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La casa del sol naciente Sensible

Rulo1948
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la casa del sol naciente fue el nombre que Ivone eligió para su casa de citas, como homenaje al tema que inmortalizo the animals

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Gastos primero, reparto parejo y sin multa por irte. Ivone le da clases de ética a mi dojo.

Gastos primero, reparto parejo y sin multa por irte. Ivone le da clases de ética a mi dojo.

Contenido de la publicación

la casa del sol naciente fue el nombre que Ivone eligió para su casa de citas, como homenaje al tema que inmortalizo the animals

Tiene todo el sentido que Ivone eligió ese nombre: la canción habla de un lugar que marca destinos, un sitio donde la vida se transforma —a veces para bien, a veces con lecciones profundas—. Al darle ese nombre a su casa de citas, no solo rinde tributo a la música, sino que le imprime un aire de historia, de encuentro, de un espacio donde se cruzan vidas y se escriben nuevas páginas.

Es un nombre que suena cálido, lleno de luz y con un eco melancólico y poderoso, justo como la canción misma.

La Casa del Sol Naciente

El viejo hotel, que durante años había permanecido dormido con sus persianas cerradas y su fachada desvaída, había recuperado por fin el aliento. Ivone lo había comprado sin dudar, lo había limpiado, pintado y amueblado con paciencia y buen gusto: maderas pulidas, cortinas suaves, luz cálida en cada rincón, flores frescas en los pasillos y un silencio digno que invitaba a quedarse. No era un lugar cualquiera; era su lugar, y le había puesto el nombre que siempre le había cantado al alma: La Casa del Sol Naciente.

Una tarde, reunió en el salón principal a las seis jóvenes que había elegido, todas hermosas, todas con mirada limpia y corazón dispuesto. Las sillas estaban dispuestas en semicírculo, y la luz del atardecer entraba por los grandes ventanales bañando todo de oro. Ivone se puso de pie delante de ellas, serena y firme, y habló sin rodeos:

—Chicas, gracias por venir. Este es nuestro hogar y nuestro trabajo. Lo he arreglado para que estemos bien nosotras y para que quien entre se sienta respetado y bien recibido. Quiero que sepan desde el primer momento: no son empleadas mías, somos socias. De las ganancias se descuentan primero los gastos —luz, agua, mantenimiento, comida, todo— y lo que queda se reparte de forma justa entre todas. Ninguna trabaja para mí; trabajamos juntas.

Hizo una pausa, recorrió sus rostros y continuó con voz clara:

—Nuestra atención estará dedicada especialmente a los señores mayores. Hombres que han recorrido la vida, que merecen ser escuchados, tratados con ternura, paciencia y respeto. Aquí nadie se siente solo, nadie es juzgado. Si alguna de ustedes tiene alguna objeción con esto, algo que no le sienta bien, algo que no quiera hacer… dígamelo ahora mismo, sin miedo. No habrá reproches, solo sinceridad. Mejor decirlo hoy que cuando las puertas ya estén abiertas.

Nadie se movió. Nadie apartó la mirada. Se miraron entre sí y luego asintieron, y una a una, con voz suave pero segura, fueron diciendo su nombre y aquello en lo que ponían más empeño, más cariño, su especialidad en el amor:

—Soy Luz. Yo sé escuchar. A veces solo necesitan que alguien los oiga sin interrumpir, recordar tiempos pasados, contar historias que nadie más escucha. Yo les doy mi tiempo y mi atención entera.

Con mi boca hago maravillas y me encantan los viejitos dijo con una amplia sonrisa.

—Yo soy María. Mi cariño es suave y tranquilo. Me gusta abrazar, acariciar las manos, sentarme junto a ellos y hablar bajito. Hacerlos sentir queridos, como si estuvieran en casa. Me encanta que bajen a mi pozo y si lo hacen bien los recompenso con un orgasmo.

—Me llamo Sole. Les devuelvo la alegría y la risa. Les cuento cosas bonitas, los hago reír, les recuerdo que la vida todavía tiene luz y ganas de vivir.

Soy especialista en el 69 con final feliz.

—Soy Elena. Conmigo encuentran comprensión. Si están tristes, si extrañan, si tienen miedo… los acompaño. No juzgo, solo estoy. Y eso los alivia.

Después de hacerlos acabar se sienten felices, doy trato de novios.

—Yo soy Clara. Me gusta cuidarlos. Que se sientan atendidos, cómodos, mimados. Una palabra amable, un detalle, un té caliente, una manta sobre las rodillas. Pequeñas cosas que significan todo. Me dejo tocar y penetrar por la puerta trasera y en cuatro.

