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Capítulo 5: La Herencia Rota

DNavarrete
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La mañana llegó con una luz suave que se filtraba entre las cortinas de la habitación.

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La mañana llegó con una luz suave que se filtraba entre las cortinas de la habitación.

 

Anna abrió los ojos lentamente, sintiendo primero el peso de su propio cuerpo antes de recordar dónde estaba. Durante unos segundos permaneció inmóvil, mirando el techo blanco mientras su mente trataba de ordenar los fragmentos de la noche anterior.

 

El espejo.

La voz.

La risa cruel que parecía haberse quedado grabada dentro de su cabeza.

 

Su pecho se tensó ligeramente al recordarlo.

 

Pero algo más llamó su atención antes de que el miedo pudiera regresar por completo.

 

Su mano estaba cálida.

 

No era el calor de las mantas ni de la luz del sol entrando por la ventana. Era un calor distinto, humano.

 

Giró ligeramente la cabeza.

 

Entonces la vio.

 

Eliana estaba sentada en el suelo junto a la cama, apoyada contra el costado del colchón. Su espalda descansaba contra la madera mientras una de sus manos sostenía la de Anna con una firmeza tranquila, como si temiera que soltarla pudiera hacer que algo volviera a romperse.

 

La joven parecía haberse quedado dormida en esa posición.

 

Su cabello castaño caía desordenado sobre sus hombros y su respiración era lenta, profunda, la respiración de alguien que finalmente había cedido al cansancio después de muchas horas sin descanso.

 

Anna parpadeó lentamente.

 

No recordaba haber vuelto a la cama.

 

El último recuerdo claro era el suelo frío frente al espejo… el temblor en su cuerpo… y luego el abrazo.

 

El abrazo de Eliana.

 

Bajó la mirada hacia sus manos.

 

La mano de Eliana seguía entrelazada con la suya.

 

No era un gesto formal ni obediente como los que solían tener los sirvientes frente a sus señores. Era un gesto sencillo, casi instintivo, como si durante la noche la única forma que Eliana hubiera encontrado para asegurarse de que Anna no volviera a derrumbarse fuera quedarse allí, sosteniéndola.

 

El corazón de Anna se apretó suavemente.

 

—Te quedaste… —susurró casi sin voz.

 

Eliana se movió apenas al escucharla.

 

Sus párpados temblaron antes de abrirse lentamente, todavía atrapada entre el sueño y la vigilia. Durante un segundo pareció confundida, como si hubiera olvidado dónde estaba.

 

Pero cuando sus ojos verdes encontraron el rostro de Anna, la confusión desapareció.

 

—Mi lady… —murmuró.

 

Intentó incorporarse rápidamente, como si de repente recordara su lugar, pero Anna cerró suavemente los dedos alrededor de su mano antes de que pudiera soltarse.

 

—No —dijo con voz tranquila.

 

Eliana se quedó inmóvil.

 

Sus ojos bajaron hacia sus manos entrelazadas, como si recién en ese momento se diera cuenta de que había pasado toda la noche sosteniéndola.

 

Un leve rubor apareció en su rostro.

 

—Lo siento… —murmuró—. No quería quedarme dormida aquí. Pensé que… que tal vez usted…

 

No terminó la frase.

 

Anna entendía perfectamente lo que Eliana había querido decir.

 

Que tal vez volvería a romperse.

 

Anna apretó suavemente su mano.

 

—Gracias.

 

La palabra salió más sincera de lo que esperaba.

 

Eliana levantó la mirada con sorpresa.

 

Anna respiró profundamente antes de continuar.

 

—No recuerdo cuándo me trajiste de vuelta a la cama… pero sí recuerdo el abrazo.

 

La joven guardó silencio.

 

Durante unos segundos ninguna de las dos dijo nada.

 

La luz de la mañana llenaba lentamente la habitación, disipando la oscuridad que había dominado la noche anterior. Por un instante, todo parecía extrañamente tranquilo.

 

Pero Anna sabía que esa calma no duraría para siempre.

 

Porque en algún lugar dentro de su mente…

 

la risa de la antigua Anna seguía esperando.

 

Aun así, mientras sentía la mano de Eliana sosteniendo la suya, comprendió algo que no había entendido antes.

 

Tal vez la sombra del pasado seguía allí.

 

Pero ahora…

 

ya no tenía que enfrentarla sola.

 

El silencio de la mañana se instaló poco a poco en la habitación.

