Amiga mía,
te fuiste un día,
dejando tus lanas rodando en la cama,
a ver si es en serio,
mejor voy rezando en silencio,
parece mentira, pero yo juraría haberte visto dormida
desde ese balcón, con tus hojas de menta y algunas rosas de color.
Mejor no toquen nada, dejemos todo como estaba,
está abajo calentando la pava.
Mi querida, yo te decía,
viví tu vida, sé fuerte.
El que te ignora no sabe, a veces, decir lo que siente.
No siempre es merecido, ni tampoco mal dirigido.
Escuchá el reloj,
porque el dolor se escabulle al cuerpo en una noche o dos.
Mujer de mente elocuente,
corazón de niña valiente.
Me gustaba cuando me leías cosas que no entendía,
bajo el ficus que tapaba tu sombra y la mía,
los domingos y los juegos de palabras,
tu cara soleada mis ojos dibujaban.
No te muevas, no salgas de mi panorama.
Profundidades del universo que traías a la cama,
me quedaría a escuchar toda la mañana,
noches largas de fotos, para molestar a todos,
bronceados en la playa de 2 a 8,
un cementerio de aguas vivas, pisar una, nadie quería.
Tu risa de timbre travieso desde un trencito oía.
Usabas el sentido de humor para hablar un poco mal de vos,
estabas acostumbrada a esos juegos de protección.
No hay nada de qué defenderte,
los monstruos también mueren cuando los niños crecen.
El malo cae, no puede escapar de su suerte,
lleva un nombre en su frente,
para que lo haga bailar el fuego ardiente.
A la biología no desprecies, aunque el tiempo pase y la herida no cierre.
Tu corazón iluminado yo lo conozco, nada lo mancha ni un poco.
No te avergüences de amar con odio,
no hay nada como aprender a volar en las manos de un hombre roto,
a veces una caricia amorosa cura la fiebre más silenciosa.
Qué pasó en esa habitación no importa.
Me gusta soñarte simplemente,
en algunas noches de repente,
con tu ropa fina y ojos sonrientes,
de arrugas escondidas y belleza bien envejecida.
El calor de tu abrazo y el mío en ese pasillo lo dejaste para siempre conmigo.