—Y yo soy Violeta. Les recuerdo que siguen siendo hombres valiosos. Que la ternura y la cercanía no tienen edad. Les doy mi confianza y mi afecto, y ellos me lo devuelven multiplicado. No solo es coger con ellos, es brindarle esperanza y ganas de vivir-

Ivone sonrió, con los ojos brillantes. Se sentía orgullosa ya, antes de empezar.

—Perfecto —dijo—. Así seremos. Con sinceridad, respeto y lealtad entre nosotras. Bienvenidas a su casa. Bienvenidas a La Casa del Sol Naciente

La primera noche

Las puertas se abrieron cuando el sol se ocultó por completo, tiñendo el cielo de un violeta profundo. Las lámparas de luz suave encendieron los pasillos, las cortinas de lino se mecían apenas con la brisa y el aire olía a jazmín, a madera limpia y a promesa. Ivone, de pie junto al gran ventanal del vestíbulo, con un vestido color crema y el cabello recogido, respiró hondo. Todo estaba listo.

Los primeros llegaron poco después: hombres de cabellos grises, pasos tranquilos, miradas que a la vez buscaban y daban. No venían con prisa; venían a sentirse bien. Y cada una de las chicas los recibió tal como había dicho que haría.

Luz — El que necesitaba ser escuchado

Luz recibió a don Manuel, un caballero de unos setenta años, delgado, con un bastón y una mirada que pesaba de recuerdos. Lo acompañó a un salón pequeño, con sillones de terciopelo y música suave de fondo.

—Siéntese cómodo, don Manuel. Aquí no hay relojes —le dijo, tomando asiento a su lado, sin invadir su espacio, cerca pero sin agobiar.

Él empezó hablando despacio, de su juventud, de los años trabajando en el campo, de la mujer que amó y que se fue hacía ya tres años. Habló de soledad, de cómo el silencio en la casa se hace grande. Luz no lo interrumpió. Lo miraba a los ojos, asentía, le apretaba suavemente la mano cuando la voz se le quebraba.

—Nadie me escucha así desde hace mucho —le confesó al final, con los ojos húmedos pero serenos—. Gracias. Me siento más ligero.

—Solo le he dado lo que merece: que lo oigan de verdad —respondió Luz con una sonrisa dulce. Luego el hombre chupo con ternura la vagina y acabo entre sus pechos, otro dia vengo por tu conchita dijo riendo, Se despidieron con un abrazo cálido, y él prometió volver.

María — El que extrañaba las caricias suaves

A don Jorge lo esperaba María. Era un hombre de manos grandes y curtidas, que toda la vida había trabajado de sol a sol y apenas había recibido ternura. Ella lo tomó del brazo y lo guió a una habitación tibia, con mantas tejidas y luces tenues.

—Déjeme cuidarlo un poco —le propuso, y él asintió, tímido.

María le acarició las manos, las palmas, los dedos, recorriendo cada línea como si le leyera la historia en la piel. Le pasó la mano por la frente, le acomodó el cabello, lo abrazó despacio, sin prisa, dejándolo recostarse contra ella. No hubo palabras grandes, solo caricias, cercanía, el calor de otro cuerpo que lo hacía sentir vivo y querido.

—Olvidé lo que era sentirse así —susurró él—, como si importara.

—Usted importa mucho —le dijo María al oído, y lo sostuvo hasta que la tensión se le fue del cuerpo.

Luego con su boca beso el arrugado miembro y comenzó a succionar con suavidad, con el tiempo en viejo guerrero se puso de pie, entonces maria se lo introdujo en su vagina y comenzó un rítmico vaivén, el hombre acabo con un gemido de placer.

Sole — El que había perdido la risa

Sole recibió a don Roberto, un hombre que caminaba encorvado, con la mirada apagada, que dijo casi sin voz:

—Vengo porque un amigo me habló, pero no sé si sé estar alegre ya.

—Pues yo le enseño —dijo Sole con una sonrisa que iluminó todo el rostro—. No hay que saber mucho, solo dejar que llegue.

Se sentaron juntos y ella le contó cosas bonitas: atardeceres que parecían fuego, perros que corrían tras mariposas, canciones que se cantaban bajito. Le hizo reír primero con una sonrisa, luego con una risa tímida, y al final con una carcajada que le sacó lágrimas.

—Creía que se me había olvidado reír —dijo él, maravillado, tocándose la cara.

