El laboratorio llevaba días encendido.
La luz de las velas había dejado marcas de cera derretida sobre varias mesas, y el aire estaba cargado con el aroma mezclado de hierbas, polvo mineral y tinta fresca. Aunque la ventana alta dejaba pasar la claridad de la mañana, el lugar seguía sintiéndose como un mundo apartado del resto de la mansión.
Anna estaba de pie junto a la ventana.
Habían pasado varios días desde la primera vez que entró en ese lugar. Días en los que apenas había salido del laboratorio, intentando una y otra vez corregir lo que la antigua Anna había creado.
Desde allí podía ver una parte de los jardines de la mansión, todavía silenciosos bajo el cielo gris. Las ramas de los rosales seguían secas en muchos lugares, pero en algunos puntos pequeños brotes verdes comenzaban a aparecer entre la madera muerta.
Anna observó ese detalle durante un momento.
Luego bajó la mirada.
Sobre el pupitre frente a ella descansaba su diario de investigación.
El libro estaba abierto por la mitad, y las páginas mostraban una mezcla caótica de fórmulas, símbolos alquímicos y correcciones escritas con tinta fresca. Varias líneas habían sido tachadas, otras reescritas en los márgenes, y entre las hojas sobresalían papeles sueltos llenos de anotaciones apresuradas.
No era el libro de la antigua Anna.
Era uno nuevo.
Uno que estaba escribiendo desde cero.
Aunque muchas de las fórmulas venían del conocimiento que el cuerpo recordaba, Anna se negaba a copiarlas sin cuestionarlas. Cada símbolo era revisado, cada mezcla analizada, cada resultado corregido con paciencia obstinada.
El suelo del laboratorio estaba cubierto de hojas de papel.
Algunas contenían intentos fallidos, otras pequeños esquemas que intentaban cambiar la estructura de las antiguas fórmulas. En una mesa cercana, varios frascos abiertos mostraban líquidos de distintos colores, mientras una balanza de metal aún oscilaba ligeramente tras el último experimento.
Anna suspiró.
—No es suficiente… —murmuró.
Tomó una de las hojas del pupitre y la observó con atención.
La fórmula había sido modificada tres veces en la misma página.
Primero había intentado neutralizar el efecto del veneno.
Luego cambiar su reacción en el cuerpo.
Y finalmente invertir por completo su propósito.
Pero el resultado seguía siendo imperfecto.
Dejó caer la hoja sobre el pupitre y se llevó una mano al rostro.
Había pasado horas, días enteros, intentando reconstruir algo que la antigua Anna había diseñado para destruir.
Y aun así, cada pequeño avance parecía abrir nuevas preguntas.
El sonido suave de la puerta abriéndose rompió el silencio del laboratorio.
Anna no necesitó volverse para saber quién era.
—Traje té… —dijo una voz suave desde la entrada.
Eliana.
Anna giró ligeramente la cabeza.
La joven entró con pasos tranquilos, sosteniendo una bandeja con una pequeña tetera y algo de comida sencilla. Como siempre, se movía con cuidado dentro del laboratorio, evitando tocar cualquiera de los objetos esparcidos por el suelo o las mesas.
Eliana dejó la bandeja en una esquina libre del pupitre.
—Debería descansar un poco —añadió, observando las hojas esparcidas por toda la habitación.
Anna dejó escapar una pequeña sonrisa cansada.
—Lo haré… en un momento.
Eliana la miró con una expresión que mezclaba paciencia y ligera preocupación.
Había sido así durante los últimos días.
Cada vez que entraba al laboratorio encontraba el mismo escenario: Anna rodeada de papeles, fórmulas corregidas y frascos abiertos, completamente absorta en su trabajo.
Y siempre era ella la única que entraba.
Ningún otro sirviente se acercaba siquiera a esa parte de la mansión.
El laboratorio de Anna seguía siendo un lugar que todos evitaban.
El recuerdo de lo que la antigua Anna había hecho allí todavía pesaba demasiado en las paredes.
Pero Eliana no se detenía.
Porque desde aquella noche… había decidido quedarse.
Anna tomó la taza de té entre sus manos.
El calor se filtró lentamente entre sus dedos mientras miraba nuevamente el pupitre cubierto de correcciones.
—Aún queda mucho por arreglar… —murmuró.
Eliana siguió su mirada.
No respondió.
Pero permaneció allí unos segundos más antes de salir, dejando la puerta entreabierta detrás de ella.
El laboratorio volvió a quedar en silencio.
Anna bebió un pequeño sorbo de té.
Luego tomó otra hoja.
Y volvió a escribir.
