(Poema Central).
No inventé este suero para jugar a ser Dios,
ni para que los libros repitieran mi nombre como un mito de Galipán.
Lo hice por la suavidad de tu piel morena,
esa tierra fértil, cálida y mestiza
que huele a sol sobre tierra mojada al despiertas
y me devuelve la fe en todo lo que existe.
La gente en Caracas habla de monstruos, de sombras y cera en Galipán,
porque no entienden la furia de un hombre ciego de deseo por su amada.
No quería la gloria seca de los sabios ni un imperio de piedra;
yo solo quería la vida entera bebiéndome tu cuerpo con frenesí.
Quería miles de mañanas perdiéndome en la cascada de tu cabello castaño oscuro,
Como una oscura noche y densa que se derrama por tus hombros
hasta enredarse en el abismo de tus caderas.
Me aterraba el tiempo, vida mía.
Me aterraba pensar que un día el frío se llevara la calidez de tus labios,
esos labios carnosos donde la tentación encuentra su propia voz.
Me aterraba que la muerte viniera con su arrogancia helada
a desdibujar tu silueta perfecta,
las curvas pronunciadas que abren brecha sensualidad...