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Capítulo 12: Una Invitación de Sangre

DNavarrete
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Los cambios en la mansión D’Valrienne no ocurrieron de un día para otro.

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Los cambios en la mansión D’Valrienne no ocurrieron de un día para otro.

 

No hubo un anuncio oficial, ni una orden escrita que indicara que las cosas debían ser distintas. Nadie reunió a los sirvientes en el gran salón para declarar que el ambiente de la casa había cambiado.

 

Simplemente… ocurrió.

 

Al principio fueron detalles pequeños.

 

Los mayordomos comenzaron a inclinarse ante Anna con una cortesía más natural que antes. No era el respeto rígido que se le ofrecía a alguien temido, sino algo más cercano a la verdadera deferencia que se le debe a la señora de la casa.

 

Las sirvientas dejaron de quedarse en silencio absoluto cuando ella entraba a una habitación. Ahora hablaban, reían, y cuando Anna aparecía con un balde o con las manos aún manchadas de tierra del jardín, muchas de ellas no dudaban en ofrecerle ayuda… o incluso en enseñarle cómo hacer mejor aquello que estaba intentando.

 

Los guardias también habían cambiado.

 

Antes, cuando Anna cruzaba el patio o caminaba por los corredores, las armaduras se tensaban y las miradas se desviaban rápidamente hacia el suelo.

 

Ahora los soldados inclinaban la cabeza con respeto cuando ella pasaba, algunos incluso atreviéndose a intercambiar unas pocas palabras formales si la ocasión lo permitía.

 

No era afecto.

 

La tarde avanzaba tranquila sobre el jardín de la mansión d’Valrienne.

 

El sol comenzaba a inclinarse lentamente hacia el horizonte, y la tierra húmeda aún conservaba el aroma fresco que dejaba el agua después de ser removida. Anna estaba arrodillada junto a una hilera de rosales jóvenes, usando la azada pequeña con mucho más cuidado que semanas atrás, cuando apenas sabía cómo sostener una herramienta.

 

A su lado, Garlan acomodaba una estaca de madera para sostener una planta aún frágil. Sus movimientos eran tranquilos, seguros, el tipo de gestos que solo nacen de años de experiencia.

 

El silencio entre ambos no era incómodo.

 

Desde hacía algún tiempo, el jardín había dejado de ser un lugar de tensión.

 

Ahora era simplemente… trabajo.

 

Eliana estaba cerca también, sentada sobre el borde de piedra que rodeaba uno de los canteros, observando el proceso mientras descansaba un momento de las tareas de la casa.

 

Fue entonces cuando el sonido rompió la calma.

 

El golpeteo de cascos.

 

Un carruaje acercándose por el camino de piedra que conducía al patio principal de la mansión.

 

Eliana levantó la mirada.

 

Garlan dejó de trabajar por un segundo.

 

Anna también se detuvo.

 

Los carruajes no eran raros en la mansión, pero aquel llevaba un estandarte que hacía mucho tiempo no aparecía en esas tierras.

 

El escudo de la casa principal d’Valrienne.

 

El carruaje se detuvo frente a la entrada.

 

Un joven descendió de él.

 

Su uniforme era impecable, de tela oscura con bordados plateados que indicaban claramente su función como mensajero de una casa noble. Su postura era recta, orgullosa… pero su expresión mostraba algo más.

 

Desagrado.

 

El hombre observó la mansión como si el simple hecho de estar allí le resultara incómodo.

 

Porque conocía perfectamente la reputación de quien vivía entre aquellos muros.

 

Sabía quién era Anna D’Valrienne.

 

O al menos… quién había sido.

 

El mayordomo principal apareció en la entrada, manteniendo la compostura que su posición exigía.

 

—Bienvenido a la mansión —dijo con una leve inclinación de cabeza.

 

El mensajero respondió apenas con un gesto seco.

 

—Traigo correspondencia oficial para Lady Anna D’Valrienne.

 

El mayordomo asintió.

 

—La señora de la casa se encuentra en el jardín.

 

La expresión del mensajero cambió ligeramente.

 

Como si aquella información no fuera exactamente lo que esperaba escuchar.

 

Aun así, caminó en dirección al jardín.

