Saltar al contenido
Cargando…

capitulo 1.- Scarlet

CrimsonMoon21

Contenido de la publicación

Desde lejos, entre el mar de pinos y encinos, se alzaba una estructura de proporciones imposibles, construida para alimentar a un mundo entero.

Cielos atravesados por retículas metálicas y falsas nubes estáticas de cristal sucio, metal corroído o tejas cobrizas a las que la vegetación de enredaderas se aferraba.

El sucio blanco se extendía como una piel vieja sobre secciones del muro curvo que delimitaba la construcción.

Un muro tan largo que no podía ser recorrido a pie en un solo día por aquellos que realizaban obras de mantenimiento en los muros exteriores.

Protegido por el marcado anillo sagrado de pasto azul cobalto, que protegía el lugar, alejando a las criaturas del mismo.

La luz se derramaba sobre aquella cubierta, extendiendo un rojo carmín entre las grietas y rendijas hacia el interior, que no aparentaba una ciudad, aun cuando en su centro habitaban miles.

En el interior, la luz brillaba en un violeta por la mezcla con el resplandor cobalto de la cabeza de la estatua de la diosa Aeris, que se alzaba sobre el techo de la estructura central, bañada por un cilindro de luz natural que atravesaba los tres pisos superiores.

Dentro de uno de los cubículos, una mujer observaba, a través de las rendijas de la cubierta, la danza de las motas de polvo teñidas de un violeta suave al caer hasta el barro seco del suelo, perdiéndose en él.

Movía los dedos, acariciando suave y rítmicamente las cabelleras rubias de dos niños pequeños; los tres acurrucados en el confinado espacio de un sillón de mimbre.

De sus labios brotaba, algo desafinado, un viejo canto, mientras los infantes sincronizaban un lento bostezo.

En el vacío nació la oscuridad...

Al verse sola, creó la luz...

Una compañía para danzar.

Pero se lastimaron...

Al no saber interactuar.

La mujer bajó la mirada, sorprendida al observar los ojos de su hija clavados en ella con seriedad.

—¿Pasa algo, mi cielo?

La pequeña apenas parpadeó lentamente.

Fue el niño, al otro lado del regazo de la mujer, como un espejo de su hermana, quien rompió el silencio que se formó.

—Mami, ¿por qué vivimos encerrados?

—¿El muro nos protege de la noche?

—Así es, hijo mío.

Acarició las cabezas de cada infante, asintiendo con lentitud para transmitir una calma que a sí misma le costaba mantener, antes de hablar de nuevo.

—¿Por qué afuera la oscuridad se expande?

Entonces, la voz de la pequeña, apenas un susurro atrapado en su garganta, se escuchó:

—¿por qué papi está afuera?

La mujer volvió el rostro hacia la niña. La tenue sonrisa en sus labios tembló mientras buscaba las palabras adecuadas.

La pequeña, adelantándose con voz titubeante y cristalinos ojos verdes, preguntó:

—¿Papi será comido por la noche?

Estrechó a ambos fuertemente contra su pecho, envolviéndolos en el calor de su cuerpo mientras acariciaba el largo cabello de su hija y la espalda todavía pequeña de su hijo.

—No, mi amor. Él estará bien; papi es fuerte, va con la peregrinación de la Iglesia.

Apretó aún más el abrazo cuando las pequeñas manos temblorosas se aferraron a sus ropas.

—Está protegido por los jerarcas y los soldados. Papi volverá, te lo aseguro.

Lo afirmó obligándose a sonreír mientras acunaba y besaba las mejillas de la pequeña.

Nadie dijo nada más.

La madre retomó el suave vaivén de sus manos y un tarareo hasta que, poco a poco, el peso de sus cabezas se volvió más denso contra su pecho.

Las respiraciones se tornaron más suaves, rítmicas, casi silenciosas.

El calor de las mejillas, el roce de sus cabellos bajo los dedos...

Quiso quedarse allí, suspendida en ese mínimo refugio donde todavía podía fingir que el mundo era bello y feliz.

Sus párpados comenzaron a cerrarse mientras los destellos violetas que atravesaban las rendijas de la cubierta se tornaban azules en la oscuridad.

Observó la imagen que se quebraba frente a ella antes de cerrarse por completo.

El calor cambió.

La respiración de los niños fue la primera en alejarse.

El sillón dejó de sostenerla.

Percibió el sonido amortiguado de su propio corazón.

...El vacío la envolvió.

La mujer se sintió volar sobre el mismo firmamento, contemplándolo todo. Su alma viajaba más allá de las murallas, experimentando la absoluta libertad.

El tiempo dejó de avanzar.

