Capítulo 7 – El peso de una decisión
Al día siguiente el campus parecía otra ciudad.
Carteles electrónicos brillaban en cada esquina:
PRUEBAS DE COMPATIBILIDAD CON ELIXIS
Inscripciones abiertas 48 horas
Supervisión personal del Despertador
La gente hablaba más alto de lo normal. Algunos reían nerviosos, otros caminaban en silencio con la mirada perdida.
Alpha entró a la cafetería a la hora de siempre. Mateo, Sofía y Leo ya estaban en su mesa habitual. Mateo estaba tan agitado que apenas podía quedarse quieto.
—¡Por fin llegas! —exclamó apenas lo vio—. ¿Viste los carteles? ¡Hoy se abre el registro! En la plaza central del distrito. Van a poner carpas, pantallas gigantes… ¡y el Despertador va a estar ahí en persona!
Leo se inclinó hacia adelante, con los ojos brillantes y la voz un poco temblorosa.
—Yo voy. Ya lo decidí. Aunque me tiemblen las piernas, aunque me dé miedo… voy a anotarme.
Sofía lo miró de reojo, cruzándose de brazos.
—Leo, ¿estás seguro? No es un juego. Si no eres compatible… dices que lo sabes, pero de verdad lo entiendes?
—Lo entiendo —respondió Leo, aunque se le notaba tenso—. Pero prefiero intentarlo a quedarme toda la vida preguntándome “qué habría pasado si…”. Además, ¿y si resulto compatible? Podría entrar a Vanguard. O aunque sea a Umbra.
Mateo soltó una risa nerviosa y miró a Alpha.
—¿Y tú, grandote? ¿Te vienes aunque sea a mirar? Solo a ver cómo es el ambiente. Dicen que cuando el Despertador llega, la gente se queda callada de verdad. Como si el aire cambiara.
Alpha se sentó con calma, dejó la mochila a un lado y miró su café un segundo antes de responder.
—No.
Hubo un silencio corto. Leo abrió los ojos como si no lo hubiera oído bien.
—¿En serio? ¿Ni siquiera a ver?
—No me interesa —repitió Alpha, con la misma voz tranquila de siempre.
Sofía soltó una risa baja, casi de alivio.
—Por fin alguien con la cabeza fría. Yo tampoco pienso anotarme. Verlo de lejos me basta… y aún así me da respeto solo de pensarlo.
Mateo suspiró y se pasó una mano por el pelo.
—Bueno… nosotros tres sí vamos. Aunque sea para ver de cerca al tipo ese. Dicen que llega esta tarde. Imagínate estar a menos de cincuenta metros del hombre más poderoso del planeta.
Leo asintió varias veces, todavía agitado.
—Yo solo quiero que me dejen hacer la prueba. Aunque me digan que no soy compatible… al menos lo intenté.
Alpha escuchó en silencio. Dio un sorbo a su café y luego se levantó.
—Nos vemos mañana.
Mateo lo miró sorprendido.
—¿Ya te vas? Ni siquiera te quedas un rato?
—Tengo que estudiar —dijo Alpha simplemente, y salió de la cafetería sin mirar atrás.
Sofía lo siguió con la mirada un segundo.
—A veces me pregunto qué piensa realmente ese tipo… Siempre tan callado.
Esa tarde la plaza del distrito universitario se había transformado.
Carpas blancas, pantallas enormes, filas interminables de jóvenes. Algunos hablaban emocionados, otros se miraban las manos como si ya pudieran sentir el poder. De vez en cuando alguien gritaba el nombre de uno de los Despertados famosos.
—¡Si resulta compatible, quiero ser como Bastian!
—¡Yo como Enzo! ¡Imagínate esa fuerza!
Alpha caminaba por las calles laterales, lejos del ruido. El cielo seguía nublado. El viento traía fragmentos de megáfonos y risas nerviosas.
Cada vez que daba un paso, sentía esa misma presión extraña en el pecho. Ligera. Constante. Como si algo invisible lo empujara suavemente hacia la plaza.
Se detuvo bajo un árbol, se puso los auriculares y cerró los ojos. Quería silencio.
A varios kilómetros de distancia, dentro de un vehículo negro que avanzaba sin prisa, el Despertador abrió los ojos de golpe.
Una de sus asistentes, sentada frente a él, notó el cambio de inmediato.
—¿Señor? ¿Ocurre algo?
El Despertador no respondió de inmediato. Miraba por la ventana polarizada, con una expresión que mezclaba calma y algo que casi parecía… hambre de respuestas.
—La anomalía ya no es un eco —dijo finalmente con voz baja—. Ahora tiene dirección.
La asistente se tensó apenas.
—¿Desea que aceleremos el traslado a la universidad?
—No hay prisa —respondió él—. No se va a mover.
Y por primera vez en mucho tiempo, una sonrisa real se dibujó en su rostro.
—Esta vez… quiero verla con mis propios ojos.
El vehículo giró en dirección al campus.