El tren que solo pasa en fechas señaladas y con permiso me hizo pensar en como se controlaba el movimiento de la gente en otros tiempos: no hacia falta ningun muro, bastaba con decidir quien sube. Los Carmesi mandan lo justo para que nadie se levante.
La llama que aún no arde
El amanecer en la aldea no llegaba con sol, sino con un resplandor pálido y gris que apenas lograba traspasar la bruma cargada de partículas. Lux abrió los ojos antes de que el resto del mundo…
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El tren que solo pasa en fechas señaladas y con permiso me hizo pensar en como se controlaba el movimiento de la gente en otros tiempos: no hacia falta ningun muro, bastaba con decidir quien sube. Los Carmesi mandan lo justo para que nadie se levante.
Contenido de la publicación
El amanecer en la aldea no llegaba con sol, sino con un resplandor pálido y gris que apenas lograba traspasar la bruma cargada de partículas. Lux abrió los ojos antes de que el resto del mundo despertara. El frío se colaba entre las rendijas de la madera, pero ella no se quejó. Hacía frío cada mañana. Hacía escasez siempre. Y sin embargo, hoy era diferente: hoy cumplía veinte años, la edad exacta en que los jóvenes podían presentarse a las pruebas para entrar a los Carmesí.
Se levantó despacio para no hacer ruido. En otra parte de la habitación, su hermana Alice dormía abrazada a una manta llena de remiendos sobre un colchón desgastado, con el rostro relajado, ajena por unas horas a todo lo que les faltaba. Más allá, cerca de la única ventana, estaba la cama de su madre.
Rebeca respiraba con dificultad. Cada inhalación era un esfuerzo visible, como si su propio cuerpo pesara demasiado para sostenerlo. La enfermedad la consumía poco a poco: dolores en los huesos que no la dejaban caminar bien, fatiga que la obligaba a detenerse a mitad de cualquier paso, y una tristeza profunda que la radiación parecía haberle clavado en el pecho. Había criado a sus dos hijas con las manos vacías pero con el corazón firme, trabajando de sol a sol, cargando cubetas, tejiendo, cambiando lo poco que tenían por un puñado de grano o un trozo de carne que nadie sabía de dónde venía. Ahora su cuerpo ya no respondía. Y Lux lo veía cada día.
Se arregló con lo que tenía, sin espejo, solo con la certeza de que debía presentarse digna. Se puso su playera sin mangas negra, ajustada pero cómoda, y unos pantalones sueltos también negros que le daban libertad de movimiento. Calzó sus botas negras, resistentes, gastadas por el uso pero firmes. Se recogió el cabello en una coleta alta, donde su pelo rojo natural brillaba con destellos cobrizos bajo la luz tenue de la habitación -un color que siempre llamaba la atención, como si llevara un pedacito de fuego en la cabeza sin saberlo.
Era de estatura baja,un metro sesenta,era delgada y con la piel apiñonada que se le calentaba rápidamente con el esfuerzo. Sus ojos eran azules, claros y serenos, como un cielo que rara vez se veía en aquel mundo gris. Tenía pestañas chinas que le daban una mirada suave, cejas pobladas que enmarcaban con fuerza su rostro, y labios levemente gruesos de un tono rosa pálido, que apretaba con determinación cuando estaba nerviosa.
-¿Ya estás despierta, hija? -la voz de Rebeca era débil, casi un susurro.
Lux se acercó y le tomó la mano. Estaba fría.
-Sí, mamá. No te levantes, descansa.
-Es hoy... -murmuró la mujer, con una sonrisa que le costó dibujar-. El día de las pruebas. Cumpliste veinte.
-Sí. Y voy a entrar.
No lo dijo con arrogancia. Lo dijo con la certeza de quien ha repetido el mismo movimiento mil veces. Lux no tenía dones. No podía mover el agua, ni llamar al viento, ni hacer temblar la tierra como algunos de los jóvenes de la aldea. No tenía nada, salvo unos brazos fuertes y unas piernas que habían corrido más allá del límite de sus fuerzas una y otra vez. Cada amanecer, antes de que saliera el sol, corría entre los senderos desolados. Levantaba piedras pesadas. Trepaba los muros de contención. Se preparaba como nadie, porque sabía que sin un don, su esfuerzo tenía que valer por dos. Por tres. Por todas ellas.
Mientras se aseguraba de que la coleta no se soltara, la invadió un recuerdo. Casi sin querer, sus ojos azules se llenaron de agua.