 

Eliana permaneció unos momentos más junto a la cama, asegurándose de que Anna realmente estaba bien. Sus ojos aún mostraban una ligera preocupación, como si todavía esperara que en cualquier momento la joven volviera a romperse como la noche anterior.

 

Anna notó esa mirada.

 

—Estoy bien —dijo finalmente con una pequeña sonrisa tranquila.

 

Eliana dudó un instante, como si no supiera si creerle del todo. Luego inclinó la cabeza con respeto.

 

—Me alegra oírlo, mi lady.

 

Se levantó con cuidado del suelo, soltando finalmente la mano de Anna. Sus dedos permanecieron un segundo más sobre los de ella antes de retirarse, como si inconscientemente le costara separarse.

 

Anna lo notó.

 

Y por alguna razón, eso hizo que su corazón latiera un poco más rápido.

 

Eliana se acomodó el vestido con un gesto simple antes de dirigirse hacia la puerta.

 

—Le traeré el desayuno más tarde —dijo con su tono habitual—. Si necesita algo antes, solo tiene que llamarme.

 

Se detuvo un momento en el umbral y miró a Anna una vez más.

 

—Descanse un poco más.

 

Anna asintió.

 

—Gracias, Eliana.

 

La joven inclinó ligeramente la cabeza y finalmente salió de la habitación, cerrando la puerta con suavidad.

 

El silencio regresó.

 

Anna permaneció acostada mirando el techo durante varios segundos, dejando que su mente volviera lentamente a lo que había ocurrido la noche anterior.

 

El espejo.

 

La voz.

 

La amenaza.

 

Un leve escalofrío recorrió su espalda al recordarlo.

 

Pero ese no fue el recuerdo que terminó dominando su mente.

 

Fue otro.

 

El abrazo.

 

Sus ojos se abrieron un poco más mientras esa sensación regresaba con una claridad inesperada.

 

La calidez.

 

El contacto.

 

Y, sobre todo…

 

la sensación de haber quedado apoyada contra el pecho de Eliana.

 

El rostro de Anna comenzó a enrojecer lentamente.

 

—N-no fue para tanto… —murmuró para sí misma.

 

Pero mientras más intentaba ignorarlo, más clara se volvía la memoria.

 

La forma en que Eliana la había sostenido.

 

La suavidad de su voz.

 

La calidez de su cuerpo cuando la abrazó.

 

Anna apretó los ojos con fuerza.

 

—¡Aaah…!

 

Antes de que el pequeño grito escapara por completo, tomó una de las almohadas y se cubrió la cara con ella, enterrando el rostro contra la tela.

 

—¡¿Por qué estoy recordando eso ahora…?!

 

Su voz quedó completamente ahogada por la almohada.

 

Durante unos segundos permaneció así, inmóvil, intentando calmar el calor que había subido a su rostro.

 

Cuando finalmente retiró la almohada, su expresión seguía ligeramente sonrojada.

 

—Concéntrate… —murmuró mientras se sentaba en la cama.

 

Respiró profundamente un par de veces hasta que el rubor comenzó a desaparecer.

 

Había cosas más importantes en las que pensar.

 

La risa del espejo.

 

Las palabras de la antigua Anna.

 

Y esa sombra que seguía existiendo dentro de su mente.

 

Su mirada se deslizó lentamente hacia la ventana.

 

La luz del sol ya iluminaba con claridad los jardines de la mansión.

 

Habían pasado varias horas desde que despertó.

 

Anna se levantó finalmente de la cama.

 

Se arregló el vestido con movimientos tranquilos y caminó hacia la puerta de la habitación. Antes de salir, se detuvo un instante más, como si todavía pudiera sentir el eco de la noche anterior flotando en el aire.

 

Luego abrió la puerta.

 

Los pasillos de la mansión estaban en silencio cuando comenzó a caminar.

 

Sus pasos la guiaron casi de forma instintiva hacia una parte específica de la casa.

 

El laboratorio.

 

El lugar donde la antigua Anna había pasado incontables horas perfeccionando su alquimia.

 

El lugar donde se escondía una parte importante de la herencia que ahora llevaba sobre los hombros.

 

Anna respiró profundamente cuando llegó frente a la puerta.

 

Su mano se detuvo sobre la manija durante un momento.

 

Sabía que lo que encontraría dentro no sería agradable.

 

Pero también sabía que no podía seguir ignorándolo.

 

Si quería cambiar el significado del nombre de Anna d’Valrienne…

 

tenía que enfrentar todo lo que ese nombre había dejado atrás.

 

Entonces abrió la puerta.

 

Y el laboratorio la recibió en silencio.

