiendo?

 

—Sí. —Luna sonrió—. Pero ahora necesitamos a alguien que se haga cargo de ellos.

 

Se volvió hacia Nymara.

 

—¡Tú!

 

—¿Yo? —La joven diosa señaló su propio pecho, boquiabierta.

 

—Desde este momento, todos los dominios de Varkhion son tuyos. ¡Felicidades!

 

—Pero… yo apenas aprendo a cuidar un solo planeta…

 

—¡Pues ahora tienes muchísimos más donde practicar!

 

Anansi estalló en carcajadas. Ra se llevó una mano a la frente. Atenea cerró los ojos. Odín suspiró profundamente.

 

Luna se levantó y acomodó el libro bajo el brazo.

 

—Ah, por cierto… —Miró a Varkhion—. Mil años sin tus poderes. Seguirás siendo inmortal, pero no recuperas tu divinidad hasta que se cumpla el plazo. Tiempo suficiente para pensar en lo que has hecho.

 

Varkhion permaneció arrodillado, comprendiendo que todo lo que creía eterno se había ido en un instante.

 

Luna volvió a su asiento junto al Lector, tomó un pastelillo y dio un mordisco.

 

—Mmm. Este sí que está delicioso.

 

El silencio siguió llenando la sala. Odín la miraba con una mezcla de alivio y preocupación. Nymara seguía sin asimilar su nueva responsabilidad. Haruka la observó y suspiró. Sabía que la niña no actuaba por capricho, sino porque tenía su propia idea de justicia. Y sabía también que nadie en aquella sala volvería a verla igual.

 

Luna le ofreció un pastelillo a Haruka.

 

—¿Qué pasa? —preguntó al verla pensativa—. ¿Estás enfadada?

 

—No —sonrió ella aceptándolo—. Nada.

 

Miró a Varkhion una última vez. Quizá, solo quizá, aquel castigo le enseñaría algo que su inmortalidad nunca le había mostrado: que tener poder no significa tener razón. Y que la Historia podía ser mucho más paciente que cualquier dios… pero también podía cambiarlo todo con una sola palabra.

 

La reunión había tardado un tiempo en recuperar su tranquilidad. No porque los dioses siguieran temiendo que Luna decidiera castigar a alguien más, sino porque todavía estaban asimilando lo que acababan de presenciar.

 

Varkhion ya no poseía su divinidad. Su historia había cambiado y, con ella, el acontecimiento que le había concedido sus poderes. Ahora tendría que esperar mil años para recuperarlos. Mientras tanto, Nymara había recibido los dominios de innumerables mundos. Y todavía no sabía qué hacer con ellos.

 

La joven diosa permanecía sentada junto a Odín, mirando su copa como si dentro de ella pudiera encontrar una explicación para todo lo ocurrido.

 

—Odín…

 

—¿Sí, Nymara?

 

Ella levantó la mirada.

 

—Creo que hay un pequeño problema.

 

El dios tuerto sonrió con paciencia.

 

—¿Solo uno?

 

—¡Me acabas de entregar una responsabilidad para la que no estoy preparada!

 

—Yo no te entregué nada —rio él—. Fue Luna.

 

—¡Eso no mejora las cosas! —Dejó la copa sobre la mesa—. ¡Hace apenas un momento estaba aprendiendo a dirigir un planeta! ¡Todavía no sé cómo resolver todos los problemas que surgen en él! ¡Y ahora tengo que ocuparme de innumerables mundos, civilizaciones y universos! —Se llevó las manos a la cabeza—. ¡¿Cómo se supone que voy a hacer eso?!

 

Odín señaló discretamente hacia el otro extremo de la mesa. Varkhion estaba sentado allí, en silencio. Su expresión seguía siendo sombría, pero ya no parecía intentar recuperar sus poderes a la fuerza. Por el contrario, observaba las conversaciones de los demás con una atención que antes jamás había mostrado.

 

—Para empezar, no tendrás que hacerlo sola —dijo Odín.

 

—¿Qué?

 

—Varkhion ha decidido quedarse contigo durante este tiempo.

 

Nymara giró la cabeza bruscamente.

 

—¡¿Qué?!

 

—Conoce esos mundos mejor que nadie. Sabe cómo funcionan sus civilizaciones, cuáles son sus problemas y qué decisiones tomó para gobernarlos. Aunque ya no sea una divinidad, conserva sus recuerdos y sus conocimientos. Se ha ofrecido a ayudarte a administrar los territorios que ahora están bajo tu responsabilidad.

 

Nymara lo miró con sorpresa.

 

—¿De verdad?

 

Varkhion levantó la mirada.

 

—No voy a fingir que me resulta agradable lo ocurrido —dijo con seriedad—. Pero esos mundos siguen existiendo. Sus habitantes no tienen la culpa de mis errores. No permitiré que sufran por lo que sucedió aquí. Si necesitas mi ayuda para mantenerlos, te la ofreceré.

 

—Gracias —respondió ella finalmente—. La verdad… no sé cómo habría podido ocuparme de todo esto por mi cuenta.

 

—Aprenderás —dijo él—. Yo también tuve que hacerlo alguna vez.

 

—Y no será el único que te ayude —añadió Odín.

 

Ra se acercó con una sonrisa.

 

—Podemos enseñarte a comprender los territorios, resolver conflictos y orientarte cuando tengas que tomar decisiones difíciles.

