Un golden en bonsái jaja. Me lo imagino clarito, sentadito esperando el mantelito antes de tocar el hueso
El lugar que queda cuando ellos se van
Pensamiento
Un golden en bonsái jaja. Me lo imagino clarito, sentadito esperando el mantelito antes de tocar el hueso
Contenido de la publicación
Cuando un animal deja de ser una mascota y empieza a formar parte de la vida cotidiana, su muerte también deja un espacio. Entre recuerdos, despedidas, entierros y urnas, distintas familias buscan una forma de seguir viviendo con ese lugar vacío.
“Seguí jugando con mariposas y flores. Gracias por tanto amor.”
La frase está escrita en una de las placas del Parque del Amigo, en Unquillo. La leo una vez. Después otra.
A mi alrededor hay árboles, tumbas, flores y nombres de animales que alguna vez tuvieron una casa, una rutina y alguien que los esperaba al volver.
Había llegado esperando encontrar un cementerio.
Encontré un parque.
Y quizás ahí empezó esta historia.
Hay lugares que no se notan hasta que quedan vacíos.
Una cama, una esquina del sillón, un espacio junto a la puerta. Durante años forman parte de la vida cotidiana sin que nadie se detenga demasiado a mirarlos. Hasta que un día ya no hay nadie que los ocupe.
Para algunas familias, ese lugar lo dejó un integrante más.
La pregunta que me llevó a buscar esas historias fue simple: ¿Cuándo un animal deja de ser una mascota y se convierte en parte de la familia?
Para intentar responderla fui a Veterinaria Alem, en Bv. Los Granaderos. La primera vez que llegué, Victoria, la veterinaria con la que quería hablar, estaba ocupada. Volví al día siguiente.
Mientras esperaba, la escena era la de cualquier veterinaria. Alguien preguntaba cuánto costaban unas pastillas para desparasitar. Un hombre mayor miraba collares para su perro grande. Había movimiento, consultas, personas entrando y saliendo.
Cuando Victoria pudo atenderme, nos sentamos en un pequeño consultorio.
Le pregunté cuándo un animal se convierte en familia.
“El tiempo que vos compartís con el animal es fundamental”, me respondió.
Pero no es solamente el tiempo.
Victoria explica que también depende de la forma en que cada persona se relaciona con el animal, de cómo está conformada la familia, de si vive sola o acompañada y de la posibilidad de establecer un vínculo. No se trata únicamente de alimentar, cuidar o llevar al veterinario. También está lo que el animal devuelve: la compañía, el reconocimiento, la presencia.
Hay animales que esperan a su dueño detrás de una puerta. Otros se acomodan al lado de una cama. Algunos reconocen el sonido de una moto desde varias cuadras. Otros parecen saber cuándo su persona está por salir a trabajar y cuándo se prepara para quedarse en casa.
Y, con el tiempo, aparecen palabras que dicen mucho más que “mascota”.
Hijo.
Hija.
Mamá.
Papá.
Hay cumpleaños, camas compartidas, cuidados especiales y rutinas que se construyen alrededor de ellos.
Por eso, cuando mueren, el vacío puede parecerse al que deja cualquier otro integrante de la familia.
Victoria lo ve todos los días.
“Siempre estamos en convivencia, vienen pacientitos de toda la vida y otros espontáneos y tratamos de acompañarlo lo mejor que se puede brindando nuestros servicios y opciones cuando vemos que se acerca el final”, cuenta.
También reconoce que la relación entre las personas y sus animales se profundizó en los últimos años, especialmente después de la pandemia.
“Siempre acompañamos desde la empatía”, dice. Sabe que son procesos difíciles porque, en la mayoría de los casos, los animales son parte de la familia. Por eso, explica, la profesión también tuvo que adaptarse a una demanda diferente, respetando las creencias de cada persona pero manteniendo la responsabilidad de informar todas las posibilidades, incluso las que duelen.
“No es fácil”, resume.
No lo es.
CHUN
Chun se llamaba Tomás.
Bea le dice Chun.
Llegó a su vida cuando tenía un poco más de 45 días. Un vecino se lo llevó porque era el último cachorro que quedaba por adoptar. Era pequeño, dorado y, por su tamaño, parecía un golden en miniatura.
Un golden en bonsái.
Su primera cama fue una caja de cartón con un pañuelo rosa.
Así empezó una historia que duró quince años.
Chun era tranquilo y cariñoso. Aprendió las rutinas de Bea hasta conocerlas mejor que nadie. Sabía cuándo ella se vestía para ir a trabajar y cuándo estaba por salir a caminar.
También tenía sus propias costumbres.
Para comer huesos necesitaba su mantelito.
La imagen parece mínima: Chun con el hueso en la boca, mirando con ternura, esperando que apareciera el mantel.
Pero las historias familiares están hechas de esas cosas pequeñas.
De un mantelito.
De una mirada.
De un animal que aparece cuando escucha un paquete de galletitas.
