Desde que te fuiste, cada bocanada de aire se siente como tragar vidrio molido; el mundo entero perdió el color, reduciéndose a una paleta de grises insoportables donde ya no hay un solo refugio posible.
Desde que te fuiste, aprendí a pararme frente a las tormentas con el pecho abierto y las manos desnudas, completamente sola, porque ya no existe en este plano un lugar donde quepa la paz. Ya no hay un puerto seguro al cual correr cuando la intemperie me vacía por dentro.
Desde que te fuiste, dejé de ser la debilidad hermosa de alguien; perdí ese lugar sagrado en el mundo donde mi nombre sonaba a caricia y a protección.
Desde que te fuiste, los cumpleaños son apenas fechas fantasmales, un recordatorio cruel de una silla vacía donde ya no se sirve tu plato preferido, donde tu risa resonaba y ordenaba el caos de la mesa familiar.
Desde que te fuiste, los domingos se convirtieron en trincheras de silencio absoluto. Las risas cómplices se evaporaron, y el aire de esta casa se volvió espeso, irrespirable, cargado de ausencias que queman la piel.
Desde que te fuiste, quise disolverme, evaporarme de estas paredes que huelen a tu recuerdo; te busqué desesperada en cada sombra, en cada pasillo, en el eco ciego de las habitaciones... pero en ninguna parte estabas.
Desde que te fuiste, nadie me espera con los ojos atentos a la salida de esas jornadas interminables, y a nadie le importa ya saber cuál es el café exacto con el que intentaba endulzar mis días grises.
Desde que te fuiste, el calor de un abrazo sincero se volvió una leyenda extinta. Nadie se sienta en la quietud de la tarde a compartir conmigo un mate tibio, devorando las horas sin prisa, sabiendo exactamente qué callábamos los dos.
Desde que te fuiste, tuve que ponerme un uniforme blindado, enfundarme en la crudeza de trabajar en seguridad —allí, en la intemperie de la noche—, sabiendo con el alma encogida cuánto aborrecías la idea de que yo tuviera que atravesar por algo semejante.
Desde que te fuiste, encontré el valor de volver a la universidad, de intentar avanzar entre ruinas, de abrirle paso al futuro. Pero te extraño con un dolor físico, punzante, que me desgarra las entrañas; extraño tu locura entrañable, tu sabiduría silenciosa y esa complicidad única que solo vos y yo sabíamos construir.
Desde que te fuiste, llevo el corazón hecho trizas, desparramado en el suelo, convertido en polvo fino que el viento se lleva de a poco.
Te extraño cada maldito segundo de mi existencia, Abuelo. Eras el tano más loco, más tierno, más luminoso y verdadero que pisó esta tierra.
Te amo con lo último que me queda por dentro. Gracias por haberle inventado matices y colores a mi mundo cuando era un abismo de oscuridad.
Gracias por tu amor infinito; te volvería a elegir como mi abuelo una y mil veces más, en esta y en cualquier otra vida donde nos toque coincidir.