Los sirvientes de la mansión estaban acostumbrados a muchas cosas.
Silencios incómodos en los pasillos. Órdenes cortantes desde lo alto de las escaleras de mármol. Miradas que hacían bajar la cabeza incluso antes de que una palabra fuera pronunciada.
Pero aquella mañana… lo que estaban viendo era algo completamente distinto.
En el patio central de la mansión, justo frente a la antigua fuente de piedra que durante generaciones había sido el orgullo del lugar, se desarrollaba una escena que nadie en la casa habría imaginado presenciar jamás.
Anna D’Valrienne, heredera del ducado y señora de la mansión, estaba barriendo el suelo.
El sol de la mañana caía sobre el patio, iluminando su figura vestida con la misma ropa elegante que solía usar en recepciones formales: un vestido blanco de tela fina que contrastaba de forma absurda con la escoba de madera que sostenía entre las manos.
Los mayordomos observaban desde los corredores del segundo piso.
Las doncellas se habían detenido en mitad de sus tareas.
Incluso algunos guardias, que normalmente ignoraban la vida doméstica de la casa, se habían quedado inmóviles junto a los pilares de piedra.
Nadie decía nada.
Pero las miradas que intercambiaban lo decían todo.
¿La señora de la casa… barriendo?
Anna, por su parte, estaba demasiado concentrada para notar el impacto que estaba causando.
Intentaba mover la escoba con cuidado, imitando los movimientos que había visto hacer a Eliana apenas unos minutos antes. Sin embargo, cada intento terminaba torciendo la dirección de las cerdas o empujando el polvo hacia el lugar equivocado.
—No, así no… —dijo Eliana, llevándose una mano a la frente mientras suspiraba—. Si mueve la escoba de esa forma solo está empujando todo hacia donde ya estaba.
Anna se detuvo.
Miró el suelo.
Luego miró la escoba.
Después volvió a intentarlo, esta vez moviéndola con un gesto más amplio.
El resultado fue peor.
Una pequeña nube de polvo se levantó frente a ellas.
Eliana cerró los ojos un segundo.
—Mi lady…
—Estoy intentando hacerlo bien —respondió Anna, frunciendo ligeramente el ceño mientras acomodaba el agarre de la escoba.
Sus movimientos eran torpes, pero había una concentración genuina en su rostro.
Para alguien que en su vida anterior había hecho tareas cotidianas sin pensar demasiado en ellas, trabajar en un patio tan amplio y abierto resultaba inesperadamente complicado.
Eliana observó el vestido blanco que Anna llevaba puesto.
Luego miró el suelo.
Y finalmente volvió a suspirar.
—Debió ponerse algo más cómodo para esto.
Anna se detuvo nuevamente.
Bajó la mirada hacia su ropa.
Luego volvió a mirar a Eliana.
—No tengo algo más cómodo.
Eliana parpadeó.
—¿Cómo que no tiene?
Anna levantó ligeramente un extremo de la falda con gesto resignado.
—Esto es lo más sencillo que hay en mi armario.
La respuesta dejó a Eliana en silencio durante unos segundos.
Por supuesto que era cierto.
El guardarropa de Anna estaba lleno de vestidos elegantes, telas costosas y prendas diseñadas para ser vistas en recepciones, reuniones políticas o eventos formales.
Nada de eso estaba pensado para barrer patios.
Eliana se llevó una mano a la sien.
—Mi lady…
Anna volvió a intentar mover la escoba.
El vestido dificultaba cada movimiento.
Las mangas eran demasiado largas.
La falda demasiado pesada.
Aun así continuó.
—Estoy segura de que puedo aprender.
Eliana la observó durante un momento.
Luego negó lentamente con la cabeza.
—No, esto no va a funcionar.
Anna levantó la mirada.
—¿Qué?
Eliana cruzó los brazos.
Su expresión había cambiado.
Ahora tenía esa determinación tranquila que Anna ya empezaba a reconocer.
—Le voy a hacer ropa nueva.
Anna papadeó.
—¿Ropa…?
—Sí.
Eliana señaló el vestido con un pequeño gesto.
—Algo que pueda usar dentro de la mansión sin tener que luchar contra la tela cada vez que se mueve.
Anna miró su ropa otra vez.
Luego miró la escoba.
Y finalmente volvió a mirar a Eliana.
—¿Existe algo así?
