Capítulo 8 – Una anomalía frente a todos
La plaza del distrito universitario era un caos controlado.
Miles de jóvenes formaban filas interminables bajo las carpas blancas. Algunos hablaban sin parar, otros se mordían las uñas, y más de uno ya estaba pálido de los nervios. Pantallas gigantes mostraban el logo del Consejo de la Llave y la frase:
“El Despertador supervisará personalmente las pruebas.”
Mateo, Sofía y Leo estaban cerca de la entrada principal. Leo no paraba de moverse de un lado a otro.
—¿Crees que ya llegó? —preguntó por quinta vez—. Dicen que cuando aparece, se siente.
Sofía lo miró con paciencia.
—Leo, acaba de empezar. Respira.
Mateo, en cambio, miraba alrededor con los ojos bien abiertos.
—Yo solo quiero verlo de cerca. Aunque sea un segundo. Imagínate… el tipo que hace que hasta los generales se pongan firmes.
Alpha no estaba con ellos.
Había preferido quedarse lejos, sentado en un banco bajo un árbol a unos cincuenta metros de la plaza. Tenía los auriculares puestos y miraba el suelo, intentando ignorar el ruido. Esa presión en el pecho no había desaparecido. Al contrario: se había vuelto más constante, como un latido ajeno dentro de su propio pecho.
De pronto, el ambiente cambió.
No hubo gritos. No hubo anuncios. Simplemente… el ruido bajó.
Primero fue un murmullo. Luego un silencio que se extendió como una ola. Las conversaciones se apagaron una por una. Hasta los que estaban al final de las filas se giraron hacia la avenida principal.
Un convoy de vehículos negros y blindados se detuvo frente a la plaza. Las puertas se abrieron al unísono.
Primero bajaron varios hombres y mujeres de traje oscuro: miembros del Consejo de la Llave. Detrás de ellos, comandantes militares con uniformes impecables y medallas. Luego, personas de aspecto elegante, joyas discretas y miradas altivas… miembros de algunas de las familias más ricas del continente.
Y al final, él.
El Despertador.
No necesitaba presentarse. Su presencia bastaba. Vestía de negro sencillo, sin insignias ni ostentación, pero cada paso que daba hacía que la gente se apartara sin pensarlo. Su expresión era serena, casi amable… y sin embargo nadie se atrevía a sostenerle la mirada más de un segundo.
Mateo se quedó sin aire.
—Joder… es él. Es realmente él.
Leo se puso rígido.
—Está… más intimidante de lo que pensaba.
Sofía solo susurró:
—No habla… y aun así todo el mundo se calla.
El Despertador caminó entre las filas sin mirar a nadie. Los candidatos se apartaban instintivamente. Los miembros del Consejo lo seguían a unos pasos de distancia, igual que los comandantes y los representantes de las familias ricas. Todos esperaban que se dirigiera a la carpa principal, donde se harían las primeras pruebas.
Pero no lo hizo.
Siguió caminando.
Pasó de largo las filas. Pasó de largo las pantallas. Pasó de largo a los funcionarios que lo esperaban con tabletas en la mano.
Y se dirigió directamente hacia el banco bajo el árbol.
Hacia Alpha.
El silencio se volvió absoluto.
Miles de personas lo miraban. Nadie entendía qué estaba pasando.
Alpha levantó la vista cuando una sombra se detuvo frente a él. Se quitó un auricular, confundido.
El Despertador lo observaba con una calma absoluta. Había una chispa de interés genuino en sus ojos.
—Tú eres el que he estado sintiendo —dijo con voz baja, pero perfectamente audible en el silencio total—.
Alpha parpadeó.
—¿Perdón?
Uno de los miembros del Consejo dio un paso adelante, visiblemente nervioso.
—Señor… este joven no está inscrito. Ni siquiera ha solicitado la prueba de compatibilidad. Es solo un estudiante.
El Despertador no le dedicó ni una mirada.
—Lo sé.
Se inclinó ligeramente hacia Alpha, como si estuvieran solos en medio de la plaza.
—Necesito hablar contigo. En privado.
Las reacciones explotaron en susurros ahogados.
—¿Qué…?
—¿Por qué él?
—¡Ese chico es normal! ¡No tiene nada especial!
—¡El Despertador nunca se acerca a nadie así!
Mateo se tapó la boca con ambas manos.
—Alpha… —susurró, incrédulo—. ¿Qué demonios…?
Leo estaba pálido.
—No puede ser… ¿por qué él?
Sofía solo miraba, sin palabras.
Alpha se levantó lentamente del banco. La presión en su pecho ahora era casi dolorosa, pero no de miedo. Era otra cosa. Algo que no sabía nombrar.
El Despertador hizo un gesto sutil con la mano. Inmediatamente, dos asistentes y un comandante formaron un círculo discreto a su alrededor, bloqueando la vista de la multitud.
—Ven conmigo —dijo el Despertador, con esa misma voz calmada—. Hay cosas que solo tú y yo necesitamos discutir… lejos de tantos ojos.
Y sin esperar respuesta, se giró y empezó a caminar hacia uno de los vehículos negros, seguido por su séquito.
Alpha se quedó un segundo inmóvil, consciente de que miles de miradas lo perforaban.
Luego, sin saber exactamente por qué, dio un paso adelante… y lo siguió.
La plaza entera se quedó en completo silencio.
Nadie entendía qué acababa de pasar.
Solo sabían una cosa:
El hombre más poderoso del planeta acababa de ignorar cualquiera mil candidatos… para hablar en secreto con un estudiante cualquiera.