Es una verdad tan amarga como silenciosa esa que dice que la familia es la última en descubrir quiénes somos en realidad.
Dentro de casa, bajo el techo que me vio crecer, me reducen a una sombra torpe, peleadora, de mal carácter perpetuo. Y quizás tengan razón en parte; reconozco que llevo un temperamento áspero que no a todo el mundo le agrada, una seriedad pétrea instalada a la fuerza en medio de mis facciones.
Pero el mundo de afuera, el ajeno, me mira de una manera tan radicalmente distinta que resulta desconcertante, casi agradable.
Recuerdo con una sonrisa melancólica, hace unos meses, cuando una compañera me detuvo para decirme que me encontraba demasiado cálida, coqueta y transparente. Me río por dentro de tan solo pensarlo...
También supieron leer mi carácter y fueron directos, con una advertencia tácita: conmigo no se juega. Lo notaron al instante, quizás solo por la rigidez de mi rostro serio. Pero la verdad profunda es que ni siquiera sé si eso es carácter de verdad; la realidad es que soy una persona aterradoramente sensible, alguien que le huye y aborrece la violencia en cualquiera de sus formas.
Sin embargo, en mi propio entorno familiar se empeñan en verme como el reflejo opuesto. Y es ahí, exactamente en ese abismo, donde nuestra verdad íntima y nuestros frágiles límites chocan brutalmente contra la incomprensión del resto.