De quince años de escenas que, mientras suceden, parecen insignificantes.
Hasta que dejan de suceder.
En Año Nuevo, mientras otros animales se asustaban con los fuegos artificiales, Chun acompañaba a Bea. Cuando envejeció, ya no hacía falta llamarlo: alcanzaba con abrir un paquete de galletitas para que apareciera.
“Para mí era uno más de mi familia”, dice Bea.
Cuando le pregunto: ¿qué le enseñó?, responde con unas palabras:
Resiliencia. También paciencia y tolerancia.
Habían atravesado juntos situaciones límite. Con los años, Chun dejó de ser el perro que vivía en la casa para convertirse en alguien que formaba parte de cada día, de cada rutina y de cada momento compartido.
Hasta que llegó el momento de despedirse.
En sus últimos días, la veterinaria explicó que el objetivo era que Chun tuviera la mejor calidad de vida posible hasta el final. Bea lo acompañó y, cuando llegó el momento, le habló.
Le dijo que podía irse tranquilo. Que estaba todo bien. Después, Chun cerró los ojos.
Bea sintió un vacío. No solamente había muerto su perro. Había desaparecido una parte de su rutina.
Una presencia que durante quince años había ocupado lugares de la casa y de la vida.
Como vivía en un departamento, Bea no tenía un lugar donde enterrarlo. Había visto información sobre el Parque del Amigo en la veterinaria y decidió llevarlo allí.
El fin de semana fui hasta Unquillo con mis padres para conocer el lugar.
La entrada del Parque del Amigo es un arco de ladrillos con una placa que lleva su nombre. Apenas lo atravieso aparece un parque.
Hay árboles.
Hay tranquilidad.
Y hay placas.
Muchas placas.
Entre el verde aparecen los nombres de animales que alguna vez tuvieron una casa, una familia, una rutina. Algunas tienen fotografías. Otras tienen flores, objetos y mensajes.
Lo primero que me llama la atención es una estatua de un perro marrón.
Después veo a algunas personas tomando mate cerca de una tumba.
Pienso en acercarme.
No lo hago.
Me da vergüenza interrumpir un momento que parece pertenecerles.
Sigo caminando.
Las placas cuentan pequeñas historias. No son solamente nombres. Son frases de agradecimiento, despedidas y recuerdos.
“Seguí jugando con mariposas y flores. Gracias por tanto amor.”
La leo más de una vez.
El Parque del Amigo nació de una pregunta: ¿qué harían las familias que no tienen un gran espacio cuando pierden una mascota?
Según la historia del lugar, Doña Carlina Colalillo y su hijo Carlos transformaron esa pregunta en un proyecto. El predio, ubicado sobre la Ruta E-53, en Unquillo, tiene tres hectáreas y está rodeado de naturaleza.
La historia continuó dentro de la misma familia.
Primero fue Doña Carlina.
Después, su hijo Carlos.
Ahora es Carolina Colalillo, nieta de la fundadora, quien continúa al frente del lugar junto con sus hijos.
Tres generaciones.
Una misma tarea.
El parque está rodeado por una pirca de piedra y conserva un entorno de bosque nativo, con espinillos, aromitos, talas, algarrobos y olmos. La familia lo presenta como un espacio de paz y naturaleza y como una respuesta “digna, respetuosa y cariñosa” para quienes pierden a un ser querido.
Mientras camino entre las placas, la palabra “cementerio” empieza a quedarse corta.
Porque acá no solamente están los que murieron.
También están los que todavía vienen a visitarlos.
Algunos dejan flores.
Otros se quedan unos minutos.
Otros toman mate junto a una tumba.
La vida y la muerte comparten el mismo parque.
Y eso es lo que no esperaba encontrar.
TIANO
María también sabe lo que significa que un animal ocupe un lugar que después queda vacío.
Tiano era su gato.
Aunque había llegado a la familia por su hija, con el tiempo terminó siendo de todos.
Era difícil no verlo.
Tiano tenía una presencia que se parecía más a la de un enorme perro guardián que a la de un gato. Pesaba más de ocho kilos.
“¡Una bestia!”, recuerda María.
Tenía los colores de un siamés y unos ojos celestes que llamaban la atención. Cada vez que alguien lo veía, aparecía la misma pregunta: cuánto pesaba.
Pero lo que hacía que Tiano fuera parte de la familia no tenía que ver con su tamaño.
Tenía que ver con sus costumbres.
Había que invitarlo a comer lo que comía la familia. Cuando preparaban el almuerzo, él siempre estaba presente, incluso si no había carne.
Reconocía el sonido de la moto del esposo de María desde varias cuadras y aparecía en la ventana para recibirlo.
Cuando María tendía la ropa, Tiano la acompañaba.
Cuando salía a la vereda, si podía, él iba detrás.
En la terraza buscaba el sol.
Y cuando la familia se mudaba, él se mudaba con ellos.