Eliana dejó escapar un suspiro largo.
—Claro que existe.
Sus ojos se suavizaron ligeramente.
—Solo que nadie pensó que la señora de esta casa lo necesitaría.
En los corredores superiores, varios sirvientes intercambiaron miradas silenciosas.
La escena seguía siendo surrealista.
La heredera del ducado, intentando barrer un patio bajo la supervisión de su propia sirvienta.
Y lo más extraño de todo…
era que Anna parecía estar tomándolo completamente en serio.
El sonido de pasos apresurados resonó bajo los arcos del patio.
Uno de los guardias de la entrada atravesó el corredor que conectaba con el patio central y apareció bajo la luz de la mañana con la respiración apenas alterada por la prisa. Su mirada se detuvo un instante al llegar, y por un breve momento su expresión se congeló al observar la escena frente a la fuente.
Allí estaba Anna.
La señora de la casa.
Con una escoba en las manos.
Durante un segundo su mente pareció resistirse a aceptar lo que veía. La imagen no encajaba con la figura distante y temida que durante años había gobernado aquella mansión con una sola mirada. Sin embargo, el entrenamiento fue más rápido que la sorpresa. El guardia enderezó la espalda, recuperó su postura militar y golpeó el suelo con el talón al detenerse frente a ellas.
—Mi lady.
Anna levantó la cabeza mientras Eliana también se giraba hacia el recién llegado. El patio, que hasta ese momento había estado lleno del suave sonido de la escoba contra la piedra, quedó en silencio.
—Tiene una visita —anunció el guardia con voz firme.
Eliana frunció ligeramente el ceño mientras Anna apoyaba la escoba contra el suelo.
—¿Una visita? —preguntó con calma.
El guardia asintió con respeto.
—El carruaje acaba de cruzar el portón principal.
Hizo una breve pausa antes de pronunciar el nombre que llevaba consigo más peso que cualquier otro detalle.
—Sir Daeron Valcourt, heredero de la Casa Valcourt.
El nombre cayó sobre el patio como una piedra en agua quieta.
En los corredores superiores varios sirvientes intercambiaron miradas tensas. Algunos de los más antiguos recordaban la última vez que aquel apellido había resonado en la casa, y el silencio que siguió al anuncio parecía cargado de memorias que nadie estaba dispuesto a mencionar en voz alta.
Anna permaneció inmóvil durante un instante. Sabía perfectamente quién era, y también sabía que aquella visita no venía acompañada de cordialidad.
Desde la entrada principal de la mansión comenzó a escucharse el sonido del carruaje avanzando lentamente por el camino de piedra. Las ruedas crujían sobre la grava mientras el vehículo se detenía frente a la escalinata, y el caballo soltaba un resoplido pesado al detenerse.
El cochero descendió primero y abrió la puerta con gesto ceremonial.
Un par de botas negras tocaron el suelo.
Luego apareció él.
Daeron Valcourt.
Era un hombre alto, de porte recto y hombros firmes que delataban años de disciplina y entrenamiento. Su cabello castaño claro estaba recogido hacia atrás con precisión, y el abrigo gris oscuro que llevaba sobre los hombros caía con una elegancia sobria que hablaba de una casa noble acostumbrada al orden y la autoridad. Su uniforme estaba impecable, sin una sola arruga fuera de lugar, y cada uno de sus movimientos parecía medido con el cuidado de alguien que sabía que siempre era observado.
Sus ojos eran claros.
Fríos.
Pero no vacíos.
Había en su mirada una lucidez afilada, como si cada cosa que veía fuera evaluada antes de permitirle existir en su presencia.
Daeron se detuvo junto al carruaje y dejó que su mirada recorriera lentamente la fachada de la mansión. Observó las torres, las ventanas altas, los jardines que rodeaban el edificio y los senderos de piedra que conducían hacia el patio central. No había admiración en su expresión, ni tampoco nostalgia. Lo que se reflejaba en su rostro era algo más tenso, más contenido, como si cada rincón de aquel lugar despertara un recuerdo que preferiría no tener.
Finalmente su mirada descendió hacia el patio.
Y entonces la vio.
Anna estaba allí, de pie junto a la fuente, con la escoba apoyada contra el suelo mientras los sirvientes observaban desde los corredores superiores.
Durante un breve instante su expresión cambió.
No fue sorpresa.
Fue algo más sutil.
