La música continuaba llenando el gran salón, aunque ya no tenía la ligereza despreocupada del inicio de la celebración. Algo había cambiado desde que Anna cruzó las puertas del palacio. No era un cambio visible a simple vista, ni algo que pudiera señalarse con facilidad, pero sí era palpable, como una corriente fría bajo una superficie tranquila. Las conversaciones seguían, las copas se alzaban, los músicos continuaban tocando con disciplina impecable… y aun así, una parte del salón permanecía inquieta.
Porque Anna estaba allí.
Y todos lo sabían.
La hija caída de los d’Valrienne caminaba ahora por el centro del salón, avanzando lentamente entre las miradas de los nobles. No caminaba con arrogancia, ni con la seguridad provocadora que solía mostrar años atrás. Cada paso era medido, sereno, pero firme. A su alrededor, los invitados se apartaban apenas lo suficiente para dejarle paso. Algunos fingían no verla. Otros murmuraban detrás de sus abanicos o por encima del borde de sus copas de vino.
—Increíble…
—Pensé que jamás volvería a poner un pie aquí.
—¿Cómo se atreve a presentarse en la fiesta de su propia hermana?
Los cuchicheos viajaban por el aire como agujas invisibles.
Anna los escuchaba.
Todos.
Pero no respondió a ninguno. Sus ojos estaban fijos en el estrado al final del salón.
Allí estaba Selene.
La hermana mayor de Anna brillaba bajo la luz de los candelabros. Su vestido azul celeste parecía reflejar el cielo mismo, y las delicadas joyas que llevaba en el cuello y las muñecas brillaban con una elegancia perfectamente estudiada. Era perfecta. Siempre lo había sido. Su postura era impecable, su sonrisa refinada, su presencia naturalmente dominante sin necesidad de imponerse. Si Anna había sido siempre la tormenta de la familia, Selene era el sol.
Cuando Anna se detuvo frente al estrado, el murmullo del salón disminuyó ligeramente. Todos sabían lo que estaba ocurriendo. Las hermanas se veían frente a frente por primera vez desde el destierro.
Selene la observó en silencio.
Sus ojos azules recorrieron a Anna de pies a cabeza con calma, pero en su mirada no había calidez. Solo evaluación. Y cautela.
Durante años, Selene había sido quien debía reparar los daños que Anna dejaba atrás. Cada insulto diplomático, cada humillación pública, cada escándalo que la familia había tenido que sofocar antes de que Demian tomara control de la casa. Selene había estado allí. Callada. Ordenando el caos. Así que verla ahora no era sencillo.
Anna dio un paso más cerca.
Y sin esperar invitación, se inclinó.
El gesto fue limpio, respetuoso y perfectamente ejecutado. Un saludo noble. Uno que jamás había hecho frente a Selene antes.
—Feliz cumpleaños, hermana —dijo Anna con voz tranquila.
El silencio alrededor se volvió aún más denso.
Selene parpadeó.
Solo una vez.
No porque el saludo fuera ofensivo, sino porque era inesperado.
Anna se incorporó lentamente y extendió las manos. Entre ellas sostenía un pequeño ramo. No estaba envuelto en seda ni adornado con cintas lujosas como los regalos que los demás nobles habían traído. Era sencillo. Pero hermoso. Rosas blancas y rojas. Sus pétalos brillaban con un leve resplandor, como si la luz del salón se hubiera quedado atrapada en ellos.
Selene observó las flores con curiosidad.
Anna habló antes de que pudiera preguntar.
—No es un regalo digno de esta celebración —admitió con honestidad—, pero es algo que hice yo misma.
El murmullo de los nobles creció apenas.
Selene tomó el ramo con cuidado. Las flores estaban frescas. Demasiado frescas.
—¿Alquimia? —preguntó ella con calma.
Anna asintió levemente.
—Una fórmula simple. Evita que las flores se marchiten durante mucho tiempo. Pensé que sería apropiado para una ocasión como esta.