Su padre.
Nadie lo decía en voz alta, pero todos lo sabían. Se había marchado, como tantos otros, a cruzar los límites en busca de provisiones. Prometió volver con harina, con fruta, con algo que sanara a la pequeña Alice que entonces tosía sin parar. Lux tenía diez años; Alice apenas cinco. Lo vio marcharse con la mochila al hombro y una sonrisa que intentaba ser valiente. Vuelvo pronto, les dijo. Y nunca regresó.
Se creía que la radiación lo había alcanzado. O que las criaturas que vagaban más allá de la barrera... Lux apretó los puños. No quería pensar en eso. Pero desde ese día, todo cayó sobre los hombros de Rebeca. Ella sola las sacó adelante, con un amor que dolía de ver, trabajando hasta que el cuerpo le empezó a fallar. Y ahora era el turno de Lux.
-Piensas en él, ¿verdad? -la voz suave de su madre la sacó del recuerdo.
Lux asintió, sin levantar la vista.
-Todos los días. Él quería lo mejor para nosotras. Y yo voy a lograrlo.
-No tienes que hacerlo para nosotras -dijo Rebeca, apretando su mano-. Ya eres suficiente.
-Lo hago por ustedes -corrigió Lux, acariciando su frente-. Dicen que en en la fortaleza Carmesí hay medicinas que aquí ni siquiera conocen. Comida que no escasea. Agua limpia. Y si entro... nos llevan a todas. Alice puede crecer sin miedo a enfermar. Tú puedes sanar. Eso es lo que quiero.
Rebeca bajó la mirada. Sabía que su hija tenía razón.
La aldea era un lugar de calles de tierra pisada, casas de madera y chapa, donde la gente se conocía por el nombre y compartía lo poco que tenía. Eran humildes, sí, pero también generosos: si alguien tenía un poco más de leche, la repartía; si alguien necesitaba ayuda para reparar el techo, todos acudían. Se sostenían entre sí, porque sabían que solos no podrían sobrevivir.
Pero arriba, muy arriba, todo era distinto.
Los Carmesí enviaban suministros con generosidad: cajas de grano, carne conservada, agua filtrada, medicamentos. Lo suficiente para que las aldeas vivieran dignamente, sin hambre, sin miedo. Sin embargo, apenas llegaba a las manos de los jefes de las aldeas, la mayor parte desaparecía. Los almacenes privados de los altos mandos rebosaban mientras las familias de aldeanos hacían cola por un puñado de maíz. Lo que a ellos llegaba era apenas las sobras: lo que nadie más quería, lo que ya estaba por echarse a perder. La gente aguantaba, callaba, porque no tenía otra opción. Pero Lux lo veía. Y eso también la impulsaba.
-No es justo -había escuchado decir a su madre una noche, con la voz quebrada-. Nos dan lo que sobra cuando deberíamos recibir lo que nos pertenece.-Mencionaba mientras golpeaba con el puño la vieja mesa de madera del comedor.
-Pues yo voy a ir donde no nos den sobras -se prometió Lux a sí misma-. Voy a ir donde nos den lo que merecemos.
Se acercó a la cama de Alice y le arregló la manta.
-Cuida a mamá, ¿sí? Ya vuelvo.
La menor abrió los ojos soñolientos.
-¿Vas a irte?
-Voy a volver con un lugar mejor para las tres -prometió Lux, con la voz firme, aunque por dentro algo le temblaba-. Espérame.
Salió al exterior. El camino estaba lleno de gente: jóvenes con marcas en las manos, con ojos que brillaban de extraña manera, capaces de cosas que ella jamás había soñado hacer. Los vecinos la saludaban con gestos de aliento -conocían su historia, sabían de su esfuerzo- y varios le sonreían al verla, porque su cabello rojo destacaba entre la ropa oscura de todos, como una pequeña llama caminando entre la bruma.
Y ahí iba ella: de estatura modesta, sin dones, sin respaldo, solo con el recuerdo de su padre, el amor de su madre y su hermana, y una voluntad que nada podía romper.
Nadie lo sabía aún. Ni ella misma. Pero dentro de su pecho, algo dormía. Un fuego que no se veía, que no se sentía... que esperaba justo el momento en que más lo necesitarían para despertar.
Caminó con la cabeza en alto. No importaba que no tuviera un don. Iba a demostrar que su voluntad era más fuerte que cualquier elemento.