Porque el trabajo de reparar lo que la antigua Anna había destruido…
apenas estaba comenzando.
El silencio volvió a instalarse en el laboratorio después de que Eliana saliera.
Anna permaneció un momento más inclinada sobre el pupitre, revisando las últimas correcciones que había hecho en una de las fórmulas. La tinta aún estaba fresca en algunos símbolos, y pequeñas manchas azules salpicaban los márgenes de la página donde había probado distintas variaciones del mismo sello alquímico.
Sus ojos comenzaron a cansarse.
Dejóla pluma sobre la mesa y se estiró lentamente en la silla.
—Un descanso… —murmuró para sí misma.
Sabía perfectamente que, si Eliana volvía y la encontraba otra vez inclinada sobre el escritorio sin haber tocado la comida ni el té, la regañaría. Y aunque la idea de ser reprendida por una sirvienta habría sido absurda para la antigua Anna… ahora no le resultaba tan extraño.
De hecho, una pequeña sonrisa apareció en su rostro.
—Se enojará otra vez… —susurró.
Se levantó finalmente del asiento y caminó hacia la ventana alta del laboratorio, dejando que el aire fresco de la mañana despejara un poco su mente.
Entonces escuchó algo.
Un sonido repetitivo, seco, rítmico.
Como metal golpeando tierra.
Anna frunció ligeramente el ceño y se inclinó hacia adelante para mirar mejor hacia el jardín.
Y lo vio.
Garlan estaba allí.
El viejo jardinero trabajaba inclinado sobre uno de los parterres, cavando pequeños huecos en la tierra con una herramienta simple. A su lado había varias bolsas de semillas y una caja de madera llena de pequeños brotes preparados para plantar.
Los rosales.
La temporada de florecimiento se acercaba.
El jardín debía estar listo.
Garlan trabajaba sin levantar la mirada, concentrado en la tierra como si todo su mundo existiera únicamente en ese pequeño espacio frente a él.
Anna observó la escena en silencio.
Sus dedos se cerraron lentamente alrededor del marco de la ventana.
Sabía algo.
Sabía que no debía ir a ese jardín.
Su cuerpo lo sabía.
Su mente también.
Pero aun así… algo dentro de ella comenzó a moverse.
Una presión incómoda en el pecho.
Un recuerdo.
Luego otro.
La imagen apareció en su mente con una claridad brutal.
¨¨¨
—¡Por favor!
Garlan estaba de rodillas.
Sus manos temblaban mientras las mantenía juntas frente a él, implorando.
—Mi hijo está ardiendo en fiebre… —su voz se quebraba—. Solo un poco de su alquimia… se lo ruego.
La antigua Anna lo observaba desde lo alto de las escaleras de mármol.
Vestida de blanco.
Perfecta.
Intocable.
Sus ojos lo miraban con una mezcla de curiosidad y aburrimiento, como si estuviera contemplando a un insecto que había decidido hacer ruido.
—¿De verdad esperas que yo me incline ante un gusano? —respondió con suavidad.
Descendió un par de escalones con pasos elegantes.
—Si tu hijo no puede soportar una fiebre…
Sus labios se curvaron en una sonrisa pálida.
—Tal vez no debería haber nacido.
Garlan bajó aún más la cabeza, desesperado.
Anna se inclinó ligeramente hacia él.
Su voz descendió hasta convertirse en un susurro venenoso junto a su oído.
—Para la próxima… asegúrate de plantar raíces más fuertes.
Luego se alejó.
Su risa ligera resonó en el salón mientras el hombre permanecía de rodillas en el suelo.
¨¨¨
Anna cerró los ojos con fuerza.
Su mano se apretó aún más contra el marco de la ventana.
—Dios…
Otro recuerdo apareció.
Otro momento.
¨¨¨
El cuerpo del niño ya había sido enterrado.
La tumba improvisada estaba cubierta por un montículo de tierra fresca en una esquina del jardín. Frente a ella, Garlan había plantado un pequeño rosal joven.
Sus manos temblaban mientras acomodaba la tierra alrededor del tallo.
Sus dedos acariciaban los pétalos con cuidado, como si tocar la flor fuera lo más cercano que podía estar de su hijo.
Entonces escuchó pasos.
Anna apareció detrás de él.
Observó la escena unos segundos.
Luego dejó escapar una risa seca.
—¿Plantando para los muertos? —dijo con desdén—. Qué gesto tan… sentimental.
Se acercó un poco más.
Y sin detenerse…
levantó el pie.
El rosal se quebró bajo su bota.
Los pétalos rosados se aplastaron contra la tierra húmeda.
Anna observó los restos con indiferencia.
