Mis primeras líneas escritas no fueron en esquinas, no fueron rimas; fueron seis palabras. Fue al haber consumido más de treinta pastillas de diferentes tipos.
Tenía quince años, me enfrentaba solo contra la ansiedad; la soledad me acompañaba, ella tomaba mi mano y me ayudaba a superar cada crisis de locura.
Me senté en el escritorio y escribí algo terrible: para mí fue grandioso. Recordé a Bukowski que decía: «O lo plasmas, o te tiras de un puente». Eso hice.
Lo plasmé y me desmayé; desperté y vomité. La vida me daba una segunda oportunidad.
Me levanté y abrí la libreta, miré las palabritas: «el dolor no se me quita». La cerré y me reí, y salí del cuarto.
— Jorge Guzmán