Me quedé un buen rato con Mina pidiéndole que cuide a sus niños cuando vuelva, justo cuando todo se quiebra y Seolhwa ya no alcanza a contestarle. Toda la prueba fue ella prometiendo cosas que no pudo cumplir, y la última se queda sin decir. Aunque digas que el extra no cuenta, yo apuesto que esa respuesta que no dio se la lleva a la historia grande.
Extra-1: Entrenamiento de Seolhwa
Pensamiento
Me quedé un buen rato con Mina pidiéndole que cuide a sus niños cuando vuelva, justo cuando todo se quiebra y Seolhwa ya no alcanza a contestarle. Toda la prueba fue ella prometiendo cosas que no pudo cumplir, y la última se queda sin decir. Aunque digas
Contenido de la publicación
La lluvia me entra por el cuello antes de que entienda dónde estoy.
Levanto las manos para apartarme el pelo de la cara. Hace un momento estaba en el patio de la residencia, con Eunji del otro lado de una ventana y el señor Kim sosteniendo una esfera dorada. Ahora tengo agua dentro de los zapatos y un semáforo apagado cuelga sobre mi cabeza.
Espero escuchar a los demás. El comentario de Kwon, una indicación de Jiwon, cualquier voz que me diga hacia dónde caminar.
Solo oigo la lluvia.
Estoy en una avenida de cuatro carriles. Los autos se amontonan frente a un cruce bloqueado por un autobús; algunos tienen las puertas abiertas y otros conservan figuras inmóviles detrás de las ventanillas. Hay una bicicleta debajo de una rueda y ropa extendida sobre el asfalto, demasiado sucia para distinguir sus colores. En un balcón, varias sábanas se agitan entre dos edificios. Una sigue sujeta por las pinzas. La otra arrastra el extremo por la pared.
Pienso en quién las habrá colgado.
Es una tontería. Tengo frío, no sé dónde están mis compañeros y, aun así, lo primero que pienso es que esas sábanas van a caerse.
La ventana azul aparece tan cerca que retrocedo.
[Prueba individual: Seolhwa.]
[Escenario: Apocalipsis de los muertos hambrientos.]
[Objetivo principal: sobreviva durante 365 días.]
[Objetivo secundario: proteja al grupo de civiles asignado.]
[Civiles iniciales: 11.]
[El grupo incluye niños, ancianos y heridos.]
[Cada pérdida civil reducirá la estabilidad mental de la participante.]
[La participante no puede morir de forma permanente dentro del campo de entrenamiento.]
[Dolor, miedo y fatiga: 100 %.]
[Tiempo disponible: 365 días.]
La leo hasta el final. Después vuelvo a la primera línea, esperando haber entendido algo mal.
Once personas.
El señor Kim nos advirtió que podían separarnos. Yo asentí. Creí que estaba aceptando pelear sola durante un tiempo, aprender a levantar un arma sin cerrar los ojos. No imaginé que iban a entregarme once vidas y dejarme en mitad de una calle.
—¿Dónde están?
Mi voz queda ahogada por la lluvia.
Toco la ventana. Los dedos la atraviesan y solo consigo que se desplace hacia un lado. Busco una flecha, un mapa, alguna instrucción más. Entonces escucho un golpe detrás del autobús.
Un hombre sale de entre dos autos.
Lleva una camisa celeste metida a medias dentro del pantalón. Camina con el pie derecho doblado hacia afuera y mantiene un hombro más alto que el otro. Al principio pienso que está herido, que quizá es una de las personas que debo encontrar.
Doy un paso hacia él.
—Disculpe...
El hombre levanta la cabeza.
Le falta la mitad del labio inferior. Los dientes asoman entre tiras oscuras de carne, y una herida abierta bajo la mandíbula se llena de agua cada vez que inclina el cuello. La sangre de su camisa es vieja, casi negra. No me mira a los ojos. Mira mi boca, mis manos, el espacio entre el abrigo y la garganta.
Quiero retroceder.
Recuerdo la voz del señor Kim: los pies separados, las rodillas sin bloquear, el peso donde pueda moverlo.
No consigo hacer ninguna de esas cosas.
El hombre se abalanza sobre mí y el asfalto me golpea la espalda. El aire sale de mis pulmones con un ruido que no reconozco como mío. Le empujo la cara, pero la piel resbala bajo mis dedos y su boca sigue acercándose.
Huele a ropa húmeda y carne podrida. Lo tengo tan cerca que veo una mosca atrapada entre los dientes.
Grito.
La mandíbula se cierra sobre mi manga. Siento la tela tensarse contra el antebrazo y tiro hacia atrás con tanta fuerza que me raspo el codo contra el suelo. La costura aguanta por un instante. Sus manos se aferran a mi abrigo y una uña se desprende, dejándole el hueso del dedo expuesto.
No parece sentirlo.
Busco algo a mi derecha. Toco un vidrio, retiro la mano y encuentro una barra bajo el auto. La arrastro hacia mí, golpeando la rueda, sin saber siquiera de dónde ha salido.
El primer golpe le da en la oreja.
El segundo rebota contra la frente y me sacude los dedos. El hombre gira la cabeza, abre más la boca y vuelve a tirar de mi manga.
Golpeo otra vez. Y otra.
Una parte de su cráneo se hunde con un chasquido mojado. La barra queda enganchada y tengo que sacudirla para soltarla. Algo gris sale mezclado con sangre. El cuerpo todavía se mueve cuando consigo darle el último golpe.
Después pesa de otra manera.
Me lo quito de encima empujando con ambas piernas. Me arrastro hasta tocar la rueda del auto con la espalda y me quedo allí, con la barra apretada entre las manos.
La lluvia le entra por el agujero de la cabeza.
Espero que se levante. Casi prefiero que lo haga, porque mientras se movía solo tenía que impedir que me mordiera. Ahora tengo que mirar lo que hice.
Me doblo hacia un lado y vomito sobre el agua sucia.
—No puedo —digo, sin saber a quién—. Yo no puedo hacer esto.
Un llanto sale de la tienda de enfrente.
Al principio lo confundo con el silbido del viento entre los vidrios rotos. Después escucho una voz más baja, apurada, que intenta callarlo.
Levanto la cabeza.
Detrás del escaparate hay alguien agachado.