Extendió las manos para fundirse con el cielo.

Parpadeó.

Buscó a su alrededor.

Ya no estaban los niños.

Sintió una presión proveniente de sus piernas y, como si la oscuridad la cubriera, devorándola, el mundo comenzó a hundirse bajo ella con una lentitud imposible.

Se desesperó.

Intentó abrir los ojos.

No pudo.

Envuelta en una abrupta opresión de tal violencia que su piel ardió, se desplomó hacia la profundidad.

El ahogo la golpeó, contrayendo sus nervios y forzándola a abrir los ojos.

Una densa oscuridad la envolvía, restringiendo sus movimientos mientras giraba de un lado a otro, buscando... algo.

Llevó las manos a la yugular y abrió la boca bruscamente.

Al instante, su garganta se llenó de un fluido de sabor cobrizo.

Pataleó con lentitud mientras la desesperación se incrementaba en su interior.

Había algo extraño.

Una pesadez descomunal.

Un abismo que devoraba la luz misma la envolvía.

Ahogándose bajo aquella fuerza aplastante, no detuvo sus pataleos lentos.

Un movimiento tras otro.

Sus brazos penetraban la viscosidad, mientras esta se aferraba a ella. Cuanto más esfuerzo imponía para alcanzar la superficie, más parecía resistirse el fluido.

Debido al agotamiento, sus extremidades pesaban y sus pulmones ardían.

Traicionando todo esfuerzo, la gravedad líquida tiró de ella hacia la oscuridad del fondo.

Dejó de pelear.

No es que se resignara al abismo.

Entendió que salir requería fe.

Y, como si el vacío jugara con ella, su cuerpo comenzó a ascender con lentitud.

Los rayos del sol que atravesaban el líquido lo teñían con una neblina rosada y carmesí.

Extendió las manos, cortando con las palmas la densidad del fluido.

Continuó durante largo rato, dejándose llevar para ascender a la superficie, hasta que, con un último y violento impulso, abandonó el vientre del abismo.

Salpicó un lustroso piso de mármol, al que se aferró, desparramando su torso desnudo.

Un cardenal alto, vestido con una túnica roja de adornos dorados, la aguardaba en silencio, viéndola toser, regurgitando con violentas arcadas el fluido carmesí y peleando por arrancar el aire a su alrededor.

Luego se inclinó despacio, como quien espera un nacimiento.

Tranquilo, muy despacio, sin el más mínimo rastro de violencia.

Solo una calma solemne.

Apoyó una mano desnuda sobre la mejilla de la mujer cuando las arcadas concluyeron y sostuvo su sucio rostro con delicadeza.

La observaba con detenimiento, verificando silenciosamente el resultado del ascenso.

La mujer no presentaba síntomas de demencia.

—Es un milagro —exclamó el hombre.

La mirada aturdida y débil de la mujer intentó recorrer el lugar con su nublada vista, sin lograrlo.

Luchando contra la inconsciencia, parpadeó, abriendo los ojos de golpe.

Lentamente, temblando por el esfuerzo, arrastró el resto de su desplomado cuerpo fuera del viscoso líquido.

El cardenal retrocedió, dándole espacio para la maniobra.

Un pequeño chapoteo brotó al liberar sus pies, dejando por completo expuesta su humedecida desnudez.

La mujer contrajo los músculos de su espalda e intentó elevar la vista, pero su cabeza cayó como el plomo contra el mármol.

Entonces...

Desde los balcones que rodeaban el inmenso salón, los clérigos que presenciaban el ritual rompieron el silencio con oraciones más parecidas a cánticos espirituales.

Sus voces se fusionaban hasta dar lugar a un sonido que desafiaba lo comprensible, con los ojos fijos en el sol que coronaba la cúpula.

El sonido llegaba a todos los rincones de la sala, haciéndola vibrar: desde los balcones, las escaleras y los atrios, hasta los ventanales y vitrales del techo.

Las ondas que se formaban en la piscina central, llena de un líquido rojo, intenso y viscoso, parecido a la sangre, pero diferente en su densidad, acompañaban el cántico.

Los órganos de la mujer vibraron, como si fueran a explotar.

Volvió a vomitar, manchando el suelo de más líquido carmín.

No el de la piscina.

Si no de sangre, la suya propia.

Vomitó en violentas arcadas, una tras otra, como si sus órganos la abandonaran.

Las vibraciones contrajeron sus costillas y resonaron en cada célula de su cuerpo, reacomodándolo.

La humedad rojiza que la recorría comenzó a brillar, combustionandose en un fuego vivo que desgarraba la carne y se consumía en su interior.

