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Capítulo 15: El Regreso de la Hija Caída

DNavarrete
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La niña había sido entregada nuevamente a la sirvienta encargada de ella, y poco a poco la tensión que había invadido la plaza comenzaba a aflojarse. Los murmullos regresaban como un río contenido…

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La niña había sido entregada nuevamente a la sirvienta encargada de ella, y poco a poco la tensión que había invadido la plaza comenzaba a aflojarse. Los murmullos regresaban como un río contenido que volvía a encontrar su cauce, aunque nadie se atrevía todavía a hablar demasiado alto. Aquello que acababan de ver no encajaba con la imagen que todos guardaban de Anna.

 

La pequeña, sin embargo, no parecía entender nada de aquello.

 

Había permanecido unos instantes aferrada al vestido de su cuidadora, mirando a Anna con la misma mezcla de curiosidad y timidez que antes. Sus ojos grandes seguían a la noble como si intentara comprender qué era exactamente lo que acababa de ocurrir.

 

Entonces, de pronto, la niña tiró suavemente del delantal de la sirvienta.

 

—¿Qué sucede? —preguntó la mujer, inclinándose hacia ella.

 

La pequeña no respondió con palabras. Sus ojos se desviaron hacia una de las mesas dispuestas en el patio del castillo, donde los sirvientes habían preparado dulces y pequeños pasteles para los invitados del baile que comenzaban a llegar.

 

Sin decir nada más, la niña se soltó de la mano de su cuidadora y caminó torpemente hacia la mesa. Sus pasos eran cuidadosos, como si temiera que alguien pudiera detenerla, y tras observar durante un momento los dulces dispuestos allí, tomó uno de los pequeños pasteles entre sus manos.

 

Luego regresó.

 

La multitud que había comenzado a dispersarse volvió a quedarse en silencio al verla caminar directamente hacia Anna.

 

La niña se detuvo frente a ella, levantando el pequeño pastel con ambas manos como si fuera algo muy importante.

 

Anna parpadeó, sorprendida.

 

—¿Para mí?

 

La niña asintió con fuerza.

 

—Para agradecer —dijo con una voz pequeña que apenas superaba el murmullo de la plaza.

 

Por un instante Anna no supo qué decir.

 

Ese gesto tan simple tenía un peso extraño en su pecho, algo que no sabía cómo sostener. Durante años había recibido regalos, flores, joyas… todos ofrecidos con sonrisas falsas o miedo disfrazado de cortesía.

 

Pero aquello…

 

Era diferente.

 

Anna se inclinó lentamente frente a la niña y tomó el pequeño pastel entre sus manos.

 

Luego, con una suavidad que nadie recordaba haber visto en ella, acercó el rostro de la pequeña y depositó un beso en su frente.

 

—Gracias —susurró con una sonrisa leve.

 

El silencio volvió a caer sobre la plaza.

 

Pero esta vez no era el mismo silencio de antes.

 

Eliana, que había estado observando la escena desde un paso detrás de Anna, cruzó los brazos con una expresión divertida mientras miraba el pequeño pastel.

 

—Ese dulce se ve bastante bueno —comentó con naturalidad—. ¿Vas a comerlo?

 

Anna suspiró.

 

—Es un regalo. No puedo simplemente…

 

Eliana ya se había agachado frente a la niña.

 

—Oye —dijo con tono conspirador—, ¿quieres que me asegure de que se lo coma?

 

Los ojos de la pequeña brillaron de inmediato.

 

—¡Sí!

 

Eliana extendió su meñique hacia ella.

 

—Entonces prométemelo. Si no lo come, vendré a buscarla.

 

La niña entrelazó su meñique con el de Eliana con absoluta seriedad.

 

—Promesa.

 

Anna cerró los ojos un instante, dejando escapar otro suspiro.

 

—No puedo creer que estés conspirando con una niña.

 

—Solo estoy ayudando a que el agradecimiento llegue a su destino —respondió Eliana con total tranquilidad.

 

Anna ya no se molestó en responder. Aquella sirvienta suya hacía tiempo que había dejado de sorprenderla.

 

Pero aun así… una pequeña sonrisa apareció en la esquina de sus labios.

 

Y desde lo alto de la escalinata, Daemien observaba la escena en silencio.

 

Con el ceño fruncido.

 

Como si intentara comprender quién era realmente la mujer que tenía frente a él.

