Hay nudos por todo mi cuerpo, me atan con una soga a los barrotes de acero.
Mi cuerpo se limita, mientras me desangro al moverme, mientras veo sus caras, impotente.
Me convertí en un arquitecto, el gran autor de mi propia obra imperfecta.
Diseñada por el doloroso material que es mi cuerpo, o tan solo mi mente.
Admiran una obra con sus ojos sobre ella, pero sin la sonrisa de un nuevo hogar o monumento, la admiran con decepción, tristeza y profundidad.
Una obra mal lograda con cálculos mal hechos.
No quiero creer que soy esa obra, donde se paran a juzgar y a criticar los detalles.
Quisiera creer que nada de eso existe, pero estos clavos me duelen.
Me duele moverme, tratando de escapar de aquello que yo mismo creé.
Gotas de sangre se resbalan por la base, cayendo en el charco de agua, manchando su pureza.
Y esta no titubea, no cambia, sigue fluyendo.
¿Qué son unas gotas de sangre para la vida misma?
Mientras la mía se agota.
¿Qué tan alto podré levantar la mano antes de que se acabe?
Puedo pedir ayuda.
¿Gritaré tan fuerte hasta que me escuchen o hasta que mi garganta se desgarre?
Me convertí en el prisionero de mi propia obra.
Yo mezclé el cemento, yo puse los ladrillos.
Unos cimientos tan firmes como montaña, pero columnas tambaleantes que arrastra el viento.
Esta obra no es un fracaso, no es un castigo, es el resultado de mí mismo.
No sería tan malo si sus caras no estuvieran viéndome.
Haciéndome bajar la cabeza, enrojecer mis ojos y que las lágrimas goteen al charco.
Mi obra solo forma parte de una construcción masiva.
Es insignificante.
Todas las cosas que cambiaría para que cerraran mis heridas, que deje de doler cada mirada o movimiento.
Que pueda librarme de esto antes de desangrarme para darle un abrazo a mi amada, una caricia en su suave rostro.
Que se me permita, casi por orden divina, retomar la compostura.
Pero la vista se nubla; es por su brillo.
No me deja pensar con claridad, su calma me hace soportar el dolor, la tortura en mis últimos días.
Dando los últimos suspiros de esperanza, hasta que mis ojos se cubran de sangre o hasta que deje de sentir.
Emiliano Acosta Fernández.