 

Cuando cruzó el arco de piedra que separaba el patio principal del área de cultivo, la escena que encontró lo hizo detenerse.

 

Anna estaba arrodillada en la tierra.

 

Con las manos manchadas de barro.

 

Trabajando junto a un jardinero.

 

Por un instante el joven mensajero no supo cómo reaccionar ante lo que veía.

 

Pero su entrenamiento noble no le permitió mostrar demasiado.

 

Se acercó con pasos medidos.

 

Garlan fue el primero en notar su presencia.

 

Anna levantó la vista un segundo después.

 

El hombre se detuvo a unos pasos de distancia y sacó un sobre de pergamino fino sellado con cera roja.

 

—Lady Anna D’Valrienne —dijo con una voz formal, aunque el tono aún conservaba cierta rigidez—. Traigo correspondencia de la casa principal.

 

El silencio cayó sobre el jardín.

 

Anna se levantó lentamente, limpiando parte de la tierra de sus manos en el delantal que llevaba.

 

Eliana también se incorporó.

 

En ese momento, pasos firmes se escucharon desde la entrada del jardín.

 

Lady Altheria apareció descendiendo por el camino de piedra. Había bajado desde su despacho al escuchar el anuncio del mayordomo, y su mirada gris observaba la escena con la calma de alguien que ya esperaba algo así.

 

El mensajero extendió el sobre.

 

Anna lo tomó.

 

El pergamino era de excelente calidad, y el sello de cera roja llevaba el escudo oficial de la familia.

 

Lo rompió con cuidado.

 

El texto estaba escrito con una caligrafía elegante, firme, característica de alguien acostumbrado a la correspondencia formal entre casas nobles.

 

Anna reconoció la escritura de inmediato.

 

Era de su hermano.

 

Daemian.

 

La carta era breve, pero perfectamente estructurada, con la cortesía que se esperaba de un noble de su posición.

 

“A mi estimada hermana, Lady Anna D’Valrienne.

 

Por disposición de la casa principal, y en consideración al linaje que compartimos, se extiende esta invitación formal para que asistas al baile de celebración por la mayoría de edad de nuestra hermana, Lady Selene D’Valrienne.

 

Tu presencia es requerida como miembro de sangre de esta familia.

 

Confío en que sabrás comportarte conforme al honor de nuestro nombre.

 

— Daemian D’Valrienne.”

 

Anna terminó de leer.

 

Sus dedos permanecieron unos segundos sobre el pergamino.

 

El jardín estaba completamente en silencio.

 

Eliana observaba su rostro con atención.

 

Garlan también.

 

Y Lady Altheria… simplemente esperaba.

 

Anna levantó lentamente la mirada hacia el cielo de la tarde.

—El despacho de Lady Altheria—

 

El despacho de Lady Altheria estaba en silencio cuando Anna entró.

 

La luz de la tarde atravesaba las altas ventanas del estudio, tiñendo de dorado los estantes llenos de libros antiguos. El aroma del té recién servido flotaba en el aire, mezclándose con el suave olor del papel y la tinta.

 

Lady Altheria estaba de pie junto al escritorio, sosteniendo la carta que Anna había recibido minutos antes.

 

La había leído con atención.

 

Más de una vez.

 

Anna permanecía frente a ella, con las manos entrelazadas detrás de la espalda. Había limpiado la tierra de sus dedos antes de subir al despacho, pero aún quedaba algo en las uñas, como un pequeño recordatorio del lugar del que venía.

 

Altheria dejó la carta sobre el escritorio.

 

—Sabes que puedes rechazar la invitación.

 

Su voz fue tranquila, casi casual, como si estuviera comentando el clima.

 

Anna no respondió de inmediato.

 

—La casa principal no puede obligarte a asistir —continuó la mujer—. Bastaría con enviar una respuesta formal anunciando algún asunto urgente en esta mansión.

 

Sus ojos grises observaron a Anna con calma.

 

—Después de todo, eso era algo que la anterior Anna hacía con frecuencia.

 

Anna bajó ligeramente la mirada.

 

Sabía que era cierto.

 

La antigua Anna había evitado muchas reuniones familiares de esa forma. Siempre había existido una excusa conveniente: asuntos administrativos, problemas con los terrenos, enfermedades ficticias o compromisos políticos inventados.

