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Capítulo 7: El Jardín de los Testigos

DNavarrete
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—Despacho de Lady Alheria, Ala norte—

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—Despacho de Lady Alheria, Ala norte—

 

Desde la ventana de su estudio, Lady Altheria podía ver todo el jardín.

 

La tarde había sido gris, de esas que cubren la mansión con una calma silenciosa, casi melancólica. Las nubes bajas filtraban la luz del sol hasta convertirla en un resplandor tenue que caía sobre los senderos de piedra y los rosales aún jóvenes que esperaban la llegada de la primavera.

 

Altheria sostenía una taza de té entre las manos.

 

El vapor ascendía lentamente hacia su rostro, pero ella no bebía. Sus ojos permanecían fijos en el jardín, exactamente en el lugar donde, hacía apenas unos minutos, algo inesperado había ocurrido.

 

Había visto todo.

 

Cada gesto.

 

Cada movimiento.

 

Había visto a Anna caminar hasta el jardín con esa mezcla de duda y determinación que no recordaba haber visto nunca en ella. Había observado cómo se detenía junto a Garlan, cómo permanecía en silencio mientras él trabajaba la tierra… y cómo finalmente se inclinaba para trabajar a su lado.

 

Sus dedos se movieron ligeramente alrededor de la taza caliente.

 

Altheria no apartaba la mirada del lugar donde la joven había plantado las semillas.

 

Había visto cómo la heredera del ducado hundía sus manos en la tierra, ensuciando el vestido blanco que siempre llevaba con orgullo casi ceremonial. Había visto cómo trabajaba en silencio, sin una sola palabra que justificara su presencia.

 

Y también había escuchado el susurro final.

 

Lo siento.

 

Lady Altheria finalmente llevó la taza a sus labios y bebió un pequeño sorbo.

 

El té estaba tibio.

 

Sus ojos se cerraron un instante mientras pensaba.

 

Había cuidado de Anna desde que era una niña.

 

Había sido ella quien supervisó su educación, quien la acompañó durante los largos años en los que la pequeña heredera del ducado crecía entre pasillos demasiado grandes para alguien tan joven. Había estado presente en los días en que Anna corría por los jardines sin preocuparse por el barro en su vestido, riendo mientras perseguía mariposas entre los rosales.

 

Esa Anna…

 

Altheria entreabrió los ojos lentamente.

 

La recordaba con claridad.

 

Una niña de cabellos negros que apenas llegaban a los hombros, con los ojos brillantes de curiosidad y las manos siempre llenas de tierra después de pasar horas intentando plantar flores en cualquier rincón del jardín.

 

Una niña que se acercaba a Garlan para preguntarle cómo cuidar las rosas.

 

Una niña que había llorado una vez porque una flor se marchitó demasiado pronto.

 

El recuerdo apareció con una claridad dolorosa.

 

Pero luego…

 

todo cambió.

 

Los años trajeron lecciones distintas. Las enseñanzas de sus padres, la presión del linaje, la obsesión por el poder y la perfección. La niña que corría entre los rosales fue reemplazada lentamente por una joven que miraba el mundo desde lo alto de las escaleras de mármol.

 

Una joven que aprendió a hablar con la misma frialdad con la que sus padres gobernaban.

 

Altheria había visto ese cambio.

 

Había sido testigo silenciosa de cómo la inocencia se convertía en algo más duro, más cruel… hasta que la Anna que conocía desapareció por completo.

 

O al menos eso creyó.

 

Sus ojos volvieron a posarse en el jardín.

 

En el lugar donde la joven acababa de plantar las semillas con sus propias manos.

 

Altheria dejó la taza sobre el pequeño escritorio junto a la ventana.

 

Durante años había observado a Anna con una mezcla de preocupación y resignación, convencida de que aquella niña que había conocido ya no existía.

 

Pero lo que había visto esa tarde…

 

no encajaba con la mujer en la que se había convertido.

 

Sus dedos se apoyaron suavemente sobre el marco de la ventana mientras miraba el lugar donde Garlan ahora permanecía solo.

 

—¿Qué eres ahora… niña? —murmuró en voz baja.

