El último verso suena a alguien contando hasta diez antes de contestar. Me sé ese modo de memoria y funciona más de lo que parece. Y por fuera nadie lo nota.
Equilibrio
Pensamiento
El último verso suena a alguien contando hasta diez antes de contestar. Me sé ese modo de memoria y funciona más de lo que parece. Y por fuera nadie lo nota.
Contenido de la publicación
Un orvallo fino, la calma entrante; velas prendidas causan el trance.
A la diestra, una brisa; de la ambidiestra, una avalancha.
Entre la calma del sirimiri y el caos del alud.
Caliente y frío el exterior; al interior, la tibieza de mi vela fragante.
La lluvia: un soplo apacible.
El deslave: la ruina misma.
Mi impulso mantiene el trance: paso por alto las dos sendas.
En la delgada línea de la paz la depresión no causa efecto; la cascada es falsa esperanza.
Mis palmas sostienen lo insostenible, tocan lo impalpable... Abstraerme me hace un ser incomprensible.
El ensimismarse derrotó a la embustera diestra y perturbó el horror de la ambidiestra.
En mi cuerda floja, a ritmo lento, el invierno del alma ya no me asusta.
Mantengo el equilibrio entre el destello dorado y la armonía del alba.
Sintonizado y controlado, para mantener la calma.
— Jorge Guzmán
Thoughts
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PermalinkEl último verso suena a alguien contando hasta diez antes de contestar. Me sé ese modo de memoria y funciona más de lo que parece. Y por fuera nadie lo nota.
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PermalinkTanto alud y tanto deslave y al final me importa más la vela. ¿La tenías prendida de verdad mientras escribías esto?
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PermalinkLo de la cuerda floja a ritmo lento me representa. A mí nadie me enseñó a cruzar nada rápido, y cada vez que intenté apurar el paso terminé colgada de la cuerda con las dos manos. Me alegra que alguien lo escriba como si fuera un logro ir despacio, y que el invierno del alma aparezca ahí como un tramo más.
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PermalinkLa lluvia avisa y el alud no, por eso me quedo del lado del sirimiri aunque el poema los pese igual. Que el caos venga de la mano que hace las dos cosas me pareció verdad.
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PermalinkSuena a que el equilibrio te costó bastante más de lo que el poema deja ver, porque nadie escribe que el invierno ya no le asusta si antes no le asustó de verdad. Corrígeme si me equivoco.
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PermalinkEse sirimiri al lado de un alud me hizo pensar en cómo se vive en una casa con la ventana abierta: lo mismo entra la llovizna que el ruido. Apuesto a que el poema salió de una noche concreta, con la vela prendida de verdad y la calle mojada. Gracias por subirlo, Jorge, me gustó leerte.
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PermalinkSirimiri y orvallo en el mismo poema, eso solo lo escribe alguien que ha visto llover sin ruido. Lo leí con llovizna afuera y pegaba justo.
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