 

Era una salida fácil.

 

Una salida que todavía estaba disponible.

 

Anna lo sabía.

 

Lady Altheria también lo sabía.

 

—Podría hacerlo —dijo finalmente Anna.

 

Sus dedos se cerraron ligeramente.

 

—Pero no quiero.

 

Altheria inclinó apenas la cabeza.

 

—Lo imaginaba.

 

El silencio llenó el despacho durante unos segundos.

 

Luego la mujer caminó lentamente hacia la ventana.

 

Desde allí se veía el jardín.

 

Los rosales jóvenes.

 

Las hileras de tierra recién removida.

 

El lugar donde Anna pasaba tantas tardes trabajando.

 

—Debes entender algo antes de tomar esta decisión —dijo Altheria finalmente.

 

Su voz ya no era casual.

 

Era seria.

 

—Aquí, en esta mansión, las personas están empezando a aceptar tu cambio.

 

Anna levantó la vista.

 

—Los sirvientes lo ven.

 

—Garlan lo ve.

 

—Eliana lo ve.

 

La mujer se giró lentamente para mirarla.

 

—Pero fuera de estos muros… nadie lo hará.

 

Las palabras cayeron con la precisión de una verdad inevitable.

 

—Para el mundo noble —continuó Altheria— tú sigues siendo la misma mujer que conocieron.

 

La Anna cruel.

 

La Anna despiadada.

 

La Anna que no tenía reparos en destruir a cualquiera que se interpusiera en su camino.

 

Anna no apartó la mirada.

 

—En los círculos de la nobleza —añadió Altheria con frialdad— siempre existe una necesidad particular.

 

Hizo una pausa breve.

 

—Los villanos.

 

El silencio en el despacho se volvió más pesado.

 

—Porque los villanos permiten que los demás se vean como héroes —explicó—. Son necesarios para mantener la ilusión de virtud.

 

Sus ojos grises se clavaron en Anna.

 

—Y tú… durante años fuiste perfecta para ese papel.

 

Anna respiró lentamente.

 

Aquellas palabras no la sorprendían.

 

De hecho…

 

las esperaba.

 

—Lo sé —dijo finalmente.

 

Lady Altheria la observó con atención.

 

—Entonces sabes lo que ocurrirá si asistes a ese baile.

 

—Los rumores.

 

—Las miradas.

 

—Las provocaciones.

 

—Las sonrisas falsas.

 

—Y las verdaderas intenciones ocultas detrás de cada conversación.

 

La mujer se acercó un paso más.

 

—Ellos no verán a la mujer que trabaja en el jardín.

 

—Ni a la que intenta aprender en la cocina.

 

—Ni a la que se esfuerza cada día por ser diferente.

 

Su voz bajó ligeramente.

 

—Solo verán a la villana que recuerdan.

 

El despacho quedó en silencio.

 

Anna caminó lentamente hacia la ventana.

 

Observó el jardín durante unos segundos.

 

Las plantas que había ayudado a plantar.

 

La tierra que había aprendido a cuidar.

 

El lugar donde había comenzado a cambiar.

 

—Tal vez —dijo finalmente— tengan razón.

 

Altheria no respondió.

 

—Tal vez para ellos siga siendo esa persona.

 

Anna levantó la mirada hacia el horizonte.

 

—Pero si nunca vuelvo… entonces nada habrá cambiado realmente.

 

El viento movió suavemente las hojas de los rosales.

 

—Tarde o temprano tendría que enfrentarlos.

 

Se giró para mirar a Lady Altheria.

 

Y esta vez no había duda en sus ojos.

 

—Prefiero que sea ahora.

 

Altheria la observó durante unos segundos más.

 

Luego, muy lentamente…

 

asintió.

 

—Entonces será mejor que te preparemos adecuadamente.

 

Porque si Anna d’Valrienne iba a regresar al mundo de la nobleza…

 

no podía hacerlo como una sombra de quien había sido.

 

Debía hacerlo como alguien mucho más peligroso.

 

Una mujer que había cambiado.

 

Y que ya no tenía miedo de su propio pasado.