Caminaba hacia la gran puerta de hierro cuando una voz suave pero firme la llamó:
-¡Lux, hija! Espera.
Se detuvo. Era Olga, vecina del final de la aldea cerca de la puerta de hierro. Una mujer mayor, de cabello completamente blanco y manos arrugadas por años de trabajo duro. Era la persona más humilde de toda la aldea: apenas tenía cuatro paredes y un techo, y sin embargo, siempre era la primera en dar lo poco que tenía. Si alguien pasaba hambre, Olga compartía su plato. Si alguien estaba solo, Olga le hacía compañía.
Se sabía que la hija de Olga llamada Estrella, había sido parte de los Carmesí, con un don impresionante sobre el aire, el cual nunca manifestó en su totalidad.
Un día durante una misión para conseguir agua y comida, el equipo de Estrella, no volvió.
Se encontró su cuerpo días después, con muestras graves de ataques de las criaturas que se encontraban en aquellos bosques y ciudades abandonadas, fuera de los límites de las aldeas.
Los Carmesí habían invitado a Olga a vivir en la ciudad tras la muerte de su hija, pero ella había negado con la cabeza: Mi lugar está aquí, con mi gente. Y cuando me vaya, quiero que me entierren junto a mi querida hija.
Ahora caminaba hacia Lux sosteniendo algo envuelto en telas viejas. Sus ojos brillaban con ternura.
-Sabía que saldrías temprano -dijo, alcanzándola-. No podía dejarte ir sin esto.
Desplegó las telas. Lux contuvo el aliento.
Era una armadura vieja pero fuerte, de color rojo intenso con franjas negras que recorrían el pecho y los hombros. Y junto a ella, una espada de hierro grueso, con empuñadura cubierta de piel desgastada y un dragón tallado con gran detalle que parecía cobrar vida bajo la luz grisácea.
-Era de Estrella -dijo Olga con voz suave-. Mi hija. La conociste, ¿verdad?
Lux asintió, con la garganta apretada. Claro que la conocía. Fue Estrella quien, años atrás, la tomó de la mano y le mostró lo que era ser Carmesí: valentía, entrega, protección. Fue ella quien encendió el sueño que hoy la traía hasta aquí. Y fue ella quien no regresó de una misión.
-No puedo aceptarlo -dijo Lux, dando un paso atrás-. Es lo más preciado que tienes... y yo... no tengo dones. Puedo perderlo.
Olga le tomó las manos entre las suyas, arrugadas pero cálidas.
-Escúchame bien, niña. Estrella tampoco nació con todos los dones que se esperaban de ella. Lo que la hizo grande fue su corazón. Y yo te he visto crecer. He visto cómo cargas cubetas, cómo corres al amanecer, cómo cuidas a tu familia aunque tú también estés cansada. He visto cómo me ayudas a mí cuando nadie más lo hace. Creo en ti, Lux. Más de lo que crees en ti misma.
La anciana le puso la armadura en los brazos.
-Estrella cumplió su deber hasta el último aliento. Que su memoria camine contigo.
Lux la miró, con los ojos azules llenos de lágrimas que no quería dejar caer. Apretó la armadura contra su pecho.
-Te lo prometo -dijo con voz firme-. No te fallaré. Honraré a tu hija. Y cuando sea Carmesí... te llevaré con nosotras. Te cuidaré como tú nos has cuidado a nosotros toda la vida.
Olga sonrió, y una lágrima le rodó por la mejilla.
-Solo brilla, hija. Eso es todo lo que pido.
Lux asintió, se ajustó la armadura sobre la ropa negra -le quedaba un poco grande, pero firme- y aferró la espada con el dragón. Sintió un peso cálido, como si la mano de Estrella descansara sobre la suya.
Siguió caminando. El camino estaba lleno de jóvenes: algunos hacían levitar piedras, otros llamaban al viento. Lux no hizo nada de eso. Solo llevaba la armadura de otra, la espada de otra, y el amor de su gente en el pecho.
Llegó a la gran puerta de hierro. Los guardias la miraron, sorprendidos por la armadura.
-¿Tienes algún don? -preguntó uno.
Lux levantó la barbilla. Sus ojos azules brillaron con fuerza.
-Tengo voluntad. Y tengo la confianza de quienes me aman. Eso es más fuerte que cualquier elemento.
El guardia dudó, luego asintió y le abrió paso.
-Adelante.