 

No era una pregunta llena de esperanza.

 

Tampoco de reproche.

 

Era curiosidad.

 

Porque lo que había visto en el jardín no había sido un gesto vacío.

 

Había sido algo más difícil.

 

Un intento.

 

Lady Altheria observó el cielo gris por un momento.

 

Luego suspiró suavemente.

 

—Será mejor comprobarlo.

 

Y con esa decisión silenciosa, se apartó de la ventana.

 

Anna D’Valrienne sería llamada esa misma tarde.

 

Porque algunas cosas… debían ser observadas más de cerca.

 

—Laboratorio de Anna—

 

Anna no volvió directamente a su habitación después de abandonar el jardín.

 

Sus pasos la llevaron de forma casi automática al laboratorio, como si su cuerpo buscara el único lugar donde podía respirar sin sentir las miradas invisibles de toda la mansión. Cuando cerró la puerta detrás de sí, el silencio del lugar la envolvió de inmediato, pesado y familiar.

 

Pero esta vez no caminó hacia el pupitre.

 

No tomó la pluma.

 

No revisó las fórmulas que llevaba días intentando corregir.

 

Simplemente se quedó de pie en el centro del laboratorio.

 

Sus manos aún estaban manchadas de tierra.

 

El barro se había secado en la piel, formando pequeñas grietas oscuras entre sus dedos. Durante un momento las observó en silencio, como si intentara entender lo que había hecho realmente en ese jardín.

 

Planté semillas.

 

El pensamiento parecía demasiado simple para el peso que llevaba dentro.

 

Había pasado días enteros intentando reparar fórmulas, corrigiendo símbolos alquímicos, cambiando reacciones y efectos que la antigua Anna había creado para destruir. Pero aquello… aquello había sido distinto.

 

No había sido alquimia.

 

No había sido cálculo.

 

Había sido algo mucho más frágil.

 

Anna cerró lentamente las manos.

 

—No sé si eso ayudará en algo… —murmuró para sí misma.

 

La imagen de Garlan volvió a su mente con claridad.

 

Su espalda encorvada.

 

Su silencio.

 

La forma en que había seguido trabajando la tierra sin mirarla.

 

Anna apoyó ambas manos sobre el borde de la mesa más cercana y bajó ligeramente la cabeza.

 

No había esperado perdón.

 

Ni siquiera lo deseaba.

 

El perdón era algo que pertenecía a Garlan, no a ella.

 

Lo único que quería… era que ese hombre no siguiera atrapado en el mismo lugar donde ella lo había dejado.

 

Que el jardín volviera a ser un lugar donde pudiera respirar.

 

Incluso si nunca volvía a dirigirle la palabra.

 

Incluso si la odiaba hasta el final de sus días.

 

Anna soltó lentamente el aire que había estado conteniendo.

 

—Al menos… —susurró— ya no estoy mirando hacia otro lado.

 

El silencio volvió a llenar el laboratorio.

 

Pero no duró mucho.

 

Un suave golpe en la puerta interrumpió sus pensamientos.

 

Anna levantó la cabeza.

 

—Adelante.

 

La puerta se abrió con cuidado.

 

Eliana apareció en el umbral, sosteniendo el borde de la puerta con una mano como si no quisiera interrumpir demasiado. Sus ojos se posaron inmediatamente en Anna, recorriendo rápidamente su rostro y sus manos manchadas de tierra.

 

Durante un instante pareció querer decir algo.

 

Pero se contuvo.

 

—Lady Altheria pidió que vaya a verla —dijo finalmente.

 

Anna parpadeó.

 

—¿Ahora?

 

Eliana asintió.

 

—Dijo que la espere en su despacho.

 

El laboratorio pareció enfriarse un poco más.

 

Anna se quedó en silencio durante unos segundos.

 

Lady Altheria no la había llamado desde aquella mañana en la que habían compartido el desayuno en silencio, una escena que en su momento había parecido completamente normal. Después de eso, la mujer había desaparecido en sus asuntos habituales de la mansión.

 

Hasta ahora.

 

Anna se incorporó lentamente.