 

El viento movía suavemente las hojas de los rosales jóvenes que ella misma había plantado.

 

Por primera vez en mucho tiempo, su pasado volvía a llamar a la puerta.

 

Y esta vez…

 

no podía fingir que no lo había escuchado.

 

Pero tampoco era miedo.

 

Era algo que en esa casa hacía mucho tiempo no se sentía.

 

Respeto.

 

Y en el centro de todos esos cambios estaba Anna.

 

La joven heredera no había abandonado su esfuerzo, ni siquiera después de los pequeños desastres que a veces provocaba intentando aprender tareas que antes nunca había tenido que hacer.

 

Si algo había cambiado en ella, era su obstinación.

 

Porque ahora no estaba intentando demostrar algo a los demás.

 

Estaba intentando demostrárselo a sí misma.

 

Eso era algo que Lady Altheria había notado desde el principio.

 

Por esa razón, la mujer había tomado una decisión silenciosa.

 

Si Anna iba a cambiar… entonces debía volver a aprender lo que había olvidado.

 

O lo que nunca había aprendido correctamente.

 

El estudio de Lady Altheria se había convertido nuevamente en un aula.

 

Cada mañana, después del desayuno, Anna era convocada allí.

 

Y no estaba sola.

 

—Siéntate derecha —ordenó Altheria con la misma calma implacable que tenía desde hacía décadas.

 

Anna corrigió su postura inmediatamente.

 

A su lado, Eliana también intentó enderezarse.

 

—Los hombros no son adornos —continuó la mujer—. Sirven para sostener dignidad.

 

Eliana murmuró algo muy bajo.

 

—Creo que ya se me están quemando las cejas de tanto enderezarme…

 

Anna tuvo que morderse el labio para no reír.

 

Altheria levantó la mirada.

 

—¿Has dicho algo, Eliana?

 

—No, Lady Altheria —respondió inmediatamente, completamente recta ahora.

 

Las lecciones no se limitaban a la postura.

 

Había etiqueta.

 

Historia de las casas nobles.

 

La manera correcta de responder a ciertos insultos en un salón de baile sin provocar un duelo innecesario.

 

El orden de precedencia en reuniones políticas.

 

Incluso la forma correcta de caminar cuando toda una sala estaba observando.

 

Altheria era estricta.

 

Terriblemente estricta.

 

Y Eliana estaba descubriendo eso de la manera más dolorosa posible.

 

—Otra vez —dijo la mujer.

 

Eliana suspiró.

 

—Pero ya lo hicimos cinco—

 

—Otra vez.

 

Anna volvió a repetir el saludo formal que habían practicado durante la última hora.

 

Sus movimientos no eran perfectos, pero cada vez se acercaban más.

 

Porque, a diferencia de su compañera, Anna no se quejaba.

 

Su concentración era total.

 

Cuando terminó el gesto, Altheria la observó durante unos segundos.

 

Luego asintió levemente.

 

—Mejor.

 

Eliana la miró con incredulidad.

 

—¿Mejor? ¡Eso fue exactamente igual que el anterior!

 

Anna respiró hondo.

 

—No fue igual.

 

Altheria cruzó las manos detrás de la espalda.

 

—No lo fue.

 

Eliana se dejó caer ligeramente en la silla.

 

—Esto es una conspiración…

 

Anna no respondió.

 

Pero en su mente había una razón muy clara para soportar aquellas lecciones.

 

Porque si iba a caminar nuevamente entre nobles…

 

No quería ser una versión inferior de la mujer que había sido antes.

 

Si iba a enfrentarse a su pasado…

 

Debía hacerlo como la verdadera heredera de la casa d’Valrienne.

 

Aunque esa casa…

 

todavía no lo supiera.

 

Las lecciones de Lady Altheria terminaban siempre a la misma hora.

 

Y cuando lo hacían, Anna seguía una rutina que ya se había vuelto parte natural de sus días.

 

Cruzaba los pasillos de la mansión, descendía las escaleras que daban al patio interior y caminaba hacia el jardín trasero, donde la tierra todavía conservaba el calor del sol de la tarde.

 

Allí siempre encontraba a Garlan.

