Es encantador sentir la brisa de un día claro,
el canto del ruiseñor y sentirse bajo el amparo
de un árbol frondoso como el samán,
donde los pájaros, las bestias y los amantes
se aman.
Es encantador sentir el agua clara de un manantial,
el frío que baja de la montaña, de un glacial,
limpiando nuestras almas en nuestro cuerpo mortal,
rebosante de alegría y emoción.
Es encantador sentir la lluvia
y no correr por prisa,
sino por el amor de jugar bajo la brisa
húmeda y que no avisa.
Es el contentarse luego de los errores
que, como nubarrones, amenazaron nuestros corazones.
Es encantador cuando cae la noche
y escuchar los grillos y saltamontes,
que son solo opacados por nuestros corazones,
que rebosan de emoción
cuando el uno se pierde en el otro
como amarrar un cordón.
Es encantador vivir y morir así,
con el amor a flor de piel,
sabiendo que, aunque uno ya no esté,
el otro vivirá siempre en la otra piel,
porque así lo decidieron
un día claro,
un día de verano.