Abbigail casi se muere por salvar a Matteo, y cuando Lukas le dice que podría haber muerto, ella contesta que el niño también. Con esa respuesta ya me cayó bien, y me hizo pensar que alguien que reacciona así de tranquila tiene más pasado del que recuerda. ¡Me quedé con ganas de saber quién es Enzo! ¿Vas a publicar la segunda parte de Abbigail?
ENTRE SOMBRAS Y SECRETOS
Era un día común y corriente en la vida de Abbigail.
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Pensamiento
Abbigail casi se muere por salvar a Matteo, y cuando Lukas le dice que podría haber muerto, ella contesta que el niño también. Con esa respuesta ya me cayó bien, y me hizo pensar que alguien que reacciona así de tranquila tiene más pasado del que recuerda
Contenido de la publicación
Era un día común y corriente en la vida de Abbigail.
Era solo un día más… o al menos eso era lo que ella pensaba hasta ese día.
La alarma sonó a las 7:00 de la mañana, como todas las mañanas. Abbigail abrió los ojos con pocas ganas, estiró un brazo para apagarla y se quedó unos segundos mirando el techo.
—Cinco minutos más… —murmuró.
Pero esos cinco minutos terminaron convirtiéndose en quince.
Cuando finalmente se levantó, hizo lo mismo que hacía todos los días. Se vistió, se acomodó el pelo, tomó algo rápido y salió de su casa rumbo al trabajo.
Nada parecía diferente.
La misma calle.
La misma rutina.
El mismo camino de siempre.
Abbigail caminaba distraída, pensando en las cosas que tenía que hacer durante el día, sin imaginar que aquella mañana estaba a punto de convertirse en el comienzo de algo que cambiaría su vida para siempre.
Todo ocurrió en cuestión de segundos.
Un pequeño niño soltó la mano de su madre y corrió detrás de una pelota que había terminado en medio de la calle.
—¡Matteo! —gritó su madre.
El pequeño no escuchó.
Abbigail levantó la mirada.
Entonces lo vio.
Un automóvil de lujo negro se acercaba a toda velocidad.
El conductor tocó la bocina.
El niño se quedó paralizado.
Abbigail no pensó.
No tuvo tiempo de hacerlo.
Corrió hacia él.
—¡CUIDADO!
Llegó justo a tiempo.
Tomó al pequeño entre sus brazos y lo empujó hacia la vereda.
Matteo cayó al suelo, ileso.
Pero Abbigail no alcanzó a apartarse.
El automóvil frenó.
Demasiado tarde.
El impacto la lanzó varios metros.
Todo quedó en silencio durante un instante.
Después llegaron los gritos.
—¡Llamen a una ambulancia!
—¡Dios mío!
—¡La chica!
La madre corrió hacia Matteo y lo abrazó con desesperación.
—¡Mi amor! ¿Estás bien?
El pequeño asintió, todavía asustado.
—Ella me salvó…
La puerta del automóvil se abrió.
Del vehículo bajó un joven elegantemente vestido.
Llevaba un traje oscuro perfectamente arreglado, pero toda aquella elegancia había desaparecido detrás de la expresión de su rostro.
Estaba pálido.
Asustado.
Desesperado.
No podía apartar los ojos de Abbigail.
Había quedado completamente paralizado después del accidente.
Finalmente salió del shock y corrió hacia ella.
Se arrodilló a su lado.
—¿Está viva?
Nadie respondió inmediatamente.
—¡¿Está viva?! —preguntó nuevamente, esta vez con desesperación.
—Sí —respondió alguien—. Está respirando. La ambulancia ya viene.
El joven cerró los ojos durante un instante.
Respiró profundamente.
Después miró a Abbigail.
—Yo me voy a hacer cargo de todos los gastos médicos.
Poco después llegó la ambulancia.
Los paramédicos comenzaron a atenderla.
El joven quiso subir con ella.
—Quiero ir con ella.
—No puede —respondió uno de los paramédicos—. Necesitamos espacio y usted no es familiar.
—Entonces dígame a qué hospital la llevan.
—Hospital Central de la ciudad.
El joven asintió.
—Está bien.
La ambulancia partió.
Él volvió a su automóvil y salió detrás de ella.
No sabía quién era aquella joven.
No sabía su nombre.
No sabía nada de su vida.
Pero necesitaba saber si iba a sobrevivir.
Lo que nadie sabía era quién era realmente el pequeño Matteo.
Matteo Bellini era el único hijo de Alessandro Bellini.
Alessandro era un magnate extremadamente poderoso y respetado de la ciudad.