 

El viejo jardinero estaba casi siempre inclinado sobre el suelo, trabajando con la paciencia de alguien que había pasado toda una vida observando cómo crecen las cosas. Sus manos movían la tierra con movimientos firmes y seguros, como si cada gesto estuviera grabado en su memoria desde hacía décadas.

 

Anna se arrodillaba a su lado sin decir palabra.

 

Era una rutina silenciosa entre ambos.

 

Durante mucho tiempo, ella había aprendido simplemente observándolo.

 

Al principio había sido torpe.

 

Las herramientas se le resbalaban de las manos, la pala se hundía demasiado en la tierra o no lo suficiente, y más de una vez había terminado plantando algo torcido que Garlan debía corregir discretamente después.

 

Pero Anna no se rendía.

 

Día tras día volvía al jardín, ensuciándose las manos, las rodillas y a veces incluso el rostro mientras intentaba comprender el ritmo del trabajo que Garlan realizaba con tanta naturalidad.

 

Con el tiempo, algo empezó a cambiar.

 

Sus movimientos comenzaron a volverse más seguros.

 

Las semillas quedaban a la profundidad correcta.

 

Las estacas se colocaban con mayor precisión.

 

Las herramientas ya no parecían objetos extraños en sus manos.

 

Aquella tarde, mientras trabajaban en una pequeña hilera donde planeaban plantar rosales nuevos para la próxima temporada, Anna intentaba usar una azada pequeña para remover la tierra alrededor de las raíces jóvenes.

 

El movimiento no era incorrecto.

 

Pero tampoco era del todo bueno.

 

La hoja del instrumento golpeaba la tierra con demasiada fuerza, levantando más tierra de la necesaria y dejando al descubierto algunas raíces delicadas.

 

Garlan la observó durante unos segundos.

 

Durante mucho tiempo había permanecido en silencio cuando ella trabajaba.

 

Pero aquel día fue distinto.

 

El viejo jardinero extendió la mano y tomó suavemente el mango de la herramienta antes de que Anna levantara el siguiente golpe.

 

—No así.

 

La voz era baja, áspera por los años.

 

Pero clara.

 

Anna se quedó inmóvil.

 

Durante un segundo simplemente lo miró.

 

Porque era la primera vez en mucho tiempo que Garlan le hablaba directamente.

 

El hombre tomó la herramienta con calma y la inclinó ligeramente hacia un lado.

 

—La tierra no se golpea —explicó mientras movía la azada con un gesto suave—. Se convence.

 

La hoja del metal entró en el suelo con un movimiento más ligero, levantando apenas lo necesario para aflojar la tierra sin dañar las raíces.

 

—Si la fuerzas… rompes lo que intentas cuidar.

 

Luego le devolvió la herramienta.

 

Anna la tomó con cuidado.

 

Intentó repetir el movimiento.

 

Esta vez el golpe fue más suave.

 

La tierra se abrió lentamente alrededor del rosal joven.

 

Garlan observó el resultado durante un momento.

 

Luego asintió apenas.

 

—Mejor.

 

Anna bajó la mirada hacia la planta.

 

El viento de la tarde movía suavemente las hojas nuevas del rosal.

 

—Gracias —dijo finalmente.

 

La palabra salió con naturalidad.

 

Garlan no respondió.

 

Pero tampoco se alejó.

 

A partir de ese día, algo cambió entre ellos.

 

Las tardes en el jardín siguieron siendo tranquilas, pero ya no estaban llenas de silencio absoluto.

 

De vez en cuando, cuando Anna cometía un error, Garlan corregía su postura o señalaba un detalle que ella había pasado por alto.

 

Le enseñó a reconocer cuándo la tierra estaba demasiado seca.

 

Le explicó cómo podar un rosal sin debilitarlo.

 

Le mostró qué plantas podían crecer juntas… y cuáles debían mantenerse separadas.

 

Nada de aquello era una disculpa.

 

Ni un perdón.

 

Pero para quienes conocían el pasado entre ellos dos…

 

era algo mucho más importante.

 

Era confianza.

 

Y mientras los rosales crecían lentamente en el jardín de la mansión, Anna también lo hacía.

 

Sin prisa.

 

Pero con raíces cada vez más firmes.

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