—Los muertos están donde deben estar —murmuró—. Bajo mis pies.
Garlan no dijo nada.
Solo permaneció allí.
Mirando los pétalos destruidos.
Y lloró en silencio.
¨¨
Anna abrió los ojos de golpe.
Su respiración se había vuelto más pesada.
El laboratorio parecía más frío ahora.
Miró nuevamente hacia el jardín.
Garlan seguía trabajando.
Plantando semillas con la misma paciencia de siempre.
Como si el pasado no hubiera existido.
Como si el dolor no siguiera enterrado en ese mismo suelo.
Anna apartó la mirada.
—No debería ir… —susurró.
Pero sus pies ya se habían movido.
Salió del laboratorio.
Los pasillos de la mansión parecían más largos de lo normal mientras caminaba hacia la salida que conducía al jardín.
Cada paso despertaba un nuevo fragmento de memoria.
Una nueva culpa.
Una nueva imagen de la mujer que había sido antes.
Y en medio de esos recuerdos apareció otra voz.
La voz de alguien que sí había enfrentado a la antigua Anna.
¨¨¨
—Esto no fue un castigo.
Lady Altheria estaba de pie frente a Anna en el gran salón.
Su postura era recta, elegante, pero su mirada estaba cargada de una firmeza que pocos se atrevían a mostrar ante la heredera del ducado.
—Fue la muerte de un niño.
La antigua Anna la observaba desde su asiento, apoyando la mejilla contra su mano con evidente aburrimiento.
—La fiebre mata a muchos niños, Lady Altheria —respondió con indiferencia.
—No cuando existe alguien con el poder de detenerla.
Anna alzó una ceja.
—¿Y por qué debería hacerlo?
El silencio que siguió fue pesado.
Altheria no apartó la mirada.
—Porue el poder que posees no fue creado para esto.
Anna dejó escapar una pequeña risa.
—Qué visión tan… romántica.
Se inclinó ligeramente hacia adelante.
—El mundo está lleno de vidas frágiles, Lady Altheria. Flores débiles que se marchitan antes de tiempo.
Sus ojos brillaron con una frialdad absoluta.
—No es mi tarea salvar cada pétalo que decide caer.
¨¨¨
El recuerdo desapareció.
Anna se detuvo frente a la puerta que conducía al jardín.
Su mano temblaba ligeramente sobre la manija.
Sabía lo que había hecho en ese lugar.
Sabía lo que había destruido.
Aun así…
abrió la puerta.
Y caminó hacia el jardín.
La tierra cedía bajo la herramienta con un sonido seco.
Garlan repetía el mismo movimiento una y otra vez, como si su cuerpo siguiera un ritmo aprendido hace muchos años. Cavar. Aflojar la tierra. Colocar la semilla. Cubrirla con cuidado. Presionar suavemente el suelo para que las raíces encontraran firmeza.
Sus manos trabajaban casi sin que él tuviera que pensarlo.
Era algo automático.
Algo que había aprendido después de haberlo perdido todo.
El cielo sobre el jardín estaba cubierto por nubes grises que apenas dejaban pasar la luz. La temporada de florecimiento estaba cerca, y el jardín debía prepararse para cuando las rosas comenzaran a abrir sus pétalos.
Garlan tomó otra pequeña bolsa de semillas y dejó caer algunas en su palma.
Las observó durante un instante.
Pequeñas.
Frágiles.
Pero capaces de convertirse en algo hermoso si encontraban la tierra correcta.
Sus dedos se cerraron lentamente alrededor de ellas.
Un recuerdo se deslizó en su mente.
¨¨¨
El jardín había sido diferente entonces.
Más vivo.
Más lleno de color.
Un niño corría entre los rosales mientras reía con una alegría que parecía llenar todo el lugar.
—¡Padre, mira!
El pequeño sostenía una rosa roja entre sus manos, levantándola con orgullo como si hubiera descubierto un tesoro.
Garlan lo observaba desde unos pasos más atrás, con una sonrisa cansada pero sincera.
—Cuidado con las espinas —dijo mientras se acercaba.
El niño frunció el ceño.
—Pero las espinas están para proteger la flor.
Garlan se agachó frente a él.
—Exacto. Y por eso hay que aprender a tocarlas sin lastimarlas.
Tomó suavemente las manos de su hijo y le mostró cómo sujetar el tallo sin dañar los pétalos.
El niño lo observaba con atención.
—Cuando crezca —dijo con entusiasmo— voy a plantar más rosas que tú.
Garlan soltó una pequeña risa.
—Eso quiero verlo.
El niño levantó la barbilla con determinación.
—Entonces tendrás que enseñarme todo.