Algo cercano al desprecio.
Sus labios se curvaron apenas en un gesto tan leve que casi pasó desapercibido.
—Vaya… —murmuró para sí mismo con un tono bajo que nadie más alcanzó a oír—. Qué escena tan… inesperada.
Enderezó los hombros y comenzó a caminar hacia el patio con pasos tranquilos y medidos. Cada movimiento suyo tenía la precisión de alguien acostumbrado a moverse en espacios donde cada gesto podía ser interpretado como una declaración.
Aunque su rostro había recuperado la calma, había algo en la forma en que sus ojos permanecían fijos en Anna que dejaba claro una cosa.
Daeron Valcourt no había venido a aquella casa por voluntad propia.
Y tampoco había venido dispuesto a olvidar.
El silencio del patio se volvió más pesado a cada paso que daba, porque todos los que estaban allí sabían algo que aún no había sido pronunciado en voz alta.
Cuando Daeron terminó de descender al patio, el silencio ya se había instalado por completo entre los presentes.
Los sirvientes permanecían quietos en los corredores superiores, observando con una mezcla de curiosidad y tensión. Nadie quería perderse lo que estaba a punto de ocurrir, aunque ninguno se atrevía a moverse o hablar.
Anna fue la primera en dar un paso.
Había dejado la escoba a un lado y, mientras Daeron se acercaba, acomodó con calma la tela de su vestido. Su postura cambió casi imperceptiblemente: la espalda recta, los hombros relajados, la barbilla apenas elevada con la seguridad que correspondía a la señora de la casa.
Cuando habló, su voz era clara y firme.
—Sir Daeron Valcourt. Bienvenido a la casa d’Valrienne.
La inclinación de cabeza que hizo fue breve, elegante, exacta. No había exageración en el gesto ni rastro de la frialdad arrogante que muchos recordaban de encuentros pasados.
Varios sirvientes intercambiaron miradas.
No era así como la antigua Anna solía recibir visitas.
Daeron también lo notó.
Sus ojos recorrieron el rostro de Anna durante un instante más largo de lo necesario, evaluando cada detalle de su postura y de su expresión. Aquella serenidad… aquella calma… no encajaba con la mujer que él recordaba.
Pero la conclusión a la que llegó fue inmediata.
Actuación.
Sus labios se curvaron apenas.
—Lady Anna —respondió con una cortesía tan mínima que apenas podía llamarse así.
Se detuvo a unos pasos de ella, manteniendo la distancia justa para no parecer descortés… pero lo suficientemente marcada para dejar claro que no tenía intención de acercarse más de lo necesario.
Anna sostuvo su mirada sin alterar su expresión.
—¿Puedo saber la razón de su visita, Sir Daeron?
El hombre dejó escapar una pequeña risa nasal.
No era una risa alegre.
Era algo más cercano al sarcasmo.
—Debo admitir que es curioso escuchar esa pregunta en este lugar.
Sus ojos se movieron brevemente por el patio, recorriendo la fuente, los arcos del corredor y los muros de la mansión antes de volver a posarse en Anna.
—Vine a recordar algo que, al parecer, alguien olvidó mencionar.
Hizo una breve pausa antes de continuar.
—El término de los contratos comerciales en esta región.
Los sirvientes más antiguos comprendieron de inmediato.
Años atrás, aquel acuerdo había sido motivo de discusiones prolongadas entre las dos casas. Los hermanos de Anna habían tenido que intervenir más de una vez para que el tratado fuera finalmente aceptado.
Daeron cruzó los brazos con un gesto relajado que contrastaba con el filo de su mirada.
—Los acuerdos que su familia aceptó hace años establecen que, llegado este momento, las condiciones deben ser revisadas y formalizadas nuevamente.
Su sonrisa reapareció, esta vez apenas visible.
—Así que aquí estoy. Terminando un trato que, según recuerdo, necesitó bastante presión para ser aceptado en primer lugar.
El silencio en el patio se volvió aún más pesado.
Anna no respondió de inmediato.
Sus ojos permanecieron tranquilos, pero su mente ya recordaba exactamente a qué acuerdo se refería.
Daeron inclinó ligeramente la cabeza hacia un lado, observándola con un aire de evaluación casi burlona.
—Créame cuando le digo que no tenía ningún deseo de regresar a este lugar.
Sus palabras salieron con calma, pero cada una parecía cargada de una intención clara.