Me pongo de pie apoyándome en el auto. Las piernas me tiemblan tanto que tengo que esperar antes de cruzar. No suelto la barra. Tampoco consigo dejar de mirar mi manga: está marcada por los dientes, pero la tela no se ha abierto donde me atrapó.
Cruzo la calle sin acercarme a los otros autos.
La tienda vendía mochilas, cuadernos y juguetes baratos. Hay una cortina metálica trabada a mitad de camino y un hueco junto a la pared por el que puedo pasar de costado. Entro inclinándome y una punta de metal me corta el abrigo.
—Quedate ahí.
Una adolescente sostiene un cuchillo de cocina detrás del mostrador. Tiene el pelo corto, cortado de forma desigual a la altura de la mandíbula. Sus manos están rojas de frío y una de las uñas lleva esmalte verde.
No bajo la barra de inmediato. Me doy cuenta cuando ella mira el arma y aprieta más el cuchillo.
La apoyo contra el suelo.
—Escuché a un chico.
—Ya no está llorando.
Debajo del mostrador, un niño se tapa la boca con ambas manos. Junto a él hay una niña de dos colitas deshechas que abraza una mochila rosa. Me mira las rodillas, la manga mojada, la sangre que se me ha quedado entre los dedos.
—¿Te mordieron? —pregunta la adolescente.
—La ropa. No llegó a...
Señala mi brazo con el cuchillo.
—Mostrame.
El movimiento me ofende durante un segundo absurdo. Estoy acostumbrada a que los chicos me escuchen cuando hablo. Ella no es uno de mis chicos y no tiene ninguna razón para confiar en mí.
Me subo la manga. El codo está raspado, pero la marca de los dientes solo ha dejado una zona roja sobre el antebrazo.
La adolescente se acerca lo justo para mirar. Después retrocede.
—No podemos quedarnos acá —le digo.
—Ya sé.
No me pregunta por qué. Mira la cortina, que se mueve cada vez que el viento golpea el escaparate.
—Había más gente en la calle de atrás. Un señor con una camioneta dijo que podíamos subir si llegábamos antes de la tarde.
—¿Lo conocés?
Niega con la cabeza.
—¿Vos tenés un auto?
—No.
El niño de debajo del mostrador deja escapar un sollozo. La adolescente se agacha enseguida.
—Jae, mirame. ¿Te acordás de lo que dijimos? Despacito. Como cuando se empaña el vidrio.
Respira con la boca entreabierta, exagerando el movimiento. El niño intenta imitarla. Tiene un autito rojo dentro del puño; una rueda gira cada vez que le tiembla la mano.
Yo me arrodillo a cierta distancia.
—Me llamo Seolhwa. Cuido chicos en un hogar.
La niña levanta la mirada.
—¿Como una maestra?
—Algo parecido.
—¿Sabés dónde está mi mamá?
Se me queda una respuesta automática en la lengua. Vamos a buscarla. Seguro está bien. Las frases que una dice cuando necesita que un niño deje de tener miedo y todavía cree que podrá arreglarlo todo después.
—No —respondo—. Acabo de llegar.
La niña baja los ojos hacia su mochila.
La adolescente me observa unos segundos y por fin deja el cuchillo junto a su pierna.
—Soy Yura. Ella es Mina. Lo encontré a él en el local de al lado.
Jae se mete el autito bajo el mentón.
—Hay una señora que cocina —dice Mina—. En la calle de atrás. Tiene fuego.
Miro por el hueco de la cortina. El hombre de la camisa celeste sigue tendido junto al auto. Más allá, entre los carriles, otra figura levanta la cabeza hacia la tienda.
—Vamos a verla —digo.
Yura toma dos botellas de agua de una caja. Yo agarro otras dos y las meto en los bolsillos del abrigo. Mina se cuelga la mochila con una seriedad que me recuerda a Eunji preparando sus cosas para el traslado.
No quiero pensar en Eunji.
Lo hago igual.
Me pregunto si ya habrá preguntado cuándo vuelvo.
***
La calle de atrás huele a humo de carbón.
Yura camina delante, apartando vidrios con la punta del zapato. Le pido que no se aleje más de unos pasos. No responde, pero reduce la marcha. Mina me toma dos dedos de la mano izquierda y Jae se aferra al borde de mi abrigo.
El restaurante tiene el frente tapiado con mesas volcadas. En la puerta de servicio, una mujer mayor nos mira a través de una rendija.
—Cierren al entrar.
No pregunta quién soy. Primero cuenta a los chicos.
La cocina conserva un poco de calor. Hay una olla sobre un fogón y ropa extendida junto a la pared. Un hombre está sentado en el suelo con una pierna recta sobre una caja; otro, arrodillado delante de él, sostiene una venda entre los dientes mientras intenta desenredar una tira de tela.
—Llegan justo para discutir —dice la mujer—. ¿Sabe cuántas personas entran en una camioneta que no aparece?
Yura mira hacia la puerta.
—¿Se fue?
—Todavía no sabemos si existió.
Me ofrece un trapo. Tardo en entender que espera que me limpie las manos.
—Ok —se presenta—. La de la pierna rota, esa es la silla buena. No la usen para quemar.
El hombre sentado levanta la cabeza.
—La pierna no está rota.
—Entonces deje de hacer tanto ruido cuando la mueve, Sangil.
Él resopla. La mujer le alcanza una taza y compruebo que la ha dejado a su alcance antes de continuar hablando.
Un golpe suena en la puerta. Yura se vuelve con el cuchillo levantado, pero el hombre arrodillado alza la mano.
—Es Geon.
Un hombre ancho de hombros entra cargando una bolsa de arroz contra el pecho. Detrás de él aparece una mujer pálida, con el cabello pegado a las sienes. Se detiene junto al marco, cierra los ojos y espera a que se le pase el mareo.
Me acerco por reflejo.
—¿Querés sentarte?
—Si me siento ahora, no vuelvo a levantarme.
Intenta sonreír. Le tiembla el labio inferior.
El hombre de la venda termina de sujetar la pierna de Sangil y viene hacia nosotros.
—Hana. Tome un poco de agua antes de seguir.
Ella se lleva una mano al vientre. Solo entonces me doy cuenta.
—Tres meses —dice al notar mi mirada—. Más o menos. Antes llevaba mejor la cuenta.
Me aparto para dejarla pasar. El hombre se presenta como Choi, médico de un hospital que, según explica, ya no recibe a nadie. Lo dice mientras limpia una tijera con demasiado cuidado.