Selene sostuvo el ramo en silencio durante unos segundos. A su alrededor, los nobles intercambiaban miradas. Los regalos que habían traído incluían joyas antiguas, artefactos mágicos, telas exóticas traídas de otros reinos. Y sin embargo, el obsequio de Anna era algo hecho por ella misma. Eso era casi más extraño que su presencia en el salón.
Selene levantó la mirada hacia su hermana.
—Nunca antes me habías traído un regalo —dijo finalmente.
No era una acusación.
Era un hecho.
Anna no negó nada.
—Lo sé.
No intentó justificarlo. No intentó explicarlo. Solo lo aceptó.
Selene la observó durante largo rato. El salón entero parecía esperar su reacción. Finalmente, la joven noble bajó la mirada hacia las flores otra vez y, con un gesto lento, las entregó a una de las sirvientas que estaban detrás de ella.
—Colócalas en agua —ordenó con serenidad—. No sería apropiado que un regalo tan… inusual se marchitara en medio de la fiesta.
La sirvienta inclinó la cabeza y se retiró rápidamente con el ramo.
Selene volvió a mirar a Anna. Su expresión seguía siendo difícil de leer, pero algo en su postura había cambiado. No era aceptación. Todavía no. Pero tampoco era rechazo inmediato.
—Gracias por el detalle —dijo finalmente.
Las palabras fueron formales. Corteses. Exactamente lo que se esperaba de una noble. Pero aun así, habían sido dichas. Y en el silencio del salón, incluso esa pequeña concesión parecía algo importante.
Anna inclinó la cabeza una vez más.
Y por primera vez desde que entró al salón, no sintió que el aire a su alrededor fuera completamente hostil.
La música volvió a llenar el salón con más claridad, como si los músicos hubieran decidido rescatar la normalidad antes de que muriera por completo. No había ocurrido ningún incidente, ninguna escena escandalosa, ningún gesto que rompiera del todo el protocolo. Y aun así, algo en el ambiente se sentía ligeramente desplazado, como si el equilibrio de la noche hubiera cambiado apenas unos grados.
Las parejas se movían lentamente sobre el mármol pulido, girando bajo la luz cálida de los candelabros encantados. Las copas de vino circulaban entre los invitados, y las conversaciones retomaban su curso natural. La fiesta seguía adelante. Pero ya no era exactamente la misma.
Anna permanecía cerca de uno de los extremos del salón, junto a un amplio macetero decorado con hortensias blancas que llegaban casi a la altura de su cintura. Desde allí podía observar el movimiento de la celebración sin necesidad de involucrarse en él. Era un lugar discreto, casi invisible. Y sin embargo, nadie dejaba de verla.
Los nobles intentaban fingir normalidad, pero sus miradas regresaban una y otra vez hacia ese rincón del salón. Algunos observaban con curiosidad. Otros con desconfianza. Algunos incluso con un rencor mal disimulado. Pero ninguno se acercaba.
Anna lo notó desde el primer momento. Era como si el espacio a su alrededor estuviera rodeado por un círculo invisible que nadie quería cruzar. No era un rechazo abierto. Era algo más silencioso. Más frío. Un recuerdo colectivo que aún pesaba demasiado.
El único movimiento constante cerca de ella era Eliana.
La joven sirvienta se movía con naturalidad entre las mesas del banquete, recogiendo copas vacías, acomodando platos o intercambiando algunas palabras breves con otras criadas del palacio. Pero cada cierto tiempo regresaba. Siempre con algo entre las manos. Una copa de agua. Un pequeño plato con frutas. Algún dulce del banquete.
—Si sigues sin comer nada, vas a desmayarte antes de que alguien intente insultarte —murmuró en voz baja mientras dejaba un pequeño plato frente a Anna.
Anna suspiró suavemente.
—No tengo hambre.
Eliana cruzó los brazos.
—Eso dicen todos antes de que yo tenga que cargar con ellos.
Anna alzó una ceja.
—No recuerdo haberte pedido que hagas eso.
—No lo hiciste —respondió Eliana con tranquilidad—, pero alguien tiene que hacerlo.