—No es precisamente un sitio en el que me guste estar.
Su mirada volvió a recorrer el patio.
Luego regresó a Anna.
—Demasiado… lleno de usted.
Nadie dijo nada.
Ni los sirvientes.
Ni los guardias.
Eliana, sin embargo, no pudo ocultar del todo la tensión que apareció en su rostro. Sus manos se cerraron ligeramente a los lados del vestido mientras observaba al hombre frente a ellas con una expresión que mezclaba disgusto y cautela.
Parecía a punto de hablar.
Anna lo notó.
Con un gesto pequeño, casi invisible para cualquiera que no estuviera mirándola directamente, levantó la mano y la movió apenas hacia un lado.
Eliana entendió el mensaje de inmediato.
No.
No respondas.
La joven apretó los labios, conteniendo la respuesta que estaba a punto de salir.
Daeron observó la escena con atención.
Y aunque no dijo nada…
Sus ojos dejaron claro que había notado ese intercambio.
Pero en lugar de comentarlo, simplemente volvió a dirigir su atención hacia Anna.
El aire entre ellos estaba cargado de algo que ninguno de los dos estaba dispuesto a nombrar todavía.
Y todos los que observaban desde los corredores sabían una cosa.
Aquella conversación apenas estaba comenzando.
Las negociaciones se extendieron durante horas.
El salón de reuniones había quedado casi en penumbra cuando finalmente los últimos detalles del acuerdo fueron sellados. Pergaminos firmados, sellos presionados contra la cera aún caliente y una mesa cubierta de documentos que representaban años de disputas entre ambas casas.
Anna permanecía sentada con la misma serenidad con la que había iniciado la conversación.
Frente a ella, Daeron observaba los últimos papeles con expresión contenida.
Había cedido.
Pero no porque quisiera.
El acuerdo original había sido establecido años atrás, cuando los hermanos de Anna intervinieron directamente para obligar a la antigua heredera a aceptarlo. Daeron conocía bien esa historia, y sabía que sin aquella presión el tratado jamás habría existido.
Ahora solo estaba cerrando algo que había sido decidido mucho antes de su llegada.
Colocó el último pergamino sobre la mesa.
—Entonces queda concluido —dijo finalmente, con la voz firme y medida de alguien acostumbrado a mantener la compostura incluso cuando la paciencia se agota.
Anna asintió.
—Queda concluido.
Durante unos segundos ninguno de los dos habló.
Eliana permanecía de pie a un lado de la sala, silenciosa como siempre, observando cada gesto con atención.
Daeron se levantó.
El movimiento fue elegante, casi automático, como si su cuerpo estuviera acostumbrado a abandonar salas de negociación con la misma precisión con la que había entrado en ellas.
—En ese caso, no veo razón para prolongar más mi estancia aquí.
Ajustó los guantes en sus manos mientras hablaba, manteniendo la mirada fija en los documentos.
—El carruaje me espera.
Se giró para marcharse.
Y entonces ocurrió.
—Daeron.
La voz de Anna lo detuvo a medio paso.
No había reproche en su tono.
Solo una duda firme.
Daeron no se volvió.
—No lo hagas —dijo de inmediato.
Su voz había cambiado.
Seguía siendo baja.
Pero había una dureza en ella que no estaba presente antes.
Anna dio un paso hacia adelante.
—Tu hermana…
Las palabras apenas habían salido de sus labios cuando Daeron giró bruscamente.
—No te atrevas.
La frase cayó en la habitación como una cuchilla.
El porte noble que había mantenido durante toda la reunión desapareció en ese instante. La calma calculada que había sostenido durante horas se quebró como un cristal golpeado con demasiada fuerza.
Su mirada ardía ahora.
—No vuelvas a pronunciar su nombre —dijo con una voz que ya no tenía nada de diplomática.
Anna lo sintió de inmediato.
La magia.
No era un hechizo consciente, pero la energía que emanaba de él llenó la habitación como una presión invisible que se cerraba sobre el pecho. El aire parecía más pesado, más difícil de respirar.
Eliana lo notó también.
Los papeles sobre la mesa se movieron ligeramente.
La tensión en el ambiente era casi palpable.
Anna permaneció en su lugar.
Podía sentir esa presión empujando contra su pecho, como si cada latido del corazón tuviera que abrirse paso entre una fuerza que intentaba aplastarlo.