Más de cuatro mudanzas en dos años no lograron romper ese vínculo.
Tiano soportó los cambios, las casas nuevas y el estrés de empezar de nuevo. Cuando María finalmente llegó a su propia casa, él también la hizo suya.
Su cama empezó siendo una caja de cartón con mantas tejidas por la madre de María.
Después terminó ocupando la cama de su hija.
Tuvo juguetes, rascador, árbol para gatos y objetos que quedaron quietos cuando él ya no estaba.
Después de su muerte, las cosas siguieron ahí.
Los juguetes.
El rascador.
Los espacios.
Las marcas de sus uñas.
María conserva incluso sus bigotes y sus uñas como un tesoro.
Son pequeñas partes de un animal que ya no está, pero que todavía ocupa un lugar.
Tiano también tenía una particularidad: cuando la hija de María lloraba, se acercaba como si preguntara qué pasaba.
Su presencia cambiaba la escena.
No solucionaba el problema.
Pero estaba.
Y a veces estar es suficiente.
María dice que Tiano llegó a enseñarle infinidad de cosas.
Tal vez por eso su muerte no pudo sentirse como el simple final de una mascota.
La familia atravesó con él un proceso doloroso. El veterinario determinó que había llegado el momento de terminar con su sufrimiento.
María decidió llevarlo para evitarle a su hija tener que atravesar ese momento.
La despedida fue terrible.
La recuerda como “un gris en lo soleado”.
Hubo lágrimas, abrazos, caricias y palabras de despedida.
Y después, el silencio.
“Me rompió en mil pedacitos”, cuenta.
María eligió la cremación.
Nunca había imaginado que algún día tendría las cenizas de un gato dentro de una urna.
Ahora la urna está sobre la mesa de entrada de su casa.
La ve todos los días.
A veces la mira.
A veces le habla.
Y sentirlo cerca la ayuda a atravesar el dolor.
Pero María sabe que una urna no puede contener una historia.
“Ese camino que nos dejó de amor, enseñanza y cariño incondicional no se puede cerrar en una urna.”
La frase vuelve a llevarme al Parque del Amigo.
A las placas.
A las flores.
A las personas sentadas junto a una tumba.
A los juguetes de Tiano que todavía están en una casa.
Al mantelito que alguna vez esperaba a Chun.
A todos esos objetos que sobreviven a quienes los hicieron parte de una rutina.
Tal vez el duelo por un animal no empieza cuando deja de respirar.
Empieza cuando una casa cambia.
Cuando nadie aparece al escuchar el paquete de galletitas.
Cuando una moto llega y ya no hay un gato en la ventana.
Cuando queda una cama vacía.
Cuando un mantelito ya no tiene sentido.
Cuando una persona entra a su casa y, durante unos segundos, todavía espera encontrar a alguien.
Las familias buscan distintas formas de convivir con esa ausencia.
Bea eligió un lugar para Chun en medio de la naturaleza.
María eligió tener a Tiano en una urna, dentro de su propia casa.
Otros dejan placas, fotografías, juguetes, flores o palabras.
No hay una única manera de despedirse.
Porque tampoco hay una única manera de querer.
Cuando salí del Parque del Amigo, volví a pensar en aquella frase de la entrada.
Había ido buscando un cementerio y encontré un parque.
Había pensado que iba a encontrar solamente tumbas y encontré historias.
Y entendí que, cuando un animal muere, lo que desaparece no es solamente un cuerpo.
Desaparecen sonidos, rutinas, miradas y pequeñas costumbres que parecían eternas.
Queda una cama.
Una esquina del sillón.
Un espacio junto a la puerta.
Queda una urna sobre una mesa.
Una placa entre los árboles.
Un mantelito guardado.
Un juguete que nadie vuelve a tocar.
Queda, sobre todo, un lugar.
Ese lugar que durante años ocupó alguien.
Y que, aunque ya no esté, la familia todavía aprende a habitar.
Thoughts
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Fijado por quien publicó
PermalinkVersión 2
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PermalinkLa pregunta con la que arrancaste, la de cuándo un animal deja de ser mascota, la vas contestando de a poco, y al final la terminan contestando Bea y María con sus cosas guardadas más que la veterinaria. En mi casa somos tres mujeres y una perra, y mi mamá le dice mija aunque jura que es solo un animal. Me da la impresión de que la respuesta la tiene cada familia en la palabra que usa sin darse cuenta.
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PermalinkOcho kilos de gato 😮
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PermalinkLas personas tomando mate al lado de una tumba, y la decisión de no acercarse para no interrumpir. Me hace pensar en que esos lugares funcionan justo por eso, porque cada uno puede quedarse un rato con lo suyo sin que nadie le pida explicaciones. Ojalá el Parque del Amigo siga muchos años más con esa misma calma. Gracias por traer estas historias!
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PermalinkUn golden en bonsái jaja. Me lo imagino clarito, sentadito esperando el mantelito antes de tocar el hueso
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