Anna negó ligeramente con la cabeza, aunque una leve sonrisa escapó de sus labios.
Eliana volvió a desaparecer entre los invitados segundos después, retomando su trabajo con la naturalidad de siempre.
Mientras tanto, en el centro de la celebración, Selene seguía recibiendo a los invitados que se acercaban a felicitarla. Uno tras otro. Los nobles avanzaban hacia ella con sonrisas pulidas y reverencias elegantes. Algunos hablaban con sinceridad. Otros ofrecían cumplidos demasiado elaborados como para parecer naturales.
—Un honor celebrar este día con usted, Lady Selene.
—Su presencia ilumina esta casa.
—Su padre estaría orgulloso de verla hoy.
Selene respondía a cada saludo con la misma cortesía impecable. Una sonrisa educada. Un comentario breve. Una inclinación de cabeza perfectamente calculada. Era una danza social que conocía desde niña. Y la ejecutaba sin esfuerzo.
Pero cuando el último de los nobles se retiró finalmente, el espacio frente a ella quedó vacío. Por primera vez en varios minutos.
Selene dejó escapar una pequeña respiración.
—Los elogios se vuelven menos creativos con los años —comentó en voz baja.
Demian, que había permanecido a su lado durante toda la recepción, dejó escapar una leve risa.
—Aun así, siguen intentándolo.
Selene tomó una copa de vino de una bandeja cercana.
—Porque esperan algo a cambio.
—Siempre.
Durante un momento ambos permanecieron en silencio, observando el salón. Luego Demian habló.
—¿Y bien?
Selene giró ligeramente la cabeza.
—¿Y bien qué?
Demian no apartó la mirada del salón.
—Tus impresiones.
No hizo falta aclarar de quién hablaba.
Selene sabía exactamente a quién se refería.
Sus ojos se desviaron lentamente hacia el extremo del salón, hacia el rincón donde Anna permanecía junto al macetero. Desde la distancia, parecía casi una figura aparte de la celebración. Tranquila. Callada. Aislada.
Selene observó durante varios segundos antes de responder.
—No es la misma.
Demian no dijo nada.
Selene tomó un pequeño sorbo de vino antes de continuar.
—Pero tampoco sé qué es ahora.
Sus dedos giraron lentamente la copa.
—No habla como antes. No se mueve como antes. Ni siquiera mira a las personas de la misma forma.
Demian asintió apenas.
—Lo noté.
Selene entrecerró ligeramente los ojos mientras observaba a Anna.
—Pero eso no significa que haya cambiado.
Demian finalmente giró la cabeza hacia ella.
—¿No lo crees?
Selene permaneció pensativa unos segundos.
—Creo que… todavía no lo sé.
La música continuaba llenando el salón. Pero en ese momento, mientras ambos hermanos observaban a la figura silenciosa de Anna al otro lado del salón, los dos comprendían lo mismo.
Algo había cambiado.
La única pregunta era cuánto.
La respuesta no tardó en ponerse a prueba.
En uno de los extremos del salón, una figura se separó lentamente de un pequeño grupo de invitados. El joven noble caminaba con paso relajado, una copa de vino entre los dedos y una sonrisa cuidadosamente calculada. Su cabello oscuro estaba peinado con precisión, y la capa dorada que caía sobre sus hombros brillaba bajo la luz de las velas.
Lord Mirthan.
Hijo menor del Conde Ravel.
Un hombre conocido por dos cosas: su vanidad… y su incapacidad para aceptar un rechazo.
Se detuvo a pocos pasos de Anna, observándola como si estuviera examinando una obra de arte deteriorada.
—Vaya, vaya…
Su voz tenía un tono ligero, casi divertido.
—Lady Anna d’Valrienne.
Anna levantó la mirada hacia él.
