¿De dónde sale el saxo?
Mirando desde la cima hacia el umbral de la puerta, donde una mujer, aparentemente bella, tocaba su saxo como si fuera a morir hoy.
¿Qué más te puede ofrecer la vida, si no es sufrimiento, a cambio de un poco de felicidad?
Ella lo sabe, definitivamente lo sabe. Por eso toca tan increíble, como si estuviese dando un concierto para ella misma, como si nadie la estuviera viendo.
Y yo… cautivado, viéndola girar con su saxo, observando cómo arropa su cuerpo, cómo lo acaricia, y yo… cautivado.
Mira al pianista: aquel hombre que toca notas que no son suyas, toca en un piano que no es suyo, y la gente le aplaude y para él es increíble.
Se levanta y se va contento, su noche fue exitosa. Para él eso es la felicidad: una felicidad que solo dura cuando sus manos rozan las teclas, cuando sus solos cautivan a los oyentes; cuando se levanta y recibe aplausos, él se dirá a sí mismo con satisfacción: «¡Buen trabajo!». Antes de dormir, anhela volver a estar sentado allí.
Al otro día va y hace lo mismo.
La mujer sigue amando su saxo, toca siempre la misma melodía una y otra vez; el pianista la observa y siente envidia, pues ella lo hace para sí misma, no para el público.
El escritor mira y escribe, se percata de lo que sucede, toma su cuaderno, saca punta a su lápiz y redacta lo que es.
El pianista toma el protagonismo, repite sus solos más complicados y hermosos; la jazzista lo ve y le da su lugar, el pianista ha dejado de ser feliz, a pesar de que ama hacer lo que hace.
El escritor es similar: él escribe por placer, para hallar una respuesta, para desahogarse, para convertir el dolor en arte, en algo menos horrible, en algo más atractivo, que reduzca la tristeza a nada. Eso hace el escritor.
Pero cuando ve a un escritor más feliz que él, quiere escribir lo que el otro, y quiere sentir lo que el otro, porque lo ve sonriente. Y escribe y escribe y deja de ser feliz, porque dejó de ser quien era.
Su mente viaja por miles de escenarios, elige algunos y se dispone a escribirlos, a exagerarlos, a convertir una historia aburrida en una increíble. Llora del estrés porque nada es suficiente, pero el lector lo hace sentir mejor cuando parece gustarle.
El escritor dice:
—Si se publica, ¡es arte!
Si recibe buenas críticas, ¡es arte!
Si recibe malas críticas, ¡es arte!
Si no se publica, ¡es arte!
Si la gente lo odia… ¡es arte!
La tristeza y la felicidad, el yin‑yang del poeta; la realidad y la ficción, la compañía del escritor.
Y aquel saxo no deja de sonar, esa joven de verdad ama jazzear; el pianista no deja de tocar, ese joven de verdad ama su música. El escritor no deja de escribir, ese hombre de verdad se ha enamorado de sus letras.
— Jorge Guzmán