La sangre recorría el suelo, bañando las piedras de un rojo intenso. Poco a poco, se acercaba a una cuna de flores amarillas. Primero rozó sus raíces, luego se abrió paso entre los tallos, envolviéndolos uno a uno, hasta que ninguna flor pudo escapar de aquel manto rojo.
Era una cascada sin fin. Un río que crecía con cada minuto, que devoraba la tierra sin distinguir entre caminos, hogares o jardines. No parecía detenerse ante nada. Avanzaba en silencio, mientras el mundo continuaba girando como si nada estuviera ocurriendo.
A lo lejos, el humo cubría los restos de lo que alguna vez habían sido hogares. Las paredes yacían derrumbadas, las calles estaban desiertas y las puertas permanecían abiertas, esperando el regreso de quienes jamás volverían a cruzarlas.
¿En qué momento la tierra había aprendido a beber tanta sangre?
Los días pasaban, y con ellos desaparecían más nombres, más rostros, más historias que nadie tendría tiempo de contar. Las madres buscaban a sus hijos entre los escombros; los niños llamaban a sus padres en medio del estruendo. Algunos corrían sin saber adónde ir. Otros ya no tenían fuerzas para hacerlo.
Y, mientras tanto, los hombres seguían hablando.
Hablaban de poder, de territorios, de victorias y de enemigos. Dibujaban fronteras sobre mapas, discutían el destino de una nación y pronunciaban discursos que parecían importantes desde la comodidad de sus mesas.
Pero ninguna de aquellas palabras podía devolverle la vida a un niño.
Ninguna firma podía cerrar los ojos de una madre sin que volviera a ver el rostro de su hijo.
Ninguna victoria podía llenar las sillas vacías de una casa.
La sangre continuó extendiéndose.
Y entonces llegaron quienes todavía podían caminar entre los restos. Miraron el suelo, incapaces de comprender la magnitud de aquella desgracia. A cada paso encontraban otro cuerpo, y después otro, y otro más. Algunos yacían juntos, como si incluso en sus últimos instantes hubieran intentado protegerse. Otros habían quedado separados de sus familias, abandonados a una soledad que ni siquiera la muerte debería conocer.
Había tantos que la mirada no alcanzaba a contarlos.
Los cuerpos se amontonaban sobre la tierra. Hombres, mujeres, ancianos y niños. Vidas que hasta hacía poco habían respirado, amado, discutido por cosas pequeñas y soñado con un mañana. Personas que quizá habían dejado comida sobre la mesa, ropa tendida en el patio o una promesa pendiente para el día siguiente.
Ahora solo quedaban sus cuerpos.
Y la sangre.
Tanta sangre que las flores amarillas habían desaparecido bajo ella.
Algunas personas levantarían la voz para denunciar aquella tragedia. Otras mirarían las imágenes durante unos segundos antes de continuar con sus vidas. Habría quienes discutirían sobre culpables, quienes justificarían la violencia y quienes convertirían a los muertos en cifras.
Cifras.
Como si una vida pudiera resumirse en un número. Como si miles de muertes fueran únicamente una estadística más entre las noticias del día.
Pero cada cuerpo había tenido un nombre.
Cada nombre había pertenecido a alguien.
Y cada alguien había tenido una vida que no merecía terminar así.
La tierra permaneció en silencio, cubierta por los restos de una humanidad que parecía haber olvidado el significado de la palabra humanidad.
Entre los cadáveres, una pequeña flor amarilla todavía asomaba sus pétalos. Estaba manchada de rojo, doblada bajo su propio peso, pero seguía allí, aferrada a la tierra.
Nadie se detuvo a mirarla.
Quizá porque ya no quedaba nadie que pudiera hacerlo.
O quizá porque, cuando la muerte se vuelve demasiado habitual, hasta la vida deja de parecernos extraordinaria.