 

—Entiendo.

 

Eliana la observó un momento más antes de hablar de nuevo.

 

—No parecía enojada.

 

La frase salió con cautela, como si estuviera tratando de tranquilizarla sin estar completamente segura de si debía hacerlo.

 

Anna dejó escapar una pequeña sonrisa cansada.

 

—Eso no significa mucho con ella.

 

Eliana no pudo evitar una leve mueca de acuerdo.

 

Lady Altheria rara vez mostraba enojo. Cuando lo hacía… era porque algo realmente importante estaba en juego.

 

Anna caminó hacia la pequeña mesa donde descansaba una jarra con agua limpia. Sumergió las manos en el recipiente y comenzó a quitar la tierra de sus dedos con movimientos tranquilos, observando cómo el barro se deshacía lentamente en el agua.

 

—¿Dijo algo más? —preguntó.

 

—No.

 

Eliana negó suavemente con la cabeza.

 

—Solo que la esperaba.

 

Anna se secó las manos con un paño que descansaba junto a la jarra.

 

El silencio se instaló entre ellas por un momento.

 

Eliana parecía querer preguntar algo.

 

Quizás sobre el jardín.

 

Quizás sobre Garlan.

 

Pero no lo hizo.

 

Anna levantó finalmente la mirada hacia ella.

 

—Será mejor no hacerla esperar.

 

Eliana asintió y se apartó de la puerta para dejarle paso.

 

Cuando Anna cruzó el umbral, el laboratorio quedó atrás, con sus papeles esparcidos y las fórmulas a medio corregir esperando sobre el pupitre.

 

El pasillo de la mansión se extendía delante de ella, largo y silencioso.

 

Al final de ese camino la esperaba Lady Altheria.

 

Y por alguna razón que no terminaba de comprender… Anna tenía la sensación de que aquella conversación no sería como las demás.

 

Porque en esta casa había alguien que siempre veía más de lo que decía.

 

Y si Lady Altheria la había llamado ahora…

 

era porque algo ya había sido observado.

 

Anna avanzó por el pasillo con pasos medidos.

 

La mansión estaba silenciosa a esa hora de la tarde, como si cada habitación contuviera un secreto que prefería no revelar. La galería norte siempre había sido uno de los lugares más tranquilos del edificio, y mientras caminaba hacia el despacho de Lady Altheria, el eco suave de sus propios pasos parecía acompañarla como una sombra.

 

Cuando llegó a la puerta, se detuvo un instante.

 

Respiró.

 

Luego tocó.

 

—Adelante —respondió la voz calmada desde el interior.

 

Anna abrió la puerta y entró.

 

El despacho era amplio, iluminado por la luz gris de la tarde que atravesaba una gran ventana detrás del escritorio. Estanterías llenas de libros ocupaban las paredes, y el aire tenía el aroma tenue del té recién servido.

 

Lady Altheria estaba de pie junto a la ventana.

 

No estaba mirando a Anna.

 

Observaba el jardín.

 

Sus manos estaban cruzadas detrás de la espalda, su postura recta como siempre, con esa elegancia serena que hacía parecer que nada en el mundo podía sacarla de equilibrio.

 

Anna se inclinó levemente.

 

—Lady Altheria.

 

La mujer no respondió de inmediato.

 

Durante unos segundos, el único sonido en la habitación fue el suave golpeteo del viento contra los cristales de la ventana.

 

Finalmente, Altheria habló.

 

—He escuchado cosas curiosas estos últimos días.

 

Su tono era tranquilo.

 

Demasiado tranquilo.

 

Anna permaneció en silencio.

 

—Rumores —continuó Altheria, girando lentamente el rostro hacia ella—. Algunos insignificantes. Otros… inesperados.

 

Sus ojos grises se posaron sobre Anna con una calma que no era ni hostil ni amable.

 

Era algo distinto.

 

Evaluación.

 

—Dicen que has estado trabajando.

 

Anna no respondió de inmediato.

 

—No solo en alquimia —añadió Altheria—. También en otras partes de la casa.

 

La habitación pareció hacerse un poco más pequeña.