Un empresario millonario.
Un hombre cuya influencia llegaba mucho más allá de las fronteras del país.
Pero detrás de aquella imagen pública existía otra realidad.
Alessandro era también uno de los hombres más poderosos del mundo criminal.
Y Matteo era su mayor tesoro.
Su única debilidad.
Cuando Alessandro recibió la noticia de que su hijo había estado a punto de morir, sintió que el corazón se le detenía.
Pero entonces escuchó lo que había ocurrido.
Una joven había salvado a Matteo.
Y esa joven había terminado gravemente herida.
—¿Está viva? —preguntó.
—Sí, señor. La llevaron al Hospital Central.
Alessandro se quedó pensativo.
—Averigüen quién es.
Horas después, Alessandro llegó al hospital.
Matteo corrió hacia él.
—Papá.
Alessandro se arrodilló y abrazó a su hijo.
—¿Estás bien?
—Sí.
—¿Qué pasó?
Matteo señaló hacia el pasillo.
—Ella me salvó.
Alessandro siguió la dirección de su mirada.
—¿La chica?
Matteo asintió.
—El auto la chocó porque me salvó.
Alessandro sintió algo extraño.
Una desconocida había arriesgado su propia vida por su hijo.
—Quiero conocerla —dijo.
Pero cuando recibió la carpeta con la información de la joven, todo cambió.
En la primera página aparecía un único nombre:
ABBIGAIL.
Alessandro levantó la mirada.
—¿Apellido?
—No pudimos encontrarlo.
—¿Familia?
—Nada.
—¿Domicilio?
—Tenemos una dirección, pero no hay registros oficiales que la relacionen con ella.
Alessandro frunció el ceño.
—¿Y su pasado?
—Prácticamente no existe.
Alessandro abrió nuevamente la carpeta.
Entonces vio una fotografía.
Y se quedó inmóvil.
Aquellos ojos.
Aquel rostro.
Aunque habían pasado diez años…
él la reconocería en cualquier lugar.
—No… —susurró.
Su mano comenzó a temblar.
—No puede ser.
Porque Alessandro conocía a Abbigail.
Mucho antes de aquel accidente.
Mucho antes de aquella mañana.
Alessandro había sido el padrino de Abbigail.
El padre de ella había sido su mejor amigo.
Habían compartido negocios, peligros y años de amistad.
Hasta aquella noche.
El padre de Abbigail murió intentando salvar a su hija y a Alessandro.
Antes de morir, le pidió una sola cosa:
—Cuidá de mi hija.
Alessandro se arrodilló junto a él.
—Te lo juro.
Desde aquel momento, Abbigail se convirtió en mucho más que su ahijada.
Para Alessandro era como una hija.
La protegía.
La cuidaba.
Y habría dado su propia vida por ella.
Hasta que, un día…
Abbigail desapareció.
Sin explicación.
Sin dejar rastro.
Alessandro la buscó durante diez años.
Incansablemente.
Pero nunca la encontró.
Hasta ahora.
Había, sin embargo, algo que Abbigail no sabía.
Ella pertenecía a una familia que llevaba generaciones viviendo en las sombras.
Los Blackwood.
Una familia multimillonaria.
Una familia experta en desaparecer.
Objetos.
Documentos.
Personas.
Identidades.
Incluso ellos mismos.
Durante generaciones habían aprendido a borrar cualquier rastro de su existencia.
Cuando alguien encontraba una pista sobre ellos, esa pista desaparecía.
Cuando alguien encontraba una propiedad, la propiedad quedaba abandonada.
Cuando alguien encontraba un nombre…
ese nombre dejaba de existir.
Pero Abbigail no recordaba nada de aquello.
Su pasado estaba prácticamente borrado de su memoria.
Y por ahora, nadie sabía por qué.
En el Hospital Central, mientras Abbigail permanecía inconsciente, una enfermera revisó sus pertenencias.
Encontró su teléfono.
Sus llaves.
Su billetera.
Y una pequeña cadena.
El dije tenía grabado un halcón con las alas extendidas.
En la parte posterior aparecían cuatro números:
17•09.
La enfermera también encontró una fotografía antigua.
En ella aparecía una niña pequeña junto a una mujer.
La mujer tenía el rostro cubierto parcialmente por una cinta negra.
En la parte inferior había una fecha:
17 de septiembre de 2012.
También había una tarjeta antigua.
No tenía nombre.
Solo el símbolo del halcón.
Y una frase:
«Cuando llegue el momento, sabrás dónde volver.»
Abbigail seguía inconsciente.