¨¨¨
La herramienta volvió a hundirse en la tierra.
El recuerdo cambió.
¨¨¨
El niño ya no corría entre los rosales.
Estaba acostado.
El sudor cubría su frente y su respiración era débil, irregular.
Garlan permanecía sentado junto a la cama, sosteniendo su pequeña mano entre las suyas.
—Padre… —susurró el niño con dificultad.
—Estoy aquí.
El pequeño intentó sonreír.
—Cuando me recupere… volveremos al jardín.
Su voz era apenas un hilo.
—Plantaremos más rosas… como dijimos.
Garlan apretó suavemente su mano.
—Claro que sí.
El niño cerró los ojos por un momento, agotado.
—Quiero que el jardín sea el más bonito… de todos.
Su respiración se volvió más lenta.
Más débil.
—Lo será —susurró Garlan.
Pero el niño ya no respondió.
El silencio llenó la habitación.
Garlan esperó.
Esperó un segundo.
Luego otro.
Pero la pequeña mano entre las suyas dejó de moverse.
El tiempo pareció detenerse.
Garlan bajó la cabeza lentamente.
El cuerpo de su hijo permanecía inmóvil.
El mundo había cambiado.
La lluvia caía con fuerza esa noche.
El agua golpeaba el techo de la pequeña habitación con un sonido constante, pesado, como si el cielo entero estuviera llorando.
Garlan permanecía arrodillado junto al cuerpo de su hijo.
Sus manos aún sostenían las del niño, frías ahora.
Sus labios temblaban.
Durante un largo momento no dijo nada.
No pudo.
Luego el aire escapó de su pecho de golpe.
Un grito.
Un grito que salió desde lo más profundo de su cuerpo, cargado de desesperación y dolor.
Pero la tormenta lo devoró.
La lluvia golpeaba con tanta fuerza que su voz quedó ahogada bajo el sonido del agua cayendo sobre la tierra.
El mundo seguía moviéndose.
La lluvia seguía cayendo.
Pero para Garlan…
todo se había detenido.
¨¨¨
El recuerdo se disipó.
El sonido de la herramienta golpeando la tierra volvió al presente.
Garlan terminó de cubrir el pequeño hueco frente a él y presionó la tierra con la palma de su mano.
Sus movimientos seguían siendo firmes.
Controlados.
Como si el dolor hubiera sido enterrado junto con su hijo.
Pero en el fondo de sus ojos todavía quedaba algo.
Algo que nunca había desaparecido.
Algo que el jardín entero parecía recordar.
Garlan se incorporó lentamente.
Entonces escuchó pasos detrás de él.
Pasos suaves sobre la tierra.
No necesitó girarse para saber quién era.
Su cuerpo se tensó ligeramente.
Porque había una voz…
que nunca había olvidado.
Los pasos se detuvieron detrás de él.
Garlan no se giró. Su herramienta siguió hundiéndose en la tierra con el mismo ritmo paciente que había mantenido durante toda la mañana, levantando pequeños montículos de tierra oscura mientras preparaba los huecos donde más tarde crecerían los nuevos rosales. Sus movimientos eran tranquilos, firmes, casi mecánicos, como si su cuerpo repitiera un gesto aprendido hace mucho tiempo, uno que ya no necesitaba pensar para realizar.
Pero aun así sabía quién estaba allí.
Había una voz que el cuerpo nunca olvida, aunque la mente desee hacerlo.
—Los rosales estarán listos para la temporada —dijo finalmente, sin volverse, manteniendo la mirada fija en el suelo frente a él mientras limpiaba la tierra de la herramienta con un golpe seco—. No tiene que preocuparse, mi lady. Si vino a inspeccionar el jardín, todo estará preparado como corresponde.
Las palabras eran respetuosas. Correctas. Exactamente las que cualquier sirviente diría a la dueña de la mansión.
Pero el respeto que las envolvía era frío, vacío, una forma de levantar un muro invisible entre ellos.
Anna lo entendió en el mismo instante en que las escuchó.
Sabía que no importaba qué dijera, ni cuántas veces repitiera que ya no era la misma. Nada de eso podría borrar el recuerdo de lo que había ocurrido en ese mismo jardín, ni devolverle a ese hombre lo que había perdido.
Durante un momento permaneció de pie, observando su espalda encorvada mientras trabajaba la tierra con paciencia.
Luego caminó.
No hacia otro lugar del jardín.
Hacia él.
Garlan escuchó los pasos acercarse por la grava húmeda, pero no levantó la cabeza. Sus manos siguieron trabajando el suelo frente a él, como si nada estuviera ocurriendo.
Anna se detuvo a su lado.