Lo reconoció de inmediato. No porque hubiera sido alguien importante en su vida, sino porque recordaba perfectamente el escándalo. Años atrás, en una fiesta similar a esta, Mirthan se había arrodillado frente a ella en medio del salón para declararle su amor eterno. Lo que había recibido a cambio había sido una humillación pública tan brutal que durante meses fue el tema favorito de conversación en toda la nobleza. Anna había reído. Había cuestionado su linaje. Su apariencia. Incluso su capacidad para gobernar una casa noble. Todo frente a decenas de invitados.
El orgullo de Mirthan nunca se había recuperado completamente.
Y ahora, finalmente, tenía una oportunidad para devolver el golpe.
—Debo admitir —continuó él con una sonrisa suave— que no esperaba verte aquí esta noche.
Anna lo observó en silencio.
—Lord Mirthan.
Su voz fue perfectamente formal. Una cortesía fría. Nada más.
El joven noble alzó una ceja.
—¿Solo eso?
Tomó un pequeño sorbo de vino antes de continuar.
—Después de todo lo que compartimos en el pasado, esperaba algo más… personal.
Anna no reaccionó.
—Fue hace muchos años.
Mirthan soltó una pequeña risa.
—Oh, yo lo recuerdo perfectamente.
Su mirada se volvió ligeramente más afilada.
—Fue la noche en que decidiste que yo no era digno ni siquiera de limpiar el polvo de tus botas.
Algunos nobles cercanos comenzaron a escuchar con mayor atención. Las conversaciones alrededor disminuyeron apenas. El espectáculo comenzaba.
Anna mantuvo la misma postura tranquila.
—Recuerdo la noche —respondió.
No añadió nada más.
Eso pareció irritar ligeramente a Mirthan.
—Debo admitir que tu… transformación es impresionante.
Sus ojos recorrieron el vestido sobrio de Anna.
—Sin joyas. Sin arrogancia. Sin insultos.
Volvió a sonreír.
—Casi parece que te hubieras convertido en una persona diferente.
Anna sostuvo su mirada con calma.
—Las personas cambian.
Mirthan inclinó ligeramente la cabeza.
—Oh, estoy seguro de que eso es lo que deseas que creamos.
Algunos invitados rieron suavemente.
—Pero dime algo, Lady Anna… ¿Qué se siente al volver a este salón sabiendo que nadie aquí desea realmente tu presencia?
Anna no respondió de inmediato. Sus ojos descendieron un instante hacia la copa de vino que el hombre sostenía. Luego volvió a mirarlo.
—Supongo que lo mismo que debiste sentir aquella noche —dijo con serenidad— cuando todo el salón se rió de ti.
La sonrisa de Mirthan se congeló durante un segundo.
No había sido un insulto.
No exactamente.
Pero la precisión de la respuesta había sido suficiente para devolver el recuerdo a todos los presentes.
El joven noble recuperó rápidamente la compostura.
—Debo admitir que sigues teniendo talento para herir con elegancia.
Su voz volvió a adquirir un tono ligero.
—Pero esta noche es diferente.
Se inclinó apenas hacia ella.
—Porque ahora eres tú la que está sola.
Anna no apartó la mirada.
—Nunca he tenido problema con la soledad.
Fue entonces cuando ocurrió.
Una copa se volcó.
El vino rojo cayó directamente sobre la capa dorada de Mirthan. La mancha se extendió rápidamente por la tela.
—¡Oh!
Una joven criada se agachó de inmediato.
—¡Mis disculpas, mi lord!
Era Eliana.
El pañuelo en sus manos comenzó a secar la mancha con movimientos rápidos.
Mirthan retrocedió un paso, claramente irritado.
—¿Qué estás haciendo?
—Lo siento muchísimo —dijo Eliana con tono humilde—. No vi bien al pasar.
El vino seguía extendiéndose por la tela. La capa dorada ahora tenía una enorme mancha carmesí.
Algunos nobles comenzaron a reír suavemente. El color del vino recordaba demasiado al resultado de un duelo perdido.
Mirthan observó su prenda con visible molestia.
—Increíble…
Sacudió ligeramente la capa antes de apartarse.
—Parece que incluso los sirvientes tienen problemas para mantenerse firmes esta noche.
