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Capítulo 9: Después del Grito, un Susurro

DNavarrete
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La habitación permanecía en penumbra, silenciosa y cerrada al resto de la mansión. Las cortinas no habían sido abiertas y el fuego de la chimenea seguía apagado, de modo que la única luz que entraba…

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La habitación permanecía en penumbra, silenciosa y cerrada al resto de la mansión. Las cortinas no habían sido abiertas y el fuego de la chimenea seguía apagado, de modo que la única luz que entraba era la franja gris que se filtraba entre las telas pesadas, dibujando una línea pálida sobre el suelo de madera.

 

Anna estaba tendida sobre la cama, boca abajo, con el rostro hundido en la almohada como si de esa manera pudiera ocultarse del mundo… o de sí misma. Sus manos se aferraban a las sábanas con una fuerza que arrugaba la tela bajo sus dedos, mientras su respiración irregular rompía el silencio de la habitación con pequeños temblores que ella misma intentaba contener.

 

Había aguantado.

 

Había escuchado el odio de Daeron sin apartar la mirada. Había soportado el peso de su furia, de su desprecio, de la rabia que llenaba la sala como una presión invisible. No había intentado defenderse, ni justificar nada, porque sabía perfectamente que no tenía derecho a hacerlo.

 

Pero ahora que estaba sola, el silencio se volvía demasiado grande.

 

Cada vez que cerraba los ojos, la escena regresaba con una claridad insoportable. La mirada de Daeron cargada de rabia, la forma en que su voz había temblado al escuchar el nombre de su hermana, el momento exacto en que perdió toda la compostura noble que había mantenido durante la reunión.

 

Anna apretó los dientes contra la almohada.

 

—Idiota… —murmuró con una voz ahogada por la tela.

 

La memoria no tardó en responder.

 

No llegó como un pensamiento ordenado, sino como una imagen que se abría paso sin pedir permiso.

 

Recordó la primera vez que la vio.

 

La joven Valcourt había llegado a la mansión acompañando a su hermano en una de las visitas diplomáticas entre ambas casas. Anna recordaba ese día con demasiada claridad: el sonido de las conversaciones en el salón principal, las luces del banquete reflejándose en los candelabros de cristal, y aquella figura que parecía moverse entre los invitados con una naturalidad que llamaba la atención incluso sin proponérselo.

 

Recordaba el vestido claro que llevaba, sencillo pero elegante, y la forma en que caminaba por los jardines durante la tarde como si el lugar le perteneciera desde siempre.

 

Pero lo que Anna recordaba con más precisión no era a la joven en sí.

 

Eran las miradas.

 

Los sirvientes que se detenían un instante más de lo necesario para observarla. Las damas que comentaban en voz baja lo hermosa que era. Incluso algunos de los jóvenes nobles que habían acudido a la recepción parecían más interesados en acercarse a ella que a la propia heredera de la casa d’Valrienne.

 

Anna lo habia notado todo.

 

Cada comentario.

 

Cada sonrisa.

 

Cada mirada que no estaba dirigida a ella.

 

Los celos la golpearon con una fuerza que no esperaba.

 

En aquel entonces, Anna había crecido creyendo que el mundo debía girar a su alrededor. Había sido educada para pensar que su nombre, su linaje y su talento eran suficientes para eclipsar a cualquiera que se cruzara en su camino.

 

Pero aquella noche, por primera vez en mucho tiempo, alguien había robado la atención que consideraba suya por derecho.

 

Y esa sensación la enfureció.

 

Anna apretó las sábanas con más fuerza.

 

La decisión había llegado rápido.

 

En ese momento no lo había considerado un crimen imperdonable, ni siquiera una acción especialmente grave. Para la persona que era entonces, el mundo estaba lleno de personas prescindibles, vidas pequeñas que podían desaparecer sin alterar demasiado el equilibrio de las cosas.

 

Había sido fácil.

 

Una conversación en voz baja con las personas adecuadas.

 

Una bolsa de monedas lo suficientemente pesada para evitar preguntas innecesarias.

 

Un nombre pronunciado apenas una vez.

 

Nada que pudiera señalarla directamente.

 

Los hombres que aceptaron el encargo no hicieron preguntas. Solo escucharon la instrucción y aceptaron el pago con la misma naturalidad con la que otros aceptaban trabajos más honestos.

 

Secuestrarla.