Aun así… no retrocedió.
Sabía algo.
Si Daeron se marchaba ahora… no habría otra oportunidad.
—Daeron —dijo de nuevo, con la voz firme a pesar del peso que llenaba la sala—. Lo que pasó con ella…
El hombre dio un paso hacia adelante.
—Cállate.
Su mirada era pura furia.
—No tienes derecho.
Anna cerró los ojos un segundo.
Pero continuó.
—No fue justo para ella.
Las palabras apenas habían terminado de salir cuando Daeron se movió.
Fue rápido.
Demasiado rápido para que cualquiera en la sala pudiera reaccionar al instante.
El noble se lanzó hacia adelante con una furia que ya no intentaba ocultar. Su mano se alzó con la intención clara de golpearla, de romper aquella calma que ella se había atrevido a mostrar mientras pronunciaba el nombre que jamás debía mencionar.
Anna no se movió.
No levantó la mano.
No intentó detenerlo.
Pero Eliana sí.
El movimiento fue instantáneo.
La joven se interpuso entre ambos como un reflejo, colocándose frente a Anna antes de que el golpe pudiera alcanzarla.
La mano de Daeron se detuvo a escasos centímetros de su rostro.
El aire en la habitación se volvió completamente inmóvil.
Durante un segundo nadie respiró.
Daeron no respondió de inmediato.
Su brazo seguía alzado, detenido a milímetros del rostro de Eliana. Durante un instante, el único sonido en la sala fue el leve crujido de la madera de la mesa bajo la presión de la magia que aún vibraba en el aire.
Entonces sus ojos bajaron.
Y la vio.
La cicatriz.
Aquella línea pálida que cruzaba el cuello de Eliana como una marca que el tiempo no había conseguido borrar.
La furia en su mirada no desapareció… pero algo cambió.
—¿Por qué…? —murmuró finalmente, con la voz áspera.
Sus ojos volvieron a los de ella.
—¿Por qué la defiendes?
Eliana no retrocedió.
Ni un solo paso.
Su espalda permanecía recta frente a Anna, como un muro silencioso entre ambos.
Daeron soltó una risa amarga, breve, sin alegría.
—Tú… —dijo, señalándola con la mano que aún temblaba de rabia—. Tú más que nadie sabes de lo que es capaz esa mujer.
Sus ojos se movieron brevemente hacia Anna, que seguía detrás de Eliana sin intervenir.
—Sabes lo que hizo.
La voz de Daeron se volvió más dura.
—Sabes cómo disfruta quebrar a las personas. Cómo juega con ellas hasta que ya no queda nada.
Volvió a mirar a Eliana.
—¿Y aun así te pones frente a ella?
Eliana sostuvo su mirada sin parpadear.
—Sí.
La respuesta fue simple.
Pero firme.
Daeron frunció el ceño, incrédulo.
—No merece que nadie la proteja —dijo con desprecio—. Mucho menos tú.
El silencio se extendió entre ellos.
Eliana respiró lentamente antes de hablar.
—Sé lo que hizo.
Sus dedos se movieron apenas sobre la tela de su vestido.
—Lo recuerdo cada vez que me miro al espejo.
La mano de Daeron se tensó.
—Entonces deberías apartarte.
—No.
La palabra salió con una seguridad que lo tomó por sorpresa.
Eliana no apartó los ojos de él.
—Porque también he visto lo que es ahora.
Daeron entrecerró los ojos.
—¿Ahora?
Su voz estaba cargada de incredulidad.
—¿Crees que una persona como ella cambia de la noche a la mañana?
Eliana guardó silencio un segundo.
—No lo creo.
Sus ojos se movieron brevemente hacia Anna.
Luego regresaron a Daeron.
—Pero lo he visto.
La tensión en la sala volvió a crecer.
—La he visto trabajar hasta quedarse sin fuerzas —continuó—. La he visto intentar reparar cosas que ni siquiera sabe si puede arreglar.
Daeron negó lentamente con la cabeza.
—Eso no borra lo que hizo.
—No —admitió Eliana—. Y ella lo sabe.
La mirada de Daeron vaciló apenas.
—Entonces dime algo —gruñó—. Si sabes todo eso…
Sus ojos bajaron nuevamente hacia la cicatriz.
—¿Por qué sigues aquí?
Eliana no respondió de inmediato.