Cruzó el umbral. La puerta se cerró tras de sí con un sonido metálico y pesado.
Caminó unos cuantos metros por el sendero que se abría entre los árboles de un bosque de troncos oscuros y ramas escasas, donde la bruma se aferraba al suelo como si no quisiera soltarlo. Todo era silencio, salvo el crujir de sus botas sobre la tierra. Sabía que más allá de los árboles todo era peligroso: criaturas deformadas por la radiación, zonas donde el aire mismo pesaba... por eso nadie salía sin un motivo, sin permiso.
Y entonces lo escuchó.
Un silbido lejano, profundo, que rasgó el silencio. Después, un sonido rítmico: chof, chof, chof. Una columna de humo gris se alzó entre las copas de los árboles.
A lo lejos, apareció él: un tren pequeño de vapor, de hierro oscuro y chimenea alta, avanzando lentamente por las vías que atravesaban el bosque. No era grande, ni ostentoso, pero se movía con firmeza, como algo que ha recorrido esos caminos muchas veces.
Lux se detuvo junto a las vías, donde ya esperaban otros jóvenes que habían salido de aldeas cercanas. Todos guardaban silencio, eran respetuosos y expectantes. Sabían que este tren no viajaba siempre: solo en fechas específicas, cuando las aldeas tenían permitido intercambiar trabajo, suministros o los aldeanos tenían permitido visitar a sus familias de otras aldeas cercanas. Era un enlace escaso, precioso, controlado con mano firme. Y hoy, por primera vez en mucho tiempo, su destino era único: la fortaleza Carmesí, la primera y la principal de todas las aldeas, el corazón desde donde se protegía lo que quedaba de la raza humana.
El tren frenó con un chirrido y una nube de vapor que los envolvió por un instante. La puerta se abrió y uno por uno, subieron.
Lux subió en el último vagón. Se sentó con la armadura aún puesta,junto a una ventana empañada, acomodó la espada con el dragón entre sus piernas. Miró hacia atrás: ya no se veía la puerta de su aldea, solo la niebla y los árboles. Miró hacia adelante: el vagón avanzaba, y entre los rostros de los otros jóvenes, todos con el mismo brillo de esperanza y temor en los ojos, supo que nada volvería a ser igual.
El tren silbó de nuevo y tomó velocidad, llevándolos lejos, hacia la luz que aún no conocían.
Detrás quedaban su madre, su hermana, Olga... todo lo que amaba. Delante, el destino.
Thoughts
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PermalinkAlla en Caazapa salieron varios a buscar trabajo del otro lado y de algunos no se supo mas, ni una carta. La madre aguantando sola con las dos, eso se ve seguido por mi pueblo.
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PermalinkOlga dando lo unico que le queda de su hija y encima pidiendo solo que brille. Esa mujer lleva años hablando con alguien que ya no esta, se nota en la calma con que lo entrega. Apuesto a que esa armadura la envolvio y la desenvolvio muchas veces antes de esta mañana.
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PermalinkEl tren que solo pasa en fechas señaladas y con permiso me hizo pensar en como se controlaba el movimiento de la gente en otros tiempos: no hacia falta ningun muro, bastaba con decidir quien sube. Los Carmesi mandan lo justo para que nadie se levante.
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PermalinkRebeca criando a las dos con las manos vacias, cargando cubetas y cambiando lo poco que tenia por un puñado de grano, hasta que el cuerpo le dijo basta. A mi me pasa que en esas madres me fijo mas que en la hija que se va. Ella ya hizo su parte y nadie se la va a agradecer nunca. Que Lux salga con la armadura de otra y no con algo suyo tambien dice bastante de esa casa.
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PermalinkOlga entregando la armadura de Estrella envuelta en trapos viejos, siendo la que menos tiene de toda la aldea, me hizo pensar en la gente que reparte justo lo que no le sobra. Apuesto a que esa espada con el dragon vuelve a aparecer mas adelante y que Olga va a estar en el final de alguna manera. Gracias por subir tu primer texto aqui!
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PermalinkEl padre sale con la mochila prometiendo volver pronto y no vuelve mas. De mi familia se fueron unos cuantos a España en el 2002 y volvieron dos, asi que la que se queda sosteniendo la casa sola la conozco de cerca. Rebeca respirando mal en la cama del fondo mientras la hija se ata el pelo para irse, ahi esta todo dicho. Me quede pensando en Olga, que pudiendo irse con los Carmesi prefirio el cementerio de su aldea.
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