 

Y hacerla desaparecer.

 

El plan funcionó.

 

La joven Valcourt fue raptada durante un viaje de regreso a su territorio, cuando su carruaje atravesaba un camino apartado donde las escoltas no eran suficientes para detener a un grupo decidido de hombres armados.

 

Durante semanas, las dos casas movilizaron todo lo que tenían para encontrarla. Guardias enviados a las rutas comerciales, mensajeros que recorrían los pueblos cercanos, investigaciones que intentaban seguir cualquier rastro que pudiera haber quedado atrás.

 

Pero no encontraron nada.

 

La joven había desaparecido como si el mundo mismo hubiera decidido tragársela.

 

Anna sabía la verdad.

 

Había sido vendida.

 

Vendida en un mercado lejano, en un lugar donde los nombres nobles no tenían valor y donde nadie se preocupaba por preguntar de dónde venían las mujeres que aparecían encadenadas para ser compradas.

 

La familia Valcourt la buscó durante meses.

 

Daeron nunca dejó de hacerlo.

 

Pero cuando finalmente lograron encontrar una pista real… ya era demasiado tarde.

 

Anna enterró aún más el rostro en la almohada.

 

La joven Valcourt había muerto en aquel lugar.

 

Lejos de su hogar.

 

Lejos de su familia.

 

Sin que nadie pudiera salvarla.

 

La investigación nunca logró encontrar a los responsables. Los hombres que habían aceptado el encargo desaparecieron sin dejar rastro, y las pocas pistas que quedaban se diluyeron hasta que el caso terminó cerrándose por falta de pruebas.

 

Daeron siempre lo supo.

 

Lo había visto en sus ojos cada vez que la miraba.

 

Pero sin pruebas… no podía acusarla.

 

La Anna de entonces había quedado impune.

 

El silencio en la habitación se volvió aún más pesado.

 

Anna se aferró a las sábanas con fuerza, mientras su respiración finalmente se quebraba contra la almohada.

 

Porque ahora entendía algo que antes nunca quiso reconocer.

 

No había sido un error.

 

No había sido una consecuencia inesperada.

 

Había sido ella.

 

El silencio de la habitación se volvió más pesado.

 

Anna permanecía inmóvil sobre la cama, con el rostro aún enterrado en la almohada y las manos tensas sobre las sábanas, mientras su respiración intentaba recuperar un ritmo que no encontraba. Durante unos segundos creyó que el recuerdo había terminado de atormentarla, que la memoria de lo ocurrido se apagaría poco a poco como una llama cansada.

 

Pero entonces apareció.

 

No como una voz clara al principio, sino como una sensación incómoda que se deslizó lentamente por la habitación, una presencia que no pertenecía al silencio y que parecía observarla desde algún lugar cercano.

 

Anna no levantó la cabeza.

 

No necesitaba hacerlo.

 

Sabía perfectamente quién estaba allí.

 

—Vaya… —murmuró una voz suave, impregnada de una burla que Anna conocía demasiado bien—. Mira nada más en lo que te has convertido.

 

La sombra apareció junto a la ventana cerrada, su figura apenas delineada por la débil luz gris que se filtraba entre las cortinas. No era un cuerpo real, ni una persona que pudiera tocarse; era más bien una silueta hecha de recuerdos, de pensamientos y de una malicia que parecía haber sobrevivido incluso después de desaparecer.

 

La otra Anna.

 

La mujer que había habitado ese cuerpo antes.

 

La que había hecho todo aquello.

 

La sombra inclinó la cabeza ligeramente mientras observaba la espalda temblorosa de Anna sobre la cama.

 

—Qué escena tan patética —continuó con un tono ligero, casi divertido—. La gran heredera de la casa d’Valrienne escondida en su propia cama, llorando como una niña porque un hombre levantó la voz.

 

Anna cerró los ojos con fuerza, apretando la mandíbula contra la almohada.

 

No respondió.

 

La sombra dio un paso lento por la habitación, moviéndose con la tranquilidad de alguien que sabía que no podía ser expulsado.

 

—Aunque debo admitir algo… —añadió con una sonrisa que no tenía calor alguno—. Ver a Daeron perder la compostura de esa forma siempre fue entretenido.

 

Un leve sonido de risa escapó de sus labios.

 

—Especialmente cuando mencionaste a su hermana.

 

Anna sintió cómo sus dedos se cerraban con más fuerza sobre la tela de las sábanas.