No volvió a mirar a Anna. Giró sobre sus talones y se alejó entre los invitados, intentando recuperar algo de dignidad.
Cuando finalmente desapareció entre la multitud, Eliana se incorporó lentamente. Por un segundo levantó la mirada hacia Anna.
Y le guiñó un ojo.
Anna no pudo evitarlo. Una pequeña sonrisa apareció en su rostro. Breve. Discreta. Pero completamente real.
Desde lo alto del salón, Demian y Selene observaban la escena.
Y por primera vez en toda la noche, los dos comprendieron algo que ninguno esperaba.
Anna ya no estaba sola.
Durante unos instantes pareció que el incidente había terminado. Las conversaciones regresaron lentamente, como agua que vuelve a fluir después de haber sido perturbada. Los nobles retomaron sus posiciones alrededor del salón, algunos fingiendo interés en los músicos, otros acercándose nuevamente al estrado donde Selene continuaba recibiendo felicitaciones.
El equilibrio de la fiesta intentaba recomponerse.
Anna permanecía en el mismo lugar.
Eliana se había retirado nuevamente hacia la servidumbre, moviéndose entre las mesas como si nada hubiera ocurrido.
Pero el ambiente seguía cargado.
No era hostilidad abierta.
Era algo más sutil.
Algo que flotaba en el aire como una tormenta lejana.
Entonces ocurrió.
Primero fue el ruido.
Un alboroto distante que se filtró desde los pasillos exteriores del castillo.
Al principio nadie le prestó atención. Era normal que los sirvientes se movieran con rapidez durante una celebración de ese tamaño.
Pero el sonido creció.
Voces alteradas.
Pasos pesados.
Y luego, sin aviso, un golpe brutal contra las grandes puertas del salón.
Las hojas de madera se abrieron de golpe.
El sonido resonó en toda la sala.
La música se detuvo de inmediato.
Decenas de rostros se giraron hacia la entrada.
Y entonces el grito atravesó el salón como una lanza.
—¡ANNA D’VALRIENNE!
La voz estaba cargada de furia.
No era un reclamo.
Era un rugido.
Los nobles más cercanos a la entrada retrocedieron instintivamente mientras una figura cruzaba el umbral con pasos pesados.
El hombre que acababa de entrar parecía una tormenta caminando entre la multitud.
Era enorme.
Su estatura superaba fácilmente los dos metros, y la armadura de hierro que llevaba sobre los hombros parecía hecha para un guerrero que había pasado su vida en el campo de batalla. La capa que caía detrás de él estaba desgastada, y las marcas de combate aún eran visibles en varias piezas del metal.
En su mano derecha empuñaba una lanza larga.
No ceremonial.
No decorativa.
Era un arma de guerra.
Los murmullos se extendieron rápidamente entre los invitados.
—¿Es…?
—No puede ser.
—Ese es…
—Garoum…
El nombre corrió entre los nobles como un susurro incómodo.
Garoum.
El caballero que una vez había sido celebrado como uno de los guerreros más leales de la ciudad. El hombre que había comandado un batallón completo durante años. El mismo batallón que nunca regresó.
Todos conocían la historia.
La misión absurda.
Las órdenes precipitadas.
Las decisiones tomadas por una joven noble que gobernaba sin escuchar a nadie.
Un batallón entero perdido en las montañas.
Y un solo sobreviviente.
Garoum.
El hombre avanzó varios pasos dentro del salón. Sus ojos ardían con una furia que no había desaparecido con los años.
—¡ANNA!
Su voz volvió a resonar contra las paredes del salón.
Ahora nadie hablaba.
Los nobles se apartaban lentamente de su camino, creando un espacio amplio entre él y el centro del salón.
Porque todos sabían hacia dónde se dirigía.
Hacia ella.
Anna no se movió.
Cuando Garoum la vio al otro lado del salón, su mandíbula se tensó con tanta fuerza que el músculo de su rostro se marcó bajo la piel.
Los invitados terminaron de apartarse.