 

Atenea asintió.

 

—También aprenderás cuándo intervenir y cuándo dejar que tus habitantes encuentren sus propias respuestas.

 

Amaterasu sonrió.

 

—Y, sobre todo, a no intentar resolverlo todo tú sola.

 

Nymara miró a los tres, luego a Odín y finalmente a Varkhion. Por primera vez desde que Luna había pronunciado su nombre, sintió que podía respirar con tranquilidad.

 

—¿Entonces… me ayudarán?

 

—Por supuesto —respondió Odín—. Para eso también sirve esta reunión.

 

Un rato después, mientras las conversaciones regresaban a la normalidad, Nymara observó a Luna. La niña estaba sentada junto al Lector, disfrutando de otro postre mientras discutía con Anansi si era posible usar una estrella como decoración para una tarta. Samla descansaba en su cuello. Haruka conversaba con Amaterasu como si nada extraordinario hubiera ocurrido.

 

Nymara se volvió hacia Atenea.

 

—Creo que ahora entiendo un poco mejor por qué todos ustedes evitan enfrentarse a Luna. No es solo porque puede cambiar las historias. Es porque no necesita demostrarlo. Puede pasar de discutir por un postre a quitarle la divinidad a alguien sin cambiar siquiera su tono de voz.

 

—Es una buena observación —sonrió la diosa de la sabiduría.

 

—Y aun así, los más antiguos se ríen con ella. La molestan.

 

—Porque la conocemos —explicó Atenea—. Puede ser caprichosa, impredecible y exasperante. Pero sabe distinguir entre quienes quieren pasar un buen rato y quienes intentan usarla o imponerle su voluntad.

 

—Entonces, si me llevo bien con ella…

 

—Podrás acercarte sin temor —dijo Atenea—. Siempre que respetes sus límites, los de Haruka y los de los demás.

 

Nymara asintió. Después sonrió con determinación.

 

—Y algo tengo muy claro: no debo meterme con Haruka.

 

Atenea soltó una risa suave.

 

—Veo que has aprendido la lección más importante.

 

Justo en ese momento, Luna le ofrecía un pastelillo a Haruka con entusiasmo.

 

—¡Toma! ¡Este está muy rico!

 

—Gracias, Luna —lo aceptó ella.

 

—¡De nada! —La niña sonrió satisfecha.

 

La reunión continuó. Los dioses compartieron conocimientos y planearon cómo apoyar a Nymara. Varkhion explicó las particularidades de sus antiguos dominios y respondió preguntas. No había recuperado sus poderes, pero por primera vez en mucho tiempo parecía dispuesto a escuchar.

 

Luna, mientras tanto, había terminado tres postres más. Todo marchaba sorprendentemente bien. Quizá demasiado bien.

 

Porque en un rincón, lejos de la mesa, alguien no estaba contento. El Narrador observaba todo con profundo resentimiento. Había intentado cerrar la historia en tres ocasiones. Tres. Y en cada una Luna lo había impedido. Ahora caminaba de un lado a otro, murmurando:

 

—¡Soy el Narrador! ¡Se supone que yo decido cuándo termina! ¡No puede aparecer y cambiar mis decisiones cuando le da la gana!

 

Se dejó caer en su asiento.

 

—Ya ni siquiera sé por qué me molesto…

 

—¿Estás hablando solo?

 

El Narrador dio un salto. Luna estaba frente a él con un plato en las manos.

 

—¡¿TÚ QUÉ HACES AQUÍ?!

 

—He venido a verte. —Levantó el plato—. ¿Quieres un pastel?

 

—¡NO! —Miró el plato—. …¿Qué frutas tiene?

 

—Sabía que te interesaría —sonrió ella.

 

—¡POR CURIOSIDAD!

 

—Vamos, no te enfades. Puedes terminar la historia si quieres.

 

El Narrador la miró con desconfianza.

 

—¿De verdad? ¿Sin interrumpirme?

 

—Bueno… —Luna se rio—. Está bien, está bien. Te dejaré terminar.

 

Él la observó unos segundos, buscando la trampa. Finalmente tomó el plato.

 

—Más te vale.

 

—¡Perfecto! —Se alejó, pero antes de desaparecer añadió—: ¡Y el final tiene que quedar bonito! Confío en ti.

 

El Narrador se quedó solo. Miró el pastel. Dio un mordisco. Estaba delicioso.

 

—Maldita sea… —suspiró, pero sonrió.

 

Abrió sus páginas, respiró hondo y escribió:

 

 

    Así terminó aquella reunión. Los dioses regresaron a sus mundos. Nymara comenzó a prepararse para su nueva responsabilidad. Varkhion inició sus mil años sin divinidad, con la promesa de proteger lo que una vez gobernó. Luna volvió a la Biblioteca junto a Haruka y el Lector, satisfecha con la comida, las risas y el tiempo compartido.

 

    Para muchos, aquella reunión sería recordada durante eras. No solo por la caída de Varkhion. Sino por haber comprendido que el poder no siempre se mide por lo que se puede destruir, sino por lo que se puede cambiar y decidir conservar.

 

El Narrador leyó la última frase. Sonrió.

 

—Por fin.

 

Cerró el libro. Y esta vez… la historia había terminado.

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La Biblioteca estaba tranquila.

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