III
Ahora, tras probar el dolor en esos pobres infelices, ese goce imperecedero hacia el sufrimiento ya no empezaba a ser el mismo. Tenía frente así un gran número de nuevos dolientes de diversas partes del multiverso; tan extraños, tan exóticos, con culpas inefables, sublimes y bizarras. Pero, ahora no tenía ese arrebato jovial por saborear su angustia como antes y, de tal forma, determinar con quiénes se quedaría; mientras los demás demonios se abalanzaban con furor hacia sus presas. ¿Lo sempiterno empezaba aburrirle? Tal vez o su cotidianidad le comenzaba a fastidiar. Y sentado allí, las preguntas seguían llegando, rápidas y lastimeras como el tormentoso aire frío que lo rodeaba con ardiente desconcierto. Al desear detener su congoja, el demonio se adentró en el laberinto de su mente, vislumbrando así, entre los pasillos de su psiquis, la neurosis que le apolillaba su estar bien. Ante tal autorrevelación, la introspección empezó a ser más intensa… ¿El plano espiritual ya era un fastidio en su nervio? Aquella pregunta le hizo timbrar su interior; pues el aroma sonriente del mundo terrenal se hizo presente en su mente: volar sobre serenas montañas, perderse en forestales bosques y dejarse perder dentro de sus salvajes ríos, sin importar el planeta; como también el placer dañino de despertar horror en seres con consciencia, sin importar en qué galaxia se hallase, para así alimentarse de su desesperación catatónica o de su placidez ceremonial. Aquella reminiscencia de la realidad tangible se hizo luz en sus cabezas; opacando sorpresivamente a la infértil oscuridad que adornaba el lugar donde el demonio se hallaba cavilando. El luminiscente acto alteró aún más el fogoso y caótico ambiente; atrayendo así a curiosos inesperados. Entonces, al verse rodeado por otros infernales que no eran sus subordinados y que lo inspeccionaban con morboso detalle, Purson se retiró con calma nerviosa y sin afán ansioso a su palacio. A medida que avanzaba por las sombrías sendas infernales, él podía sentir cómo era olfateado, palpado y saboreado por esos demonios que percibieron aquellas luces como un nauseabundo riesgo que debía ser eliminado; ya que la luz es sinónimo de esperanza; sentir que no tenía espacio dentro de aquel siniestro lugar. - Me querrán como presa… no quiero ser devorado -, se decía. Ante ello, no volvió a salir; permitiendo que el encierro dejara surgir en su mente una paranoia que lo impulsó a plantearse un sinfín de soluciones a su quejambre; pues temía que los infernales atraídos por el vigor de su remembranza arremetieran hostilmente en contra de él. Y ante aquel loco acto de reflexión, la respuesta estaba ahí, atada a él como su silenciosa sombra; vibrando con constancia aguda que martillaba su desazonada tranquilidad interior. Pero él, Purson, no se atrevía a mirarla. No era por su notoria obviedad; pues este demonio adoraba los acertijos, sino que deseaba encontrar otro camino que no consistiese en escapar del infierno para dar fin a su nuevo e improvisto estado de ahogo. Pese a que dicha idea le pondría un culminante desenlace a su mordaz ansiedad, aquello era un acto un tanto espinoso de efectuar. Por ello, en los diversos y desaliñados cajones del olvido; Purson guardó tal pensar dentro su intrincada mente, mas el ardor de sentir el cosmos tangible de la vida estaba en constante clímax; haciendo de aquel deseo ya algo imposible de negar e ignorar. Entonces, cansado, el demonio dejó de huir ante su desazón y; aceptando aquella reprimida solución, nuevas interrogantes arribaron en su nervio… ¿cómo podría librarse de aquella gélida realidad abismal? ¿Cómo escapar del infierno?