 

El laboratorio estaba en silencio.

 

No era un silencio común, de esos que simplemente acompañan a una habitación vacía. Era una quietud densa, pesada, como si las paredes mismas contuvieran el aliento al sentirla entrar.

 

Anna cerró la puerta lentamente detrás de ella.

 

El aire dentro era diferente al del resto de la mansión. Más seco. Más antiguo. Había un olor persistente que parecía haberse impregnado en cada rincón del lugar: hierro seco, hierbas marchitas, polvo de minerales y algo más difícil de describir… algo que recordaba vagamente a la sangre.

 

La luz del sol apenas lograba filtrarse por la alta ventana enrejada del fondo del laboratorio. Los rayos atravesaban el aire cargado de partículas de polvo, iluminando estanterías repletas de frascos, libros gruesos y herramientas de alquimia que parecían no haber sido movidas en mucho tiempo.

 

Anna avanzó lentamente.

 

Cada paso resonaba suave sobre el suelo de piedra.

 

Había algo inquietante en ese lugar. No era solo la atmósfera. Era la sensación de que todo allí… la reconocía.

 

O, al menos, reconocía a la otra Anna.

 

Sus dedos rozaron distraídamente el borde de una mesa de trabajo mientras caminaba entre los estantes. Frascos llenos de líquidos oscuros descansaban en soportes de metal. Algunos contenían extractos de plantas, otros polvos minerales que brillaban débilmente bajo la luz.

 

Su mirada recorrió cada uno de ellos con una mezcla de curiosidad y desconfianza.

 

Entonces lo vio.

 

Sobre una mesa de roble negro, aislado del resto de los objetos del laboratorio, descansaba un libro.

 

Era antiguo.

 

Las esquinas estaban gastadas por el uso constante, y la cubierta de cuero oscuro estaba agrietada en varios lugares. Parecía un libro que había sido abierto cientos de veces, quizás miles.

 

Anna se acercó lentamente.

 

En la tapa, grabado con letras desgastadas por el tiempo y los dedos que las habían tocado innumerables veces, había un solo nombre.

 

ANNA

 

Sintió un leve escalofrío recorrer su espalda.

 

Durante un instante dudó.

 

Pero sus manos se movieron antes de que pudiera detenerse.

 

Abrió el libro.

 

Las páginas se desplegaron frente a ella con un sonido seco.

 

Y lo que encontró dentro hizo que el aire se quedara atrapado en su garganta.

 

No era un diario.

 

No era un registro de estudios.

 

Era algo mucho peor.

 

Era un catálogo.

 

Un catálogo de fórmulas escritas con una precisión meticulosa, cada una acompañada de notas detalladas sobre sus efectos. La caligrafía era elegante, hermosa incluso… pero cada palabra estaba impregnada de una frialdad que hacía que su estómago se revolviera.

 

Sus ojos se detuvieron en una de las primeras anotaciones.

 

Tres gotas de veneno de modeluz mezcladas con savia de artemia roja producen un ardor persistente que mantiene el sistema nervioso activo incluso durante el colapso muscular.

 

La nota continuaba debajo.

 

El sujeto permanece consciente durante todo el proceso. Si suplica demasiado pronto, reducir la dosis. El experimento se prolonga más de esa manera.

 

Las palabras parecían escritas con absoluta naturalidad.

 

Como si describieran el funcionamiento de una herramienta común.

 

Pero entonces las imágenes llegaron.

 

No eran simples pensamientos.

 

Eran recuerdos.

 

Anna vio el laboratorio como había sido antes.

 

La otra Anna estaba allí.

 

Vestía una túnica blanca manchada en los bordes, y su cabello oscuro estaba recogido de forma descuidada mientras trabajaba sobre la misma mesa donde ahora descansaba el libro.

 

Sus ojos brillaban con una intensidad inquietante.

 

Frente a ella había una silla.

 

Y en esa silla… alguien estaba atado.

 

El cuerpo del hombre temblaba violentamente mientras intentaba respirar entre jadeos ahogados. Sus muñecas estaban sujetas por correas de cuero, y su piel estaba cubierta de manchas rojizas que parecían quemaduras recientes.

 

Anna —la antigua Anna— sostenía un pequeño frasco entre los dedos.

 

Lo agitó ligeramente, observando cómo el líquido azul pálido se movía dentro del cristal.

 

—Interesante… —murmuró con una sonrisa leve.

 

El hombre intentó hablar.

 

Pero su voz apenas salió como un susurro quebrado.

