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El Abrazo de Milagros

RaMarSa

Contenido de la publicación

Alicia y Muslera subieron al Toyota y partieron hacia la morgue. Sobre la gramilla aún empapada por la tormenta de la noche anterior, el crujido incesante de piedras diminutas bajo los neumáticos rasgaba el silencio del camino. Ella sacó un cigarrillo —de esos largos, delgados, con sabor a menta—, lo encendió con parsimonia y exhaló una densa nube de humo contra el parabrisas. Los primeros rayos del sol atravesaban el cristal teñido de verde, pero parecían carecer de toda fuerza: el rigor del invierno había apagado cualquier rastro de calor que pudiera llegar al pueblo.

En la finca, Antonio despertó en el comedor. Había pasado la noche en el sillón plegable, al abrigo del calor amable de la estufa. Analía y Esperanza habían dormido juntas en la cama principal; Rodrigo, en tanto, había descansado tranquilo toda la madrugada, custodiado sin tregua por Malevo, que no se había movido ni un instante de su lado.

El tintineo de la vajilla y el murmullo del agua corriente llegaban desde la cocina. El sacerdote se incorporó, se alisó la sotana y se acercó despacio. Esperanza estaba lavando los platos de la cena anterior y calentando agua en la pava para el desayuno.

—Buenos días… No era necesario que hicieras todo esto, mija —dijo Antonio, recostándose suavemente en el marco de la puerta.

—Buenos días, don Antonio —respondió ella, girándose con una sonrisa sincera—. No es nada… Ahora que estamos más tranquilos, quería agradecerle de corazón por lo de anoche.

—No hay nada que agradecer —repuso él con la mirada serena—. Mi misión en esta tierra es ayudar y proteger a quienes lo necesitan.


En el centro del pueblo, Muslera frenó el Toyota gris de un tirón seco, justo donde la acera se agrieta frente al portón de la morgue. El ruido del coche murió de golpe, y solo quedó el zumbido lejano de la ciudad, como si el mundo entero contuviera el aliento. Alicia no se movió de inmediato. Abrió el bolso de cuero negro —el que siempre llevaba, el mismo que olía a jazmín y a cigarrillo mentolado—, posó unos anteojos oscuros de marco delgado sobre el regazo, y sacó un frasco gotero transparente. Lo sostuvo un instante a contraluz, como si midiera la dosis, antes de inclinar la cabeza hacia atrás y dejarse caer dos gotas en cada ojo, sin pestañear, sin que se le escapara ni un parpadeo, como si estuviera acostumbrada a fabricarse llanto a pedido.

—¿Qué hacés, loca? —preguntó Muslera, sin dejar de mirar la entrada, con la mano todavía apoyada en el volante. La miró de reojo, medio curioso, medio escéptico, como si ya supiera la respuesta pero necesitara oírla igual.

Ella guardó el frasquito con un movimiento rápido, preciso, y sacó un pañuelo blanco, arrugado entre los dedos. Se inclinó un poco hacia adelante, la cabeza gacha como si cargara un peso real, y se acomodó los anteojos oscuros antes de soltarlo, con la voz baja, cortante, perfecta:

—Tienen que verme destrozada por la muerte de mi marido, no con cara de satisfecha por la garchada que nos acabamos de pegar.

Muslera soltó una carcajada, seca, áspera, sincera en su sarcasmo.

—Sos imparable, Alicia.

—Necesito que lo crean, que se vea real —respondió abriendo la puerta.

Bajó a la vereda. El aire frio le golpeó la cara, como afilados alfileres, se pasó el pañuelo por debajo de los ojos levantando apenas los lentes oscuros, arrastrando por las mejillas un rastro húmedo y brillante que no era suyo. Fingió un sollozo entrecortado, sacudió los hombros como si no pudiera sostenerse, y cuando levantó la cabeza, detrás de los lentes oscuros nadie habría adivinado que acababa de reírse. Muslera la rodeó del lado de la vereda y juntos cruzaron el umbral frío del edificio, donde el silencio olía a desinfectante y a final.


Mientras tanto, lejos del cemento y de las mentiras, en la finca el sol caía con otra luz: más suave, más dorada, filtrándose entre las hojas de los eucaliptos y naranjos. El grupo terminaba de desayunar alrededor de la mesa rústica; tazas vacías, restos de pan, voces bajas que hablaban de caminos y de lluvias venideras. Rodrigo se levantó sin hacer ruido y salió al patio, buscando aire. Respiró hondo, llenando los pulmones de ese olor a tierra mojada y pasto que nunca se tiene en la ciudad.

A su lado, Malevo caminaba pegado a su pierna, tan cerca que casi rozaba la tela del pantalón. No se adelantaba, no se quedaba atrás: iba justo a su altura, vigilando cada paso, atento a cualquier sombra, a cualquier ruido que no debiera estar ahí. Cuando el chico se detuvo a mirar el horizonte, el animal se sentó a sus pies, apoyó la cabeza sobre sus rodillas y lo miró con esos ojos profundos, leales, donde no había farsa ni disfraz ni nada que ocultar. Era la devoción entera de un padre que cuida a su cachorro, la certeza silenciosa de que mientras él estuviera ahí, nada le haría daño.

