Supongo que los domingos se sienten exactamente así: te quiebran en silencio, te dejan a solas con una agonía punzante que perfora el pecho. Supongo que es parte de esa trampa dominical en la que, en lugar de descansar, nos ahogamos en el fango de nuestros propios pensamientos, como si revolcarse en la angustia fuera una forma válida de tregua.
Creía que esta demolición mental iba a limitarse a los domingos, pero ocurre constantemente, todos los días de la semana. Y a veces, en medio del cansancio, me detengo a pensar y me pregunto: ¿cuándo me va a tocar a mí? ¿Cuándo me va a tocar el crecimiento real, avanzar de verdad, seguir superándome?
Se siente extrañamente frustrante. Yo me siento extrañamente frustrante, cansada hasta los huesos, ahogada, vacía por dentro. Completamente deshecha. Desde una semana antes de mi cumpleaños arrastro un nudo de plomo en la garganta; al principio creí que era un simple malestar físico, un aviso de que me iba a enfermar.
Pero la cruda realidad es que ese nudo es otra cosa: es pura ansiedad, es la tristeza acumulada y el peso de todas las palabras tragadas que jamás pudieron salir a flote. Es una tortura sorda sentir cómo se te cierra la garganta por dentro y ser incapaz de explicar con voz clara lo que uno está sintiendo. No hay nada más desolador, más profundamente triste que la ansiedad.
Supongo que formará parte de este proceso de crecer, aunque llevo rato intentando madurar y levantarme. Y siempre es la misma ley implacable: justo cuando estoy subiendo, cuando logro escalar muy alto hacia la cima, todo se viene abajo. Todo colapsa a pico.
Por eso no puedo decir que tengo algo construido, porque cada estructura se quiebra: el trabajo, los estudios, las amistades, los vínculos. Siento, con una mezcla de vértigo, que estoy atravesando el mejor momento de toda mi vida y, de repente, todo se viene a pique. Todo se destruye.
Y lo más triste de todo es que, cada vez que las ruinas se acumulan, llegan cosas magníficas, espectaculares. Es como si mi vida fuera un ciclo perpetuo donde algo se rompe irremediablemente para dar paso a algo muchísimo mejor. Pero yo necesito caminar sobre suelo firme. Estoy cansada de pisar arenas movedizas.
Estoy harta de no poder sostenerme, de buscar una pared que no se desmorone por completo cada vez que aparece la primera grieta.
Realmente estoy agotada y últimamente el miedo me consume por dentro, pero jamás me he detenido. Y supongo que de eso se trata el miedo real: de seguir caminando a los tropezones, con el paso temblando, aunque sientas que te está paralizando el alma.