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Capítulo XIX: Mi loca psicóloga y sus problemas

AEJOVENICH

Contenido de la publicación

Si algo le había enseñado la vida a Jano, era que nadie zafa de la locura cotidiana, ni siquiera aquellos que tienen un título de psicología colgado en la pared.

Lo que empezó como un canal unilateral donde Jano vaciaba sus traumas, culpas y noches en blanco, sufrió una metamorfosis tan orgánica como insólita.

Con el paso de las semanas, y a medida que el fuego de la crisis inicial empezaba a ceder, las notas de voz de WhatsApp entre él y La Psicoloca fueron cambiando de dinámica.

Ya no era solamente Jano quien hablaba.

Un martes, cerca de las once de la noche, después de un intercambio sobre sus avances emocionales, La Psicoloca le envió un audio de tres minutos que nada tenía que ver con Freud, el duelo o la ansiedad.

—Jano, perdón la hora, pero si no le cuento esto a alguien voy a colapsar. Me acabo de enterar de que mi ex tiene una nueva conquista. Al parecer es una chica colombiana. Espero sean muy felices. Pero solo ha pasado un mes. ¡Un mes! ¿Se puede ser tan descarado?

Jano escuchó el audio en la penumbra de su habitación y no pudo evitar soltar una carcajada limpia, de esas que no le salían hacía tiempo.

Se quedó unos segundos mirando el teléfono. No podía creerlo.

La mujer que durante semanas había escuchado sus problemas, analizado sus pensamientos y ayudado a poner un poco de orden en medio de su caos emocional, ahora estaba al otro lado de la pantalla hablando de su propio desastre sentimental.

Sin planearlo ni firmar ningún acuerdo, los roles se habían invertido.

Jano, sin tener estudios de psicología, se convirtió en su oyente oficial.

Y, para su propia sorpresa, le gustaba.

Resultó que La Psicoloca, la profesional perspicaz que lo guiaba con paciencia de cirujana tenía su propia colección de desastres personales: peleas desopilantes en aplicaciones de citas, la neurosis de lidiar con pacientes que ignoraban sus indicaciones y un combate diario contra sus propias contradicciones.

Jano descubrió que escuchar a La Psicoloca no solo era divertido. También era profundamente sanador.

Le devolvía la sensación de ser útil, de no ser un «caso clínico» ni un tipo roto al que todos tenían que cuidar.

Él también podía aportar algo.

Podía entregar toda la experiencia de vida que llevaba encima, su sentido común afilado y, sobre todo, esa capacidad que estaba empezando a recuperar: escuchar sin intentar escapar de lo que sentía.

Ahora podía estar para alguien más. Y eso le hacía bien.

Una noche, mientras ajustaba los cortes de video en su notebook y guardaba los cambios en la pantalla, Jano decidió devolverle un poco de todo aquello que ella le había dado durante sus peores días.

Le grabó un audio entre risas.

—Amiga, escúchame bien: no le vas a responder. Ni un emoji, ni un «hola», nada. Lo vas a bloquear, te vas a servir un café bien cargado y me vas a hacer caso a mí por una sola vez en la vida. Tú te pasaste semanas recordándome cómo no caer en la tentación del teléfono, así que no pienses que voy a dejar que te tropieces ahora con la misma piedra. La clínica del amor propio hoy la atiendo yo, y mi primer diagnóstico es que te valores un poquito más. Se acabó tu sesión, mañana me pagas.

Jano terminó de grabar y se quedó sonriendo.

Quizás era una tontería. Quizás solamente era una conversación entre dos amigos. Pero para él significaba algo.

Hacía un tiempo, él era quien necesitaba que alguien lo sostuviera al otro lado de una pantalla.

Ahora podía ser él quien sostuviera a alguien durante unos minutos.

No porque tuviera todas las respuestas. No porque hubiera solucionado su propia vida. Sino porque había aprendido algo importante: a veces no necesitas tener la vida resuelta para poder escuchar a otra persona.

La reciprocidad imperfecta y humana de aquella amistad le enseñó una lección invaluable: nadie lo tiene todo resuelto.

Ni siquiera quienes parecen tener las respuestas.

Todos estamos improvisando sobre la marcha, cargando nuestros propios chiflados y buscando a alguien al otro lado de la línea que nos escuche sin juzgar.

La Psicoloca seguía siendo su psicóloga. Pero también era su amiga.

Y Jano empezaba a entender que ambas cosas podían convivir sin necesidad de convertir ninguna de las dos en algo perfecto.

Al final del día, ayudar a su «loca psicóloga» a desenredar sus propios nudos fue el recordatorio perfecto de que él ya no estaba en el fondo del pozo.

Todavía tenía días difíciles.

Todavía tenía recuerdos. Todavía extrañaba.

Pero ya no estaba completamente atrapado dentro de sí mismo.

Estaba de pie.

Con las manos abiertas. Y listo para dar un poco de la empatía que tanto había recibido.

Quizás eso también era parte de cambiar. Entender que sanar no significaba dejar de necesitar a los demás. Significaba también aprender a estar para ellos.

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Entendí que hasta los terapeutas llevan su propia cuota de desastre, pero qué alivio da saber que hay alguien igual de chiflado que uno.

#aejovenich #unmalditointentandocambiar #ficcióncontemporanea #históriadavida

Thoughts

  • DaveOaks

    Y sigo con el paralelismo de mi vida .. recientemente un amigo, de la nada me soltó que ya no soporta a su mujer .. en resumidas cuentas, se siente asfixiado por la inseguridad de su cónyuge.. yo lo escuché y le dije .. todo eso lo has provocado tu … cuando uno hace faltas y se las perdonan tiene que saber que eso viene luego con reproches .. la confianza es una sola y cuando se agrieta no hay como repararla, además si volvieron es porque si amor fue más fuerte .. ahora vuelve a tu casa y lo hablan como adultos que son .. pues si hay verdadero amor entre ustedes esto solo va a hacer más fuerte su relación y sino una excusa para que se dejen . Pero no puedes esperar que todo se solucione solo . Hay que actuar .. asintió y se fue ..

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  • jpvera804

    Puchica, Jano recetándole a la Psicoloca la misma dieta de teléfono que ella le dio a él. Yo me fío de él de amigo. Apuesto a que ella lo desbloquea antes del viernes y él le cobra la sesión de verdad.

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