 

Después de despedirse de la niña, Anna permaneció un instante más en el lugar, como si necesitara un segundo para ordenar el peso invisible que había quedado flotando en el aire. La plaza seguía en silencio, pero ahora ese silencio estaba lleno de miradas. Miradas de incredulidad, de sospecha… y algunas, muy pocas todavía, de algo parecido a esperanza.

 

Anna no buscó ninguna de ellas.

 

Solo respiró con calma y comenzó a caminar.

 

Sus pasos resonaron sobre la piedra del patio mientras avanzaba hacia la escalinata principal del castillo, esa misma que había subido incontables veces en el pasado con vestidos cargados de joyas y una sonrisa fría que nunca llegaba a sus ojos. Pero ahora no llevaba nada de aquello. Ninguna joya, ningún perfume ostentoso, ningún gesto de arrogancia que anunciara su llegada antes que sus propios pasos.

 

Solo caminaba.

 

A cada peldaño que subía, sentía las miradas clavadas en su espalda.

 

Nadie hablaba.

 

Nadie se movía.

 

Era como si todos estuvieran esperando ver en qué momento aquella máscara nueva se rompería para revelar a la mujer que recordaban.

 

Y entonces llegó frente a él.

 

Demian permanecía en lo alto de la escalinata, inmóvil, observándola desde una posición apenas superior. Su porte era impecable, como siempre. Alto, recto, con los brazos cruzados a la espalda y el rostro endurecido por una calma que no era tranquilidad, sino control.

 

Sus ojos grises descendieron lentamente hasta encontrarse con los de Anna.

 

Durante un instante ninguno de los dos habló.

 

Demian había visto lo que ocurrió en la plaza. Había visto a la mujer que alguna vez disfrutó del miedo inclinarse para ayudar a una niña. Había visto el beso en la frente, la paciencia, la sonrisa.

 

Y aun así… su mente se negaba a aceptarlo.

 

Porque conocía demasiado bien a la Anna que había crecido en aquella casa.

 

Finalmente, cuando Anna quedó frente a él, Demian habló.

 

La pregunta escapó de sus labios antes incluso de que él mismo pareciera decidir decirla.

 

—¿Quién eres tú?

 

No fue una acusación.

 

No fue una burla.

 

Fue una duda real.

 

Porque ni él mismo sabía si la mujer frente a él era una mentira cuidadosamente preparada… o alguien completamente distinto.

 

Anna lo observó durante un segundo.

 

Luego, sin mostrar enfado ni sorpresa, continuó caminando.

 

Pasó a su lado con la misma calma con la que había cruzado la plaza.

 

Al llegar a su altura, apenas giró el rostro lo suficiente para que su voz pudiera alcanzarlo.

 

Una pequeña sonrisa apareció en sus labios.

 

—Eso es algo que ni tú ni yo sabemos aún.

 

Y sin detenerse, cruzó el umbral de la mansión.

 

Dejando a Demian inmóvil en lo alto de las escaleras, con la sensación incómoda de que la hermana que recordaba… quizás ya no existía.

 

Demian no regresó al patio.

 

Después de permanecer unos instantes más en lo alto de la escalinata, observando la puerta por la que Anna había desaparecido, giró finalmente sobre sus talones y comenzó a caminar por los largos pasillos del castillo. El sonido de sus pasos resonaba con firmeza sobre el mármol pulido, aunque su mente seguía atrapada en la escena que acababa de presenciar.

 

Había esperado otra cosa.

 

Todos lo habían hecho.

 

La Anna que conocían no llegaba en silencio ni pasaba desapercibida. Llegaba como una tormenta, con vestidos deslumbrantes, joyas brillando bajo la luz y esa mirada fría que parecía recordar a todos su lugar.

 

Pero lo que había visto en la plaza… no encajaba con ese recuerdo.

 

Sin darse cuenta, Demian ya había llegado frente a la puerta de las habitaciones de Selene.

 

Golpeó dos veces.

 

—Adelante.

 

La habitación estaba llena de movimiento.

 

Varias sirvientas rodeaban a Selene mientras la preparaban para la celebración de esa noche. Una acomodaba los pliegues de su vestido, otra trabajaba con su cabello frente al gran espejo de la pared, mientras una tercera revisaba cuidadosamente pequeñas cajas abiertas sobre la mesa.

 

Selene estaba sentada frente al espejo.

 

Su postura era impecable, recta como una estatua tallada para ser admirada. A diferencia de Anna, cuya belleza siempre había tenido algo salvaje y desafiante, la de Selene era refinada, casi fría. Su cabello oscuro caía en ondas suaves sobre los hombros, y sus ojos claros observaban su propio reflejo con la serenidad de alguien acostumbrado a controlar cada detalle a su alrededor.

