Capítulo 3 – Rumores y una presencia lejana
La clase de historia contemporánea había terminado, pero casi nadie se levantó de inmediato. El profesor, un hombre de unos cincuenta años con gafas redondas, se quedó de pie frente al pizarrón con los brazos cruzados.
—Antes de que se vayan —dijo con voz seria—, quiero recordarles algo. Llevamos diez años desde la Primera Invasión. Diez años en los que la humanidad ha vivido mirando al cielo. Ahora, con el Elixis y las Academias, las cosas van a cambiar… para bien o para mal.
Un estudiante levantó la mano.
—Profesor, ¿usted cree que el Despertador realmente es tan poderoso como dicen?
El profesor guardó silencio unos segundos. Luego sonrió con cierta amargura.
—Yo estuve en una conferencia donde él habló. Cuando entró a la sala, hasta los generales más arrogantes se pusieron de pie como si fueran reclutas. No gritó. No amenazó. Solo… estuvo ahí. Y eso fue suficiente. Así que sí. Creo que es exactamente tan poderoso como dicen.
Alpha escuchaba en silencio desde la última fila. A su lado, Mateo murmuró:
—Ese tipo da miedo solo de oír hablar de él.
—A mí me da más miedo el Elixis —respondió Sofía en voz baja—. Imagínate que te lo inyectan y tu cuerpo no lo soporta. Dicen que algunos se queman por dentro.
Leo, que iba caminando detrás de ellos al salir del aula, soltó una risa nerviosa.
—Por eso solo se lo dan a los compatibles. Y aun así, el Consejo de la Llave controla todo con mano de hierro. No es tan fácil conseguirlo aunque quieras.
Mientras bajaban las escaleras, una pantalla grande en el hall de la universidad transmitía en vivo una declaración del Consejo de la Llave. La imagen mostraba a varios funcionarios serios, pero la atención de todos se centraba en la figura que estaba un poco más atrás, de pie, con las manos unidas detrás de la espalda.
El Despertador.
No hablaba. Solo observaba.
En la cafetería, alguien gritó:
—¡Mírenlo! ¡Está en la transmisión!
Varios estudiantes se acercaron a la pantalla. Las conversaciones bajaron de tono casi de inmediato. Incluso los más ruidosos se quedaron callados.
—Joder… —susurró Mateo—. Hasta por televisión se siente raro.
Alpha miró la pantalla unos segundos. No sentía miedo ni admiración especial. Solo una ligera curiosidad. El hombre de la imagen tenía una presencia tranquila, casi elegante, pero no parecía humano del todo… aunque nadie podía señalar exactamente por qué.
En ese momento, a muchos kilómetros de distancia, dentro de una sala silenciosa y protegida, el Despertador inclinó ligeramente la cabeza.
Había vuelto a sentirlo.
Esa misma sensación extraña.
Débil.
Lejana.
Pero inconfundible.
Sus ojos se estrecharon apenas.
—Interesante… —murmuró para sí mismo, con una voz baja y calmada.
Uno de sus asistentes se acercó con respeto.
—¿Señor? ¿Ocurre algo?
El Despertador no respondió de inmediato. Solo miró hacia la ventana, como si pudiera ver a través de la distancia.
—Nada que deba preocuparte… todavía.