La bolsa de arroz cae sobre la mesa.
—No encontré la camioneta —anuncia Geon—. Tampoco al tipo que la prometió. Tenemos que movernos antes de que oscurezca.
—Hay más chicos —dice la señora Ok.
El hombre mira alrededor y cuenta a los que están con nosotros.
—¿Cuántos más?
La mujer señala el techo.
No entiendo hasta que escucho un golpe por encima de la cocina.
Subimos por una escalera de servicio. En el piso superior, dos hermanos han atrancado una puerta con una cajonera. El mayor sostiene el palo de una escoba y la niña empuja el mueble cada vez que alguien intenta abrir desde el otro lado.
—¡No los dejen salir! —grita él cuando nos ve.
Geon se pone junto a la cajonera. La puerta vibra con un golpe y un dedo gris aparece por la rendija.
Yo dejo a Mina y a Jae abajo con Hana. Cuando regreso, Choi está ayudando a la niña a pasar junto a nosotros. El chico no quiere soltar la escoba.
—Dabin —le dice su hermana—. Ya está.
—Yo estaba sosteniendo.
—Ya vi.
Lo dice con tanta impaciencia que por un segundo suenan como dos chicos discutiendo por un juguete. Después algo muerde el borde de la puerta y Dabin suelta la escoba.
Al fondo del pasillo encuentro a otro niño dentro de un canasto de ropa.
Está sentado entre sábanas con un muñeco sin cabeza apretado contra el pecho. Le hablo dos veces. No levanta la mirada hasta que me agacho frente a él.
—Nos vamos de acá. ¿Podés venir conmigo?
No responde.
Estiro una mano y la dejo sobre el borde del canasto. Espero. Detrás de mí, Geon nos pide que nos apuremos y la madera empieza a crujir.
El niño me agarra un dedo.
En la cocina, la señora Ok lo reconoce.
—Bomi. Vino con su hermana hace dos días.
Miro a Yura. Ella niega apenas con la cabeza antes de que pregunte.
La ventana aparece mientras lo acomodo en mis brazos.
[Civiles localizados: 11/11.]
[Grupo asignado reunido.]
Los cuento otra vez por mi cuenta.
Mina y Jae. Yura. La señora Ok, Sangil y Choi. Hana. Dabin y su hermana, que se llama Sora. Geon. Bomi.
Once.
La pantalla se retira y no nos dice hacia dónde ir.
***
La guardería está a cuatro calles del restaurante. Sangil conoce el camino porque una de sus líneas de autobús pasaba por allí. Dibuja la esquina sobre la mesa con un dedo húmedo y nos indica una entrada lateral, lejos de las vidrieras.
—Si sigue abierta, tiene cocina —dice—. Y un patio con pared alta.
—¿Cuándo pasó por última vez? —pregunta Yura.
Sangil mira su pierna vendada.
—Hace unos meses.
Geon aprieta los labios, pero no propone otro lugar.
Salimos por tandas. Primero él y Yura, que comprueban la calle. Después los chicos con la señora Ok y Hana. Choi sostiene a Sangil por un brazo; yo llevo a Bomi y la barra, cambiando el peso de un lado al otro cada pocos pasos.
Nadie quiere dejar la olla. La señora Ok termina volcándole el contenido a un recipiente con tapa y lo acomoda sobre la bolsa de arroz.
—Después van a preguntar qué comemos —dice cuando Geon intenta protestar.
Caminamos junto a los edificios. Un auto emite un pitido cuando Dabin roza el espejo, y todos nos quedamos quietos hasta que el sonido se apaga. En la esquina hay tres muertos golpeando la persiana de una carnicería. Uno se vuelve hacia nosotros, pero Geon hace un gesto para que nos agachemos detrás de una camioneta.
Espero con Bomi apretado contra el pecho. Me cuesta respirar sin hacer ruido. El niño me mira como si tratara de averiguar por qué el corazón me golpea tan fuerte.
El muerto vuelve a la persiana.
Tardamos casi una hora en recorrer esas cuatro calles.
La guardería tiene animales pintados en el muro y una campana pequeña sobre la puerta. Geon la sujeta antes de abrir, después la retira y la deja en el suelo. Dentro huele a encierro y a comida agria.
No nos deja pasar hasta revisar las aulas.
Yo espero junto a la entrada con los chicos. Sora se queja de que Dabin le pisa el pie. Jae necesita ir al baño y no quiere apartarse de mi abrigo. Mina pregunta dónde puede dejar la mochila.
Son preguntas que sé responder.
Durante unos minutos, eso me permite moverme.
Encontramos dos baños pequeños, colchonetas de colores y una cocina donde todavía hay paquetes cerrados. En la oficina duerme alguien sentado contra un archivador. Cuando Geon ilumina el rincón, el cuerpo mueve una mano.
Me pide que cierre la puerta del aula.
Lo hago.
Escucho dos golpes y después otro, más fuerte. Les digo a los chicos que cuenten cuántos animales hay en la pared. Mina encuentra seis antes de que vuelva Geon.
Tiene la respiración agitada y una salpicadura oscura en la oreja. No lo miro demasiado. Me avergüenza agradecerle lo que no quise ver.
Esa noche dividimos el arroz en recipientes de plástico con dibujos de peces. La señora Ok sirve primero a los chicos y guarda una parte antes de repartir el resto. Geon mira su porción.
—Voy a hacer la primera guardia.
—Por eso le puse más.
—No parece.
La señora Ok no responde. Le alcanza otro recipiente vacío para que vea la diferencia.
Nos sentamos en el aula grande. Nadie sabe si debe hablar en voz baja todo el tiempo. Los chicos se miran entre sí antes de pedir agua, como si beber también pudiera hacer demasiado ruido.
Intento que me digan sus edades. Mina tiene siete años; Dabin, diez, y Sora, ocho. Bomi no responde, pero la señora Ok dice que tiene cuatro. Jae muestra una mano abierta y esconde la otra bajo el muslo. Yura dice dieciséis mirando hacia otro lado.
No hago comentarios. Son las edades suficientes para que yo empiece a pensar qué necesitan y demasiado pocas para este lugar.
Hana termina su comida y se queda sujetando el recipiente.
—No siento nada todavía —me dice al notar que miro su vientre—. Sé que es pronto. Pero a veces me olvido de eso y me asusto.
No sé cómo consolarla. Le acomodo una manta sobre las piernas.
