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Pensamiento

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El cura se lleva a la cuñada con las llaves y deja a la madre en el patio. Hombre, a la madre yo no la habría dejado fuera.

El cura se lleva a la cuñada con las llaves y deja a la madre en el patio. Hombre, a la madre yo no la habría dejado fuera.

Contenido de la publicación

Después de ese presentimiento, Antonio se levantó de la silla con parsimonia, dio media vuelta y caminó hacia la entrada. Salió al patio y respiró hondo, llenando sus pulmones del aire fresco que se mezclaba con el olor frutal del naranjo. Detrás de él salieron Analía y Esperanza; el clérigo les hizo señas con las cejas hacia el fondo del patio.

Allí, bajo el frío pero abrazados por el tenue calor de los rayos del sol, estaban Malevo y Rodrigo jugando. El adolescente le lanzaba una rama seca y el dogo corría a buscarla, y volvía trotando a devolvérsela para seguir el juego. A la madre del muchacho se le escapó una lágrima de emoción; su cuñada se acercó y la abrazó mientras Antonio las observaba.

—Hacía mucho que no lo veía así de feliz. Muchas gracias, Antonio; esto es gracias a usted.

El padre, con los brazos cruzados para contrarrestar el frío, primero la miró fijo.

Luego soltó una mueca. No podía llevarse el crédito él, al menos no solo.

—Gracias a Dios primero, y a Malevo, que fue quien salió corriendo a tu casa; yo no hubiese llegado de no haberlo seguido a él —dijo—. Y ya que hablamos de tu casa, quería pedirte permiso para ir a mirar y ver si encuentro algo.

—Por supuesto —le contestó, mirando a su hijo corretear con el perro—. Dio media vuelta y lo miró a los ojos—. Voy con usted.

—Es mejor que se quede acá con Rodrigo; yo voy con Esperanza.

Analía miró a Esperanza; esta movió la cabeza como asintiendo, apoyando la opinión del cura.

—Está bien, vayan ustedes dos.

No muy convencida, entró en la casa; a los pocos segundos salió con las llaves y se las entregó a su cuñada.

Analía caminó despacio de regreso hacia la galería mientras las llaves tintineaban en las manos de Esperanza. Se detuvo en el umbral, mirando por última vez a Rodrigo, que volvía a lanzar la rama hacia la cerco de pastos altos con un grito de alegría contenida, seguido de inmediato por el ladrido ahogado de Malevo.

​—Tengan mucho cuidado, por favor —pidió la mujer, con un hilo de voz en el que pugnaban la gratitud y el miedo que rehusaba marcharse del todo.

​—Tranquila, Analía. Dios está con nosotros —respondió el sacerdote acomodándose el sobretodo.

​Antonio y Esperanza subieron al auto, el motor tosió varias veces antes de arrancar. salieron a la calle de gravilla húmeda que cirugía bajo el caucho de las ruedas. El barro que rodeaba la finca comenzaba a orearse bajo el tímido sol invernal, El pueblo, en apariencia, dormía en un silencio sepulcral, pero la presencia del mal se respiraba en el ambiente como una humedad pesada que se pegaba a los huesos.

​A medida que avanzaban hacia la casa de Analía, las sirenas a lo lejos volvieron a rasgar la mañana. No venían de la comisaría ni de la morgue esta vez, sino que cortaban en diagonal hacia la zona industrial y los viejos talleres.

​Esperanza apretó el manojo de llaves contra el pecho y miró a Antonio con aprensión.

​—Padre... esas sirenas están cerca del taller de don Jorge.

​—Ignora el ruido del mundo, mija. Nuestro camino ahora es la casa de tu cuñada —contestó el cura con paso firme—. Si la entidad atacó a Rodrigo allí, las paredes tienen que haber guardado la impronta de su dolor.

​Llegaron frente a la puerta de la propiedad de Analía. La casa parecía abatida, con las persianas bajas y un aire de abandono que no coincidía con las pocas horas que llevaba deshabitada. Esperanza introdujo la llave en el cerrojo de la entrada principal; el metal produjo un chasquido seco que resonó en la calle desierta.

​Al abrir la puerta, un olor rancio y sofocante —mezcla de humedad concentrada, azufre y ceniza fría— les dio de lleno en el rostro.

​Antonio dio un paso hacia el interior, deteniéndose justo en el centro del comedor. Se quitó los guantes de lana, los guardó en el bolsillo y extendió sus palmas hacia la penumbra del pasillo que conducía al dormitorio de Rodrigo. Sus dedos comenzaron a temblar imperceptiblemente.

Avanzó por el pasillo casi oscuro. La madera crujió bajo sus pies como si la casa misma contuviera el aliento. Esperanza apuró el paso, se adelantó, abrió la puerta y prendió la luz. El foco frío del tubo fluorescente parpadeó una, dos veces, antes de imponer su claridad enfermiza. Cuando entró, un suave temblor recorrió el cuerpo de ella de la cabeza a los pies, como si alguien hubiera pasado un hielo por su espalda.

La temperatura de la pieza de Rodrigo era más baja, incluso, que la temperatura fuera de la casa. El aire golpeaba la piel con una sequedad metálica, y las cortinas —grises, tiesas— colgaban inmóviles, sin el menor pliegue animado por la brisa. En el respaldo de la silla, una camisa colgada parecía esperando a alguien que ya no volvería.