La mujer se retorció en el suelo, sacudiéndose entre chasquidos vibrantes, dejando a la vista la belleza de su voluptuosa anatomía.

Contuvo el aliento y tensó los dientes.

No emitió gemido alguno.

Solo resopló con coraje.

El cardenal, inmóvil ante ella, observó la transformación con una serenidad absoluta.

Esperó hasta que las marcas terminaron de iluminarse bajo la piel de la mujer.

Y solo entonces, clavando sus ojos en la nuca de la mujer, levantó lentamente ambas manos hacia el sol. Su voz resonó como una proclamación.

Pausada.

Afectuosa.

Como una oración que se elevaba al firmamento sagrado.

—A partir de ahora, tu profanación te alejará del vacío de nuestra diosa.

Aquellas palabras atravesaron el ruido del fuego.

Cerró los ojos.

Su último recuerdo humano se hundió dentro de ella como una espina.

Cuando volvió a abrirlos de golpe, ya no estaba sobre el mármol.

Se vio en una habitación amplia, de paredes blancas decoradas con finos detalles de oro.

Frente a ella, un hombre entrado en años, un clérigo vestido de blanco, con detalles dorados en los hombros, le sostenía la mano, diciéndole compasiva y lentamente:

—Hija, lamento tu pérdida. Nuestra granja fue atacada por las criaturas; la oscuridad ha llegado a nuestras tierras —suspiró—. No se recuperó el cuerpo de tu esposo, y mis hombres no localizan a tus hijos. Una pena.

Decía aquello mientras juntaba sus manos para ofrecer una plegaria al vacío.

—Todo lo que se crea en este mundo regresará al mismo a través del polvo sagrado que respiramos todos.

—Que las almas de los caídos descansen en el vacío y puedan regocijarse en el seno de nuestra diosa Aeris, permaneciendo en su divina gracia.

La pena se dibujó en el rostro del hombre al agregar:

—Buscaremos a tus hijos, aun así, hija. Tienes mi palabra.

Dudó por un momento antes de soltar con preocupante pena:

—...Si no se han vuelto carne para alimentarlos.

El recuerdo comenzó a deshacerse.

El blanco de las paredes empezó a teñirse lentamente de rojo.

Las figuras perdieron definición.

El aire se espesó por el humo del fuego extinguido.

El recuerdo se evaporó en su totalidad cuando sintió su cara apresada por una rigidez en la mejilla izquierda y una tibieza en la derecha.

El cardenal se inclinó y la besó en la frente.

Los restos pegajosos de aquel líquido se le quedaron en los labios.

El hombre miró al sol con éxtasis.

Abrió lentamente los brazos, soltando a la mujer y, devolviéndola a su agonía, proclamó:

—¡Oh, diosa Aeris! Ten piedad de la blasfemia de este inmundo ser y sella la penumbra dentro de su cuerpo profano. Con tu infinita piedad, vacíala de todo. Permítele resurgir de sus lamentos y su dolor, como un guerrero guiado por tu luz.

En ese instante, unos clérigos menores arrastraron un enorme cofre blanco con detalles plateados, el cual parecía resistirse al trayecto.

Al estar frente al cardenal, el cofre quedó inmóvil.

El hombre lo abrió, extrayendo lo que parecía una masa palpitante, tan oscura que devoraba la luz.

La mujer aún resistía el tormento de la transmutación, apoyada sobre los antebrazos.

Respiraba agitadamente, tensando la mandíbula y apretando los labios hasta desgarrarlos, pero no halló el sabor cobrizo de la sangre.

El verde de sus ojos desapareció, opacado por el negro de sus pupilas, que se dilataron por completo para luego contraerse hasta el límite.

Un retumbar la sacudió por dentro.

Sus órganos internos se retorcieron al compás de la oración del cardenal.

El frío y la languidez envolvían su cuerpo mientras el hombre volvía a observarla con impasible compasión.

—El mal solo puede ser eliminado con el mal que se ha purificado —sentenció el cardenal—. Has ascendido sobre los humanos; temida por el caos, despreciada por la humanidad. Tu existencia ya no te pertenece.

El cardenal soltó la masa sobre la mujer.

Esta se extendió, sepultándola en la sombra.

—Tu ascenso entre las tinieblas iluminará el camino; serás nuestro perro de caza. Destruye la infección y siémbrala en lo profundo del abismo.

El espectro pareció deshilacharse en miles de filamentos vivos que se adhirieron y se introdujeron a través de la piel de ella, por los escarificados símbolos que las llamas ardientes habían tatuado en su piel, contrayendo el cuerpo y consumiendo los fluidos internos.

Ya no había dolor.

Pero una arcada sacudió toda su anatomía.

