CAPÍTULO 2:
ACTO I: El baile de la alta sociedad
ESCENARIO: El gran salón de recepciones de la Casa de Comedias de Montevideo, decorado para la celebración de la Jura de la Constitución. Es una estancia opulenta, iluminada por tres arañas de cristal de Murano con cientos de velas de sebo refinado que proyectan una luz dorada y cálida sobre el piso de parqué encerado. Las paredes están tapizadas con seda Damasco roja y adornadas con retratos al óleo de los héroes de la independencia y escudos nacionales recién pintados.
A la izquierda, un conjunto de cuerdas (violines, violonchelo y flauta) interpreta un minué de época. A la derecha, mesas largas cubiertas con manteles de lino blanco ostentan banquetes con pavos rellenos, lechones, jarras de plata con vino de Málaga y frutas importadas. La alta sociedad montevideana —damas con vestidos de talle imperio y abanicos de plumas, oficiales militares con uniformes gala de botones dorados y comerciantes acomodados— se desplaza por el salón entre murmullos de intriga política.
Entre la multitud destaca JUANA "LA CRIOLLA" CORREA, vestida con un riguroso luto de seda negra que contrasta violentamente con los colores brillantes de las damas de la corte. Lleva el cabello azabache recogido con una peineta de carey y sus ojos reflejan un odio contenido, frío, destructivo. A su lado se encuentra el CAPITÁN TOMÁS FRUCTUOSO, luciendo su uniforme militar de gala, con la mano izquierda apoyada permanentemente en la empuñadura de su sable de gala.
(JUANA avanza por el salón sin mirar a nadie, sosteniendo una copa de champán que no prueba. Sus nudillos están blancos por la presión que ejerce sobre el cristal).
CAPITÁN TOMÁS: (Avanzando a su lado, en un tono de voz bajo pero firme, disimulando su conversación mientras saluda con una inclinación de cabeza a un grupo de senadores) Juana, por favor, disimulá la mirada. Hay espías de la Jefatura en cada rincón de este salón. Si la gente de "El Negro" nota que estás mirándolo con ese despecho, no vas a salir con vida de esta fiesta.
JUANA CORREA: (Mirando fijamente hacia el fondo del salón, donde un grupo de políticos Rodea a "El Negro", quien ríe afablemente mientras sostiene una copa de vino) Miralo, Tomás. Miralo cómo se ríe. Murió mi padre hace tres días. Lo encontraron masacrado en el barro de la Aguada junto al General Ledesma y al Senador De la Barrera. Y este monstruo tiene el tupé de vestirse de gala, de ponerse la escarapela nacional en el pecho y de hablar en el Cabildo sobre 'el dolor de la patria'. Él los mató. Yo sé en lo profundo de mi alma que él dio la orden.
CAPITÁN TOMÁS: (Tomándola suavemente del codo para conducirla hacia una columna de mármol, lejos de la muchedumbre) No tenemos pruebas, Juana. El informe del protomédico de la Policía dice que los cortes fueron hechos con lanzas de caballería montonera. El pueblo de la campaña lo adora. Creen que "El Negro" es el único caudillo que defiende a los pobres contra la oligarquía de Montevideo. Si lo acusás sin un documento en la mano, la multitud te lincha a vos.
JUANA CORREA: (Inclinándose hacia el Capitán, con el rostro transfigurado por una determinación feroz) María Rosa vio la escena. Estaba escondida bajo el mostrador. Me dijo que el hombre que dio la orden usaba botas de cuero francés sin espuelas y hablaba en una lengua que no era la nuestra. Mi padre viajó a París en 1824, Tomás. Tenía cartas guardadas en el baúl de la estancia. Cartas que hablaban de un tal Julien de Saint-Germain. Voy a descubrir quién es ese "Negro", aunque tenga que entregar mi propia vida en el intento.
(Las trompetas de la banda militar anuncian el discurso principal. La multitud se abre en dos pasillos reverentes. JULIEN DE SAINT-GERMAIN / "EL NEGRO" avanza hacia el estrado principal. Viste una levita azul oscuro de corte impecable, pantalón blanco de montar y botas altas de charol. Su presencia llena el espacio con un carisma magnético y sobrecogedor).
(A su lado camina JEAN-LUC DUPUIS, un hombre corpulento de unos cincuenta años, con patillas canosas, traje de terciopelo verde y una cadena de reloj de oro masivo que le cruza el chaleco. Es el mayor comerciante textil del puerto de Montevideo y representante de los intereses comerciales galos en el Río de la Plata).
JEAN-LUC DUPUIS: (Murmurando al oído de "El Negro" en francés fluido, mientras saluda a la multitud con sonrisas hipócritas) Julien, tu es un comédien extraordinaire. La moitié des sénateurs ici présents te croient un analphabète de la campagne, et l'autre moitié te vénère comme un saint. (Julien, sos un actor extraordinario. La mitad de los senadores acá te creen un analfabeto del campo y la otra mitad te venera como a un santo).
