Diego, pesadilla y cordura
En la oficina de vigilancia, Diego permanecía sentado frente a su escritorio tras haber completado el recorrido por todos los pabellones. Con la tranquilidad de haber dejado los accesos asegurados, se acomodó en su silla, pero el silencio de la sala pronto se quebró por un sonido sutil y rítmico: el repiqueteo constante de uñas femeninas sobre la madera.
Al levantar la vista, vio cómo Mariela se asomaba despacio por el marco de la puerta. Vestía la bata celeste de internación y caminaba descalza, avanzando con movimientos pausados y sensuales. A cada paso, levantaba la bata a la altura de la pelvis y la dejaba caer una y otra vez, dibujando una danza privada sobre la cerámica fría.
Embelesado por la escena, Diego se puso de pie y avanzó a su encuentro. Se posicionó detrás de ella, apoyó las manos en sus hombros y las deslizó lentamente por sus brazos hasta ceñir su cintura con firmeza. Con suavidad, levantó la bata y deslizó la ropa interior de la mujer hasta la altura de sus pantorrillas. Mariela pasó la mano izquierda por la cintura del pantalón de él para acortar la distancia entre ambos. Pero, en un movimiento ráfaga, su mano derecha tomó el pinchapapeles de metal del escritorio, giró sobre su eje y, con una fuerza sobrenatural, se lo clavó de lleno en la yugular.
Diego se incorporó de golpe en la silla, con el corazón martilleándole las costillas y el aliento atascado en la garganta. Clavó la mirada en la puerta: el pasillo estaba vacío, sumido en un silencio absoluto.
De pronto, sobre la superficie del escritorio saltó un gato negro. Sus ojos emitían un resplandor rojo antinatural y de su hocico brotó un gruñido grave, casi articulado como una voz humana. Al cruzar sobre el mueble, el animal rozó una taza de cerámica manchada con marcas frescas de lápiz labial.
El felino saltó al suelo y se diluyó entre las sombras del vestíbulo. Bajo el parpadeo de los tubos fluorescentes, Diego distinguió un detalle que le heló la sangre: un rastro de gotas de sangre fresca marcaba el trayecto por donde acababa de huir el animal.
Desconcertado y con las manos temblándole, volvió a dejarse caer sobre el asiento. Encendió un cigarrillo en un intento desesperado por recobrar el eje, pero le resultó imposible ignorar el hedor denso que invadía el ambiente: una mezcla penetrante de hierro y tierra húmeda.
Resuelto a mantener el control y no delatarse ante el personal como un loco, Diego salió de la oficina para buscar un trapo y un balde con los cuales borrar la evidencia.
Mientras avanzaba por el corredor hacia las escaleras del sótano, iluminando el camino con el haz de su linterna, notó un descenso brusco de la temperatura. Los vidrios de las puertas comenzaron a empañarse despacio y de los marcos de acero empezaron a brotar gotas heladas, como si la estructura misma del edificio se estuviera cubriendo de escarcha.
Al descender por los peldaños de piedra, escuchó a sus espaldas el eco de unos tacones que bajaban a paso firme. Subió de inmediato el tramo para identificar al intruso, pero el corredor superior estaba completamente desierto.
Cruzó el umbral del sótano y estiró el brazo para accionar la llave de paso. Al pulsar el interruptor, un fogonazo ciego retumbó en la estancia: todos los focos estallaron en simultáneo, sumergiendo el lugar en una penumbra total.
Guiándose únicamente por el hilo de luz de su linterna, Diego exploró la habitación en busca de los útiles de limpieza. Al acercarse a la puerta de salida, desde la sombra más densa del fondo —justo detrás del cuerpo metálico de la caldera—, dos pupilas rojas lo fijaron en la oscuridad.
El impacto lo hizo tropezar; la linterna se le resbaló de los dedos y rodó por el suelo, golpeando contra las baldosas. En ese instante, el fuego del quemador creció con furia. Mientras Diego intentaba alcanzar el cilindro metálico en el piso, del interior de las llamas comenzó a emerger la silueta calcinada de Cristina, desplegando sus brazos carbonizados en su dirección.
Diego logró manotear la linterna y se puso de pie de un salto. Al enfocar el haz hacia la caldera, la figura envuelta en fuego ya estaba a escasos centímetros de su rostro, deforme y humeante, haciéndolo caer de espaldas contra el suelo. Cuando volvió a alzar la luz hacia el mismo punto, la visión se había disipado: las llamas habían regresado a su volumen habitual y el motor de la caldera funcionaba con un murmullo rítmico y normal.
Desesperado, regresó a paso rápido a la oficina de vigilancia, pero la trampa terminó de cerrarse sobre él.
El piso estaba impoluto: ni rastros de sangre, ni huellas del animal. La taza manchada con lápiz labial había desaparecido del escritorio. Solo quedaba un detalle sobre la madera: de la punta del pinchapapeles de metal, una gota de sangre fresca caía lentamente sobre la mesa.
Diego se dejó caer en la silla, sintiendo el galope del corazón en el pecho, atrapado en un silencio sepulcral y forzado a dudar de su propia razón.