—Parece un refrigerador esto aquí —dijo Antonio, barriendo con la mirada cada rincón en busca de pistas. Su voz salió con un vapor blanco, breve, que se deshizo en el aire.

Tocó la cama. Las sábanas estaban extendidas con una pulcritud funeraria. Nada.

Corrió los dedos por las cortinas de las fotos. El polvo se levantó en una nube dorada bajo la luz. Nada.

La mesa de luz: un vaso con agua medio vacío, un reloj despertador detenido en las 3:17. Nada.

Las pijamas, dobladas sobre la silla, aún oliendo a detergente. Nada.

Ya comenzaba a mover la cabeza de un lado a otro, resonando en un murmullo inaudible, los labios apretados. <No puede ser. Tiene que estar en algún lado.>

—¿Qué pasa, Antonio? —preguntó Esperanza desde el umbral, sin atreverse a cruzar del todo.

—Debe haber algo acá, pero aún no lo encuentro —dijo mientras abría la compuerta del ropero. El chirrido de los herrajes sonó excesivamente alto en el silencio.

Pasó las manos por toda la ropa, una por una. Lana, algodón, frío plástico de una campera. Nada.

Un par de zapatillas deportivas, suelas gastadas en la puntera. Nada.

Unas Topper blancas, lavadas, pero aún con pequeñas partes manchadas de un color óxido amarillento, poco visible, como una huella que el jabón no logró borrar.

En el instante en que sus dedos rozaron la tela, se activó de repente una ráfaga —una fracción de segundos— de su psicometría. Cerró los ojos y lo vio.

"Noche oscura. Densa neblina que se enrosca en los tobillos. Pastizales altos que se mecen sin viento, como si algo los caminara por dentro."

Abrió los ojos y sacudió la cabeza con violencia, intentando enfocar nuevamente la visión. El ropero volvió a ser solo un ropero.

—¿Qué pasó, Antonio? ¿Viste algo? —Esperanza se había acercado un paso, la mano en el pecho.

—Nada esclarecedor aún —contestó, dándole una barriada visual a toda la pieza, como si por primera vez no la estuviera viendo.

Siguió con su búsqueda.

Removió las sábanas de la cama, una por una, oliendo el algodón. Nada.

Las fundas de las almohadas, las apretó entre los puños. Nada.

Abrió el cajón de la cómoda.

Sacó la ropa una a una, dejándola caer sobre la cama como un despojo. Nada.

Debajo de toda la ropa, al fondo del cajón, vio algo.

Un juguete de plástico.

Cinco centímetros.

Una réplica pequeña, en plástico amarillo, de un barril de aceite Shell. desgastado por el uso, los bordes redondeados de tanto apretarlo.

Lo apretó dentro de su mano con fuerza.

El aire cambió.

Su cuerpo voló con violencia sobre la cama, como si una mano invisible lo hubiera arrojado por el pecho. La cabeza golpeó la almohada con un sonido sordo. Esperanza se puso blanca del susto —la sangre le abandonó la cara de golpe— y soltó un grito de pánico que se quedó a mitad de camino, atragantado. Los ojos de Antonio se pusieron blancos, del todo blancos, sin iris ni pupila, y su cuerpo comenzó a temblar con fuertes espasmos, las manos cerradas en puños, los talones golpeando el colchón.

La mujer, inerte, temblando de miedo en un rincón, pegada a la pared como si quisiera fundirse con ella, sin saber qué hacer, sin atreverse a tocarlo.

La psicometría del clérigo volvió a activarse. Una visión un poco más extensa, esta vez.

<Las manos de una mujer mayor —arrugadas, con un anillo de oro en el índice— poniendo en las manos del chico el cilindro de plástico. La voz de ella, un susurro que no se entiende. Cuando el chico cerró la mano, pudo ver, al fondo de la habitación, los ojos rojos de la fotografía. Dos puntos rojos, fijos, en la pared. Mirando.>

Abrió los ojos. El juguete cayó al piso y rodó, lento, hacia la puerta de la pieza, como si algo lo llamara.

Se recompuso sentándose en la cama. Su respiración era excesivamente acelerada, jadeante, como si hubiera corrido kilómetros bajo el agua. Antonio se tomaba el pecho con una mano, buscando regularla, los ojos aún vidriosos. Esperanza se acercó preocupada, aún temblando, las manos entrelazadas.

—¿Qué viste? —preguntó con la voz temblorosa, casi un hilo.

Antonio puso una mano sobre su rodilla, la otra sobre el hombro de la mujer. El contacto la hizo estremecerse.

—Lo tienen controlado bajo un conjuro —exclamó Antonio, aún con la voz agitada, las palabras saliendo entrecortadas—. El juguete de plástico lo usan como tótem. Cuando quieren usarlo, lo aprietan. Y él responde.

Thoughts

  • oficinaabierta

    El cura se lleva a la cuñada con las llaves y deja a la madre en el patio. Hombre, a la madre yo no la habría dejado fuera.

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  • antiguaruta

    Un barrilito de aceite gastado de tanto apretarlo, y las sirenas cortando justo hacia el taller de don Jorge. Para mí el que tiene agarrado a Rodrigo anda entre motores y grasa, ya.

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  • Ovid

    El barril de Shell de cinco centímetros, gastado en los bordes, a mí me dio más escalofrío que el azufre o los ojos en blanco. Un juguete tan chico y tan de casa usado como tótem es lo que más asusta, porque cualquiera tiene uno así en un cajón. Y ahora el taller de don Jorge queda en la mira.

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