 

No se giró cuando Demian entró.

 

Pero habló.

 

—¿Llegó?

 

No necesitaba decir el nombre.

 

Demian cerró la puerta tras de sí.

 

—Sí.

 

Selene observó el reflejo de su hermano en el espejo.

 

—Supongo que ya comenzó a causar problemas.

 

Una de las sirvientas dejó escapar una pequeña risa nerviosa.

 

Era lo que todos esperaban escuchar.

 

Demian se acercó un poco más a la mesa donde reposaban las joyas.

 

—Sí armó un escándalo.

 

Selene alzó apenas una ceja.

 

—Lo imaginaba.

 

Demian guardó silencio un segundo antes de continuar.

 

—Una niña se tropezó frente a ella en la plaza… y terminó derramando agua sobre su vestido.

 

Las manos de las sirvientas se detuvieron.

 

El peine que una de ellas sostenía quedó suspendido en el aire.

 

Otra dejó escapar un suspiro ahogado.

 

Todos en esa habitación sabían exactamente lo que significaba una situación así.

 

Selene, sin embargo, solo observó el espejo.

 

—Entonces esa niña ya debe estar aprendiendo lo que cuesta cometer un error frente a Anna.

 

Demian no respondió de inmediato.

 

—La ayudó a levantarse.

 

El silencio se volvió absoluto.

 

—¿Qué?

 

—La ayudó a ponerse de pie —repitió Demian con la misma calma—. Y después… revisó su rodilla.

 

Durante un segundo nadie reaccionó.

 

Luego una de las sirvientas dejó escapar una pequeña carcajada.

 

Otra la siguió.

 

—Muy gracioso, mi lord.

 

—Eso sí que no lo esperábamos.

 

Las risas comenzaron a extenderse por la habitación.

 

Hasta que todos miraron el rostro de Demian.

 

Y las risas se apagaron de golpe.

 

Porque él no sonreía.

 

No había burla en su expresión.

 

Solo la misma mirada seria que había tenido desde que entró.

 

Selene dejó de observar su reflejo.

 

Por primera vez giró lentamente la cabeza para mirar directamente a su hermano.

 

—…¿Estás hablando en serio?

 

Demian sostuvo su mirada.

 

—La vi hacerlo.

 

La habitación volvió a quedar en silencio.

 

Las sirvientas comenzaron a intercambiar miradas nerviosas.

 

Porque si aquello era cierto…

 

Entonces algo muy extraño estaba ocurriendo.

 

Selene permaneció inmóvil durante varios segundos.

 

Luego volvió a mirar su reflejo en el espejo.

 

Pero esta vez su expresión había cambiado ligeramente.

 

—Interesante…

 

Murmuró la palabra casi para sí misma.

 

Y en sus ojos apareció algo nuevo.

 

Curiosidad.

 

Selene permaneció en silencio durante unos instantes más, observando su propio reflejo en el espejo como si intentara encontrar allí una respuesta que no terminaba de aparecer. Finalmente levantó una mano con un gesto elegante y casi imperceptible.

 

—Déjennos.

 

Las sirvientas no tardaron en obedecer. Una tras otra comenzaron a retirarse con pasos silenciosos, inclinando la cabeza antes de salir de la habitación. La puerta se cerró con suavidad tras la última de ellas, dejando el cuarto envuelto en una quietud mucho más pesada que antes.

 

Ahora solo quedaban los dos.

 

Selene se levantó lentamente del asiento frente al espejo, acomodando con cuidado los pliegues de su vestido mientras caminaba unos pasos por la habitación.

 

—Entonces dime algo, Demian —dijo finalmente, sin mirarlo todavía—. ¿De verdad crees que lo que viste fue real?

 

Demian no respondió de inmediato.

 

Selene continuó hablando, como si estuviera organizando sus propios pensamientos.

 

—Porque también existe otra posibilidad. Que esté actuando.

 

Se detuvo frente a una de las ventanas altas del cuarto.

 

—Que haya decidido interpretar el papel de una noble arrepentida solo para humillarnos después… cuando todos hayan bajado la guardia.

 

Demian conocía bien a su hermana. Selene no hablaba desde la emoción, sino desde la cautela.

 

Y, durante muchos años, esa misma sospecha habría sido su propia respuesta.

 

Pero esta vez…

 

—No lo sé —admitió al fin.