 

La voz continuó, suave y venenosa.

 

—¿Recuerdas lo ingenua que era? —dijo la sombra con una risa baja—. Siempre caminando por los jardines como si el mundo fuera un lugar amable, como si la bondad fuera una especie de escudo que la protegería de todo lo que existe fuera de sus fantasías.

 

La figura se apoyó contra la pared, observando a Anna con ojos llenos de desprecio.

 

—Pensaba que ser buena tenía algún valor en este mundo.

 

Su risa se volvió un poco más clara.

 

—Fue demasiado fácil deshacerse de ella.

 

Las palabras cayeron en la habitación como gotas de veneno.

 

—Una conversación aquí, unas monedas allá… y de pronto esa pequeña flor tan admirada desapareció del jardín.

 

Anna apretó los dientes.

 

—Cállate…

 

Su voz salió apenas como un susurro ahogado por la almohada.

 

Pero la sombra no tenía intención de detenerse.

 

—¿Sabes qué fue lo mejor de todo? —continuó, ignorando la protesta—. La cara de Daeron cada vez que me miraba después de aquello.

 

La sonrisa de la otra Anna se ensanchó lentamente.

 

—Siempre supo que fui yo.

 

Se echó hacia atrás con una risa suave.

 

—Pero nunca pudo demostrarlo.

 

Anna se incorporó un poco en la cama, con los ojos cerrados y el rostro tenso.

 

—Cállate…

 

La sombra inclinó la cabeza, como si escuchara algo curioso.

 

—¿De verdad quieres que me calle?

 

Sus pasos se acercaron un poco más.

 

—Porque, si soy sincera, esta parte es la que más me gusta.

 

Anna no abrió los ojos.

 

Sabía que si miraba… la vería.

 

Y no quería hacerlo.

 

La voz descendió hasta convertirse en un susurro frío.

 

—Ahora te esfuerzas tanto por ser diferente —murmuró—. Trabajas, te disculpas, plantas flores en el jardín como si eso pudiera cambiar algo.

 

La sombra dejó escapar una risa corta.

 

—Pero finalmente lo entiendes, ¿no?

 

El silencio de la habitación se tensó.

 

—No importa lo que intentes ser ahora.

 

Las palabras se deslizaron lentamente, como si quisieran incrustarse en la mente de Anna.

 

—Yo no voy a desaparecer.

 

Anna sintió cómo su respiración se detenía por un instante.

 

La sombra dio un último paso hacia la cama.

 

—Porque yo soy tú.

 

La habitación volvió a quedarse en silencio.

 

Pero esta vez el silencio no estaba vacío.

 

Estaba lleno de la verdad que Anna no podía negar.

 

Y de la voz que nunca dejaría de escuchar.

 

Cuando la puerta se abrió, la habitación ya estaba en silencio.

 

La sombra había desaparecido, como siempre hacía cuando el peso de sus palabras había terminado de asentarse en el pecho de Anna. No quedaba rastro de aquella presencia burlona en la habitación, pero eso no significaba que se hubiera ido del todo.

 

La voz seguía allí.

 

No en el aire.

 

En su cabeza.

 

Un eco suave, venenoso, repitiendo cada palabra con una paciencia cruel.

 

Yo no voy a desaparecer.

 

Anna no levantó la cabeza. Permanecía tumbada sobre la cama, con el rostro aún hundido en la almohada y los dedos apretados contra las sábanas como si la tela pudiera impedir que los pensamientos siguieran invadiendo su mente.

 

No escuchó la puerta abrirse.

 

No escuchó los pasos.

 

Eliana cruzó la habitación con la misma calma silenciosa con la que se movía siempre dentro de la mansión. Sus ojos se posaron de inmediato en la figura sobre la cama, y durante un instante se detuvo en el centro de la habitación, observando el estado en el que se encontraba Anna.

 

Había visto ese tipo de silencio antes.

 

No era descanso.

 

Era agotamiento.

 

Un agotamiento que no venía del cuerpo.

 

Eliana no dijo nada.

 

Caminó hasta la cama con pasos suaves y se sentó en el borde del colchón, justo detrás de ella. El leve crujido de la madera bajo el peso apenas rompió la quietud de la habitación.

 

Anna tardó unos segundos en darse cuenta.

 

Primero sintió el movimiento.

 

Luego la presencia.