Su mano subió lentamente hasta tocar la marca en su cuello.
—Porque si alguien puede cambiar…
Bajó la mano.
Y su mirada se volvió aún más firme.
—Entonces alguien tiene que estar aquí para verlo.
El silencio que siguió fue más pesado que cualquier grito.
Daeron miró a Eliana durante varios segundos.
Luego, muy lentamente…
su brazo comenzó a bajar.
No era perdón.
Ni siquiera comprensión.
Pero por primera vez desde que había entrado en aquella casa…
la furia en su rostro dejó de arder con la misma fuerza.
Daeron no respondió de inmediato.
Su brazo terminó de bajar lentamente, pero su mirada no abandonó a Eliana durante varios segundos más. Había algo en sus palabras que todavía resonaba en su mente, algo que no encajaba con la imagen que había traído consigo al cruzar las puertas de aquella mansión.
Entonces, casi sin darse cuenta, su mirada se movió.
Pasó por encima del hombro de Eliana.
Y finalmente… se posó en Anna.
Hasta ese momento no la había mirado realmente. No de verdad. Cada vez que sus ojos se dirigían hacia ella, lo único que veía era el recuerdo de la mujer que le había arrebatado a la persona que más amaba en el mundo. Para él, Anna siempre había sido solo eso: la sombra cruel que había aplastado la vida de su hermana como si fuera algo insignificante.
Pero ahora…
Ahora la estaba viendo sin esa máscara.
Y lo que encontró lo descolocó.
Anna estaba de pie detrás de Eliana, inmóvil. Sus manos sujetaban con fuerza la tela de su propio vestido, como si necesitara ese pequeño gesto para mantenerse firme. La tela se arrugaba entre sus dedos temblorosos.
Su postura intentaba mantenerse recta, digna.
Pero el temblor de sus manos la traicionaba.
Y aun así…
su mirada no se apartaba.
Era firme.
No desafiante.
No orgullosa.
Solo… firme.
Como alguien que sabía que no tenía derecho a defenderse, pero tampoco iba a huir.
Por un instante, Daeron no supo cómo reaccionar.
Aquella imagen no coincidía con nada de lo que esperaba encontrar.
Y entonces el recuerdo llegó.
No como un pensamiento.
Sino como una imagen viva.
Su hermana menor entrando corriendo por la puerta de la casa familiar, cubierta de barro hasta las rodillas a pesar del vestido elegante que llevaba. Sus mejillas estaban infladas por la frustración mientras intentaba limpiar sus manos en la tela sin demasiado éxito.
—¡No funcionó! —había dicho, casi llorando—. ¡La fórmula era correcta, pero no pude hacerlo!
Daeron recordaba haber levantado la mirada desde el libro que estaba leyendo y haber suspirado.
—Tal vez porque estás intentando hacerlo demasiado rápido.
Ella había fruncido el ceño.
—Pero quiero lograrlo hoy.
Su hermana siempre había sido así.
Obstinada.
Brillante.
Y absolutamente incapaz de aceptar un fracaso.
La imagen del recuerdo se mezcló con la que tenía frente a él.
Anna.
Con las manos sucias días atrás en el jardín.
Ahora con el vestido arrugado entre los dedos.
La misma mezcla de determinación y nerviosismo.
Por un segundo… ambas figuras se superpusieron en su mente.
Y Daeron no supo qué hacer con aquello.
El silencio en la sala se volvió insoportablemente pesado.
Su mandíbula se tensó.
Luego soltó un pequeño sonido de irritación, casi un gruñido contenido.
—Tsch…
Se giró bruscamente.
No dijo nada más.
Ni una palabra.
Simplemente caminó hacia la puerta con pasos firmes, como si quedarse un segundo más en esa habitación fuera algo que no estaba dispuesto a permitir.
La puerta se abrió.
Y se cerró detrás de él con un golpe seco.
El silencio que quedó en la sala era distinto ahora.
Más pesado.
Más frágil.
Anna permaneció de pie unos segundos más, todavía sujetando la tela de su vestido.
Luego su voz salió baja.
Casi un susurro.
—Gracias…
Eliana no respondió con palabras.
Solo giró ligeramente la cabeza.
Lo suficiente para que Anna pudiera ver su rostro.
Y entonces comprendió que, en algún momento de aquella confrontación…
la lágrima finalmente había caído.