Choi revisa mis manos después de que los niños se acuestan. Tengo dos cortes entre los dedos y un trozo diminuto de vidrio en la palma. Cuando toca cerca, retiro el brazo por reflejo.
—Perdón —digo.
—Puede dolerle. No tiene que disculparse por eso.
Me limpia la mano mientras le cuento lo ocurrido en la avenida. No mira la barra hasta que termino.
—¿Había visto algo así antes?
Pienso en la sangre del orfanato, en las máscaras partidas y en lo fácil que se movía el señor Kim entre los atacantes.
—Desde lejos.
Choi asiente como si entendiera la diferencia.
Más tarde me siento frente a la puerta del aula. Geon vigila la entrada y Sangil descansa junto a una ventana cubierta con cartón. Afuera los muertos golpean alguna persiana. A veces callan durante tanto tiempo que me convenzo de que se han ido; después vuelve un golpe y el cuerpo se me tensa entero.
Mina sale de debajo de la manta con su mochila.
—¿Vas a quedarte?
—Sí.
—¿Toda la noche?
Miro el espacio junto a la puerta. He pasado noches así antes, sentada cerca de chicos que no podían dormir después de llegar al hogar. Nunca con una barra sobre las rodillas.
—Esta noche, sí.
Mina se sienta a mi lado.
—Mi mamá dice que los adultos mienten para que los chicos no lloren.
—A veces pasa.
—¿Vos también?
Podría decirle que no. Sería mucho más fácil.
—Voy a intentar decirte cuando no sepa algo.
Se queda pensando. Después apoya la mochila en el suelo y se acuesta con la cabeza sobre mi muslo. Tarda poco en dormirse.
Yo miro la puerta hasta que entra luz por debajo del cartón.
A la mañana siguiente no consigo cerrar bien los dedos.
***
Durante los primeros días, la guardería parece enorme.
Hay espacio para separar a los chicos por edades, una cocina donde la señora Ok manda sin pedir permiso y un pequeño depósito en el que Geon guarda las cosas que podrían servir para defendernos. En el patio crecen hierbas entre las baldosas. Bomi pasa casi una hora mirando una hormiga que lleva algo más grande que ella.
Al tercer día se corta el agua.
Jae me avisa porque intenta lavarse las manos y solo sale aire del grifo. Lo abre y lo cierra varias veces, cada vez más despacio, como si así pudiera arreglarlo.
Voy a la cocina. La señora Ok ya tiene los brazos cruzados frente a la pileta.
—¿Cuánto queda? —pregunto.
Señala las botellas sobre una repisa.
Apenas alcanzan para un par de días si seguimos usando todo como hasta ahora.
Esa tarde discutimos por primera vez.
Geon quiere ir al supermercado de la avenida. Choi dice que ha visto demasiados muertos reunidos cerca del estacionamiento. Sangil propone un depósito de bebidas junto a la antigua terminal y Yura cree que podemos entrar por la parte trasera de las casas vecinas.
Todos me miran cuando dejan de hablar.
—¿Por qué me preguntan a mí?
La pregunta sale peor de lo que quiero. La señora Ok baja la vista hacia la cuchara que está limpiando.
—Porque esta mañana usted ya repartió las tareas y nadie se quejó.
No había repartido nada importante. Le pedí a Dabin que juntara recipientes, a Sora que buscara tapas y a Yura que me ayudara a mover las colchonetas lejos de una ventana. Cosas que hago sin pensar.
Ahora quieren que decida por qué calle salir.
Busco el papel donde Sangil dibujó el camino. Le pido que marque también el depósito y cada lugar donde haya visto una pared baja. Después escucho a Geon y a Yura hasta que dejan de contradecirse y empiezan a señalar la misma esquina.
Salimos al día siguiente.
Geon me da un par de guantes grandes y envuelve mi antebrazo con una tela gruesa.
—No para dejar que la muerdan —aclara—. Para que no se abra con el primer vidrio que toque.
La barra me resulta demasiado larga en los pasillos. Choca contra una pared y el sonido me deja inmóvil. Geon no se burla. Me hace llevarla más cerca del cuerpo y esperar mientras comprueba la salida.
Yura conoce un hueco entre dos casas. Pasa primero, luego me indica dónde poner el pie. Me molesta necesitar su ayuda hasta que intento imitarla y la suela resbala sobre el ladrillo mojado.
Ella me agarra del abrigo.
—Por ahí no.
Asiento, avergonzada y agradecida.
Encontramos agua en una despensa pequeña. No tanta como esperaba. Varias botellas están abiertas; otras se han roto bajo una estantería. Cargamos solo las cerradas y unos paquetes de galletas que Geon mete al fondo de la bolsa.
Al salir, un muerto aparece en el patio.
Es una mujer con una pantufla y un delantal. Tiene una marca oscura alrededor de la garganta, como si algo le hubiera apretado el cuello durante mucho tiempo. Se acerca sin levantar las manos hasta que ve a Yura.
Yo la empujo con la barra.
La mujer retrocede un paso y vuelve. La empujo otra vez. No consigo golpearle la cabeza; el delantal me distrae, igual que la camisa del hombre de la avenida.
Geon se mete entre las dos. La derriba contra una pared y termina el movimiento antes de que yo entienda qué ha hecho.
Después me mira.
—Si solo la aparta, va a seguir viniendo.
Sé que tiene razón. Eso no hace que la próxima vez resulte más fácil.
Volvemos con suficiente agua para unos días. Los chicos se acercan a las bolsas como si trajéramos regalos. Mina quiere ayudar a guardarlas; Jae pregunta si puede beber sin que se termine todo.
La señora Ok le llena medio vaso.
—De a poco. Después podés pedir otro.
Geon deja las galletas sobre la mesa. Sonríe al ver que Bomi las reconoce y se queda junto a él mientras come una.
Esa noche, cuando ya creo que todos duermen, encuentro al mismo hombre revisando la despensa.
Tiene un paquete en la mano.
Nos miramos unos segundos.
—Salgo mañana otra vez —dice.
—Ya guardamos comida para el desayuno.
—No estaba robando.
No he usado esa palabra. Él parece escucharla igual.
Le pido que lo deje. Geon devuelve el paquete a la repisa con un movimiento brusco y sale sin despedirse.
Me quedo sola en la cocina, pensando que no puedo vigilar la puerta, las ventanas, la comida y las manos de todos al mismo tiempo.