 

Como una calidez tranquila en medio del caos que todavía llenaba su cabeza.

 

—¿Vas a quedarte ahí mucho rato? —murmuró Anna finalmente, sin levantar el rostro de la almohada.

 

Su voz era débil, apagada, como si cada palabra tuviera que abrirse paso a través de un peso demasiado grande.

 

Eliana acomodó un poco la falda de su vestido mientras se sentaba con más firmeza.

 

—Sí —respondió con suavidad—. Si eso no te molesta.

 

Anna dejó escapar un sonido extraño.

 

No era una risa.

 

Tampoco un llanto.

 

Algo a medio camino entre ambos.

 

—Podrías estar gritando ahora mismo —murmuró—. Tendrías todo el derecho.

 

El silencio se extendió un momento antes de que continuara.

 

—Podrías odiarme… como él.

 

Eliana no respondió de inmediato.

 

Sus ojos se movieron lentamente por la habitación, observando la penumbra, la ventana cerrada, las manos tensas de Anna aferradas a las sábanas.

 

Cuando habló, su voz no tenía dureza.

 

Solo calma.

 

—Odiar cansa demasiado.

 

Anna giró apenas el rostro sobre la almohada, lo suficiente para que una de sus mejillas quedara visible. Sus ojos estaban rojos, brillando con una humedad que todavía no se convertía en lágrimas.

 

—No sé cómo seguir —confesó con un hilo de voz.

 

Las palabras salieron sin que las hubiera planeado.

 

—No sé quién se supone que debo ser ahora.

 

Su respiración tembló un poco.

 

—Ni siquiera sé si tengo derecho a intentarlo.

 

Eliana permaneció en silencio unos segundos, observando la espalda de Anna subir y bajar lentamente con cada respiración.

 

—Yo tampoco supe durante mucho tiempo —dijo finalmente.

 

Anna parpadeó.

 

—¿Qué cosa?

 

—Quién era después de todo.

 

Eliana bajó la mirada hacia sus propias manos.

 

—Durante un tiempo pensé que lo único que quedaba de mí era lo que me habían hecho.

 

El silencio volvió a envolver la habitación.

 

Anna cerró los ojos.

 

—¿Y cómo…? —preguntó en voz baja—. ¿Cómo dejaste de serlo?

 

Eliana negó levemente con la cabeza.

 

—No lo hice.

 

Levantó la mirada hacia la ventana oscura.

 

—Solo aprendí a vivir con esa parte… sin dejar que hablara por mí.

 

Anna permaneció inmóvil.

 

Las palabras se quedaron flotando en su mente durante unos segundos.

 

Porque, por primera vez desde que había despertado en ese cuerpo, alguien le estaba diciendo algo que no era un reproche ni una advertencia.

 

Era una posibilidad.

 

El silencio que siguió ya no dolía.

 

No pesaba como antes.

 

Era más suave.

 

Más cálido.

 

Pasaron varios segundos así.

 

Quizás minutos.

 

Eliana no los contó.

 

Simplemente se quedó allí, sentada detrás de ella, respirando con calma mientras observaba la espalda rígida de Anna.

 

Entonces habló otra vez.

 

—¿Te molestaría si… me acuesto aquí contigo?

 

Anna no respondió con palabras.

 

Pero su cuerpo, que hasta ese momento había estado tenso como una cuerda a punto de romperse, aflojó ligeramente.

 

Sus dedos dejaron de apretar las sábanas.

 

Su respiración se volvió más lenta.

 

Y sobre todo…

 

no se apartó.

 

Eliana entendió.

 

Se recostó con cuidado a su lado, manteniendo una pequeña distancia entre ambas para no invadir el espacio de Anna.

 

Quedó de costado, mirando su espalda.

 

Durante mucho tiempo había visto esa espalda caminar por los pasillos de la mansión con orgullo y seguridad, como si Anna fuera una figura imposible de alcanzar para cualquiera.

 

Pero ahora… era distinta.

 

No era un muro.

 

Era la espalda de alguien que estaba intentando sostenerse después de haberse quebrado por dentro.

 

Eliana no dijo nada más.

 

No hacía falta.

 

Simplemente permaneció allí.

 

Respirando al mismo ritmo.

 

Acompañándola.

 

Y en ese silencio tranquilo, Anna comprendió algo que no había querido admitir en voz alta.

 

Que no quería estar sola.

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