En cuestión de segundos se había formado un camino limpio entre ambos.
Como si el salón entero se hubiera convertido en un campo de duelo improvisado.
Garoum avanzó por ese espacio sin apartar la mirada de ella. Cada paso resonaba pesado sobre el mármol.
Hasta que finalmente se detuvo a unos pocos metros de distancia.
Durante un momento nadie habló.
El caballero observó el vestido sencillo de Anna. Su postura tranquila. Su mirada serena.
Y algo en su expresión se volvió aún más oscuro.
—Así que… —dijo con una voz cargada de desprecio— finalmente decidiste regresar.
Anna lo miró con calma.
No había sorpresa en su rostro.
—Garoum.
El hombre soltó una risa breve y amarga.
—Qué curioso…
Apretó con más fuerza la lanza en su mano.
—Después de todo lo que hiciste… aún recuerdas mi nombre.
Anna no respondió de inmediato.
—Nunca lo olvidé.
El silencio que siguió fue pesado.
Garoum dio otro paso hacia adelante.
—¿Sabes cuántos hombres murieron por tus órdenes?
Su voz temblaba ahora.
No de miedo.
De rabia contenida.
—¿Sabes cuántos cuerpos tuve que enterrar con mis propias manos?
Los nobles observaban en silencio absoluto.
Anna no apartó la mirada.
—Lo sé.
La respuesta fue simple.
Sin excusas.
Sin justificaciones.
Eso pareció enfurecer aún más al caballero.
—¡No! —rugió—. ¡No lo sabes!
Su mano se cerró alrededor de la lanza con tanta fuerza que el metal crujió ligeramente bajo sus dedos.
—Porque si lo supieras…
Sus ojos brillaban con algo más que ira.
Dolor.
—¡No estarías caminando por este salón como si nada hubiera pasado!
Anna respiró lentamente.
—No vine aquí para fingir que nada pasó.
Garoum dio un paso más.
—¿Entonces para qué viniste?
La música seguía en silencio.
El salón entero contenía el aliento.
Anna lo miró directamente.
—Para enfrentar lo que dejé atrás.
Garoum permaneció inmóvil un segundo.
Luego algo en su expresión se quebró.
La furia finalmente superó al control.
Con un movimiento brusco levantó la lanza.
El metal brilló bajo la luz de las velas.
—¡Entonces enfréntalo!
Por un instante, todo el salón pareció detenerse.
Desde el estrado, Selene fue la primera en reaccionar.
—¡Detente!
Su voz atravesó el salón como un látigo.
Pero ya era tarde.
Demian dio un paso al frente al mismo tiempo.
—¡Garoum!
Los guardias del castillo comenzaron a moverse, pero el caos que se había generado en el salón lo hacía imposible. Los nobles retrocedían, algunos tropezaban, otros simplemente se quedaban inmóviles observando la escena con una mezcla de miedo… y una curiosidad malsana.
Porque aunque nadie lo diría en voz alta, muchos querían verlo. Querían ver cómo terminaba. Querían ver si el monstruo de la familia d’Valrienne finalmente recibía su castigo.
Eliana también intentó avanzar.
—¡Anna!
Pero la multitud se cerraba como una pared humana. Los vestidos, las capas y los cuerpos bloqueaban su paso mientras la tensión se convertía en un silencio insoportable.
Al centro del salón solo quedaban dos personas.
Garoum.
Y Anna.
El caballero respiraba con fuerza, los músculos de sus brazos tensos mientras empuñaba la lanza.
—¡Muéstrame quién eres realmente! —rugió.
Y entonces se lanzó.
El impulso fue brutal.
Sus botas golpearon el mármol mientras su enorme cuerpo se movía con la fuerza de un guerrero acostumbrado a atravesar líneas enemigas. La lanza descendió con precisión mortal.
La multitud contuvo el aliento.
Todos esperaban lo mismo.
Que Anna se apartara.
Que gritara.
Que corriera.
Que revelara finalmente que todo aquello era una actuación.