***
La primera semana termina sin que perdamos a nadie.
Lo escribo en un cuaderno que encuentro en la oficina y me quedo mirando la frase. Parece un logro pequeño hasta que recuerdo la avenida.
Debajo anoto las cosas que nos faltan. Agua. Pilas. Jabón. Ropa seca para los chicos. Algo para el dolor de Sangil. Una olla más grande. Cordones para el zapato de Sora, que se le sale cada vez que corre.
La lista ocupa dos páginas.
Durante el día hacemos tareas que, desde afuera, podrían parecer normales. Lavamos ropa en recipientes y la tendemos donde no pueda verse desde la calle. Choi revisa las heridas después de comer. La señora Ok convierte lo que encontramos en comidas que casi siempre tienen gusto a lo mismo, pero llegan calientes a las manos. Hana remienda mangas junto a la ventana del patio.
Dabin quiere salir a buscar cosas.
Le doy el trabajo de contar las botellas. Lo hace bien durante dos días. Al tercero escribe una cantidad que no coincide y, cuando le pido que vuelva a mirar, patea la caja.
—Es trabajo de nenes.
Sora, sentada sobre una colchoneta, se ríe.
—Vos sos un nene.
Dabin se pone rojo. Tengo que separarlos antes de que empiecen a empujarse.
Más tarde lo encuentro en el patio, mirando la pared.
—Si te equivocás en la cuenta, salimos a buscar agua un día antes o un día después —le digo—. No me da lo mismo.
—Geon sale y mata cosas.
No sé si lo dice con admiración o con rabia.
—Y vuelve para tomar el agua que vos contaste.
Dabin no parece convencido, pero esa tarde rehace la lista sin que tenga que pedírselo.
Sangil dibuja mapas en la mesa. Recuerda dónde había una estación de servicio, qué paso bajo nivel se inundaba incluso antes de que todo terminara y qué edificios tienen salida por dos calles. A veces se equivoca y borra una línea con el pulgar hasta agujerear el papel.
Los chicos empiezan a pedirle que dibuje otras cosas.
Él finge molestarse, pero una mañana encuentro a Jae sentado a su lado, moviendo el autito rojo por una carretera hecha con cajas de medicina vacías. Sangil imita el ruido de un motor con la boca.
No lo había visto sonreír.
Ese mismo día descubrimos de dónde desaparecen algunas galletas.
La señora Ok encuentra una debajo de la colchoneta de Jae. Después otra, envuelta en un trapo, junto a su zapato. El niño se queda tan quieto que al principio creo que no entiende la pregunta.
—¿Las guardaste vos? —le digo.
Asiente sin mirarme.
—Son para cuando no haya.
La señora Ok se lleva una mano a la boca. Yo pienso en el paquete que Geon tenía en la despensa y siento una mezcla incómoda de vergüenza y sospecha.
Lo busco en la entrada.
—Jae está guardando comida.
—Ya sé.
Geon no intenta disimularlo.
—Le di una ayer. No quería dormir porque decía que a la mañana no iba a quedar nada.
—Podría haberme avisado.
—Usted también podría comer todo lo que le sirven en vez de repartir la mitad y después temblar en la guardia.
Me quedo callada.
Él mira hacia la cocina antes de continuar.
—Yo tengo hambre, Seolhwa. No voy a hacerme el bueno. También guardé para mí.
Por primera vez no me parece una confesión suficiente para convertirlo en una mala persona. Me parece alguien cansado de tener que pedir permiso para seguir sosteniendo su propio cuerpo.
Esa noche hablamos todos de las porciones. La señora Ok se enfada cuando le digo que yo también tengo que recibir una entera. Después deja de enfadarse conmigo y empieza a hacerlo porque no se lo dijimos antes.
No resolvemos el hambre. Al menos dejamos de esconderla.
A Jae le damos una lata vacía con una tapa azul. Puede guardar allí una parte de su comida, siempre que nos avise. Durante varios días la lleva a todas partes, incluso al baño.
***
Yura mata a su primer muerto en la tercera semana.
Entramos en una librería buscando cuadernos y pilas. También hay una máquina de bebidas al fondo, detrás de una cortina de plástico. Geon comprueba la puerta trasera mientras yo reviso una caja bajo el mostrador.
Yura oye un ruido entre las estanterías.
—Hay alguien.
Le digo que espere, pero el cuerpo aparece antes de que termine de hablar.
Lleva un uniforme escolar. La chaqueta está abierta y la corbata se le ha quedado enredada alrededor de un hombro. Tiene una parte de la mejilla pegada al cuello, como si la piel se hubiera desprendido al secarse.
Yura retrocede y choca contra una estantería. Los cuadernos caen alrededor de sus pies.
El muerto la alcanza.
Corro hacia ella, pero me interpongo mal: la barra queda atravesada entre los dos y la criatura gira la cabeza hacia mi mano. Siento los dientes rozar el guante. Tiro hacia atrás mientras Yura levanta una pieza de metal que usa para forzar puertas.
El primer golpe le abre la ceja.
Yura vuelve a golpear, esta vez gritando. El muerto cae de rodillas y se le aferra al pantalón. Ella tira para soltarse y casi cae con él. Lo sujeto con la barra contra el borde de una mesa.
—Ahora —digo, sin reconocer mi propia voz.
Yura golpea hasta que el cráneo se abre bajo el pelo pegado a la frente. Un fragmento de hueso salta sobre un cuaderno nuevo. El cuerpo deja de tirar de su pierna.
Ella sigue sosteniendo el arma en alto.
Le toco el codo y se aparta con un sobresalto.
En la calle vomita junto a un desagüe. Geon vigila la esquina sin decir nada. Yo le ofrezco agua y espero a que deje de respirar tan rápido.
—Tenía mi uniforme —murmura.
Miro hacia la puerta de la librería.
—No el mismo colegio. Pero... —Se limpia la boca con el dorso de la mano—. Mi corbata también se soltaba así.
Estoy a punto de decirle que ya no era una persona. Me parece una frase útil hasta que veo que ella sigue mirando su propia mano.
No la digo.
—No me pidas que me acostumbre —añade.
Me siento a su lado mientras Geon cambia de posición para dejarnos a cubierto del viento.
Esa noche Yura no come. La señora Ok le deja el recipiente cerca y se lo lleva cuando todos se han dormido, sin hacer ningún comentario. Al día siguiente vuelve a servirle como si nada hubiera pasado.
