Desde su envoltura, un pequeño trozo de chocolate observaba a la chica y se preguntaba con duda:
«¿Por qué me busca tanto si soy tan dulce y empalagoso? A muchos ni les gusto...»
Ella, como si adivinara su pensamiento, lo tomó con delicadeza, sonrió y susurró antes del primer bocado:
—Eres mi favorito. Tu sabor es único y, en los días difíciles cuando siento que ya no puedo más, eres el refugio dulce que me devuelve la felicidad.
Al verla sonreír, el chocolate entendió que no necesitaba gustarle a todo el mundo; bastaba con ser el abrazo perfecto para ella.