Un clérigo de negro en el balcón rompió el éxtasis celestial para ojear la obra, susurrando:

—Su voluntad es fuerte... De ser débil, estaría muerta ahora mismo.

Guardó silencio.

Continuó observándola.

—Que conserve su conciencia es muestra de su temple; el dolor no la ha mermado como a las demás.

Un escalofrío recorrió la nuca del hombre al encontrarse con los ojos de la dama.

Apartó la vista y retomó el canto.

Ella dirigió la suya al cardenal de rojo.

En ese instante, el verde de su mirada fue devorado por un rojo oscuro y profundo.

El cardenal extendió la mano derecha y, con la rigidez del guante de oro, le sujetó suavemente el rostro demacrado, mientras le regalaba una sonrisa complacida.

Lágrimas inundaron los ojos del cardenal.

—Está hecho, hija —atinó a susurrarle.

Hizo una breve pausa.

Su pulgar acarició lentamente la mejilla de la pálida mujer.

—Eres una criatura prohibida; no podrás comer ni beber... La sangre eclesiastica será tu sustento.

Una lucidez hostil se apoderó de la mujer mientras se inspeccionaba a sí misma.

Su cabello, antes rubio, se había teñido de un azabache intenso.

El espectro ya formaba parte de su interior; podía notarlo a través de la transparencia de sus manos, por el latir de las ramificaciones de la criatura que la llenaban de calor, a la vez que el resto brotaba desde el centro de su cuerpo hacia la piel, convertido en una especie de gabardina negra que la vestía.

Intentó levantarse, pero su huesudo cuerpo tambaleante se lo impidió.

Miró el suelo con resignación.

—Así no podré encontrarlos —resopló, expulsando vapor en el acto, con una voz que ya no arrastraba dolor, sino una frialdad cortante.

Intentó buscar algún rastro de humedad en su propia mirada, pero sus ojos permanecieron áridos.

El cardenal acarició la cabeza de la mujer con una perturbadora lentitud, reconfortándola.

Permaneció contemplándola durante unos instantes.

Sus ojos seguían húmedos, no por tristeza, sino por el alivio de quien contempla una obra consumada.

Luego dio un paso al frente.

—Hija mía, me repugna que sucumbas a la oscuridad —sentenció, mientras ella lo escuchaba en silencio, sin poder sentir sal en sus ojos—. La diosa del vacío, Aeris, te purificará a través de mí.

Uno de los jerarcas que habían arrastrado el cofre se acercó para infligirle un fino corte en la palma izquierda.

El cardenal apretó el puño; sus sienes dejaron ver sus venas.

Vertió su sangre sobre la cabellera de la mujer.

La sangre recorrió su cabeza y se expandió lentamente por todo el cuerpo.

El azabache de su cabello y de la gabardina comenzó a resplandecer en un rojo carmesí intenso, hasta culminar en un carmín absoluto y radiante, para luego opacarse en un rojo cenizo.

El cardenal apartó el brazo y cubrió su herida con un paño oscuro y su mano enguantada.

Le ordenó a la mujer ponerse de pie.

Ella, haciendo crujir el suelo bajo sus pies, se recompuso de inmediato, evaluando los cambios en silencio, sintiéndose más densa y ligera a la vez.

Su mirada, antes tierna, ahora delataba su nueva naturaleza.

La solemne voz del hombre recorrió la cúpula como un eco y la devolvió al ceremonioso ritual.

—¡Que el fuego de la Llama Eterna te purifique!

Los cánticos cesaron. Todo el salón guardó silencio.

—Te alimento con la sangre de la diosa a través de mi alma.

La voz resonó con una fuerza que hizo vibrar las columnas.

—¡Incendia tu renacer, Guerrero Sangriento!

»—Renace de las cenizas.

»—Renace, chispa de Llama Eterna.

Los clérigos descendieron la cabeza al unísono.

—Abandona el nombre con el que naciste.

»—Abandona la vida que tuviste.

La mujer permaneció inmóvil.

No hubo duda en su mirada.

—¡Bendita seas, pues representas la ira de nuestra diosa contra la infección!

El cardenal alzó el brazo hacia la cúpula.

—¡Proclama tu nuevo nombre y fúndete con él, Sol Rubí!

El salón entero contuvo la respiración.

El cardenal proclamó:

—¡SCARLET!

El eco golpeó una y otra vez las bóvedas del templo.

Related posts

Pública 0 conversaciones 0 pensamientos 6 votos positivos 0 votos negativos 1 serie

Desde lejos, entre el mar de pinos y encinos, construida para alimentar a un mundo entero, se alzaba una estructura de proporciones imposibles.

En series

En grupos