Yura sale conmigo otra vez tres días después.
Antes de cruzar la puerta, revisa que la suela no esté despegada y se ata bien los cordones. Son movimientos pequeños. Yo empiezo a reconocer que casi todo lo que aprendemos tiene ese tamaño.
***
En el día treinta y uno llueve tanto que podemos llenar todos los recipientes del patio.
Los chicos quieren salir. Los dejamos un rato, cerca de la puerta, mientras Hana les recuerda que no salpiquen la ropa tendida. Sora levanta la cara hacia la lluvia y Mina se ríe por primera vez desde que llegamos.
El sonido me toma desprevenida.
Me quedo con un balde en las manos, mirándola, hasta que la señora Ok me pide que me aparte porque estoy bloqueando la salida.
Más tarde jugamos a la escuela en el aula grande. Dabin insiste en ser el maestro y escribe una suma equivocada en la pizarra. Sora lo corrige tan rápido que empieza otra pelea. Yura termina sentándose en la mesa con los dos y les muestra cómo hacerla.
—¿Todavía te acordás? —pregunta Dabin, desconfiado.
—Tengo dieciséis, no noventa.
Sangil levanta la mano desde su silla.
—Yo también me acuerdo.
Los chicos se ríen.
Hana cose un remiendo sobre el hombro del muñeco de Bomi. No intenta arreglarle todo de golpe; primero le pregunta si puede tocarlo, después le deja elegir un pedazo de tela. El niño señala uno amarillo y espera sentado junto a sus rodillas hasta que termina.
Esa tarde creo que podríamos quedarnos.
No para siempre. Me cuido de pensar esas palabras. Pero quizá hasta que pase el invierno. Quizá hasta que Hana pueda caminar sin marearse. Quizá hasta que el agua vuelva a salir de la canilla y deje de mirar el fondo de cada botella antes de beber.
Marco otro día en el cuaderno.
Solo treinta y uno.
Al otro lado de la pared suena un gemido. Levanto la cabeza y veo que Yura también lo ha escuchado. Ninguna dice nada. Esperamos hasta que se aleja.
Después ella vuelve a la suma y yo guardo el cuaderno.
***
La fiebre de Hana empieza durante la séptima semana.
Al principio cree que está cansada. Se queda dormida sentada, con una manga a medio coser entre las manos, y se enfada cuando le pedimos que se acueste. Esa noche tiembla debajo de dos mantas.
Choi se queda con ella hasta la madrugada.
A la mañana siguiente me muestra una caja casi vacía.
—Necesito más material. No solo por Hana. La herida de Sangil vuelve a supurar y las vendas que estamos usando ya no dan para otra lavada.
Me habla en voz baja para que los chicos no escuchen. Eso me obliga a acercarme, como si estuviéramos planeando algo vergonzoso.
Recuerdo una farmacia en la avenida. La vimos durante una salida, seis calles al norte. Tenía las puertas cerradas y una reja interior. Geon cree que podría abrir la entrada de servicio.
Sangil marca la esquina en el mapa.
—Ese paso termina contra el estacionamiento. Si hay muchos, no se metan por ahí.
Asiento. Le pido a Yura que se quede con los chicos, pero ella ya está revisando su bolsa.
—Conozco el callejón.
—Lo conozco yo también.
—Entonces sabés que una sola persona no alcanza para vigilar las dos puntas.
No sé si tiene razón o si he empezado a necesitarla tanto que cualquier argumento suyo me parece suficiente.
Salimos los tres después del mediodía.
La ciudad ha cambiado. Hay cuerpos en lugares donde antes no había nada y los muertos se mueven de una calle a otra siguiendo ruidos que no siempre conseguimos identificar. A lo lejos escuchamos varios disparos. Geon hace una seña y esperamos bajo un toldo hasta que dejan de sonar.
La farmacia sigue cerrada.
Entramos por detrás, como habíamos planeado. Durante unos minutos todo sale bien. Geon vigila el pasillo y Yura sostiene la luz mientras busco los nombres que Choi escribió en un papel. No encuentro algunos. Otros están en cajas abiertas cuyo contenido no entiendo.
Me tiemblan las manos por la urgencia.
Dejo caer un envase de vidrio. El ruido me parece enorme.
Desde la calle llega un golpe contra la reja.
Geon aparece en la puerta del depósito.
—Nos vamos.
Señalo una caja en el estante superior.
—Falta esa.
—Seolhwa.
Sé que debería dejarla. Aun así, acerco un banquito y subo. Pienso en la frente caliente de Hana, en el olor de la venda de Sangil, en la cara de Choi cuando tuvo que mostrarme la caja vacía.
Tardo menos de un minuto.
Después voy a recordar ese minuto muchas veces.
Cuando bajo del banquito, ya hay alguien golpeando la puerta de servicio.
Geon empuja un armario para bloquearla. La madera se mueve antes de que termine. A través del vidrio esmerilado distingo varias cabezas, demasiado juntas.
—Por adelante —dice.
La reja interior está cerrada. Yura busca la llave detrás del mostrador mientras yo golpeo los cajones con la palma abierta, sin recordar cuál he revisado. Desde el depósito llega un crujido.
Encontramos la llave colgada de un gancho, a la vista de cualquiera que no esté aterrada.
Geon levanta la reja lo suficiente para que pasemos por debajo. Salgo primero y Yura me entrega las mochilas. Cuando él se agacha, el armario del fondo cae.
Veo al muerto antes que Geon.
Le grito que se tire hacia adelante. Lo hace, pero el cuerpo le cae sobre la espalda y los dientes se cierran en la parte alta del hombro.
El sonido no es el que esperaba.
No es un grito, al principio. Es el aire saliendo de golpe por la nariz de Geon y el ruido de la tela cuando el muerto tira hacia atrás. Después aparece la sangre, brillante sobre el abrigo oscuro.
Levanto la barra con las dos manos y golpeo. Le doy en la nuca. El muerto sigue aferrado, así que golpeo otra vez, buscando el mismo lugar. La base del cráneo se abre y su mandíbula afloja lo suficiente para que Geon consiga arrastrarse fuera.
La reja cae detrás de él.
Otra mano pasa entre los barrotes y me roza el zapato.
Yura tira de mí.
—¡Vamos!
