No es angustia, no es tristeza.
Es, más bien, un cansancio espeso, de esos que se adhieren a los huesos y te pesan en las pestañas.
Cada fragmento que transmutan mis escritos no es más que la carne viva del día a día.
Son vísceras, latidos, vocablos paridos a los golpes de una corazonada indomable. Pero al final del día, pase lo que pase, siempre todo vuelve a encajar.
Las emociones humanas son así: te desarman, te pulverizan un poquito por dentro, te dejan temblando en la orilla...
Pero nada termina por apagar la luz de verdad, nada irrita ni destruye para siempre.
Todo, absolutamente todo, vuelve a acomodarse en su sitio.
Es un refugio seguro.