Porque para Garoum, Anna siempre había sido una cobarde que gobernaba desde lejos mientras otros morían por sus decisiones.
Pero eso no ocurrió.
Anna no se movió.
Sus pies permanecieron firmes sobre el mármol.
Sus manos se levantaron lentamente, extendiéndose hacia ambos lados.
Como si estuviera aceptando el golpe.
Como si estuviera abriendo los brazos al destino.
Garoum lo vio.
Y durante una fracción de segundo, entendió.
Ella no iba a apartarse.
La lanza ya estaba demasiado cerca.
Con un rugido desesperado, Garoum cambió la trayectoria del arma en el último instante. Toda la fuerza de sus brazos intentó desviar la punta mortal. Los músculos de su cuerpo se tensaron con violencia.
Pero el impulso ya era demasiado grande.
El metal rasgó el aire.
Y la punta de la lanza atravesó la tela del vestido de Anna.
Un sonido húmedo resonó cuando el acero abrió carne en su costado.
La sangre apareció al instante. Oscura. Brillante.
Y cayó lentamente sobre el mármol blanco del salón.
Un grito ahogado recorrió la multitud.
Garoum se detuvo en seco.
Sus ojos se abrieron con incredulidad mientras retiraba la lanza.
—¿Por qué…?
Anna había retrocedido apenas un paso por el impacto. Su mano se llevó instintivamente al costado herido. La sangre comenzaba a empapar el vestido oscuro.
Pero su rostro seguía tranquilo.
Garoum la miraba como si estuviera viendo a un fantasma.
—¿Por qué no te apartaste?
Su voz ya no tenía furia.
Solo confusión.
Anna respiró lentamente.
El dolor comenzaba a extenderse por su cuerpo, pero su mirada permanecía fija en él.
—Porque tú no eres como yo.
Garoum tembló.
—¡Mentira!
Anna negó suavemente con la cabeza.
—No viniste a matar. Viniste a ser escuchado.
La sangre seguía cayendo.
—Y si yo me hubiera apartado… jamás habrías tenido la oportunidad de decir lo que llevas años cargando.
Garoum sintió cómo algo en su pecho se quebraba.
La lanza cayó de sus manos.
El metal golpeó el suelo con un sonido seco.
—No eres… ella…
Sus rodillas cedieron.
El enorme caballero cayó de rodillas frente a Anna.
—Esa mujer… jamás habría permitido que alguien la tocara.
Anna bajó la mirada hacia él. Su mano seguía presionando la herida.
—Puede que tengas razón.
El silencio del salón era absoluto.
—Pero yo sigo siendo la persona que tomó esas decisiones.
Garoum levantó la mirada.
—Entonces… ¿quién eres?
Anna dejó escapar una respiración cansada.
—Alguien que va a cargar con cada mirada de odio que haya en este salón.
Su voz apenas era un susurro.
—Una por una.
En ese momento la multitud se abrió.
Eliana finalmente logró atravesarla.
Corrió hacia Anna sin preocuparse por las miradas ni por el protocolo.
—¡Anna!
Se arrodilló frente a ella inmediatamente, sus manos buscando la herida con desesperación.
—¡Estás sangrando demasiado!
Anna intentó sonreír.
—He tenido días peores.
—¡No bromees ahora!
Eliana presionó la herida con un pañuelo mientras sacaba rápidamente un pequeño frasco de ungüento de su bolso.
Alrededor de ellas, los nobles observaban la escena con incredulidad.
Una sirvienta atendiendo a una noble frente a todo el salón.
Sin miedo.
Sin permiso.
Desde lo alto del estrado, Selene observaba en silencio.
Demian tampoco apartaba la mirada.
Y ambos comprendieron al mismo tiempo algo que jamás habían imaginado.
La mujer que estaba frente a ellos no era la Anna que habían desterrado.
Y lo más inquietante de todo era que nadie en el salón sabía todavía qué hacer con esa nueva versión de ella.
La música no volvió.
La fiesta había terminado.
Aunque nadie lo hubiera anunciado.