Geon se levanta apoyándose en el marco de la entrada. Tiene los ojos muy abiertos. Se toca el hombro y mira la mano como si la sangre perteneciera a otra persona.
Durante unos segundos corre.
Después empieza a tropezar.
Los muertos salen a la calle por el paso trasero. Otros se vuelven hacia nuestros gritos desde el cruce. No vienen todos a la misma velocidad: algunos apenas pueden sostenerse, otros se impulsan sobre piernas todavía enteras y acortan la distancia cada vez que miramos hacia atrás.
Nos metemos en un patio y cerramos una verja. Geon casi deja una mano del otro lado. Yura le tira del abrigo mientras yo pongo una bicicleta atravesada contra la puerta.
El primer cuerpo choca con el metal.
Tenemos unos segundos.
—No podemos volver por la avenida —dice Yura.
Yo miro a Geon. El brazo herido le cuelga a un lado y la cara se le ha vuelto gris.
El camino de Sangil hacia la terminal queda a la derecha. El callejón que conozco está a la izquierda. Al final de ese callejón están la guardería, Choi y el lugar donde todavía puedo imaginar que alguien arreglará lo que acaba de ocurrir.
Elijo la izquierda.
Yura intenta detenerme.
—Van a seguirnos.
—No puede caminar hasta la terminal.
No espero a que responda. Me paso el brazo sano de Geon sobre los hombros y empiezo a moverlo. Él ayuda al principio; después deja cada vez más peso sobre mí.
Cruzar el primer patio nos cuesta una mochila. Pasar la pared baja del segundo nos cuesta casi todo el aliento. Yura mantiene una puerta cerrada con el hombro mientras nosotros llegamos al callejón; al soltarla, tiene que correr para alcanzarnos.
Los muertos siguen ahí.
Veo la campana que Geon retiró el primer día, todavía junto a la entrada, y golpeo la puerta de la guardería con el puño.
—¡Abran!
Sangil tarda demasiado en llegar. Lo escucho arrastrar la pierna y quitar las trabas. Cuando la puerta se abre, caemos los dos hacia adentro.
Yura entra detrás y empuja con toda la espalda.
Geon empieza a gritar recién cuando Choi intenta apartarle la ropa.
La mordida ha arrancado un pedazo irregular de carne. Se ve una capa pálida bajo la sangre y, alrededor, la piel empieza a oscurecerse. Geon mira por encima del hombro del médico, hacia donde están los chicos.
La señora Ok los lleva al aula.
Mina se queda en el umbral un segundo más que los demás.
Yo sigo sujetando la mochila de medicinas.
No recuerdo haberla agarrado.
***
No hay ninguna medicina para lo que le está pasando a Geon.
Choi me lo dice en el depósito, mientras Geon tiembla sobre una colchoneta. Afuera, los golpes contra la puerta se han vuelto tan constantes que empiezo a notar más los silencios entre uno y otro.
—En el hospital vi a varios mordidos —explica—. No conseguimos detenerlo.
—Pero trajimos...
Miro la mochila abierta.
El médico sigue mi mirada y niega con la cabeza.
Geon nos escucha.
—No hablen como si no estuviera.
Me acerco y me agacho a su lado. Su respiración huele a fiebre. Tiene los dientes apretados y el sudor le baja por la frente aunque la habitación está fría.
—No voy a dejarte solo.
—Eso no es lo que estoy preguntando.
No tengo respuesta para lo que quiere saber.
Choi limpia la herida. Geon grita, después se disculpa y después vuelve a gritar. Le sujetamos la mano sana. Intenta bromear con que al menos mañana no tendrá que salir a buscar agua, pero no termina la frase.
Al caer la noche le atamos los brazos con tiras de sábana, sujetándolas a los soportes de dos mesas bajas que acercamos a la colchoneta.
Él lo permite.
Eso me hace más daño que si se resistiera.
—No muy fuerte —dice cuando Choi ajusta el primer nudo.
El médico mete dos dedos debajo de la tela para comprobarlo. Yo miro hacia otro lado.
Yura no entra en el depósito. Vigila el patio con la pieza de metal sobre las piernas. Cuando le llevo agua, se aparta para dejar el vaso en el suelo sin tocarme la mano.
—No tendría que haber vuelto por acá —digo.
Ella mira la puerta que tiembla al fondo del pasillo.
—Ya volvimos.
No lo dice para perdonarme. Tampoco para castigarme. Vuelvo a entrar con Geon porque no sé qué hacer con esa respuesta.
A medianoche me pide que le alcance su abrigo.
—En el bolsillo de adentro.
Encuentro un llavero con una figura de plástico. Está rota por un costado. Se la pongo en la mano y él intenta cerrar los dedos alrededor.
—Era de mi hermana —dice—. Me lo dio para que dejara de perder las llaves.
Espera un momento antes de añadir:
—No llegué a su casa.
No me pide que la busque. Creo que agradezco que no lo haga, y esa gratitud me avergüenza.
—Encontraste a Hana —le digo—. Trajiste el arroz. Sacaste a los chicos del restaurante.
Geon deja escapar una risa débil.
—No me hagas una lista.
Me callo.
Nos quedamos escuchando la puerta.
Más tarde, cuando la fiebre le hace decir cosas que no entiendo, intento consultar el sistema. Pregunto si puedo volver al primer día, si hay alguna forma de empezar de nuevo sin abandonarlos.
La ventana repite el tiempo que he consumido. No ofrece un botón para deshacerlo.
[Tiempo transcurrido: 52 días.]
[Los reinicios no restituyen el tiempo consumido.]
Miro las manos atadas de Geon. Podría dejar de resistirme a esta prueba. Podría intentar averiguar qué ocurre cuando una participante cae. Pero al otro lado de la puerta hay chicos que me piden agua y una mujer embarazada que todavía tiene fiebre. No sé qué les pasaría mientras yo busco una forma de borrar lo que hice.
Cierro la ventana.
Antes del amanecer, Geon deja de responder.
Choi apoya una mano sobre su pecho y después busca el pulso. Yo observo su cara, esperando que vuelva a abrir los ojos y nos diga que estamos exagerando.
La última respiración es pequeña. Apenas levanta la manta.
Después no llega otra.
No lloro enseguida. Choi me pide una tela limpia y yo se la alcanzo. Me pide que abra espacio alrededor de la colchoneta y yo muevo una caja. Sigo haciendo lo que me dice porque dejar de hacerlo significaría mirar a Geon sin nada entre los dos.