Y entonces soñó.
Una mansión.
Una puerta negra.
Una mujer.
—Mamá…
Era ella.
Su madre.
La mujer que había muerto cuando Abbigail todavía era una niña.
—Escuchame, Abbigail.
—¿Dónde estabas?
Su madre la abrazó.
—No importa dónde esté yo. Lo importante es que vos sobrevivas.
—¿Por qué?
La mujer miró hacia la puerta.
—Porque algún día van a venir a buscarte.
—¿Quiénes?
—Nuestra familia.
La pequeña Abbigail no entendía.
Su madre le colocó la cadena del halcón alrededor del cuello.
—Nunca te la quites.
—¿Por qué?
—Porque cuando llegue el momento, alguien va a reconocerla.
La niña tocó el dije.
—¿Y qué hago?
Su madre la abrazó con fuerza.
—Corré.
—¿A dónde?
—A cualquier lugar donde nadie conozca tu apellido.
La imagen comenzó a desaparecer.
—Abbigail…
—¿Sí, mamá?
—No confíes en nadie.
La niña comenzó a llorar.
—¿Ni siquiera en quienes digan que vienen a protegerte?
Su madre negó lentamente con la cabeza.
—Ni siquiera en ellos.
Abbigail despertó de golpe.
Respiraba agitadamente.
Miró alrededor.
Hospital.
Luces.
Máquinas.
No entendía dónde estaba.
Llevó una mano hacia su cuello.
La cadena no estaba.
—Mi cadena…
La enfermera salió a buscarla.
Pero cuando regresó, la cadena había desaparecido.
Alguien había entrado en la habitación.
Alguien la había tomado.
Y había dejado una pequeña marca de un halcón en la puerta.
En otro lugar del hospital, un hombre observaba las cámaras de seguridad.
En su mano estaba la cadena de Abbigail.
La miró durante unos segundos.
17•09.
—Así que finalmente apareciste…
Nadie sabía quién era.
Nadie conocía sus intenciones.
Y nadie sabía qué relación tenía con Abbigail.
Por ahora, su identidad debía permanecer en secreto.
Mientras tanto, Alessandro permanecía frente a la habitación de Abbigail.
La miraba a través del vidrio.
Diez años.
Diez años buscándola.
Y ahora estaba allí.
A pocos metros.
Su ahijada.
La niña que había prometido proteger.
Pero cuando Abbigail abrió los ojos y miró hacia él…
no hubo reconocimiento.
Solo una mirada confundida.
Alessandro sintió que algo dentro de él se rompía.
Después de diez años había encontrado a la niña que había jurado proteger.
Pero ella…
no recordaba quién era él.
Cuando Lukas —el joven que conducía el automóvil— se enteró de que Abbigail había despertado, corrió inmediatamente hacia su habitación.
No la conocía.
Nunca la había visto antes de aquel accidente.
Pero no podía evitar preocuparse por ella.
Cuando llegó, se quedó unos segundos en la puerta.
Abbigail lo miró.
—¿Quién sos?
El joven respiró profundamente.
—Soy el que conducía el auto.
Ella guardó silencio.
—Sé que probablemente no quieras verme —continuó él—, y lo entiendo. Pero quería saber cómo estabas.
—¿Por qué?
Lukas bajó la mirada.
—Porque, aunque todo ocurrió en un segundo… fui yo quien estaba manejando.
Abbigail lo observó.
—Vos no tenías por qué hacer lo que hiciste —dijo Lukas—. Podrías haber seguido caminando. Pero salvaste a Matteo.
Abbigail respondió tranquilamente:
—Era un niño.
Lukas la miró sorprendido.
—Podrías haber muerto.
—Pero él también.
Lukas no supo qué responder.
Después de unos segundos, finalmente dijo:
—Me llamo Lukas Moretti.
Abbigail asintió.
Lukas continuó:
—Y si necesitás algo, no dudes en pedírmelo.
Ella lo miró confundida.
—¿Cualquier cosa?
—Lo que sea. Cuando sea. No importa si está a mi alcance. Si puedo conseguirlo para vos, lo voy a hacer.
Abbigail negó suavemente con la cabeza.
—No tenés que hacer eso.
—Quiero hacerlo.
—Lukas…
—Vos salvaste a Matteo. Yo solamente quiero asegurarme de que estés bien.
Justo en ese momento, la puerta de la habitación se abrió.
Alessandro entró.
Sus ojos recorrieron la habitación hasta detenerse en Abbigail.
Durante unos segundos no dijo nada.
Después dio un paso hacia ella.
