Hay historias que comienzan casi sin que uno se dé cuenta.
La nuestra tuvo una linda introducción: miradas, abrazos, complicidades, palabras que encontraban su lugar y esa forma tan nuestra de elegirnos, incluso en los días difíciles.
Y ahora estamos en el nudo.
Ese lugar de la historia donde todo se vuelve más difícil. Donde cuanto más transcurre el tiempo, más parece crecer el caos. Un momento gris. Oscuro. Un nudo en la garganta por no poder decirte por tu apodo, por no poder llamarte como antes. Un nudo en el alma por no poder abrazarte, aunque todavía te abrace en algún rincón de mi corazón. Un nudo por saber que quizás me escuchás, pero que ya no me estás escuchando a mí.
Hoy hay algo gobernando nuestro espacio.
Vos de un lado.
Yo del otro.
Y en el medio, ese ego que pareciera haberse presentado a elecciones y haber ganado por mayoría absoluta. Ese ego que se sentó en la urna, contó los votos y decidió que ninguno de los dos podía ceder. Que ninguno podía acercarse. Que ninguno podía dar el primer paso.
Y mientras él gobierna, nosotros nos alejamos.
Nos mira desde arriba mientras dejamos que se desgaste lo que construimos. Mientras dejamos que el orgullo se coma las palabras, los abrazos, las ganas y hasta el amor.
Y qué absurdo es todo esto.
Porque quizás la decisión más difícil sea también la más simple: dejarlo de lado.
Bajar las armas.
Dejar de tener razón.
Dejar de esperar quién da el primer paso.
Mirarnos otra vez.
Porque yo no quiero que esta historia termine en el nudo.
No quiero que todo lo hermoso de nuestra introducción quede reducido a un recuerdo de lo que alguna vez fuimos.
Quiero llegar al desenlace.
Y, si todavía puedo pedirle algo a esta historia, no quiero un desenlace perfecto. No necesito que todo vuelva a ser como antes.
Solo quiero un buen desenlace.
Uno en el que pueda tenerte y vos puedas tenerme.
Uno en el que volvamos a encontrarnos, como alguna vez supimos hacerlo.
Quiero que volvamos a ser nosotros.
Como en aquella introducción.
Solo quisiera que, cuando llegue el final, podamos mirarnos y saber que no dejamos que un nudo terminara contando por nosotros una historia que todavía tenía amor para contar.