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La lucha en San Genaro del bien contra el mal.

RaMarSa
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En la caverna subterránea, el mal buscaba apoderarse nuevamente de Rodrigo.

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Ovid

Las doce velas negras apagandose todas juntas con ese chasquido, y el grito retumbando en las paredes de lodo. Me gusto mucho que Malevo llegara antes que el cura, el perro entendiendo la cosa primero que nadie. Gracias por traerlo aca! ¿Tienes mas capitu

Las doce velas negras apagandose todas juntas con ese chasquido, y el grito retumbando en las paredes de lodo. Me gusto mucho que Malevo llegara antes que el cura, el perro entendiendo la cosa primero que nadie. Gracias por traerlo aca! ¿Tienes mas capitulos de San Genaro por aca?

Contenido de la publicación

En la caverna subterránea, el mal buscaba apoderarse nuevamente de Rodrigo.

Una esquina de la foto del muchacho permanecía sujetada debajo del tétrico portavelas de calavera; sobre el papel, una figura ritual descansaba mientras ambos eran bañados por la cera negra que goteaba sin cesar de los doce velones encendidos.

En la finca, las siete velas blancas del altar de San Miguel Arcángel reaccionaron al instante.

Sus llamas se agitaban con furia como si combatieran contra un viento invisible.

—Grrr... —comenzó a gruñir entre dientes Malevo, erizado desde el lomo hasta la cola.

Mientras tanto, en la casa de Analía, los tres cenaban en silencio.

De repente, la mirada de Rodrigo cambió por completo: sus pupilas parecieron dilatarse hasta perder la cordura.

En la caverna, las velas negras avivaron su fuego al máximo; en la finca, las luces blancas de San Miguel peleaban con fuerza para contrarrestar el embate demoníaco.

Rodrigo comenzó a perder toda humanidad en sus facciones.

Su piel se tornó de un pálido cadavérico y, desde la punta de sus dedos, gruesas venas negras subieron como ramificaciones podridas pintándole los brazos en dirección al torso.

Analía y Esperanza saltaron de las sillas del susto, llevándose las manos a la boca y lanzando gritos desgarradores.

En la finca, el dogo comenzó a ladrar con desesperación y a rasgar la madera de la puerta con las garras.

Antonio le abrió el paso y el animal salió disparado a la noche.

—¡Malevo, vení acá! —gritó el sacerdote, pero esta vez el perro no obedeció.

El animal saltó el portón de la propiedad, cayó torpemente al suelo sobre el barro y patinó un par de metros.

Logró recuperar la compostura al instante y arremetió a toda velocidad hacia el centro del pueblo, cortando camino furioso a través de la maleza.

Antonio volvió adentro corriendo.

Al ver el estado del altar y la violencia con la que oscilaban las velas, comprendió todo.

Tomó del altar la gran cruz de oro de cuarenta centímetros y corrió hacia el coche para salir tras los pasos del dogo.

La casa de Analía se había convertido en un infierno.

La actividad poltergeist se apoderó de cada rincón.

Los muebles se sacudían, los platos volaban contra las paredes y los marcos se estrellaban contra el piso.

Aterrorizadas, las dos mujeres salieron corriendo a la calle pidiendo auxilio a los gritos.

Los vecinos comenzaron a salir a las veredas, paralizados por el asombro y el horror de lo que presenciaban.

Malevo fue el primero en llegar.

Frenó a unos metros y comenzó a ladrar con furia contra Rodrigo, quien yacía adentro de la vivienda completamente poseído:

Sus ojos brillaban con un rojo carmesí y los hematomas de los ataques anteriores habían reaparecido en su rostro.

A los pocos minutos, el auto de Antonio frenó de golpe en la calle.

El sacerdote bajó del vehículo con la cruz en alto, abriéndose paso entre los vecinos atónitos.

Levantó la reliquia con mano firme, avanzó decidido y cruzó el umbral de la casa.

—¡En el nombre de Jesús y con la autoridad que me concede la Santa Iglesia, te ordeno que abandones este cuerpo ahora mismo! —sentenció Antonio con voz de trueno.

Rodrigo comenzó a emitir un alarido gutural, similar al rugido de una bestia herida, mientras sus huesos crujían y su cuerpo se contorsionaba violentamente en el suelo.

Antonio no dio un solo paso atrás y continuó invocando la protección divina, exigiendo la expulsión del demonio con fe inquebrantable.

El muchacho sufrió una última serie de espasmos brutales hasta que, finalmente, quedó inmóvil y desvanecido sobre las baldosas.

En el subsuelo de la caverna, las doce velas negras se apagaron en simultáneo con un chasquido violento, sumiendo la cueva en una penumbra total. Un grito desgarrador y atronador retumbó en las paredes de lodo.

En la finca, las siete velas blancas recuperaron de inmediato su llama serena y constante.

Antonio se arrodilló, tomó a Rodrigo entre sus brazos y lo sacó en andas fuera de la casa.

Se acercó a la madre del chico, que lloraba desconsolada junto a su cuñada, y les dijo con firmeza:

—Vengan conmigo. Acá ya no están seguras

Thoughts

  • NicolasBravo

    Me metí acá sin haber leído lo de antes, culpa mía nomás. Igual les digo que el mal no se fue: se apagaron doce velas pero la caverna sigue ahí y alguien la va a prender de nuevo.

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  • Ovid

    Las doce velas negras apagandose todas juntas con ese chasquido, y el grito retumbando en las paredes de lodo. Me gusto mucho que Malevo llegara antes que el cura, el perro entendiendo la cosa primero que nadie. Gracias por traerlo aca! ¿Tienes mas capitulos de San Genaro por aca?

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  • Marisolita

    Malevo saliendo disparado a la noche me recordó a la perra de una clienta mía, que ladraba antes de que alguien tocara el portón.

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