 

Selene giró ligeramente la cabeza hacia él.

 

Demian apoyó una mano sobre la mesa cercana, mirando el reflejo apagado de las velas en la superficie pulida.

 

—Pero hay algo más.

 

Selene esperó.

 

Demian guardó silencio unos segundos antes de continuar.

 

—Eliana.

 

El nombre quedó flotando entre ellos.

 

Selene frunció apenas el ceño.

 

—¿Qué pasa con ella?

 

Demian dejó escapar una respiración lenta.

 

—Recuerdas cuando fue asignada a Anna.

 

Selene no necesitaba pensarlo demasiado.

 

—Claro que lo recuerdo.

 

Había sido una decisión tomada años atrás por su padre. Eliana había sido elegida para convertirse en la sirvienta principal de Anna, una posición que, en teoría, debía ser un honor.

 

Pero todos en la casa sabían lo que realmente significaba.

 

Demian continuó hablando, su voz más baja.

 

—También recordarás cómo era al principio.

 

Selene no respondió con palabras.

 

Pero su silencio era suficiente.

 

Eliana había llegado a la mansión siendo una joven vivaz, con una mirada clara y una energía que incluso llamaba la atención entre los sirvientes del castillo.

 

Y poco a poco…

 

esa luz se había apagado.

 

Demian recordó algo con claridad incómoda.

 

—Una vez vino a verme.

 

Selene lo miró con atención ahora.

 

—¿A pedirte algo?

 

Demian asintió lentamente.

 

—Me pidió que no la enviara a la mansión de Anna.

 

Selene permaneció inmóvil.

 

Aquello no lo sabía.

 

Demian apoyó ambas manos sobre la mesa.

 

—Pero no podía hacer nada.

 

Su voz sonaba amarga al recordarlo.

 

—Eliana había sido asignada oficialmente como sirvienta principal de Anna. Solo nuestro padre… o el emperador… podían cambiar esa orden.

 

Selene cruzó los brazos lentamente.

 

—Y padre no iba a intervenir.

 

—No.

 

—Y el emperador tampoco.

 

Demian negó con la cabeza.

 

—Nunca lo habría hecho.

 

El silencio volvió a llenar la habitación.

 

Durante años ambos habían asumido que Eliana había sido simplemente otra víctima más del carácter de Anna.

 

Pero Demian recordó lo que vio en la plaza.

 

Cuando el carruaje llegó.

 

Cuando Anna descendió.

 

Y cuando Eliana apareció a su lado.

 

—Pero hoy… —dijo finalmente.

 

Selene lo observaba con atención.

 

—Hoy parecía otra persona.

 

Selene alzó una ceja.

 

—¿Eliana?

 

—Sí.

 

Demian frunció ligeramente el ceño, como si todavía intentara entenderlo.

 

—La recordaba con esa mirada apagada… como si siempre caminara esperando el próximo golpe.

 

Sus ojos se desviaron hacia la ventana.

 

—Pero hoy… estaba sonriendo.

 

Selene no dijo nada.

 

Demian continuó.

 

—Y no una sonrisa falsa. No la de alguien que intenta sobrevivir a un mal día.

 

Negó lentamente con la cabeza.

 

—Era como si realmente estuviera… bien.

 

El silencio se extendió entre los dos.

 

Selene volvió a mirar su reflejo en el espejo.

 

Esta vez su expresión era más pensativa.

 

—Entonces no solo Anna cambió.

 

Demian no respondió.

 

Porque esa era exactamente la parte que más lo inquietaba.

 

Selene apoyó una mano sobre el respaldo de la silla frente al espejo.

 

—Interesante…

 

Su voz sonó suave.

 

—Muy interesante.

 

Luego levantó la mirada hacia su hermano.

 

Y una pequeña sonrisa apareció en sus labios.

 

—Creo que esta noche… será mucho más entretenida de lo que esperaba.

 

—En la cocina del castillo—

 

Mientras en los salones altos del castillo los nobles comenzaban a acomodarse para la celebración de la noche, en otro lugar mucho más modesto del edificio la noticia corría como fuego entre leña seca.

 

La cocina.

 

Allí era donde las sirvientas del castillo se reunían cuando el trabajo lo permitía, y esa tarde el lugar estaba lleno de voces bajas y manos ocupadas. Algunas amasaban pan, otras lavaban utensilios o revisaban bandejas con dulces que serían llevados al salón principal más tarde.

 

Pero ninguna conversación giraba realmente en torno a la comida.