EL NEGRO: (Sin perder la sonrisa, respondiendo entre dientes en el mismo idioma francés, con una modulación aristocrática y perfecta) Tais-toi, Jean-Luc. Les murs de ce cabildo ont des oreilles. As-tu reçu l'or de Bordeaux? (Callate, Jean-Luc. Las paredes de este cabildo tienen oídos. ¿Recibiste el oro de Burdeos?).
JEAN-LUC DUPUIS: (Inclinando la cabeza con disimulo) Oui. Vingt caisses de pièces d'or sont arrivées hier sur la frégate 'La Marianne'. Elles sont déjà cachées dans les entrepôts du port. (Sí. Veinte cajas de monedas de oro llegaron ayer en la fragata 'La Marianne'. Ya están escondidas en los almacenes del puerto).
EL NEGRO: (Volviendo instantáneamente al español norteño, con tono campechano y rudo, dirigiéndose a un grupo de estancieros que lo saludan) ¡Salú, paisanos! Hoy es día de fiesta para la tierra oriental. ¡Que corra el vino y que los pobres coman como los reyes!
(EL NEGRO sube los escalones del estrado. La multitud rompe en vivas y aplausos entusiastas. Él levanta su mano derecha pidiendo silencio con un gesto de autoridad absoluta. El salón queda en una calma expectante).
EL NEGRO: (Su voz resuena con potencia dramática, llenando las bóvedas de la Casa de Comedias) ¡Orientales! Hoy no venimos a celebrar la victoria de un partido ni la gloria de un general. Venimos a jurar sobre el libro sagrado de la Ley que esta tierra de los Treinta y Tres no volverá a ser esclava de ningún imperio extranjero ni de ningún caudillo de trastienda. Tres de nuestros mejores hombres cayeron cobardemente en la Aguada hace tres días. El General Ledesma, el caudillo Pantaleón Correa y el Senador De la Barrera fueron asesinados por las sombras de la traición que no quieren ver a este país levantarse sobre sus propios pies.
(En el fondo del salón, JUANA apreta los dientes con tanta fuerza que un hilo de sangre le brota del labio inferior. El CAPITÁN TOMÁS le sostiene la mano con firmeza para evitar que haga un movimiento en falso).
EL NEGRO: (Continuando con una intensidad dramática hipnotizante, golpeándose el pecho con la mano abierta) ¡Pero yo les juro sobre la memoria de mi amigo Pantaleón Correa, que las fuerzas de la ley no descansarán hasta ver a los asesinos colgados en la plaza pública! ¡Yo mismo voy a salir a la cabeza de la montonera a limpiar la frontera de traidores! ¡Porque mientras quede un solo gramo de sangre en las venas de este servidor... la Patria Oriental será libre, justa y soberana!
(Un estallido de aplausos estruendosos sacude la sala. Los senadores vitorean, las damas agitan sus abanicos y los oficiales militares saludan con la espada en alto. EL NEGRO baja del estrado sonriendo, saludando a unos y a otros con palmaditas en la espalda).
(Al caminar entre la multitud, sus ojos se cruzan de golpe con la mirada ardiente y llena de odio de JUANA CORREA. Por un segundo imperceptible, la sonrisa de "EL NEGRO" se congela. Un destello de reconocimiento y peligro cruza su rostro. Él se detiene, toma una copa de vino de la bandeja de un sirviente y avanza lentamente hacia Juana y el Capitán Tomás).
EL NEGRO: (Con tono suave, compasivo, deteniéndose a un metro de Juana y quitándose el sombrero con respeto impecable) Señorita Juana Correa... Su presencia en este salón es un acto de valentía que honra la memoria de su padre. El país entero llora la pérdida del gran Pantaleón.
JUANA CORREA: (Mirándolo fijamente a los ojos, sin parpadear, con la voz helada como la escarcha) El país llora, Señor... pero los muertos no quieren lágrimas. Los muertos quieren justicia. Y mi padre no va a descansar en su tumba hasta que la mano que sostuvo la daga sea cortada frente al pueblo.
EL NEGRO: (Inclinando la cabeza, sosteniendo la mirada con una serenidad aterradora, dando un pequeño sorbo a su copa) Tenga por seguro, señorita Juana... que la justicia llega. A veces tarda... a veces viene disfrazada de noche... pero llega siempre. Si necesita la protección de mi espada o la ayuda de mi casa en estos momentos de dolor... recuerde que la memoria de su padre es sagrada para mí.
JUANA CORREA: (Dando un paso adelante, quedando a pocos centímetros del rostro de "El Negro") No necesito su protección, Señor. Necesito la verdad. Y le aseguro que la voy a encontrar... aunque tenga que buscarla en el mismo infierno.
(EL NEGRO la mira fijamente por unos segundos. Una sonrisa imperceptible y helada vuelve a dibujarse en sus labios. Se inclina con una reverencia perfecta y continúa su marcha hacia la salida del salón, rodeado de sus seguidores).
(La cámara se acerca al rostro de JUANA, cuyos ojos llenos de lágrimas contenidas siguen la silueta de "EL NEGRO" mezclándose entre las sombras de la noche montevideana).