 

Ella inclinó la cabeza con curiosidad, como si estuviera observando el comportamiento de un insecto.

 

—¿Ya suplicas?

 

La sonrisa en sus labios se volvió más amplia.

 

—Entonces tal vez reduje demasiado la dosis.

 

Las imágenes desaparecieron de golpe.

 

Anna dio un paso hacia atrás.

 

El asco subió por su garganta como una oleada violenta.

 

—No… —murmuró.

 

Su pie chocó contra una de las estanterías.

 

El impacto hizo que varios frascos cayeran al suelo.

 

El sonido del cristal rompiéndose resonó en el laboratorio como un grito contenido.

 

Anna cayó de rodillas.

 

Sus manos temblaban mientras miraba sus propios dedos.

 

—No soy ella… —susurró.

 

Llevó ambas manos a su cabeza, apretando con fuerza como si intentara expulsar aquellas imágenes.

 

Pero los recuerdos seguían allí.

 

El laboratorio.

 

Las fórmulas.

 

La sonrisa cruel de la antigua Anna.

 

Bajó lentamente las manos hasta colocarlas frente a sus ojos.

 

Sus dedos estaban limpios.

 

Pero aún se sentían sucios.

 

La sensación era imposible de ignorar.

 

Como si el cuerpo mismo recordara cosas que su mente rechazaba.

 

Su respiración se volvió irregular.

 

Entonces su mirada se levantó.

 

Frente a ella, sobre otra mesa del laboratorio, estaba el círculo de invocación alquímica grabado en piedra.

 

Las líneas del sello estaban desgastadas por el uso constante.

 

Anna lo observó durante varios segundos.

 

Y algo extraño ocurrió.

 

Las fórmulas comenzaron a aparecer en su mente.

 

No porque las estuviera leyendo.

 

Sino porque su cuerpo… ya las conocía.

 

El conocimiento de la antigua Anna seguía allí.

 

Esperando.

 

Anna se puso de pie lentamente.

 

Sus pasos la llevaron hasta el círculo.

 

—No… —murmuró con la respiración agitada—. No puede ser solo esto.

 

Tomó un trozo de tiza azulada de la mesa cercana.

 

Sus manos comenzaron a moverse sobre la piedra.

 

No para repetir las fórmulas antiguas.

 

Sino para cambiarlas.

 

Los símbolos comenzaron a aparecer uno tras otro mientras su mente intentaba reconstruir la estructura de la alquimia desde la base.

 

—Si las fórmulas funcionan… —susurró— entonces el problema no es la alquimia.

 

Sus manos se detuvieron un instante.

 

—El problema era ella.

 

Respiró profundamente.

 

Luego continuó dibujando.

 

—¿Y si las fórmulas eran correctas… pero su propósito estaba podrido?

 

Los símbolos comenzaron a brillar.

 

Pero no de rojo.

 

No como en los recuerdos de la antigua Anna.

 

El círculo emitió una luz azul pálida, suave, casi tímida.

 

Como si incluso la magia dudara de sí misma.

 

Sobre la mesa cercana, una rosa marchita descansaba entre varios frascos.

 

Probablemente había sido usada en algún experimento anterior.

 

Anna extendió la mano.

 

El círculo reaccionó.

 

La luz azul se extendió lentamente.

 

Durante unos segundos no ocurrió nada.

 

Luego, algo cambió.

 

Uno de los pétalos de la rosa tembló.

 

Una de las hojas se levantó ligeramente.

 

Y una línea roja pura comenzó a recorrer el tallo, como si la vida misma estuviera regresando lentamente a través de la planta.

 

Anna contuvo el aliento.

 

No era perfecto.

 

La rosa seguía marchita en varios lugares.

 

Pero algo… había cambiado.

 

Anna dejó caer la tiza.

 

Se dejó caer lentamente entre los fragmentos de vidrio roto que aún cubrían el suelo del laboratorio.

 

Su mirada permaneció fija en la rosa.

 

—No quiero usar este poder para destruir —murmuró.

 

Su voz era débil, pero firme.

 

—Quiero usarlo para arreglar lo que ella rompió.

 

Sus ojos se cerraron lentamente mientras apoyaba la espalda contra la mesa.

 

Entre los frascos rotos, el polvo y las fórmulas alteradas, una pequeña hoja verde seguía moviéndose suavemente en la rosa.

 

Y bajo la luz tenue del laboratorio, Anna escribió el primer fragmento de una nueva alquimia.

 

No una alquimia de destrucción.

 

Sino una alquimia de redención.

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