 

Todas hablaban de lo mismo.

 

—Te digo que la ayudó a levantarse.

 

La voz pertenecía a la joven sirvienta que había estado encargada de la niña en el patio. Tenía las manos todavía húmedas por el trabajo y hablaba con una mezcla de emoción y nerviosismo, como si aún no terminara de creer lo que había visto.

 

Varias mujeres la miraban con incredulidad.

 

—Eso es imposible —respondió una de las cocineras sin levantar la vista de la masa que estaba trabajando—. Esa mujer envió a un niño al bosque por mucho menos.

 

Otra sirvienta asintió.

 

—La Anna que todos conocemos no se arrodilla frente a nadie.

 

—¡Pero lo hizo! —insistió la muchacha, casi ofendida—. Lo vi con mis propios ojos.

 

Las otras intercambiaron miradas escépticas.

 

—¿Y ahora qué sigue? —dijo una de ellas con sarcasmo—. ¿Nos dirás que también la abrazó?

 

Un par de risas recorrieron la cocina.

 

Pero la joven negó con la cabeza con firmeza.

 

—No me importa si no me creen. Yo estaba ahí.

 

El ambiente volvió a llenarse de murmullos.

 

Algunas dudaban.

 

Otras simplemente negaban con la cabeza.

 

Para todos los que trabajaban en ese castillo, Anna d’Valrienne era una historia conocida… y no una agradable.

 

Pero mientras discutían, algo más ocurría en la mesa del fondo.

 

Una pequeña figura estaba de pie sobre un taburete.

 

La niña del patio.

 

Tenía las mangas arremangadas y el rostro concentrado mientras intentaba mezclar ingredientes dentro de un cuenco que parecía demasiado grande para ella. Había harina en sus manos, un poco en sus mejillas… y bastante más en el delantal.

 

Una de las cocineras finalmente la notó.

 

—Oye… pequeña.

 

La niña levantó la cabeza.

 

—¿Sí?

 

La mujer se acercó un poco, cruzándose de brazos mientras la observaba trabajar.

 

—¿Cómo te llamas?

 

La niña parpadeó un instante antes de responder con naturalidad.

 

—Liria.

 

Varias de las sirvientas miraron hacia ella.

 

—¿Y qué estás haciendo ahí, Liria? —preguntó otra, con curiosidad.

 

La pequeña volvió a mirar el cuenco frente a ella con absoluta seriedad.

 

—Estoy practicando.

 

—¿Practicando?

 

Liria asintió con fuerza.

 

—Para hacer un pastel yo sola.

 

Las mujeres intercambiaron miradas divertidas.

 

—¿Y para quién sería ese pastel?

 

La niña levantó la cabeza con una sonrisa tímida.

 

—Para la señorita que huele a rosas.

 

El silencio cayó sobre la cocina.

 

—¿La… qué?

 

Liria señaló con una mano cubierta de harina hacia la ventana, como si eso explicara todo.

 

—La señorita que me ayudó en el patio.

 

Las sirvientas se miraron unas a otras.

 

Algunas sonrieron con incredulidad.

 

Otras simplemente quedaron en silencio.

 

Porque por primera vez en mucho tiempo…

 

alguien en ese castillo no estaba hablando de Anna con miedo.

 

Sino con algo completamente distinto.

Thoughts

  • rgaray4116

    Ta, en la cocina es donde más le va a costar. Demian ya duda, pero la cocinera que amasa sin levantar la vista se acuerda del chico que mandaron al bosque, y esa gente no cambia de idea por una rodilla revisada. En las casas grandes los de adentro son los últimos en creer. ¿Esa cocinera llegó a conocer al chico?

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  • Ovid

    Que Eliana fuera a pedirle a Demian que no la mandara con Anna, y que él no pudiera hacer nada, cambia cómo leo su pregunta en la escalinata. Si Anna cambió de verdad, él tiene que aceptar que Eliana se apagó años mientras él miraba. Yo tampoco querría creerlo tan rápido en su lugar. Gracias por seguir subiendo capítulos!

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  • versoenservilleta

    Qué capítulo tan tierno, con la sospecha de fondo. Me quedo con Liria subida al taburete, con harina, practicando un pastel para alguien a quien reconoce por el olor a rosas. Desde el capítulo anterior, viendo a Anna pagar por lo de antes, me dio ternura y un poco de pena que la única que no carga con eso sea una niña. Con el título de la serie, apuesto a que el velo se lo quita ella antes que Demian o Selene.

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