—Nunca se olvida —le aseguró Sole—. Solo estaba esperando el momento. Roberto bajo al pozo de Sole y bebio de esa fuente que derramaba liquido salado como el agua del mar, luego con su verga parada penetro a la joven por ambas entradas ante el asombro de Sole.

Elena — El que llevaba un dolor callado

Don Julián llegó con la frente arrugada y la voz rota.

—Tengo miedo —confesó sin apenas saludar—. De envejecer solo, de que se me acabe el tiempo sin haber vivido de verdad.

Elena lo miró con una compasión profunda, sin lástima, con respeto.

—Siéntalo. No se lo guarde —le dijo—. Aquí no juzgamos.

Lo escuchó hablar de sus miedos, de lo que no hizo, de lo que calló. Le tomó la mano y la sostuvo con firmeza, sin soltarla mientras él hablaba y lloraba.

—Todavía está a tiempo —le dijo cuando él se calmó—. No es tarde para nada bueno. Usted sigue aquí, y eso significa que hay cosas lindas esperando por usted.

Elena con cariño le practica sexo oral a Julian, con mucho esfuerzo logra que el hombre acabe, recuperado chupa la concha de Sole y le dice que otro dia vendrá por su puerta trasera.

Don Julián se fue más derecho, con la mirada más clara.

—Me ha devuelto la esperanza —le dijo—. Gracias por no apartarse.

Clara — El que necesitaba sentirse atendido

Clara recibió a don Pedro, que era pulcro, cuidadoso, pero que confesó:

—En mi casa todo lo hago yo. Nadie me pregunta si estoy bien.

—Pues hoy déjese querer —le dijo Clara, y lo guió a una butaca cómoda.

Le preparó un té caliente con miel, le trajo un pañuelo limpio, le arregló la almohada tras la espalda, le cubrió las piernas con una manta suave. Le preguntó si estaba cómodo, si quería más luz o menos, si el té estaba bien de dulce. Pequeñas atenciones que fueron llenando huecos que él ni sabía que tenía.

—Nadie me cuida así desde que murió mi madre —dijo él, con la taza entre las manos—. Es como volver a sentirse seguro.

Clara lo besa y hace que su miembro se ponga duro, Pedro la penetra y en unos minutos acaba en la vagina de la joven, volvi a vivir dijo Pedro y me siento tan comodo y feliz.

—Aquí siempre lo estará —prometió Clara.

Violeta — El que creía que ya no era deseado

Violeta recibió a don Tomás, un hombre digno, que se veía mayor de lo que era, como si la vida le hubiera dicho que ya no contaba.

—Pensé que a mi edad nadie me miraría así —le dijo ella lo miró con admiración sincera.

—Qué equivocado está —respondió Violeta, acercándose despacio—. La experiencia, la bondad, la vida recorrida… eso vale más que cualquier juventud.

Le habló de su fuerza, de su mirada noble, de lo que él era. Le dio confianza, se acercó con ternura y deseo, le hizo sentir que seguía siendo un hombre valioso, capaz de dar y recibir cariño.

—Me ha hecho sentir que todavía tengo algo que dar —dijo él, con voz conmovida—. Que no soy solo el paso del tiempo.

—Usted es mucho más que eso —le dijo Violeta—. Y aquí siempre lo veremos así.

Tomas le dice a Violeta que desea, chuparle su concha, siempre le gusto hacerlo, pero a su ex esposa le desagradaba, adelante le dice Violeta, el hombre chupo por casi una hora la vagina y logro que Violeta lo premien con un orgasmo muy intenso, luego acabo en la vagina de la joven y muy feliz se retiro.

El cierre de la noche

Cuando los últimos se fueron, prometiendo volver, las seis se reunieron en la cocina, con tazas de té en las manos y el corazón lleno. Ivone las miró una por una, con los ojos brillantes de emoción.

—Lo han hecho hermoso —dijo en voz baja—. No me equivoqué al elegirlas. Esta casa no lleva el nombre por casualidad: cada una de ustedes es un sol que sale en la vida de esos hombres.

Y así, la primera noche terminó, no con ruido ni prisa, sino con la certeza de que habían hecho algo bueno, necesario y verdadero.

Las noches que siguieron: ternura y encuentro

Con cada noche que llegaba, la casa respiraba una armonía propia: las luces tenues, la música suave, el aroma a flores y madera, y el sentimiento de que cada visita era un regalo compartido. Las chicas conocían mejor a sus clientes, sabían de sus gustos, de sus anhelos, de lo que les hacía sentir vivos. El placer que se daban no era solo del cuerpo: era de alma, de reconocimiento, de sentirse amado en toda la extensión de la palabra.