 

Anna sabía exactamente a qué se refería.

 

O al menos… a qué podría referirse.

 

Altheria dio un paso lento hacia el centro del despacho.

 

—Eso despierta curiosidad —dijo—. Porque cuando alguien cambia de conducta tan de repente… siempre hay una razón.

 

Se detuvo a pocos pasos de Anna.

 

—La pregunta es cuál.

 

El silencio se extendió entre ambas.

 

Anna sintió el peso de esa mirada con claridad.

 

Lady Altheria no era una mujer fácil de engañar.

 

Nunca lo había sido.

 

—Podría ser otra de tus estrategias —continuó Altheria con voz calmada—. Una manera de ofrecer algo… para luego retirarlo cuando todos comiencen a confiar de nuevo.

 

No había acusación directa en sus palabras.

 

Pero tampoco había suavidad.

 

—O podría ser algo distinto.

 

Sus ojos se entrecerraron ligeramente.

 

—Así que quiero escucharlo de ti.

 

Anna bajó la mirada durante un momento.

 

Sabía que no podía decir la verdad.

 

Decir que el alma que habitaba ese cuerpo no era la misma persona… solo provocaría incredulidad o algo peor.

 

Cuando volvió a hablar, su voz fue baja.

 

Pero firme.

 

—Me di cuenta de quién era.

 

El silencio en el despacho se volvió más denso.

 

Altheria no interrumpió.

 

—Y de hacia dónde iba —continuó Anna—. De lo que iba a quedar de mí si seguía así.

 

Levantó lentamente la mirada.

 

—Y no me gustó lo que vi.

 

Altheria la observó con atención.

 

No había sorpresa en su rostro.

 

Solo un interés silencioso.

 

—La gente cambia muchas veces por miedo —dijo finalmente—. Miedo a perder algo. Miedo a las consecuencias.

 

Anna negó suavemente con la cabeza.

 

—No fue miedo.

 

Hizo una pequeña pausa.

 

—Fue… cansancio.

 

La palabra pareció quedarse suspendida en el aire.

 

—Cansancio de ser alguien que solo deja cosas rotas detrás.

 

Sus manos se cerraron ligeramente a los lados del vestido.

 

—Miré el camino que estaba tomando… y no quería ese futuro.

 

La habitación volvió a quedar en silencio.

 

Lady Altheria caminó lentamente hacia el escritorio y tomó la taza de té que descansaba allí. Bebió un pequeño sorbo mientras observaba a Anna por encima del borde de la porcelana.

 

—Las personas rara vez cambian porque descubren algo de sí mismas —dijo después de unos segundos—. Normalmente necesitan perder algo primero.

 

Dejó la taza nuevamente sobre el escritorio.

 

—Aún no sé en cuál de esos casos estás.

 

Anna no respondió.

 

Altheria caminó lentamente hacia la puerta del despacho.

 

Se detuvo junto a ella antes de hablar de nuevo.

 

—Pero hay algo que sí es cierto.

 

Giró ligeramente la cabeza hacia Anna.

 

—La casa observa.

 

Su mirada se suavizó apenas.

 

—Algunos con desconfianza.

 

Luego añadió:

 

—Otros… con curiosidad.

 

Anna permaneció inmóvil.

 

Altheria abrió la puerta.

 

—Sigue caminando por ese camino si es lo que deseas —dijo finalmente—. Pero recuerda algo.

 

Sus ojos grises se encontraron con los de Anna una última vez.

 

—La esperanza es más cruel que el miedo cuando se rompe.

 

Luego salió del despacho, dejando la puerta abierta detrás de ella.

 

Anna permaneció sola en la habitación durante varios segundos.

 

Sus manos aún temblaban ligeramente.

 

No sabía si aquella conversación había sido un juicio.

 

Una advertencia.

 

O algo más.

 

Pero sí sabía una cosa.

 

Lady Altheria no creía en promesas.

 

Solo en lo que podía ver con sus propios ojos.

 

Y si quería demostrar que su cambio era real…

 

tendría que seguir caminando.

 

Aunque nadie estuviera dispuesto a creerle todavía.

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