Rodrigo le pasó la mano por la cabeza, despacio.

—Todo bien, viejo —susurró.

Malevo soltó un resoplido grave, profundo, y cerró los ojos, sin moverse de su lado.

En el comedor, el silencio se quedó pesado, solo roto por el viento que agitaba los eucaliptos afuera. En cuanto los pasos de Rodrigo se perdieron en el patio, Esperanza inclinó el cuerpo hacia la mesa y rompió el silencio de golpe, encarando al clérigo con la mirada fija:

—¿Cómo hizo para entrar aquí? En el pueblo siempre se dijo que esta casa está maldita. Los pocos valientes que intentaron meterse salieron corriendo, blancos como la cal, temblando sin poder explicar qué vieron. Desde entonces, nadie se anima ni a acercarse al portón. La gente la rodea como si quemara.

Antonio dejó escapar una mueca irónica, casi cansada. Apuró el último sorbo del mate hasta que la bombilla soltó un ronquido seco, lo apoyó sobre la madera con un golpe suave y respondió sin levantar la voz:

—Entrar es de lo más sencillo cuando uno tiene la llave.

Analía abrió los ojos de par en par, la boca entreabierta, y saltó de inmediato, casi sin dejarlo terminar:

—¿Y de dónde sacaste la llave? Se creyó que se perdió… o que se la llevaron los que no vuelven.

—Esta propiedad era de mis abuelos —dijo él, sereno, repasando con la mirada las paredes como si saludara a viejos conocidos—. La herencia cayó en mis manos. Estaba necesitando un respiro, alejarme del ruido y la rutina, y decidí venir a instalarme un tiempo. No esperaba encontrarme con compañía.

—Pero la gente jura que hay entes oscuros que echan a cualquiera que pise el terreno —insistió Analía, bajando la voz como si temiera que algo la oyera desde las sombras—. Dicen que gritan de noche, que mueven cosas, que te empujan antes de que cruces el umbral.

Antonio asintió despacio, sin negar ni reírse.

—Es un cincuenta y cincuenta: mitad verdad, mitad leyenda urbana que fue creciendo con los años.

—¿Y cuál es la parte real? —preguntó Esperanza, abrazándose a sí misma, cruzándose las manos sobre los hombros, para contener un escalofrío que le recorrió la espalda entera.

El clérigo la miró directo a los ojos, y su voz bajó un tono, grave y sincero:

—La parte real es que la casa está habitada por espíritus. El mito es que sean malignos.

Analía escuchaba sin dar crédito; la mirada fija en él, sin poder asimilar lo que oía. Esperanza tenía los brazos cruzados apretados contra el pecho, frotándose los hombros sin parar, la cabeza caída como si no pudiera sostenerla. Y no era el frío: parecía que algo la estaba abrazando por la fuerza, algo invisible que le pesaba en los huesos, algo que su mente no lograba encajar. Antonio la miraba con ternura y gravedad a la vez, y siguió hablando:

—Esas presencias que dicen que andan por aquí… no son demonios. Son pibes.

Esperanza levantó la cara de golpe, lo clavó con la mirada y le soltó seca:

—¿Cómo lo sabe? ¿Cómo puede estar seguro de que no son espíritus malos?

—Porque los sentí. Me hablaron. Y creo que lo único que quieren es cuidar al pueblo, protegerlo de algo oscuro que se esconde en estas tierras.

—¿Y qué le dijeron, exactamente? —cortó Analía, con tono de duda y descreimiento.

—Que soy el único que puede ayudarlos. Aunque todavía no sé en qué.

—¿Y llegó a verlos? ¿A alguno de esos pibes? —preguntó Esperanza, con la voz temblorosa.

Antonio la miró hondo, vio cómo no dejaba de frotarse, y le preguntó suave:

—Sentís algo pesado en los hombros, ¿no? Como si algo te estuviera empujando, abrazando fuerte desde atrás…

—Sí —susurró ella, con la respiración entrecortada.

—Eso que sentís y no entendés… es tu hermana. Ella te está abrazando. Cuando Malevo quiso entrar anoche a la pieza donde dormía Rodrigo, ella ya estaba ahí.

El corazón de Esperanza se le hizo chiquito, apretado como un puño; el pecho se le cerró de golpe y la garganta se le llenó de un nudo que no pudo tragar. Las lágrimas le brotaron solas, sin aviso, y cayó de rodillas al piso, llorando con todo lo que llevaba guardado.

Analía no dijo nada: se acercó despacio, se arrodilló junto a ella y la rodeó con los brazos, apretándola suave, sin apurarla, dejándola desahogarse.

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