El espacio entre ellos era pequeño, apenas lo suficiente para que ambos pudieran trabajar en el mismo parterre
Entonces Anna se inclinó.
La seda blanca de su vestido rozó la tierra mientras se agachaba lentamente hasta quedar a la misma altura que él. Sus manos buscaron la bolsa de semillas que descansaba junto a las herramientas del jardinero y tomaron una con cuidado, sosteniéndola entre los dedos durante un instante como si fuera algo frágil.
Después comenzó a trabajar la tierra.
No con herramientas.
Con las manos.
Sus dedos se hundieron en el suelo húmedo mientras abría un pequeño espacio junto al que Garlan había preparado segundos antes. La tierra oscura se acumuló bajo sus uñas, manchando su piel con barro mientras acomodaba el hueco con torpeza al principio, pero con una atención silenciosa que dejaba claro que cada gesto era deliberado.
Colocó la semilla.
Cubrió el pequeño agujero con cuidado y presionó la tierra con ambas manos.
Luego tomó otra.
Y repitió el mismo gesto.
Garlan no la miraba.
Sus ojos permanecían fijos en la línea de rosales frente a él mientras continuaba preparando la tierra con movimientos lentos y medidos. Pero podía escuchar cada sonido a su lado: el roce de las manos de Anna contra el suelo, la tierra moviéndose bajo sus dedos, el leve crujido de las semillas al caer en su lugar.
Era el mismo sonido que había escuchado muchas veces años atrás.
El mismo sonido que llenaba el jardín cuando su hijo trabajaba a su lado, concentrado en aprender cómo plantar cada rosal sin dañar las raíces.
Anna siguió trabajando en silencio.
Una semilla.
Luego otra.
Sus manos se movían con más seguridad a medida que repetía el gesto, cubriéndose lentamente de barro mientras el vestido blanco que llevaba comenzaba a mancharse en las rodillas y en el borde inferior de la tela.
Pero no parecía importarle.
No levantó la mirada.
No habló.
Solo continuó trabajando la tierra junto a él.
El jardín permanecía en silencio, roto únicamente por el sonido suave de la tierra siendo removida.
Pasó un largo momento así.
Hasta que finalmente Anna se detuvo.
Sus manos permanecieron apoyadas sobre el último pequeño montículo que había formado, presionando la tierra con cuidado como si quisiera asegurar que la semilla debajo encontrara un lugar firme donde crecer.
Sus dedos temblaban ligeramente.
Cuando habló, su voz salió baja, apenas más fuerte que el susurro del viento entre las ramas secas.
—Lo siento…
Las palabras quedaron suspendidas en el aire del jardín.
No eran solo para Garlan.
Eran para el niño que había sido enterrado en ese mismo lugar.
Para la rosa que había destruido.
Para todo lo que la antigua Anna había hecho en ese suelo.
—Lo siento… de verdad.
Después de decirlo, Anna retiró lentamente las manos de la tierra y se puso de pie. Sus rodillas estaban cubiertas de barro, sus manos manchadas de tierra oscura y la seda blanca de su vestido ya no tenía nada de impecable.
Pero por primera vez desde que había despertado en ese cuerpo, aquello no le parecía una humillación.
Era lo mínimo que podía hacer.
Anna no volvió a hablar.
Simplemente se dio la vuelta y comenzó a caminar de regreso hacia la mansión, dejando atrás el jardín y las semillas recién plantadas.
Garlan permaneció inmóvil durante varios segundos.
Solo cuando el sonido de sus pasos desapareció completamente entre los senderos de piedra dejó escapar el aire que había estado conteniendo en el pecho.
Un suspiro largo.
Pesado.
Finalmente levantó la mirada hacia el lugar donde Anna había estado trabajando a su lado.
La tierra estaba removida en varias pequeñas líneas donde sus manos habían plantado las semillas.
Durante un momento no dijo nada.
Luego se acercó.
Sus rodillas tocaron el suelo mientras se inclinaba sobre uno de los pequeños montículos recién formados y apoyaba la mano sobre la tierra húmeda.
La tierra aún estaba tibia por el contacto reciente de las manos de Anna.
En ese instante las nubes sobre el jardín se abrieron ligeramente, dejando pasar un rayo de luz suave que descendió lentamente hasta posarse sobre su mano.
La luz era cálida.
Tranquila.
Por un momento, Garlan cerró los ojos.
Y en lo profundo de su pecho sintió algo que no había sentido en mucho tiempo.
No era perdón.
Todavía no.
Pero por primera vez desde aquella noche de lluvia…
el jardín no se sentía completamente vacío.
Y bajo la tierra recién trabajada, las semillas esperaban.