Hay un tipo de salvación que solo se encuentra entre el ruido de los cubiertos, el vapor de la comida a mediodía y el humor ácido de unos desadaptados igual que uno.
En el trabajo, Jano era el profesional impecable, el hombre serio que tomaba decisiones difíciles sin pestañear. Pero de una a dos de la tarde, la armadura caía en la mesa del comedor improvisado dentro de la oficina. Ahí lo esperaban los tres mosqueteros:
- Mónica, la más apañadora del grupo, capaz de decir que sí a cualquier plan sin importar la hora, pero con su clásica queja: «Chicos, tengo sueño y me quiero ir a mi casa».
- Alexis, el niño bueno y paciente. Superpoder: Paciencia bíblica para escuchar al pepe grillo que le habla todo el día. Frase típica: Tranquilos, yo los espero;
- Ignacio, el más nuevo del equipo, pero siempre listo con un chiste fuera de lugar para aligerar la tensión. Superpoder: Cero filtro e inmunidad total a la vergüenza ajena. Frase típica: «Quizás no debí decir eso en voz alta… pero igual estuvo bueno».
Esa mesa era su territorio neutral. Ninguno de ellos trataba a Jano como a un tipo roto, ni le hacían preguntas incómodas con cara de funeral. Sabían exactamente lo que le había pasado a su madre, e imaginaban que había problemas con Alejandra, pero entendían por código tácito que la lástima era lo último que un hombre como él necesitaba.
—Jano, tienes que almorzar más seguido. Por eso pasas con dolor de cabeza. Amigo, yo te acompaño a comprar.
—No tengo hambre, me duele el estómago. —respondía Jano, soltando una sonrisa franca, de esas que solo le salían cuando estaba entre ellos.
La lealtad de esas cuatro personas no se medía en grandes charlas emocionales, sino en la presencia constante y en el cuidado invisible.
Se notaba en los detalles:
Alexis se encargaba de desviarle las reuniones más pesadas cuando lo veía con la mirada perdida y la ansiedad en el rostro.
Mónica le conseguía los mejores videos en Instagram dándole excusas perfectas para mantener la mente ocupada en las noches.
Ignacio, se aseguraba de que comiera, invitándolo a comer o comprar antes de que Jano se pusiera a revisar mensajes en el celular.
No necesitaban ponerse solemnes. Sabían que Jano llevaba un peso enorme en la espalda, pero también sabían que la mejor forma de ayudarlo y sostenerlo no era compadecerlo, sino recordarle que afuera de su departamento todavía había vida, risas y trabajo que hacer.
—El viernes nos vamos a comer al patio de comidas, Jano. Y no es una invitación, es una orden de equipo —le dijo Mónica al levantarse de la mesa y darle dos palmaditas firmes en el hombro.
—Ahí voy a estar. Me gusta la idea.
Al regresar a su escritorio, Jano sintió que el nudo en el pecho aflojaba un poco su presión. Podía no tener el amor de su vida a su lado, sus rodillas podían estar arruinadas para la cancha y sus noches podían seguir siendo un terreno difícil, pero en el terreno del trabajo y de la amistad, tenía un ejército pequeño y fiel que no lo iba a dejar caer.
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Miré la mesa vacía y entendí que mi historia no estaba del todo rota, donde hay lealtad sin lástima, siempre habrá un lugar al cual volver.
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