—Abby…
Abbigail lo miró confundida.
Alessandro tragó saliva.
—Te estuve buscando.
Su voz se quebró.
—Diez años.
Otro paso.
—Al fin te encontré.
Abbigail frunció el ceño.
—¿Abby?
Alessandro asintió.
—Sí.
Ella lo observó intentando encontrar algún recuerdo.
Nada.
—Perdón… —susurró—. ¿Nos conocemos?
La expresión de Alessandro se quebró.
Lukas miró a uno y a otro, sin entender absolutamente nada.
Alessandro bajó la mirada.
Había pasado diez años buscándola.
Y ahora que finalmente la tenía frente a él…
ella no lo recordaba.
—No importa —susurró—. No importa, Abby.
Entonces Abbigail sintió algo extraño.
La voz de Alessandro.
Su mirada.
La manera en que había pronunciado su nombre.
Un recuerdo apareció en su mente.
Una niña pequeña corría por un jardín mientras un hombre joven la levantaba en brazos.
Ella reía.
—¡Papá!
El recuerdo desapareció.
Abbigail abrió los ojos sorprendida.
—Papá…
Alessandro se quedó inmóvil.
Él sabía lo que significaba aquella palabra.
Cuando era niña, Abbigail lo había llamado así muchas veces.
No porque fuera su padre biológico.
Sino porque para ella Alessandro había ocupado ese lugar.
Su padrino.
El mejor amigo de su padre.
La persona que había prometido protegerla.
Alessandro se acercó lentamente.
Abbigail extendió los brazos hacia él.
Él la abrazó con cuidado.
Ella se aferró a él.
Durante diez años había olvidado aquel abrazo.
Pero su corazón parecía recordarlo.
—Te encontré —susurró Alessandro—. Finalmente te encontré.
En ese momento, la puerta volvió a abrirse.
Matteo entró corriendo junto a su madre.
—¡Abby!
El pequeño corrió hacia la cama.
—¡Estás viva!
Abbigail sonrió.
—Sí, pequeño.
Matteo la abrazó con cuidado.
—Pensé que te habías muerto.
—Estoy bien.
—Vos me salvaste.
Abbigail le acarició el cabello.
—Y lo volvería a hacer.
La madre de Matteo observó emocionada.
—Perdoná que haya entrado así.
—No pasa nada —respondió Abbigail.
Matteo miró a Alessandro.
—Papá.
Alessandro se acercó.
—¿Estás bien, campeón?
—Sí.
Matteo señaló a Abbigail.
—Ella me salvó.
Alessandro miró a la joven.
—Lo sé.
La madre de Matteo frunció el ceño.
—¿Vos la conocés?
Alessandro asintió.
—Es mi ahijada.
Abbigail lo miró confundida.
—¿Tu ahijada?
—Sí, Abby.
Y justo cuando el momento parecía demasiado emotivo…
Lukas decidió hablar.
—Perdón…
Todos lo miraron.
Lukas señaló a Alessandro y después a Abbigail.
—¿La conocen?
La habitación quedó en silencio.
Matteo miró a Lukas.
—¿No escuchaste nada de lo que dijeron?
Lukas parpadeó.
—Estaba intentando entender.
Abbigail soltó una pequeña risa.
Alessandro lo observó fijamente.
Lukas levantó las manos.
—Bueno… ahora entiendo.
Pero después miró nuevamente a Abbigail.
—Como sea…
Hizo una pausa.
—Yo soy responsable de ella a partir de ahora.
Alessandro giró lentamente la cabeza hacia él.
—¿Perdón?
—Yo estaba conduciendo cuando ocurrió el accidente. Ella terminó acá por mi culpa. Voy a hacerme responsable.
—No necesitás hacerlo —dijo Abbigail.
—Quiero hacerlo.
Alessandro dio un paso hacia él.
—No.
Lukas sostuvo su mirada.
—¿Y por qué?
—Porque ya tiene alguien que se encargue de ella.
Lukas miró a Abbigail.
—Con todo respeto, señor Bellini, usted acaba de decir que ella ni siquiera lo recuerda.
El silencio volvió a apoderarse de la habitación.
Abbigail finalmente habló.
—Como sea… no puedo ir a casa de nadie.
Alessandro frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Porque ni bien me den el alta médica, me tengo que ir al extranjero.
Lukas abrió los ojos.
—¿Al extranjero?
Abbigail asintió.
—Sí.
—¿A dónde? —preguntó Alessandro.
Abbigail bajó la mirada.
—No lo sé todavía.
—¿Cómo que no lo sabés?