Cinco minutos después, la manta se mueve.
Choi está arrodillado a su lado. La tira que sujeta el brazo sano se ha deshilachado contra una esquina de metal; Geon tira de ella con una fuerza que ya no parece necesitar aire ni conciencia.
La mano alcanza el antebrazo del médico.
Veo los dedos hundirse en la piel y arrastrar una franja roja hasta la muñeca. Choi se echa hacia atrás, pero la tela de su manga queda atrapada. El muerto abre la boca.
No grito su nombre.
Durante un instante todavía quiero creer que podré pedirle que pare.
Después golpeo.
La barra le da en el hombro herido y desprende más carne, pero Geon no suelta a Choi. Sangil aparece con una silla y la mete entre los dos. Yura tira del médico por las axilas hasta sacarlo del alcance.
Ahora tengo la cabeza del muerto frente a mí.
Golpeo la frente. La piel se abre. Vuelvo a golpear y el hueso cede en una línea que baja hasta la ceja. Un ojo se aplasta contra el borde hundido de la órbita.
El cuerpo sigue forcejeando.
No sé cuántas veces levanto la barra. Cuando deja de moverse, mis manos ya no sienten los dedos y hay sangre sobre las patas de la silla, la manta, la caja de medicinas que trajimos para salvar a otros.
Su llavero está junto a la colchoneta.
Lo recojo antes de que nadie pueda pisarlo.
La ventana aparece mientras Choi intenta vendarse con una sola mano.
[Civil asignado perdido.]
[Geon: fallecido.]
[Civiles asignados con vida: 10.]
[Estabilidad mental reducida.]
Siento una presión en el pecho que no se parece a la tristeza. Es más brusca, ajena, como si alguien hubiera apretado la herida desde dentro. Las paredes se acercan y tengo que sentarme para no caer.
El sistema espera a que lo quiera para castigarme por perderlo.
Yura me pone una botella entre las manos.
—Tomá.
No la sostengo bien. Ella la mantiene hasta que consigo beber.
***
Nos vamos de la guardería esa misma tarde.
La entrada principal sigue llena de muertos. Los golpes han torcido una bisagra y el marco se separa un poco más de la pared cada vez que empujan todos juntos.
No podemos sacar el cuerpo de Geon por el patio. Tampoco enterrarlo. Lo envolvemos en una manta y cerramos el depósito. Me quedo frente a la puerta hasta que la señora Ok me pone su bolsa en las manos.
—Ayúdeme con esto.
Es una excusa. La acepto porque la necesito.
Cargamos menos de la mitad de lo que hemos reunido. La olla se queda. También varias mantas, las colchonetas y los dibujos que todavía están pegados en el aula.
Mina se acerca a uno de ellos. Lo mira un momento y sigue caminando.
Salimos por una ventana hacia el patio trasero. Sangil necesita ayuda para pasar y Choi ya no puede sostenerlo del lado que le duele. Tengo que volver dos veces: una para las bolsas, otra para Bomi, que se ha quedado sentado esperando que alguien le diga qué hacer.
Cruzamos la pared por una abertura que Geon había ensanchado días antes.
Del otro lado hay un patio vecino y un corredor estrecho entre casas. Yura avanza primero. Yo espero hasta que todos han pasado y miro la ventana vacía de la guardería.
No sabía cuánto me había acostumbrado a volver allí.
Mina camina a mi lado sin tomarme la mano.
—¿Los trajiste vos?
Mira hacia los gemidos que siguen al otro lado del muro.
Quiero explicarle lo de Hana, las vendas, el tiempo que pasé buscando la caja. Quiero que entienda que intenté hacer algo bueno antes de equivocarme.
—Nos siguieron —respondo—. No tendría que haber vuelto por ese camino.
Mina abraza su mochila contra el pecho y sigue a Yura.
Esa noche dormimos en el piso superior de una lavandería. No encendemos fuego. La ropa mojada se nos enfría contra la piel y Jae llora porque su lata azul se quedó en la guardería.
Busco el llavero de Geon en el bolsillo y lo aprieto tanto entre los dedos que el plástico me deja una marca.
No sé si tengo derecho a guardarlo.
No consigo soltarlo.
***
Thoughts
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PermalinkMe quedé un buen rato con Mina pidiéndole que cuide a sus niños cuando vuelva, justo cuando todo se quiebra y Seolhwa ya no alcanza a contestarle. Toda la prueba fue ella prometiendo cosas que no pudo cumplir, y la última se queda sin decir. Aunque digas que el extra no cuenta, yo apuesto que esa respuesta que no dio se la lleva a la historia grande.
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PermalinkLo de la farmacia no fue culpa de ella, parce. Hana con fiebre y el doctor Choi sin nada con qué curar, cualquiera con gente a cargo sale por esas vendas. La horda de atrás nadie la ve venir.
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PermalinkLos muertos son lo de menos, ho. Lo que más me revolvió fue Park, sonriendo sin enseñar los dientes y mirando a Yura y a Hana. Gente así aparece en cualquier sitio donde falta comida, y siempre sonríe igual.
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PermalinkYura na es la que más cambia. Empieza apuntándole con un cuchillo a quien venía a ayudar y termina llevando a los chicos por el costado del puente. Yo apuesto que es la que se acuerda de Seolhwa al salir.
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PermalinkLa señora Ok me tuvo con ella todo el rato. Sin poder correr, racionando latas mientras los críos la odian, y al final saca un encendedor que nadie sabía que llevaba. Me da que a esa señora la has sacado de alguien de tu familia, porque las mayores de verdad guardan cosas así en el bolsillo sin avisar a nadie.
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PermalinkDiay, Mina al final :(
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Permalink¡Pobre señora Ok, che! 😭 Me encantó que la más lenta del grupo, la de las manos con artritis, sea la que termina abriendo el puente.
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PermalinkDespués de los tres capítulos de Entrenamiento ya me olía que el Orbe iba en serio. Pero a Sangil no lo vi caer: en la biblioteca empujaba el armario y en el día 335 ya sale entre los perdidos. ¿Qué le pasó?
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Fin de la parte 1
¡Holaaa! Acá el autor de esta novela.
Esta historia no será relevante para el futuro desarrollo de la historia principal, pero me pareció interesante narrar lo que vivió Seolhwa en el orbe, empezaré desde su punto de vista, si les gustó…