Luz — La intimidad de quien se siente comprendida

Don Manuel volvió a los pocos días, y con cada visita la confianza crecía. Ya no solo hablaban: se acercaban con suavidad, despacio, sin apurar nada. Luz lo abrazaba con calma, dejaba que él sintiera el calor de su cuerpo junto al suyo, que la acariciara con respeto, que la mirara a los ojos y viera en ellos deseo y ternura a la vez.

—Me haces sentir que aún puedo querer —le decía él, y ella le respondía con besos suaves en las sienes, en las manos, en la frente, antes de unirse a él con delicadeza, siguiendo su ritmo, acompañándolo en cada instante. No había prisa, solo el placer tranquilo de dos personas que se entregan con afecto, sintiendo cada caricia como un tesoro compartido. Cuando terminaban, permanecían abrazados, contándose cosas, sintiéndose acompañados en la quietud de la noche.

María — Entrega suave y sin reservas

Con don Jorge, la cercanía se hizo cada vez más profunda. Él, que apenas había conocido cariño sincero, se dejaba querer con una confianza que crecía poco a poco. María lo guiaba con ternura: caricias que recorrían su espalda, sus hombros, sus manos, besos dulces que despertaban sensaciones que creía olvidadas. Se acercaba a él con calma, dejando que la tocara, que la sintiera, que descubriera el placer de dar y recibir a la vez.

—Eres suave como la luz de la mañana —le susurraba él, y ella sonreía, acercándose más, uniéndose a él despacio, con ternura, dejando que él marcara el ritmo. No era fuego rápido y pasajero: era calor que se queda, que abraza, que hace sentir que el cuerpo sigue siendo templo de alegría y vida. Y cuando descansaban, ella lo sostenía entre sus brazos, y él dormía tranquilo, sintiéndose cuidado y amado.

Sole — Alegría en cada caricia

Don Roberto recuperó no solo la risa, sino también el brillo en la mirada y el deseo de compartir. Con Sole todo era luminoso: se reían entre besos, se acariciaban con alegría, se decían cosas bonitas mientras se descubrían el uno al otro. Ella lo animaba con confianza, le mostraba lo hermoso que es dar placer a quien se aprecia, lo guió con entusiasmo y suavidad para que se sintiera capaz, deseado, lleno de vida.

—Contigo siento que todo vuelve a ser posible —le decía él, y ella lo besaba con alegría, respondiendo con caricias que lo hacían estremecer de gusto, uniéndose a él con energía y ternura, compartiendo cada instante como algo único y precioso. Al terminar, seguían riendo, compartiendo un té, mirándose con complicidad, sabiendo que esa alegría compartida era el regalo más grande.

Elena — Consuelo y unión profunda

Don Julián halló en Elena no solo consuelo, sino también la intimidad que creía perdida. Se acercaban despacio, con respeto, abriéndose el uno al otro con sinceridad. Ella lo abrazaba con fuerza, lo besaba con pasión contenida, le hacía sentir que su cuerpo, su edad, sus cicatrices, todo era digno de amor y de deseo. Se entregaban con calma, buscando la unión más que la prisa, sintiendo cada caricia como un gesto de aceptación y cariño.

—Me has hecho sentir entero otra vez —le confesaba él, y ella lo abrazaba más fuerte, acompañándolo en cada momento, compartiendo el placer como algo sagrado, algo que los unía más allá del cuerpo. Descansaban juntos, y él se sentía renovado, con la certeza de que no estaba solo, de que había alguien que lo veía completo y lo amaba así.

Clara — Cuidado y dicha compartida

Don Pedro dejó poco a poco la timidez atrás y se entregó a la ternura de Clara. Ella lo cuidaba en todo: en los gestos, en las palabras, en las caricias que lo recorrían entero, haciéndolo sentir deseado y valorado. Lo acariciaba con paciencia, lo besaba con dulzura, lo guiaba para que supiera que también él podía dar placer, que su cariño era recibido con alegría. Se unían con suavidad, paso a paso, cuidándose mutuamente, encontrando en la unión la dicha de sentirse querido en cada detalle.

—Nadie me ha mirado así, nadie me ha querido así —le decía él, y ella le respondía con besos en las manos, en los labios, en el pecho, asegurándole que merecía todo eso y más. Permanecían juntos mucho tiempo después, hablando bajito, sintiéndose protegidos, sabiendo que ese cuidado mutuo era el placer más hermoso.

