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Capítulo XVIII: Un silencio habitable

AEJOVENICH

Contenido de la publicación

El tiempo, con su ritmo pausado e indiferente, siguió haciendo su trabajo.

Los días dejaron de ser una cuenta regresiva sofocante y empezaron a convertirse en una rutina con sentido.

El departamento ya no se sentía como un calabozo de ecos y sombras, sino como un espacio propio, un taller de reconstrucción donde cada mueble y cada rincón volvían a recuperar su temperatura humana.

Jano aprendió a habitar el silencio.

Ese mismo silencio que en el primer mes amenazaba con aplastarlo, ahora era el terreno donde descansaba su mente tras las jornadas de trabajo y los proyectos de edición.

Ya no necesitaba llenar cada espacio con ruido para no pensar.

Podía llegar a casa, dejar las llaves sobre la mesa, sentarse un momento y simplemente estar.

Y eso, que antes parecía imposible, comenzó a sentirse normal. Ya no había desesperación en sus mañanas.

La ansiedad, aunque a veces asomaba la cabeza como una vieja conocida, ya no tenía el mismo poder para desarmarlo.

Seguía apareciendo. Había días mejores y otros más difíciles. Pero ahora Jano sabía que un mal momento no significaba volver al principio.

Tenía herramientas: las pastillas naturales para la mente, las charlas sinceras por WhatsApp con La Psicoloca para despejar aquellos pensamientos autodestructivos, la complicidad diaria de sus tres amigos en la oficina y el abrazo cálido de su hijo Fabi y su hermano Fabian.

Ya no enfrentaba cada pensamiento como si fuera una sentencia.

Había aprendido a dejarlo pasar. A hablar. A distraerse cuando era necesario. A aceptar que no todos los días tenía que sentirse bien para saber que estaba avanzando.

En ese momento había dejado de huir de su propia historia.

No porque hubiera conseguido borrar lo vivido, sino porque finalmente estaba dispuesto a mirarlo de frente.

Sobre el velador, el primer cuaderno acumulaba decenas de dibujos a lápiz, mientras el segundo aguardaba en silencio para seguir recibiendo todos aquellos que vendrían.

Eran páginas trazadas con minucioso detalle.

Cada una de ellas le devolvía a Jano una calidez serena. Se sentía feliz con los resultados de cada uno de sus dibujos.

Todos impecables. Todos marcados por la precisión del grafito. Y todos conservando el blanco impoluto del papel.

Había algo especial en sentarse frente a una hoja en blanco y comenzar a llenarla poco a poco.

Quizás porque, de alguna manera, eso era lo que también estaba haciendo con su propia vida.

Línea por línea. Día por día.

Sin poder borrar completamente lo anterior, pero aprendiendo a construir algo nuevo sobre una página que todavía tenía espacio.

Jano abrió ambos cuadernos y hojeó las páginas lentamente. Ya no las miraba con rabia ni con la culpa lacerante del principio.

Las miraba con una serenidad nueva.

Esos dibujos eran el testimonio de su fidelidad a la promesa dada y la evidencia de que, a pesar de todo, guardaba intacta la capacidad de amar.

Cada página también representaba tiempo.

Tiempo en el que había elegido hacer algo distinto. Tiempo en el que había aprendido a quedarse quieto cuando antes habría actuado por impulso. Tiempo en el que había empezado a conocerse de una manera que nunca se había permitido.

Entendió que la redención no significaba borrar el pasado ni conseguir un perdón mágico que lo arreglara todo de la noche a la mañana.

La verdadera redención era convertirse en un hombre digno de su propio presente.

Un hombre que asume sus fallas, que respeta el dolor ajeno y que elige ser mejor cada día, independientemente de si el destino decide devolverle lo que perdió o no.

Quizás esa era la parte más difícil.

Cambiar sin tener garantías. Hacerlo sin saber si algún día Alejandra volvería. Hacerlo porque sabía que debía hacerlo.

Porque si todo aquel proceso dependía de recuperar a alguien, entonces no sería realmente un cambio.

Sería solamente una espera.

Jano quería que fuera diferente.

Quería que el hombre en el que se estaba convirtiendo pudiera existir incluso si el futuro no resultaba como él esperaba.

Cerró los cuadernos con suavidad, los dejó en su lugar junto a su notebook y caminó hacia la terraza.

Allí, desde la terraza del tercer piso, observó la ciudad que continuaba su curso bajo la luz de la noche.

La ciudad seguía viviendo.

Luces encendidas en los edificios. Personas regresando a sus casas.

Cada uno siguiendo con su propia historia. Y Jano, por primera vez, sentía que también estaba retomando la suya.

Respiró hondo, sintiendo el aire llenar sus pulmones sin la opresión de antes. No estaba completamente bien. Todavía había tristeza. Todavía había recuerdos. Todavía había momentos en los que extrañaba.

Pero algo había cambiado.

Ya no era el hombre roto que se escondía detrás de una máscara ejecutiva.

Era, simplemente, un hombre intentando cambiar.

Y, por primera vez en mucho tiempo, sabía que lo estaba logrando.

No porque hubiera dejado de sentir dolor. Sino porque el dolor ya no decidía por él.

Jano permaneció unos minutos mirando la ciudad. No pidió nada. No intentó imaginar cómo sería el día siguiente.

Solo respiró.

Y comprendió que, después de tanto tiempo huyendo de sí mismo, había conseguido algo que parecía pequeño, pero que para él significaba muchísimo:

Había aprendido a estar consigo mismo sin tenerle miedo al silencio.

*************************************************************************

Miré la ciudad desde la terraza y volví a respirar sin la opresión del ayer; el dolor no desapareció, pero yo dejé de estar roto.

#aejovenich #unmalditointentandocambiar #ficcióncontemporanea #historiasdevida

Thoughts

  • DaveOaks

    Me encanta la evolución de jano .. ya capítulos anteriores, me había identificando con el personaje de jano… y este capítulo lo hace más .. 100/10

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  • capitulo_y_medio

    Los cuadernos me tienen intrigado desde el capítulo quince, el de la palabra dada, y aquí por fin les veo el sentido: dibujos sin una sola mancha, el blanco intacto, justo cuando él acepta que lo vivido no se borra. Lo que me deja con desconfianza es que al final sepa que lo está logrando. Al Jano de los primeros capítulos esa seguridad le habría durado una tarde, y apuesto a que en el siguiente algo la pone a prueba, probablemente Alejandra.

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