—Tengo que irme. Es algo que ya estaba decidido antes del accidente.
Alessandro la observó con preocupación.
Había algo que no encajaba.
Extranjero.
Desaparición.
Diez años.
Los Blackwood.
Todo comenzaba a conectarse.
Pero Abbigail no sabía que Alessandro también pertenecía a aquel mundo.
Nadie lo sabía.
Para la ciudad, Alessandro Bellini era un magnate respetado.
Un empresario.
Un hombre poderoso.
Pero detrás de aquella fachada existía otra vida.
Una vida que llevaba años ocultando.
Alessandro conocía las reglas de aquel mundo.
Conocía sus familias.
Conocía sus códigos.
Y conocía a los Blackwood.
Pero cualquiera que hubiera descubierto demasiado sobre su verdadera posición…
había sido silenciado.
Para siempre.
Abbigail los miró.
—Lamento decirles que no me van a poder acompañar.
—¿Cómo que no? —preguntó Alessandro.
—No pueden venir conmigo.
Lukas cruzó los brazos.
—¿Y quién dijo que no?
—Yo.
Alessandro la miró.
—Abby…
—No es negociable.
Lukas la observó.
—¿Por qué?
Abbigail guardó silencio.
—Porque el lugar al que voy… no es un lugar al que ustedes puedan simplemente llegar.
—¿Qué significa eso? —preguntó Lukas.
—Que tengo que hacerlo sola.
Alessandro sintió un nudo en el pecho.
Después de diez años buscándola, ahora tenía miedo de perderla nuevamente.
—No voy a perderte otra vez —dijo.
Abbigail lo miró.
—No necesito que me encuentres otra vez, Alessandro.
La frase lo golpeó.
—Necesito que confíes en mí —continuó ella—. Y si de verdad sos quien decís ser… vas a respetar mi decisión.
Alessandro no respondió.
Pero en su cabeza ya había tomado una decisión.
Si Abbigail pensaba marcharse…
primero iba a descubrir quién la estaba esperando.
Mientras tanto, en otro punto de la ciudad…
El hombre que había tomado la cadena seguía observándola.
El halcón brillaba bajo la luz.
En la parte posterior:
17•09.
El hombre pasó los dedos sobre el grabado.
—Así que finalmente apareciste…
Guardó la cadena.
Nadie sabía quién era.
Nadie sabía qué quería.
Y nadie sabía por qué había estado buscando a Abbigail durante tantos años.
En el hospital, Abbigail volvió a sentir un fuerte dolor de cabeza.
Se llevó una mano a la sien.
—¿Abby? —preguntó Alessandro.
Ella cerró los ojos.
Y volvió a ver aquella puerta negra.
La mansión.
Su madre.
El halcón.
Pero esta vez había algo diferente.
Una voz masculina.
Una voz que no podía identificar.
—No tengas miedo, Abi.
Abbigail abrió los ojos.
No sabía quién había hablado.
No sabía de dónde venía aquella voz.
Pero una palabra apareció en su mente.
Un nombre.
Enzo.
Al otro lado del pasillo, un hombre vestido de negro se detuvo.
Había escuchado la voz de Abbigail.
—Enzo…
El hombre cerró los ojos.
Durante unos segundos pareció contener una emoción que llevaba años escondiendo.
Pero no entró.
Todavía no.
Por ahora, debía seguir siendo un enigma.
Y mientras se alejaba por el pasillo, apretó la cadena de Abbigail dentro de su bolsillo.
Nadie sabía quién era realmente.
Nadie sabía qué relación tenía con ella.
Nadie sabía por qué la había estado buscando.
Pero él sí conocía la verdad.
Y algún día…
Abbigail tendría que descubrirla.
Thoughts
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PermalinkLukas preguntando si la conocen después del abrazo y de todo, ese soy yo en cualquier conversación, siempre llego tarde. ¡Me encantó Matteo preguntándole si no escuchó nada! jaja
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PermalinkAbbigail casi se muere por salvar a Matteo, y cuando Lukas le dice que podría haber muerto, ella contesta que el niño también. Con esa respuesta ya me cayó bien, y me hizo pensar que alguien que reacciona así de tranquila tiene más pasado del que recuerda. ¡Me quedé con ganas de saber quién es Enzo! ¿Vas a publicar la segunda parte de Abbigail?
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PermalinkAquí va a haber mucha gente con Lukas y yo no. Un chaval que atropella a una chica y a la hora le promete lo que sea y cuando sea, eso es la culpa hablando, y la culpa se le pasa en cuanto a ella le den el alta.
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