Violeta — Admiración y entrega apasionada

Don Tomás recuperó la seguridad y la confianza en sí mismo. Con Violeta descubrió que la madurez no le quita nada al deseo, al contrario: lo hace más profundo, más sincero. Ella lo miraba con admiración, lo tocaba con reverencia y pasión a la vez, le decía lo hermoso que era, lo valioso de su experiencia y su cariño. Se acercaban con confianza, se acariciaban con pasión y ternura, se entregaban el uno al otro con la seguridad de que eran dignos de amor y de dicha.

—Me has devuelto la juventud del alma —le decía él, y ella lo besaba con pasión, compartiendo cada momento con intensidad y cariño, uniendo sus vidas y sus cuerpos en un encuentro que lo hacía sentir fuerte, deseado, pleno. Cuando terminaban, permanecían mirándose, y él sabía que esa conexión quedaría con él mucho después de cruzar la puerta.

Al final de cada noche

Cuando todos se iban, las seis se reunían, compartiendo impresiones, con el corazón lleno y la certeza de que hacían algo más que dar placer: daban dignidad, cariño, compañía, la seguridad de que nunca es tarde para ser amado. Ivone las escuchaba, orgullosa, y les decía siempre:

—Esto es lo que hace grande a nuestra casa: que cada una de ustedes da algo que no se compra con dinero. Da amor de verdad.

Y así, noche tras noche, La Casa del Sol Naciente seguía brillando, un refugio donde el amor, en todas sus formas, nunca dejaba de nacer.

EL LEGADO Y EL FINAL

Pasaron los años. La casa siguió recibiendo a todos: hombres solos, mujeres olvidadas, parejas que se alejaban. Cada quien se llevaba algo que le faltaba: confianza, cariño, la certeza de que nunca es tarde para ser amado.

Las chicas se sentían orgullosas de lo que habían construido. Cierto día compartieron con franqueza:

—Todo esto existe porque nosotras lo damos. Con nuestro afecto, nuestra paciencia, nuestro cuerpo y nuestro corazón. Gracias a nosotras, a todo lo que somos y entregamos.

Ivone asintió:

—Lo más valioso no es lo que entregan, sino cómo lo entregan: con el corazón limpio y respeto por ustedes mismas.

Cuando Ivone sintió que los años pesaban, dejó la casa en manos de todas, para que la cuidaran y la pasaran a quienes vinieran después. La puerta nunca se cerró. La luz siguió encendiéndose cada atardecer.

Muchos años después, las fundadoras, ya con el cabello blanco, se sentaron en el porche viendo el sol ponerse:

—¿Recuerdan cuando llegamos? —dijo Luz—. Éramos seis chicas que no sabíamos muy bien qué hacer.

—Y mira todo lo que creamos —añadió Violeta—. No fue dinero. Fue amor.

—La canción dice que es un lugar de ruina —rio Sole suavemente—. Pero aquí la convertimos en un lugar de salvación.

Se tomaron de la mano. La leyenda siguió corriendo: en algún lugar hay una casa donde el sol nunca se pone, porque cada vez que alguien entra y siente que vuelve a vivir, nace un nuevo rayo de luz que la mantiene brillando para siempre.

FIN

Hay una casa en Nueva Orleans a la que llaman "El Sol Naciente" y ha sido la ruina de muchos chicos pobres y Dios, sé que yo soy uno de ellos.

La casa de esta historia fue la salvación para muchas almas solas y abandonadas.

Thoughts

  • Pilarcita

    Mira tú, meter el Dios de la canción justo al final, después de todo lo de la casa. Me hizo sonreír, ya te digo.

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  • cinturon_a_plazos

    Gastos primero, reparto parejo y sin multa por irte. Ivone le da clases de ética a mi dojo.

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  • Ovid

    Ivone diciéndoles a las seis que son socias, con los gastos descontados primero y el resto repartido entre todas, me hizo pensar en lo poco que se cuenta esa parte, la de las cuentas claras, en historias de casas así. Apuesto a que Ivone viene de una casa donde las cuentas no eran claras, y de ahí sale esa primera reunión en el salón.

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  • archivo_municipal

    Un dato para Ivone, si me permite: la canción es anterior a The Animals. Hay una grabación de 1933 de Clarence Ashley con el nombre de Rising Sun Blues, y en varias de las versiones viejas quien canta es una mujer que cuenta cómo se perdió en esa casa. Así que el giro del porche le contesta a la letra más antigua.

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