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LA ÚLTIMA ESTRELLA DEL MUNDO

Emiliano_Es_TK
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Me quedo viendo mi reloj, contando los minutos hasta que comience mi show favorito en la televisión; subo el volumen y apenas puedo escuchar los diálogos de los personajes. No es un gran show, pero…

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Me quedo viendo mi reloj, contando los minutos hasta que comience mi show favorito en la televisión; subo el volumen y apenas puedo escuchar los diálogos de los personajes. No es un gran show, pero no hay nada más interesante que ver en la televisión. Tampoco tengo algo más interesante que hacer. Mi casa es pequeña, de un piso. Vivo en un vecindario de clase media baja, donde crecí jugando por las calles, viendo la vida y el tiempo pasar. Y sigo aquí, sigo durmiendo en el mismo cuarto en donde cuando era niño soñaba en grande, el mismo cuarto en donde ya adulto, despertaba estresado por ir al trabajo. Heredé la casa de mi padre cuando falleció. Es acogedora y es donde pasé toda mi vida, o quizás donde toda la vida me pasó a mí. Quisiera poder decir que viví mi vida al máximo, que disfruté cada momento y que pude valorar a todas las personas que estuvieron presentes. Pero no puedo engañarme. Ojalá pudiera haber valorado más mi vida, ojalá pudiera haber hecho lo que quería, cuando pude… 

Intento calmar mi enorme decepción con mi ahora, minimizando esos dolores de espalda al levantarme de la cama, recordando la artritis cuando intento escribir en el papel, o viendo mi soledad cuando desayuno en la barra vieja de la cocina. Sigo pensando que quizás no hice las cosas de la manera en que quise, tal vez solamente lo hice porque “así debía hacerlo”. El trabajo y el estrés no me dejaron tiempo suficiente para cuestionar lo que estaba haciendo y por qué lo estaba haciendo. A esta edad, uno podría considerar que la vida te ha otorgado suficiente sabiduría como para prepararte para el final, pero yo viví la vida viéndola pasar por mi ventana, en ese árbol viejo que cortaron, la banqueta que repintaron decenas de veces, con vecinos yendo y viniendo constantemente. Creí que había valorado lo suficiente las cosas, sobre todo esos momentos que parecían insignificantes; darle de comer a las palomas, saludar a desconocidos en la calle, o mostrarle una sonrisa a la chica amargada en el mostrador. Trataba de valorarlo porque dicen que la vida está hecha de momentos, y que eso es todo lo que queda al final. Momentos como este en el que estás escuchándome. Quiero poder decir que disfruté mi vida, pero no estoy seguro de que lo haya hecho, y ahora, ¿cuánto tiempo me queda para aprender a disfrutarla? Si me levanto y mis piernas tiemblan… faltará poco para que cedan, supongo… Trato de no imaginar eso y de pensar en positivo. Dicen que hay que mantener a los ancianos entretenidos para que no se vuelvan locos. Al menos, el show de la televisión hace más ameno mi tiempo y me entretiene lo suficiente para mantenerme cuerdo. Quizás la sabiduría no fue algo que la vida me dejó, pero lo que más le agradezco es que me dejó mi estudio.

Hace casi 50 años, adapté el viejo cuarto de mi papá para crearme mi estudio, un lugar donde podía hacer todo lo que quisiera, el lugar donde, cuando llegaba de trabajar, podía relajarme e imaginar una vida un poco más cómoda. Ahí, con el tiempo, fui descubriendo mis pasiones: comencé a escribir, a leer, a dibujar. Experimenté todas las artes que me gustaban, aunque nunca pude dedicarle lo suficiente a ninguna para destacar, porque siempre alguien decía: “del arte no se come” y yo lo que más tenía era hambre… 

Nunca sufrí por dinero. No fui el tipo de persona que gastaba su salario y llegaba a fin de mes arrastrando los gastos. Siempre pude vivir relativamente bien. No podía viajar cada año, pero varias veces comía en restaurantes que me gustaban, me compraba algunos zapatos o donaba una cantidad a la caridad para sentirme mejor persona. Guardé lo suficiente para no depender solo de mi pensión y poder quizás empezar a hacer todo lo que no hice en su momento. Quisiera poder usar ese piano que compré, pero mis manos no son capaces de tocar varias notas seguidas. Es curioso que las manos que alguna vez sirvieron para el mundo, ahora no sirvan para ti mismo. Pero no todo es malo, al menos quiero creer que no todo lo es. No cumplí  mis sueños, no cumplí las metas que me propuse, ni siquiera recuerdo bien si las tenía, porque “debía hacer lo que había que hacer”. Todo lo que me quedó fue mi estudio, y algunas fotos en mi refrigerador para no olvidarme por completo de mi vida o de quién soy. Puedo ver esas fotos y recordar ese viaje a Hallstatt, una de las pocas experiencias en las que recuerdo haber vivido el momento.

 ¡Una de mis grandes aventuras! En ese pequeño pueblo con tanta historia detrás, ese que algunas veces siento tan viejo como yo, pero pequeño como el tiempo que me queda para contar mis historias…

Emiliano Acosta Fernández


(Este busca ser el primer capítulo de una obra más extensa; me gustaría saber su opinión y si consideran que es una buena historia para seguir trabajando en ella, ¡gracias!) ;)

Thoughts

  • mvillar74

    Lo del piano, uf.

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  • cuentistadebar

    Esto se cuenta solo, miarma. Un señor que sube el volumen de la tele y aun así no oye a los personajes, y con eso ya sabes cuántos años tiene y cuánto lleva solo en esa casa. Yo lo oiría entero en una barra.

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  • Ovid

    Las fotos del refrigerador, puestas ahí para no olvidarse de quién es, me hacen pensar en todo lo que guarda una casa vieja sin que nadie lo decida. Da la impresión de que la obra va a ir abriendo esas fotos una por una, empezando por Hallstatt, y si es así yo leería el capítulo de cada foto. Gracias por subirlo, Emiliano!

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  • LauraLetras

    Como preguntas si vale la pena seguir, te cuento lo que me pasó leyéndolo. Me quedé con el piano que compró y ya no puede tocar, y con las fotos del refri para no olvidarse de quién es: ahí el señor dejó de ser un señor triste en general y se volvió alguien. Donde me perdí un poco fue en la parte del dinero y los zapatos, sentí que me explicaba cosas que ya había entendido. Y lo de Hallstatt al final me abrió una puerta: si la obra sigue por ahí, por los pocos momentos que sí vivió, yo la sigo.

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